miércoles, 7 de junio de 2017

Lola Mora: la escultura política

 Mario Goloboff *
Publicado el 7 de abril de 2017

La disputan, encarnizadamente, tucumanos y salteños. Los últimos, sostienen (y demuestran) que nació en El Tala, localidad del sur de la provincia, limítrofe con Tucumán pero definitivamente salteña, donde vivían sus padres: la madre, una salte-ña, Regina Vega Sardina, el padre, un tucumano, Romualdo Alejandro Mora. Los tucumanos aducen que fue bautizada en Trancas, en el norte de la provincia, y que ella siempre se reconoció como tal. Dolores Candelaria Mora Vega, nació un 17 de noviembre de 1866. Los padres se habían casado el 16 de marzo de 1859 en la parroquia de San Joaquín de las Trancas. De ese matrimonio nacieron siete hijos: cuatro mujeres y tres varones. Lola fue la tercera hija. Después de vivir once años en el pueblito de El Tala, sus padres se mudaron con toda la familia a San Miguel de Tucumán para darles una mejor educación. A la edad de siete, Lola asistió al Colegio Sarmiento, donde se destacó como alumna. Durante el mes de septiembre de 1885, con una diferencia de dos días, fallecieron sus padres. Ella tenía dieciocho años.
 En 1887 llegó a esa capital el pintor italiano Santiago Falcucci para vivir y enseñar en la ciudad. Lola tomó clases particulares del maestro, quien la inició en la pintura, el dibujo y el retrato. De Falcucci, adquiriría el neoclasicismo y el romanticismo italiano, a los que adhirió toda su vida. Para los festejos del 9 de julio de 1894, Lola pintó una colección de veinte retratos en carbonilla de los gobernadores tucumanos desde 1853. El diario El Orden alabó su trabajo: “Es la obra quizás de más aliento de cuantas se han llevado a la exposición /…/ Muchos de ellos son algo más que un retrato, son verdaderas cabezas de estudio, de franca y valiente ejecución”. La Legislatura de la provincia adquirió sus obras en cinco mil pesos; estas carbonillas se conservan hoy en el Museo Histórico de la provincia. En Tucumán, Lola se convirtió en una celebridad. En julio de 1895 viajó a Buenos Aires en busca de una beca para una estadía en el exterior. El 3 de octubre de 1896, el presidente José Evaristo Uriburu le concedió “durante dos años, la subvención mensual de cien pesos oro, para que perfeccione sus estudios de pintura en Europa”. Al año siguiente se instaló en Roma, como alumna del pintor Francesco Paolo Michetti, también de Chieti, en la región de los Abruzos, como Falcucci. Lola supo insertarse en los círculos artísticos y culturales de Roma, donde alcanzó a ser muy respetada. Conoció igualmente al escultor Giulio Monteverde, el “nuevo Miguel Ángel”, a quien le pidió que la aceptara como alumna. En poco tiempo, progresó de tal modo que su nuevo maestro le aconsejó dedicarse exclusivamente a la escultura, y ella abandonó la pintura para siempre.

Exhibida en la Exposición de París la escultura de un autorretrato de la artista, en mármol de carrara, ganó la medalla de oro. La prensa argentina empezó a publicar sus trabajos y éxitos, crónicas de sus viajes por Europa, comentarios de las exposiciones y de los premios recibidos. Volvió a la Argentina con un prestigio ya hecho. Tucumán le encargó la estatua de uno de sus hijos más prestigiosos: Juan Bautista Alberdi. Ella ofreció a la municipalidad porteña la que habría de ser su obra más famosa: “La Fuente de las Nereidas”, para colocarla en la Plaza de Mayo. La oferta le fue generosamente aceptada; retornó a Roma y se puso a trabajar. En agosto de 1902, volvió trayendo los bloques a la Capital. Cuando las buenas conciencias descubrieron las estatuas desnudas que la conforman, estalló el escándalo; consideraban inapropiado instalarla frente a la Catedral. Para acallar a los descontentos, se la emplazó en la intersección de las actuales Leandro N. Alem y Juan D. Perón. El ex presidente Bartolomé Mitre visitó, admirado, la obra. Se inauguró el 21 de mayo de 1903, en presencia de una muchedumbre que, curiosa, quería contemplar “la fuente del escándalo”. Representa el nacimiento de Venus que surge de las aguas, sostenida en una ostra por Nereidas, también desnudas, escamadas en sus muslos y con colas de pez. Convertidas por Lola en casi sirenas, por obra de su feliz imaginación.

