viernes, 30 de junio de 2017

Las cartas privadas inéditas de Isabel a Perón durante una misión en Argentina

 Claudia Peiró
Publicado el 25 de junio de 2017

En 1965, al ver su liderazgo desafiado por Vandor, el jefe exiliado envía a su mujer al país. Durante 8 meses, ella le escribe regularmente. Son textos que revelan su personalidad y la opinión que tenía la pareja sobre algunos colaboradores.

"Tesoro, no fumes, no engordes…"; "menos cocidos (guisos) en la Gran Tasca"; "camina mucho, no tomes frío" son las infaltables recomendaciones finales de Isabel Martínez de Perón a su esposo en las cartas que le escribió durante una estadía en Argentina que iba a ser breve, pero que, iniciada el 11 de octubre de 1965, se prolongó hasta julio de 1966, ya producido el derrocamiento del gobierno radical de Arturo Illia.
 
 
La docena de cartas inéditas a las que tuvo acceso Infobae están llenas de profesiones de amor –"mi corazón y mi vida son tuyos", "te extraño mucho y te quiero mucho" – y de fe peronista –"soy la esposa, y en estos momentos la compañera y amiga del hombre más grande del mundo que se llama JUAN PERÓN, y no te envanezcas"-; van de los comentarios políticos – "existe el profundo deseo de tu urgente retorno"; "estimo necesario declarar en comisión a todo el comando nacional"- a pedidos de que le envíe perfumes ("le dices a Fernando de la perfumería Alvarez Gómez que te dé 3 o las que consiga Frescabel de Lancôme, 2 ó 3 Absolue de Lancôme, 1 frasco de perfume de Pierre Cardin Amadis", etc) –cuesta imaginar a Perón cumpliendo esos encargos- o bien el pedido de que le envíe "otro abrigo de piel que no sea de visón, porque no puedo atender a los humildes, cuando tan necesitados están, con visones ni con alhajas, me parece una irreverencia". Y, matrimonio al fin, algunos reproches: "me preocupo (de que pienses) que los 'arboles puedan taparme el bosque' y me retes injustamente";  "piensa en mí un poco no como político sino en que soy tu mujer y hago todo lo que puedo".
 
Al mismo tiempo, estas cartas permiten reconstruir desde un cierto ángulo y entre bambalinas un breve e intenso período de nuestra historia, durante el cual se jugó la suerte del peronismo, la jefatura de Perón, la de su principal desafiante, Vandor, pero también la del débil gobierno radical de Arturo Illia.
 
Y asomarse al pensamiento íntimo de una mujer que fue protagonista de nuestra historia reciente pero lleva varias décadas de silencio casi absoluto.
 
Las cinco primeras cartas son manuscritas, algunas incluso recto verso en hojas vía aérea. Más tarde, ya mejor instalada seguramente, son mecanografiadas y las últimas, en papel membretado con su nombre.
 
Detalles personales aparte, el viaje de Isabel fue un factor más en la aceleración de un golpe que ya estaba en el aire, porque la euforia que desató su presencia en la Argentina –a diez años del derrocamiento de Perón- confirmó su liderazgo, en momentos en que las Fuerzas Armadas apostaban a la atomización del peronismo en múltiples partidos provinciales "neoperonistas" y al entendimiento con el principal referente sindical del momento, Augusto Timoteo Vandor (el "Lobo"), el hombre que más abiertamente desafió la jefatura de general.
 
Un año antes, el 14 de marzo de 1965, las elecciones de renovación parcial de diputados habían alentado el surgimiento de partidos neoperonistas en varias provincias y con ello la expectativa de un peronismo sin Perón. Illia, que había llegado a la presidencia con el 25% de los votos, gracias a la proscripción del peronismo, también aspiraba a beneficiarse de esa fragmentación.
 
 
"Algunos neoperonistas andaban convenciéndose de que se las podían arreglar muy bien sin Perón –escribe Joseph Page (Perón, Vergara, 1984)-. Perón pronto demostraría su obstinación en no dejar lugar a una nueva generación de líderes. La táctica que utilizó para reafirmar su autoridad tuvo rendimientos muy efectivos. Decidió usar a Isabel".
 
