miércoles, 28 de junio de 2017

El derrocamiento de Arturo Illia, 28 de junio de 1966

Hacia junio de 1966, el comodoro retirado Juan José Güiraldes, director de la revista Confirmado y sobrino de Ricardo Güiraldes, decía: “Si para salvar…la constitución, un nuevo gobierno debe negarla de inmediato, habrá que optar”. Era la confirmación de que el golpe estaba en marcha, tanto que finalizaba su nota advirtiendo: “…creo que sólo un milagro salva a este gobierno”.


Sólo tres años atrás, el 31 de julio de 1963, Arturo Illia había sido electo presidente de la Nación. El contexto de debilidad del sistema institucional quedaba al descubierto con la humorada popular, que se jactaba de que el país contaba con tres presidentes: Illia, electo; Guido, interino; y Frondizi (depuesto en 1962), el constitucional. Las elecciones de 1963 marcaban también la debilidad del sistema partidario: una atomización de fuerzas había dado apenas un 25% de los votos para la fórmula ganadora.

El gobierno de Illia, “custodiado” por las Fuerzas Armadas, tuvo un rumbo errático, imposibilitado –por su debilidad intrínseca (una escasa cantidad de votos y una negativa  a conformar alianzas)- de consolidar siquiera aquellas medidas que congeniaban con el anhelo popular, como la anulación de los contratos petroleros, la ley de medicamentos y cierta inicial reactivación económica.

Un contexto político y social en creciente ebullición caracterizado por el fenomenal Plan de Lucha de la CGT, la aparición de la guerrilla guevarista en Salta, el crecimiento electoral de las fuerzas peronistas en 1965 y su posible triunfo en 1967 y el enojo de militares con una política exterior que, por caso, los subordinaba a la comandancia brasilera en la intervención de Santo Domingo, contribuyó a crear un clima adverso para el gobierno y alimentaba las imágenes públicas que identificaban la gestión de Illia con la lentitud, la inoperancia y el anacronismo.

Así, cuando a partir de un primer año positivo, la situación económica comenzó a desbarrancar y se presentaron hacia 1966 los signos de una franca recesión, las críticas comenzaron a arreciar y -salvo algunos sectores radicales, otros pequeños partidos y buena parte de los medios universitarios-, una mayoría popular y la casi totalidad de las organizaciones sociales creían necesario un golpe. Un nuevo derrocamiento del maltrecho orden constitucional estaba cantado, pero aun así, Illia estaba convencido de que aquello no era factible. La voluntad intentaba sobreponerse a la cruda realidad.

El 28 de junio de 1966, el gobierno de Illia cayó –según se ha dicho- como una fruta madura. El general Julio Alsogaray, de grandes contactos con la diplomacia norteamericana, desalojó personalmente al presidente de la Casa Rosada, tras un tenso careo en los despachos. Apenas alguna manifestación en Córdoba intentó detener lo inminente. Illia no era el hombre fuerte que buscaban los sectores del poder, alguien que pudiera encarar una profunda transformación. Detrás suyo había emergido el general Juan Carlos Onganía.

Semanas después del golpe, desde la revista Extra, el periodista Mariano Grondona alegaba: “Detrás de Onganía queda la nada. (...) Onganía hace rato que probó su eficiencia. La de su autoridad. La del mando. Si organizó el Ejército (...) ¿por qué no puede encauzar el país? Puede y debe. Lo hará”. Tres años más tarde, también Onganía saldría eyectado de la Casa Rosada.

En un nuevo aniversario del derrocamiento de un presidente electo por el voto popular, recordamos la escena que tuvo lugar en el despacho de la Casa Rosada, cuando Illia enfrentó, prácticamente en soledad, el desalojo militar.
FuenteInédito, 21 de junio de 1967; en Marcelo Cavarozzi, Autoritarismo y democracia, Buenos Aires, Editorial Eudeba, 2004, págs. 153-155.

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En la ciudad de Buenos Aires, siendo las 5.20 horas del día 28 de junio de 1966, en el despacho del Excelentísimo Señor presidente de la Nación Argentina, doctor Arturo U. Illia, se encuentran reunidos acompañando al Primer Magistrado ministros, secretarios de Estado, secretarios de la presidencia, subsecretarios, edecanes del señor presidente, legisladores, familiares y amigos.

