jueves, 29 de junio de 2017

Entretelones del golpe

Matilde Sánchez
Colaboraron: Silvina Climis y Grisel Isaac.
Publicado el 24 de marzo de 1996

Esta es la historia de cómo la democracia perdió un catálogo de variantes institucionales para conjurar el golpe militar. Cuando este se produjo, las Fuerzas Armadas llevaban meses trabajando en un relevo que era inevitable.
La partida. El helicóptero que llevó a Isabel Perón al Aeroparque, donde fue detenida. Culminaba así un operativo que llevaba meses en marcha.
Hubo un cierto punto en que la conspiración militar contra el gobierno democrático de Isabel Perón, que desembocaría en el golpe militar del 24 de marzo de 1976, se convirtió en un plan maestro, ganando carácter de realidad en la dirigencia civil. El golpe fue entonces más sólido que cualquiera de las instancias constitucionales que habrían permitido a los argentinos librarse del gobierno calamitoso de Isabel. Una madrugada, en una época en que toda la realidad parecía materializarse de noche, el plan ya fue pura política de Estado. A la Junta Militar le llevó algo más de ocho meses construir la "inevitabilidad" de su régimen.

El anclaje más ostensible de esa presunta inevitabilidad era la violencia de gran impacto desarrollada por Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo, contra objetivos militares y policiales. Esa acción se enrarecía hasta el delirio con la violencia de la Triple A, la banda de terroristas derechistas instigada desde el Ministerio de Bienestar Social por José López Rega. Pero el propio Jorge R. Videla, comandante en jefe, afirmaba el 24 de enero de 1976 que "el aspecto militar" de la subversión estaba plenamente controlado, y que solo restaban "algunas batallas de la campaña". Queda para los historiadores determinar cuánto de esas declaraciones era pura propaganda. Porque desde el primer momento quedó en claro que la Junta Militar se proponía ocupar el espacio entero del Estado, de acuerdo con la tendencia que ya imperaba en el continente. Ingresarían en la economía las políticas neoliberales, encarnadas en José Alfredo Martínez de Hoz, quien hoy, veinte años después, se siente reivindicado. Para ello, era requisito desarticular los sindicatos y diluir el estado de movilización que recorría a toda la sociedad. La Junta Militar desplegó inmediatamente una tecnología represiva inédita. "La señora de Perón me confió que tras la muerte de su esposo, su primer acto de gobierno fue llamar a una reunión secreta con los comandantes y ofrecer su renuncia", dice Hugo Franco, actual director de Migraciones y allegado a María Estela Martínez desde hace años. "Se reunió de inmediato con los jefes de los Estados Mayores y los presidentes de ambas Cámaras, para decirles que renunciaba al Poder Ejecutivo. Pero todos le dieron su respaldo absoluto." La renuncia temprana de Isabel habría alterado todo el tablero, pero de todas formas permite barajar un desenlace que habría ahorrado al país la intervención militar más devastadora de su historia. Hacia mediados de 1975, el desgobierno adquiría ribetes apabullantes. La dirección económica alternaba devaluaciones con aumentos salariales, contra una escalada inflacionaria de tres dígitos. Pero el dato que opacaba cualquier otra crisis eran las pujas dentro del partido oficial, dividido entre "leales" y "antiverticalistas". Miguel Unamuno, último ministro de Trabajo de la presidente, recuerda: "Isabel siempre fue una mujer muy hermética. Ella venía de una experiencia muy acotada en el régimen franquista. Algunas cosas se le hacían ininteligibles, como la huelga de un sindicato peronista". Unamuno cuenta que, hacia el final, Isabel solo contaba con el apoyo de un círculo muy pequeño de funcionarios que tenían poco que ver con el peronismo. Hacia fines de ese año, el gobierno evolucionaba en un clima de "sálvese quien pueda", que incluía un optimismo irracional en el Ejecutivo, sostenido en las versiones alucinatorias de un círculo de allegados. Otro de sus ministros, que reserva su identidad, dice que María Estela Martínez se regía enteramente por la obsesión de no repetir la experiencia del general: no iba a convertirse en prófuga. Mediados de 1975. Fue entonces cuando los militares comenzaron la progresiva penetración del poder civil, que habría de rendirles todos los resortes para construir el consenso necesario hacia un golpe fluido. Esa "inevitabilidad" no era natural sino una labor preciosista. Fue mediante esa penetración que los jefes de Estado Mayor fueron invitados a participar en las reuniones de ministros. Por entonces titular de Economía, Antonio Cafiero recuerda que muy pronto el gabinete constató el boicot de los comandantes. "Yo recuerdo que cuando tuve que enfrentar una durísima huelga en YPF "cuenta Cafiero", a fines de diciembre, me dirigí a un general para preguntarle si estaba dispuesto a respaldar con su tropas una orden de movilización. El general replicó que de ninguna manera: "Esas no son cuestiones para nosotros. Por empezar, porque pronto yo puedo estar sentado en el lugar que usted ocupa"