Al respecto, Perón le dice por esos días a José Alonso, secretario general de la CGT, el dirigente sindical en el cual se apoyó para enfrentar al "Lobo": "Si yo creyera que Vandor me puede remplazar no sólo no me opondría sino que lo apoyaría con todo para ello. Pero creo que Vandor no tiene ni condiciones morales (…) ni capacidad".
 
El viaje
 
Isabel llegó a Buenos Aires el 11 de octubre de 1965 y se alojó en el Hotel Alvear. Pero a medida que circuló la noticia de su presencia, empezaron los que hoy llamamos "escraches" y la mujer de Perón fue rescatada de allí por gente del Sindicato de Luz y Fuerza.
 
Enseguida inicia una gira por Santa Fe, y sobre eso le escribe eufórica a Perón el 21 de noviembre de 1965: "En Rosario en un solo día recibí más de 8.000 personas (tengo un callito en el dedo meñique de tantos miles de manos que he estrechado). […] El día que llegues sólo podrás andar en helicóptero; yo, que no soy nadie ni nada, tengo que levantar del suelo a las mujeres que quieren besarme los pies…"
 
"Los partidos neoperonistas, creados como muleta –escribe Perón por esos días, en referencia al hecho de que eran sellos usados para eludir la proscripción del peronismo-, se sintieron pierna y comenzaron a caminar por sí pero manteniendo la 'camiseta peronista'".
 
Un desafío que no estaba dispuesto a tolerar. Entonces, escribe Page, "envió a Isabel a Buenos Aires. Fue un golpe genial", que le permitió "detener la marea del vandorismo".
 
La presencia de Isabel, por lo tanto, no molestó solo a los vecinos de Recoleta: a poco de su llegada, un plenario de las 62 Organizaciones, rama política del sindicalismo peronista, produjo un documento cuestionando la autoridad de Perón. Allí pronunció Vandor su célebre frase (luego infructuosamente desmentida): "Hay que enfrentar a Perón para salvar a Perón".
 
A algunos, les costaba disimular la satisfacción ante este espectáculo de lucha interna. La revista Primera Plana decía el 16 de noviembre: "Que la mayoría vandorista en las '62' haya escogido este momento para renovar el Secretariado es (…) una prueba de su fortaleza: el pleno culminará —según ellos— en una estruendosa demostración de confianza a Vandor, quien sería reelecto. Si ocurre así, la reunión dará muda respuesta a los designios de Perón, que delegó en su mujer la ofensiva contra el caudillo metalúrgico".
 
Pero ese desafío sindical provocó un cisma en la organización: José Alonso rompe abiertamente con Vandor y crea las "62 Organizaciones de Pie junto a Perón"; lo siguen el ferroviario Lorenzo Pepe, el textil Andrés Framini y Amado Olmos, del Sindicato de la Sanidad.
 
Aunque le dice "…no me gusta que puedas creer que me dedico a los chismes", Isabel informa prolijamente a su marido de esto: "Traición absoluta [subrayado en el original], no me gusta decirlo, sé que a ti tampoco pero esa es la más triste realidad, son unos mal nacidos".
 
Se está refiriendo a lo que Perón llamaba la conducción táctica –siendo él la estratégica- Vandor, Delia Parodi y compañía. "Debo tener más cuidado con algunos que se dicen peronistas que con nuestros adversarios (…) si no vengo en este momento no sé qué hubiera pasado", le escribe ella.
 
Se queja especialmente de Delia Parodi, de la Rama Femenina, – "… parece que en una oportunidad manifestó que había que seguir a Vandor", le cuenta. "Manifiesta a boca llena (aunque no me doy por enterada) que no sé nada de política"….
 