El señor presidente de la República se encuentra firmando un documento, mientras que un colaborador aguarda a su lado para hacerse dedicar una fotografía. En ese instante irrumpe en el despacho un general de la Nación, precedido por el jefe de la Casa Militar, brigadier Rodolfo Pío Otero, una persona civil y algunas otras con uniforme militar. El mencionado general se ubica sobre el lado izquierdo del señor presidente y pretende arrebatar una fotografía que el doctor Illia se apresta a firmar…

El presidente de la República impide con gesto enérgico semejante actitud, produciéndose entonces el siguiente diálogo:

General: ¡Deje eso! ¡Permítame…!

Varias voces: ¡No interrumpa al señor presidente!

Presidente: ¡Cállese! ¡Esto es mucho más importante que lo que ustedes acaban de hacer a la República! ¡Yo no lo reconozco! ¿Quién es usted?

General: Soy el general Alsogaray.

Presidente: ¡Espérese! Estoy atendiendo a un ciudadano. ¿Cuál es su nombre, amigo?

Colaborador: Miguel Ángel López, jefe de la secretaría privada del doctor Caeiro, señor presidente.

Presidente: Este muchacho es mucho más que usted, es un ciudadano digno y noble. ¿Qué es lo que quiere?

General: Vengo a cumplir órdenes del comandante en jefe.

Presidente: El comandante en jefe de las Fuerzas Armadas soy yo; mi autoridad emana de esa Constitución, que nosotros hemos cumplido y que usted ha jurado cumplir. A lo sumo usted es un general sublevado que engaña a sus soldados y se aprovecha de la juventud que no quiere ni siente esto.

General: En representación de las Fuerzas Armadas vengo a pedirle que abandone este despacho. La escolta de granaderos lo acompañará.

Presidente: Usted no representa a las Fuerzas Armadas. Sólo representa a un grupo de insurrectos. Usted, además, es un usurpador que se vale de las fuerzas de los cañones y de los soldados de la Constitución para desatar la fuerza contra el pueblo. Usted y quienes lo acompañan actúan como salteadores nocturnos que, como los bandidos, aparecen de madrugada.

General: Señor pres… Dr. Illia…

Varias voces: ¡Señor presidente! ¡Señor presiente!

General: Con el fin de evitar actos de violencia le invito nuevamente a que haga abandono de la Casa.

Presidente: ¿De qué violencia me habla? La violencia la acaban de desatar ustedes en la República. Ustedes provocan la violencia, yo he predicado en todo el país la paz y la concordia entre los argentinos; he asegurado la libertad y ustedes no han querido hacerse eco de mi prédica. Ustedes no tienen nada que ver con el Ejército de San Martín y Belgrano, le han causado muchos males a la Patria y se los seguirán causando con estos actos. El país les recriminará siempre esta usurpación, y hasta dudo que sus propias conciencias puedan explicar lo hecho.

Persona de civil: ¡Hable por usted y no por mí!

Presidente: Y usted, ¿quién es, señor…?

Persona de civil: ¡Soy el coronel Perlinger!

Presidente: ¡Yo hablo en nombre de la Patria! ¡No estoy aquí para ocuparme de intereses personales, sino elegido por el pueblo para trabajar por él, por la grandeza del país y la defensa de la ley y de la Constitución Nacional! ¡Ustedes se escudan cómodamente en la fuerza de los cañones! ¡Usted, general, es un cobarde, que mano a mano no sería capaz de ejecutar semejante atropello!

General: Usted está llevando las cosas a un terreno que entiendo no corresponde.

Dr. Edelmiro Solari Yrigoyen: ¡Los que somos hijos y nietos de militares nos avergonzamos de su actitud!

Presidente: Con este proceder quitan ustedes a la juventud y al futuro de la República la paz, la legalidad, el bienestar…

General: Doctor Illia, le garantizamos su traslado a la residencia de Olivos. Su integridad física está asegurada.

Presidente: ¡Mi bienestar personal no me interesa! ¡Me quedo trabajando aquí, en el lugar que me indican la ley y mi deber! ¡Como comandante en Jefe le ordeno que se retire!
General: ¡Recibo órdenes de las Fuerzas Armadas!

Presidente: ¡El único jefe supremo de las Fuerzas Armadas soy yo! ¡Ustedes son insurrectos! ¡Retírense!...