Pasó a ser la artista del Estado. Se le encomendó un busto del presidente Julio Roca, una estatua de Aristóbulo del Valle, dos sobrerrelieves para la Casa Histórica de la Independencia en Tucumán, cuatro estatuas para decorar el nuevo edificio del Congreso Nacional, una alegoría de la independencia (magnífica, quizás su más hermosa obra; de entonces data una polémica sobre cómo había que instalarla: mirando al naciente o al oeste. Insistía en que debía mirar al poniente, los cerros tucumanos: “La libertad, cual astro de la moral y la civilización de los pueblos, debe nacer con el Sol y como el que nace, jamás lleva los ojos hacia atrás, mira por tanto al infinito”). Son sus años de lucha y esplendor. Vuelta a Europa, residía en los altos del palacete que había comprado en Via Dogali, uno de los barrios aristocráticos de Roma. En la planta baja funcionaban su taller y la suntuosa sala de exposición, por la que desfilaban visitantes ilustres. Diseñó la cuadriga que se observa hoy arriba del Congreso, cinceló el tintero de bronce del Senado y terminó las alegorías para el Parlamento.

Hacia las celebraciones del Centenario, para cuya abundante estatuaria fue un tanto desatendida, empezó a declinar su estima. Incumplimientos contractuales de sus proveedores la llevaron a endeudarse y a hipotecar el atelier de Roma. Con la muerte de Roca, perdería influencia, y los adversarios políticos del Zorro tucumano empezaron a vengarse de la artista. El diputado Luis Agote atacó sus obras, pública y desenfadadamente: “No demuestran nuestra cultura ni nuestro buen gusto artístico”, dijo. En 1918, la municipalidad desmanteló “La Fuente de las Nereidas” y la mandó al (entonces) ostracismo, donde se emplaza hoy, en la entrada de la Reserva Ecológica. Hacia 1920, Lola abandonó, decepcionada, la escultura y se volcó a nuevas tecnologías y emprendimientos. También se le conocieron inversiones en el ámbito ferroviario, vial y urbanístico. En 1925 recibió otro golpe: el presidente radical Marcelo T. de Alvear dejó sin efecto la encomienda para diseñar el Monumento a la Bandera, que luego realizaría Ángel Guido. Era la última obra encargada por el Estado. Para recuperarse, emprendió la extracción de combustibles con base en destilación de rocas fósiles, pero todo fue un estrepitoso fracaso que agotó sus ahorros.

La Sociedad Sarmiento de Tucumán realizó una muestra a beneficio de la empobrecida artista. En 1935, restaurado el orden conservador, el Congreso le aprobó una pensión de doscientos pesos mensuales. En agosto, sufrió un ataque cerebral que la dejó postrada hasta el 7 de junio de 1936, cuando falleció, a los sesenta y nueve años. Así la despidió el diario Crítica: “Es el homenaje perenne y sincero que compensa, hasta cierto punto, la ingratitud material de los poderes públicos y la sorda hostilidad de nuestros círculos artísticos”. Además de haber sido la primera escultora argentina y sudamericana, se destacó como urbanista, investigadora y pionera de la minería nacional. Lola Mora entendió, muy temprano, cómo funcionarían los mecanismos de la producción plástica para adelante; aprendió a relacionarse con el poder mediante su arte, y se las arregló, un buen tiempo, para financiar sus obras mediante encargos oficiales. Pero también cosmopolita y audaz, enfrentó tabúes de la época y sufrió censura por trabajos arriesgados, desafiantes.

* Escritor, docente universitario.

No hay comentarios:

Publicar un comentario