Es cierto, dice ella; sólo se dedica a "trabajar, a unir a la gente, a tirar por el suelo el 'Perón no quiere venir a su Patria'", la frase insidiosa que lanzaban los adversarios pero también algunos "amigos". Ella se queda "afónica diciendo que Perón es una realidad y que vendrá al país cuando él lo disponga".
 
Y le revela el subterfugio de la "conducción táctica" para quitársela de encima: "Me proponían que me marchara a Madrid por mi seguridad (¿?,¿?)".
 
Para neutralizarla, Isabel invita a Delia Parodi a su gira. La otra se excusa y de inmediato organiza un ciclo de charlas "Vida y obra de Eva Perón". Un duelo de mujeres bravas.
 
En carta desde Catamarca, fechada el 6 de diciembre de 1965, Isabel escribe: "Pienso que en la Argentina había muchos emperadores y alguna emperatriz, que tenían hasta hecho el castillo para reinar con la camiseta de Perón, pero resulta que al genio de Perón se le ocurrió enviar a su mujer (y) se les vino el castillo al suelo porque la masa es sólo de Perón".
 
Le cuenta que Vandor, que seguramente empieza a preocuparse, fue a verla a La Rioja: "Dijo que jamás traicionaría a Perón".
 
Luego del primer viaje a Santa Fe, Isabel había salido de recorrida por varias provincias del norte. El ritmo es agotador, y Perón recomienda a su esposa suspender y concentrarse en Mendoza donde tendrá lugar el duelo decisivo.
 
En la provincia cuyana, había elecciones de gobernador el 17 de abril de 1966. Vandor apoyaba una lista "peronista sin Perón". Su candidato, Alberto Serú García, declaraba a Primera Plana (22/3/1966): "Mientras otros esperan órdenes, Vandor y yo entendemos que el peronismo debe actuar por sí mismo y organizarse como un partido".
 
Radicales y demócrata progresistas habían decidido apoyarse mutuamente en el colegio electoral. Para el Gobierno, el desafío consistía en demostrar que se le podía ganar al peronismo en elecciones libres.
 
Perón recoge el guante y anuncia el apoyo a otra lista, encabezada por Ernesto Corvalán Nanclares, secundado por Alberto Martínez Baca, y, para dejar claros los tantos, envía a Isabel a Mendoza. El gobierno radical permite la difusión radial de un mensaje de Perón. Por primera vez luego de una década suena en público la voz inconfundible del ex presidente: "Yo no me opongo a que viejos peronistas hagan política, pero si tienen edad para ponerse los pantalones largos, que no usen mi camiseta".
 
En sus cartas del 3 y 12 de febrero, ya de vuelta en Buenos Aires, Isabel comenta sus dificultades para encontrar un sitio donde instalarse, estar tranquila y, sobre todo, no aparecer como "prisionera" de ningún sector. Como Perón, aspira a bendecir a todos, un arte en el cual él era inigualable. "Aunque es muy difícil todo, me pongo en Madre Eterna, recibo a todo el mundo y a todos les doy algo que hacer para evitar que me crean en círculos. (…) Creo entenderte después de haberte estudiado 10 años",
 
Para evitar el constante tironeo a su alrededor, prescinde incluso de la custodia que inicialmente le había puesto la Juventud Peronista: tres pesos pesados, Alberto Brito Lima, Héctor Spina y Dardo Cabo. Ella los elogia y agradece, pero, astuta, explica: "Salgo todos los días con la sola custodia del gobierno, me cuidan y no me interesa que informen porque todo lo que hago lo pueden informar. Es preferible que informen los mismos policías".
 
Para entonces, la guerra contra los dirigentes "traidores" ya está declarada. Le cuenta una reunión crispada con Gerónimo Izzeta (Municipales) y otros dirigentes de las 62 que poco menos le dicen que hasta su llegada "todo había estado en orden". "Soporté estoicamente los insultos más o menos disimulados –escribe-. (…) … lo fundamental (es que) Delia, Vandor etc. han mostrado la hilacha y no hay que darles tregua porque son una basura (…) ahora me convenzo de que lo del 2 de diciembre lo hicieron para así inhibirte de toda acción política y quedarse ellos con el santo y la limosna".
 