Perlinger: Señor Illia, su integridad física está plenamente asegurada, pero no puedo decir lo mismo de las personas que aquí se encuentran. Usted puede quedarse, los demás serán desalojados por la fuerza…

Presidente: Yo sé que su conciencia le va a reprochar lo que está haciendo. (Dirigiéndose a la tropa policial.) A muchos de ustedes les dará vergüenza cumplir las órdenes que les imparten estos indignos, que ni siquiera son sus jefes. Algún día tendrán que contar a sus hijos estos momentos. Sentirán vergüenza. Ahora, como en la otra tiranía, cuando nos venían a buscar a nuestras casas también de madrugada, se da el mismo argumento de entonces para cometer aquellos atropellos: ¡cumplimos órdenes!

Perlinger: ¡Usaremos la fuerza!

Presidente: ¡Es lo único que tienen!

Perlinger (dando órdenes): ¡Dos oficiales a custodiar al doctor Illia! ¡Los demás, avancen y desalojen el salón!

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Onganía y el derrocamiento de Arturo Illia
Hijo de pequeños productores agrícolas, Juan Carlos Onganía pasó a la historia como el dictador que se propuso gobernar la Argentina por cuarenta años. Quiso ser un nuevo Perón, ser el “padre” del pueblo argentino, pero la respuesta que recibió fue la pueblada cordobesa y apenas pudo presidir el gobierno nacional durante cuatro años.

Onganía había nacido el 17 de marzo de 1914. Egresado del Colegio Militar como teniente, llegó a general de Brigada a los 45 años, durante el gobierno del radical intransigente Arturo Frondizi. En el país de los golpes militares recurrentes, Onganía se hizo conocer a la opinión pública durante los sangrientos enfrentamientos al interior de la fuerza militar de 1962 y 1963, al encabezar a los llamados “azules”, que se suponía que defendían la legalidad constitucional y aspiraban a que el peronismo perdiera el carácter disruptivo y se integrara al sistema institucional del país, en contraposición de los “colorados”, que buscaban su directa eliminación.

El triunfo de los “azules” le valió a Onganía su promoción a Comandante en Jefe del Ejército. Pero aquéllos no sólo cedieron a las presiones al fomentar la proscripción del peronismo para las elecciones de 1963, sino que terminaron encabezando un nuevo golpe de Estado en 1966. La Doctrina de Seguridad Nacional, inspirada por el temor al enemigo comunista interno y una marcada ideología ultra nacionalista, católica y jerárquica, marcaron los pasos del gobierno autoritario que desplazó al radical del pueblo Arturo Illia de la presidencia.

La represión en las universidades, la censura cultural, la clausura de la actividad partidaria, una política económica ultraliberal que benefició a los grandes grupos económicos y el congelamiento de salarios, fueron los rasgos de la política de la autodenominada “Revolución Argentina”. Lejos de acallar a la sociedad, el rumbo de este proyecto dictatorial terminó por azuzar el caldero social y, muy pronto, estudiantes, obreros, empleados, productores agrarios, endurecieron las tibias protestas iniciales. Incluso la misma burguesía antes beneficiada quitó su apoyo al régimen.

En un país convulsionado en extremo, hacia mayo de 1970, un hecho trascendental terminó por cortar el delgado hilo del que pendía Onganía. Los Montoneros se hicieron conocer públicamente con el asesinato del ex dictador Pedro Eugenio Aramburu. Onganía ya no tenía aire. El 8 de junio era desplazado de su cargo. Desde entonces, se lo vio en algún acto oficial en los años de la Dictadura de 1976 y, tras el regreso de la democracia, recién en 1995 reapareció en los medios lanzando su candidatura presidencial. El sarcasmo terminó antes de comenzar. Pocos meses después, fallecía.

En oportunidad de la fecha de su fallecimiento y también del día en que fue derrocado por sus pares militares, reproducimos las palabras de Arturo Illia sobre los efectos del golpe que encabezara Onganía en junio de 1966, aparecidas en la Revista Inédito pocos meses después de producirse su derrocamiento.
Fuente: Revista Inédito, 26 de octubre de 1966.