La hora del despertar

Las atribuciones de la clase militar sobre el gobierno tuvieron dos antecedentes clave, en los episodios castrenses de agosto y diciembre de 1975. El episodio de rebeldía del III Cuerpo del Ejército, a cargo del coronel Carlos Delia Larocca, concluiría con el ascenso de Jorge Rafael Videla, tercero en la jerarquía. Se trataba de un general profesionalista y gris, sin carisma ni anhelos de poder, por ese mismo motivo sugerido por el almirante Eduardo E. Massera. El 18 de diciembre de 1975 se producía el levantamiento de las bases aéreas de Morón y Aeroparque, encabezado por el brigadier Orlando Jesús Capellini. En realidad la rebelión tenía el propósito de descabezar la cúpula moderada del arma con miras al futuro. Hacia fines de ese año, Benjamín Rattenbach, un prestigioso militar retirado que luego encabezaría la crítica por la actuación en Malvinas, dudaba de que la presidenta pudiera "afrontar la crisis, primero por su sexo; segundo, por su sistema nervioso delicado..., y tercero, por su limitada capacidad para desempeñarse con eficiencia".... Sin embargo fue Videla, al hablar en Tucumán para la Navidad, quien comunicaría el ultimátum de las Fuerzas Armadas: "...observamos con pena, pero con la sana rabia del verdadero soldado "decía el comandante", las incongruentes dificultades en las que se debate el país, sin avizorarse solución. Frente a estas tinieblas, la hora del despertar del pueblo argentino ha llegado". El 15 de febrero de 1976, cuando el grueso de los acuerdos entre las armas ya había sido sellado, los tres comandantes se reunieron para designar al futuro presidente. Un día después el país experimentaba un insólito paro empresarial, detrás del cual se adivinaba la manivela de José Alfredo Martínez de Hoz. En una especie de festín dispersivo, no pocos líderes sindicales preparaban su escape. "Es cierto que hubo sectores de la dirigencia obrera que conspiraron "admite Unamuno". Se jugaban a la posibilidad de que se recreara una situación diferente. Yo recuerdo haber enviado varios proyectos de defensa del orden institucional a la CGT, pero Casildo Herreras se negó a apoyarlos." A principios de marzo, uno de los pocos sindicalistas que sostenía la continuidad de María Estela Martínez era Lorenzo Miguel, jefe de las 62 Organizaciones. 

El oficio mudo

En los últimos meses de democracia, el complot remplazó a la política, alimentado por el descrédito de las instituciones democráticas, a las que los militares comenzaban a llamar "partidocracia". Y sobre el panorama, la figura enigmática de Isabel, con su aire de "presidente por azar", sometida a los influjos astrales. Al regreso de sus vacaciones en Ascochinga, en octubre, los grupos antiverticalistas se embarcaron en producir un golpe civil, escenario más decoroso. Según algunos, Massera proponía que la presidenta volviera a la placidez serrana, en un esquema a lo Bordaberry, encarnado en Luder. Una segunda alternativa, un plan civil, de febrero, barajaba una larga misión diplomática para María Estela Martínez. "Era por los días de carnaval "cuenta Miguel Unamuno sobre este último plan". En esa reunión secreta, convinimos en la posibilidad de llevar una vez más a Luder al Poder Ejecutivo. Pero él planteó que necesitaba el respaldo de los sindicalistas, particularmente de las 62 Organizaciones. Quedamos en que el ministro de Defensa, Ricardo Guardo, se encargaría de sondear a los comandantes. Cuando llegamos a la segunda reunión, al mediodía en un restaurante, Guardo se sentó y nos dijo: "Esto tiene las características de una última cena. Acabo de presentar mi dimisión a la señora presidente". El ministro no quiso asumir esa responsabilidad histórica. Fue entonces que, al consultar a Lorenzo Miguel, este me dijo: "De la traición no se vuelve; de la derrota, sí". El 25 de febrero, la República perdía una de las últimas instancias legítimas para preservarse: la Cámara de Diputados decidía no seguir juicio político a Isabel. El plan económico del futuro ministro José Alfredo Martínez de Hoz ya llevaba más de un mes en marcha. Algunas fuentes indican que fue en un safari de elefantes en Africa, en enero de 1976, cuando el entonces jefe de Policía de Isabel, general Albano Harguindeguy, también apasionado de la caza, le ofreció a Martínez de Hoz la cartera de Economía. El 16 de marzo de 1976, con el dólar a 38.000 pesos, Ricardo Balbín dirigía un mensaje en cadena nacional. "Algunos suponen que he venido a dar soluciones. No las tengo, pero las hay." Era el desbande técnico. Pocos días antes del golpe, el gobernador bonaerense Victorio Calabró concurría a la sala de periodistas de la Casa de Gobierno de La Plata para despedirse de los cronistas, augurándoles éxitos para el futuro. El domingo 21, Balbín enviaba como emisario a Raúl Damonte Taborda a casa de algunos ministros, con los detalles del golpe. El lunes 22 por la mañana comenzaron los aprestos militares. En el Congreso circulaban informalmente los pormenores del plan de Martínez de Hoz. El martes por la mañana una nutrida columna se dirigía a la sede del Automóvil Club Argentino, por entonces la mejor central de comunicaciones del país. La maquinaria bélica se desencadenaba sobre la sociedad argentina.

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