"Lo del 2 de diciembre" es el fracaso del intento de retorno de Perón al país, un año antes, en diciembre de 1964, cuando el general y su comitiva fueron obligados a descender en Río de Janeiro y pocas horas después devueltos a España. Se dice que Vandor, que había comandado este "Operativo Retorno" descorchó champagne para festejar este fracaso, que le dejaba las manos libres para actuar en representación del Movimiento.
 
A la inversa, ahora, a comienzos del 66, la presencia de Isabel en el país confirmaba la vigencia de Perón y ponía a Vandor en una situación complicada. Joseph Page cita a "uno de los militares involucrados", en las negociaciones con los sindicalistas, que habría dicho: "¿Para qué vamos a conversar con los monos si podemos hablar con los dueños del circo?"
 
Al quedar en el campo "enemigo", Vandor dejaba de representar a sus propias bases y en consecuencia ya no les servía a éstas pero tampoco al "enemigo". (Vandor será asesinado en 1969, en un crimen no del todo esclarecido).
 
"Sólo te pido, te ruego, que no recibas a ninguno de estos sinvergüenzas", le decía entretanto Isabel a su esposo, con evidente temor a ser desautorizada. Desde el mismo momento de su llegada, muchos dirigentes tratan de ignorarla y de "puentearla"; algunos, caso de Izzeta, y del propio Serú García, se toman el avión a Madrid. Perón no los recibe. "No vayas a dar un solo paso marcha atrás porque la tenemos ganada", agrega Isabel.
 
"No imagina el lío en que me ha metido"
 
En medio de la pulseada de Perón con Vandor, se produce un episodio que desbarata un poco los planes. Alonso recibe una carta de Jorge Antonio, empresario y colaborador de Perón, diciéndole que debe pactar con el "Lobo". En vez de tomarlo como de quien viene, Alonso se ofusca y filtra a los medios una carta privada que Perón le había enviado el 27 de enero: "…el enemigo principal es Vandor y su trenza, pues a ellos hay que darles con todo y a la cabeza, sin tregua ni cuartel. En política, no se puede herir, hay que matar, porque un tipo con una pata rota hay que ver el daño que luego puede hacer".
 
Enterado de la filtración, Perón le envía un mensaje a Alonso, grabado, del que se ha conservado el ayuda memoria de un general indignado: "Yo no sé cuándo le he dicho o mandado decir que debe pactar con los traidores"; "Quién es Jorge para decirle algo a usted";  "Hemos quedado en darle con todo a Vandor. Yo no he dado contraorden."
 
"Usted ha cometido un error (publicando la carta), no imagina el lío en que me metió", le dice. Y explica: "Usted me dijo que la pelea la harían ustedes, usted en lo sindical, Isabelita en lo político (…). Yo (…) no estando en ningún bando podría dominar sobre los dos. Con la publicación de la carta usted me ató las manos".
 
La carta también lo complica en España, donde le han hecho prometer no meterse en política.
 
Pero ese "no imagina el lío" puede también referirse a su propia esposa, ya que el General habla de ella en la carta a Alonso y quizá no le haya hecho gracia a Isabel que la trate de "principiante" que "puede tener sus altibajos, sus amarguras momentáneas" y que le pida a Alonso que "le levante el ánimo".
 
"Las mujeres necesitan llorar y desesperarse"
 
O que diga: "… las mujeres suelen tener desfallecimientos espirituales cuando no están acostumbradas a los continuos golpes que se reciben en la conducción. (…) Los hombres somos menos sensibles que ellas y los aguantamos. Ellas también los pueden aguantar aunque para ello necesitan llorar y desesperarse (…). Isabelita es muy sensible, por eso hay que tratarla por las buenas y se consigue todo, por las malas no conviene intentar nada".
 