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"Todo ha sido destruido. Desapareció el sistema republicano, es decir, la República… Actuando como subproductos de cualquier matonismo totalitario, erigen un sistema tribal de gobierno, primitivo e infrahumano. Y casualmente se da como una de las excusas, la de combatir al comunismo. Pero contribuyen, por el contrario, a crear la previa mentalidad totalitaria, sirviendo –como todas las dictaduras- a facilitar el advenimiento de lo que dicen combatir. Como todos los aprendices de brujo, aparecen como mortales enemigos de las construcciones permanentes. Y así las improvisaciones, el aniquilamiento de la seguridad colectiva, la intimación y el miedo…"
Arturo Illia, octubre de 1966

Fuente: El historiador

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Arturo Illia, el presidente de una Argentina que jugaba con fuego


  • Alberto Amato
  • Diario Clarín [x]
  • Memoria. El radical asumió en un contexto de división de las fuerzas armadas, hostigamiento sindical y peronismo proscripto (Nota del responsable del blog: cuanta hipocresía, del autor de la nota y del periodico, la campaña en contra que este presidente tuvo por parte de la prensa, especialmente este diario pocas veces se ha dado en nuestra historia)
  • Aquel era un gobierno destinado al golpe. Estuvo jaqueado desde aún antes de que Arturo Illia triunfara en las elecciones del 7 de julio de 1963, con el peronismo proscripto, con el país ensangrentado por la división de las fuerzas armadas que se habían enfrentado en las calles en abril de ese año y en septiembre del año anterior, después de derrocar en marzo a Arturo Frondizi, y con un peronismo convertido, como casi siempre, en árbitro de la vida política del país que, esta vez, incluía un alto factor de riesgo: un sector del poderoso sindicalismo argentino, en la persona de Augusto Vandor, proponía la posibilidad de llevar adelante un peronismo sin Perón.

  • Aquello era un polvorín. Y el golpe de Estado contra el presidente Arturo Illia, del que hoy 28 de junio se cumple medio siglo, encendió la mecha que lo haría estallar en los años siguientes hasta culminar en la brutal dictadura militar instaurada en marzo de 1976.

  • Illia llegó al poder apenas con el 25 por ciento de los votos, lo que entonces fue visto como un signo de debilidad: un porcentaje menor de votos le permitió al kirchnerismo, desde 2003, gobernar a lo largo de doce años.

  • Illia era un médico que había nacido en Pergamino, provincia de Buenos Aires, pero que había hecho su carrera, profesional y política en Cruz del Eje, Córdoba. Tenía 63 años cuando asumió el gobierno el 12 de octubre de 1963 y una imagen de hombre más mayor, bueno e inocente, que no se condecía en nada con una personalidad astuta, dura y decidida que se había fogueado en la UCR que lideraba Ricardo Balbín. No era un hombre débil, como hizo creer la gigantesca campaña lanzada en su contra ni bien se hizo cargo del gobierno, pero encarnó a un gobierno debilitado: sin mayoría en el Congreso y con la mayor parte de los gobiernos provinciales en manos de la oposición.

  • Aún así, tomó algunas decisiones controvertidas que, además, sirvieron casi de mortaja a su gobierno: pese a la intensa presión y a las amenazas nada veladas de la Embajada de Estados Unidos, Illia anuló los contratos petroleros firmados por Frondizi, sancionó una Ley de Medicamentos contraria a los intereses de los grandes laboratorios y levantó algunas de las restricciones electorales que pesaban sobre el peronismo, aunque la participación directa de Perón siguió prohibida. Eso era poco menos que intolerable para unas fuerzas armadas enfrentadas entre colorados, de un antiperonismo irreductible, y azules, de un supuesto legalismo disfrazado que se animaba, al menos en teoría, a volver a aceptar al peronismo en el futuro: lejano, pero futuro al fin. Los dos bandos aspiraban a que Perón muriera en el exilio, opción que ni pasaba por la cabeza del ya anciano general.

  • Illia, como le ocurriría luego a los gobiernos radicales de Raúl Alfonsín en 1983 y de Fernando De la Rúa (1999), no pudo sancionar una ley que controlara el poder sindical: a seis meses de asumir el gobierno, enfrentó un masivo Plan de Lucha, lanzado por la CGT que, entre mayo y junio de 1964 puso a cuatro millones de obreros a ocupar once mil fábricas de todo el país. La supuesta lentitud de su gobierno fue ridiculizada por el poder sindical que lanzó tortugas en la Plaza de Mayo, mientras los caricaturistas de la época mostraban al presidente como un cansino jubilado que daba de comer a las palomas.