Superado el problema, poco después, en marzo, dos cartas de Isabel informan sobre el gran duelo: "He puesto todos los cañones hacia Mendoza". Adjunta una carta del propio Corvalán Nanclares contándole a Perón que "entre sesenta y setenta mil peronistas recibieron su mensaje de paz y unidad", durante la recorrida de campaña que hizo Isabel en la provincia.
 
Otro colaborador, Adolfo Silvestre, le escribe: "Isabelita ha derrotado ya a Serú". Es el 28 de marzo y faltan 20 días para la elección.
 
El 12 de abril, ella hace un balance: "Fui ganando tanta experiencia como ellos fueron perdiendo terreno. (…) Gente con la cual nuestra guerra era a muerte, llegan sumisos y prontos a ser convencidos".
 
La elección de Mendoza la gana el candidato demócrata progresista, pero el resultado que interesaba a todos y el que retuvo la historia era otro: el candidato de Perón obtuvo 102.000 votos mientras que el vandorista sólo lograba 62.000.
 
"Después de Mendoza, la capital del peronismo está otra vez en Madrid", concluía Mariano Grondona (Primera Plana, 26 de abril de 1966).
 
Así lo refleja la propia Isabel, el 20 de abril: "Hubiera querido brindarte el gobierno de Mendoza pero pienso que es mejor así; lo importante en realidad no era el contubernio [N.de la R: radicales y demócrata progresistas] sino defenestrar para siempre el cáncer del peronismo".
 
De paso, le informa que Sapag, Vandor y Jorge Antonio "le dieron dinero a Serú, porque estaban seguros de su triunfo y de la destrucción de Perón". "Aunque te juren por todos su hijos y aún por la madre que no es verdad, es auténtico como que existe el mar", insiste. En cambio, le pide que envíe cartas de agradecimiento "al Dr. Campano, al Dr. Cámpora, (…) a Martínez Baca", y otros.
 
En carta del 5 junio, ya hace referencia al golpe, para el que todos conspiran: "Solamente el pueblo, las bases, son quienes no toman parte en los arreglos revolucionarios". Le cuenta algo significativo. Ricardo Illia, hermano del presidente, le pide una audiencia reservada. "Manifiestan que se encuentran en una situación desesperada y quieren establecer contacto contigo a través de mi persona". Le informa de su respuesta: aceptará, con la condición de que Ricardo Illia se reúna previamente con Jerónimo Remorino, ex canciller de Perón y uno de sus delegados.
 
De Perón, sólo se han conservado unas pocas respuestas; una de ellas es en realidad un apunte. No tiene fecha. "He escuchado tu grabación y me ha emocionado por el tono cansado y un tanto triste de tus palabras", anota Perón. Y luego, elogioso: "Tu desempeño es excelente. No tengo nada que criticar. Cuando te mando consejos, son sólo consejos, no órdenes".
 
En otra carta sin fecha, pero evidentemente posterior a la elección de Mendoza, le dice: "Tu situación actual no puede ser mejor. Has triunfado en toda la línea". Como es habitual en él, le da un consejo, en este caso, tomado de los griegos: "Que nunca la pasión impulse tu pensamiento, que jamás el impulso domine tu reflexión y que nunca tu lengua se adelante a tu pensamiento".
 
Perón considera que el quiebre institucional es un hecho y así se lo escribe a Isabel: "Yo veo que el golpe de Estado o la caída del Gobierno se viene encima (…) Yo sé que los militares deberán recurrir a nosotros, pero no estoy seguro de contar con la posibilidad de manejar al Movimiento en ese caso. (…) Para ello debemos estar libres de traidores".
 
En su opinión, de los cuadros de conducción con que cuenta, el que no es desleal es inoperante. Es lo que lo ha forzado a enviar a su esposa. "Mi única carta fue Isabelita", dirá después. "Aparte de haber eliminado de la conducción a los ineptos del tipo (Carlos María) Lascano, (Antonio) Cafiero o Delia Parodi o a los tránsfugas que siempre están listos para hacer una cabronada como los Vandor, (Adolfo) Cavalli, Izzeta, (Rogelio) Coria, etc, etc, etc, todo ese trabajo que vos has venido haciendo en estos ocho meses posibilita realzar esa selección y constituir un comando eficaz y seguro", le escribe.
 
Tampoco parece pensar que el golpe sea evitable o que valga la pena trabajar en frenarlo; al contrario, considera al gobierno "constitucional a medias" aunque "mejor que una dictadura". "Como en el futuro inmediato (el Gobierno) deberá resolver graves problemas sindicales y políticos, como asimismo responder a las demandas de acción del grupo militar golpista, nuestra acción debe encaminarse a provocar situaciones que lo lleven día a día hacia el caos que finalmente debe coronar su inoperancia", escribe a su esposa.
 
"Lo más probable –agrega- es que el gobierno se siga deteriorando paulatinamente como consecuencia de la inacción, hasta que solo se caiga. En ese momento los militares han de tomar el Gobierno para hacer unas cuantas macanas seguidas, como es costumbre".
 
Sólo seis meses antes, en enero, el clima era de escepticismo ante la estrategia de Perón. Primera Plana (4/01/1966) ironizaba sobre "los ataques postales de Perón a la conducción argentina". "Como ahora, también antes —entre 1955 y 1962— Perón se especializó en dar la razón a tirios y troyanos dentro de su movimiento", decía el artículo. Y citaba a un analista (anónimo): "Si Perón pretende con esto evitar que otro líder arrebate a sus prosélitos dentro del mismo movimiento, incurre en un error, a la vez patético e ingenuo, porque las cartas sólo sirven para debilitar más y más al peronismo dentro de la opinión pública".
 
También Perón pensó que no bastaba con los "ataques postales" y por eso movió la dama. Las últimas cartas de Isabel, reflejan lo aprendido, y el conjunto en general la muestra como una muy eficaz auxiliar de conducción. "He aprendido a ver que a los hombres hay que alimentarles sus vanidades", escribe el 9 de junio. Y el 10, le cuenta indignada sobre un "Sr. Errecalte" que "tuvo la osadía de pretender obligarme a recibir a Patricio Kelly [N.de la R: Alianza Libertadora Nacionalista], bajo amenaza de una campaña periodística sensacionalista". Gente del mismo grupo, la invitaba "con insistencia a cenas a realizarse en el Hotel Savoy (cuartel general del Gobierno) a fin de exponerme a la vista de todos en su compañía".
 
Había aprendido a manejarse ("menos mal que soy desconfiada") pero el comienzo fue difícil: "(A mi llegada) emprendieron una dura ofensiva contra mi persona –le escribe a Perón el 12 de abril, en una recapitulación-. Viví en un mar de confusiones expresamente creadas para mi destrucción y por ende a hacer fracasar tu obra. Al no obtener con la maledicencia, ni con los ataques personales ningún resultado, optaron por rodearme con 'trenzas' e impedir de esa manera el conocimiento real de los hechos".
 
En Mendoza, le cuenta en carta del 20 de abril, todo el trabajo lo hizo ella, tuvo que presionar a los dirigentes hasta para que hicieran campaña; sólo le pedían plata…. "Es mejor que hayan ganado los otros –concluye-, los candidatos ya se estaban arreglando con Serú a mis espaldas".
 
A la inversa, la gente en Mendoza mostró un enorme fervor: "Doce horas en las carreteras, en lugares desérticos, en plena noche con un farol y un fueguito esperando el paso del coche".
 
Todas estas reflexiones no le hacen olvidar lo doméstico: "Espero encontrar mi casa tan bonita como siempre, y a ti con pocos cigarrillos y no demasiada comida".
 
Y una recomendación algo curiosa, aunque entendible: "Te ruego que no alojes en mis habitaciones a nadie, pues es mi templo donde no quiero que nadie entre y menos a dormir, ni cambiar ropa a bebés…"
 
"Besos de tu reactorcito", es la despedida, de quien se autocalifica como de hierro en la defensa de los intereses de su marido.

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