  • En 1964, Vandor organizó el retorno de Perón a la Argentina, una operación destinada al fracaso, y el líder del peronismo fue detenido en Brasil, a pedido de la cancillería argentina, y obligado a retornar a España. El gobierno de Illia salió del episodio más deteriorado que la figura de Vandor, que pese a su proyecto de peronismo sin Perón, o precisamente a causa de él, fue asesinado en 1969.
  • Aquella Argentina jugaba con fuego. Incluso el periodista Jacobo Timerman pergeñó entonces una revista de actualidad política con la única finalidad de influir en la decisión militar de voltear a aquel gobierno que, en el lapso de dos años y ocho meses, enancado acaso en el envión económico que había implicado el desarrollismo frondicista entre 1958 y 1962, sostuvo el presupuesto educativo más alto que recuerde la Argentina; eliminó la censura en los espectáculos públicos, sancionó la Ley del Salario Mínimo, Vital y Móvil y se negó a enviar tropas argentinas en apoyo a la invasión de marines estadounidenses a Santo Domingo en 1965.
  • No era el de Illia el proyecto de gobierno que soñaban los militares en sus cabildeos golpistas y que tenían dos cabezas visibles y emparentadas: entre los civiles, el ingeniero Álvaro Alsogaray y, entre los militares, su hermano, el general Julio Alsogaray, jefe del Ejército tras el derrocamiento de Illia.
  • En la madrugada del 28 de junio, el general Alsogaray protagonizó un dramático y violento altercado en el despacho presidencial con el todavía presidente. Alsogaray, en nombre de las fuerzas armadas, invitó a Illia a dejar la Casa de Gobierno. Illia reivindicó su rol de comandante en jefe de las fuerzas armadas: “Usted –le dijo- y quienes lo acompañan, actúan como salteadores nocturnos que, como los bandidos, aparecen de madrugada”. Poco después, el presidente fue desalojado de la Casa de Gobierno por una brigada lanza gases de la Policía Federal. En el único gesto mediático de su presidencia, acaso involuntario, Illia paró un taxi frente a la Rosada y se hundió en la historia.
  • Esa mañana, en la Confitería Del Molino, un joven veinteañero, hijo de un dirigente radical, planteó la acción armada como única alternativa para enfrentar los cíclicos y frustrantes golpes de estado militares. Era Benito Urteaga, con los años, jefe de la guerrilla trotskista ERP, que murió junto a Mario Santucho en julio de 1976 en un enfrentamiento con el Ejército.
  • Uno de los hijos del teniente general Alsogaray, Juan Carlos, murió en Tucumán, en febrero de 1976 como oficial de la guerrilla peronista Montoneros. Tenía 29 años.

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Jorge L. Devincenzi
Causa Popular

Esa mañana del 28 de junio de 1966 nosotros, los jóvenes ciudadanos de la Argentina recibimos con estupor la noticia de que las fuerzas armadas habían derrocado a un gobierno constitucional y democrático.

No, no fue así, nada fue así.
Desalojo. Momento en que Illia deja la Casa Rosada. El presidente paró un taxi y se fue a su casa. 
Foto Archivo
Desalojo. Momento en que Illia deja la Casa Rosada. El presidente paró un taxi y se fue a su casa. Foto Archivo

Empezando porque hacía frío ese 28 de junio, como suele suceder en todos los inviernos, y era muy temprano cuando salía de un alojamiento media estrella que todavía existe, el Asturias, cerca de Deán Funes e Independencia, con mi amiga Aurora.

Espigada, con esa alegría trágica de los españoles, ella tenía una piel pecosa, rosada y suave; sus rulos eran de un rojo subido, tanto como su pasión y su carnet del pecé.

Era muy desenvuelta, con esa precisión discursiva del militante, y yo bastante tímido.

Pero no tanto como para no animarme a aporrear cada tanto el teclado que entonces había en Chez Tatave, en ese sótano de la cortada Tres Sargentos, antes de que se mudara a la avenida Córdoba.

Monsieur Tatave me conocía, de tanto verme por las noches, y no ocultaba su fastidio por mis incursiones al piano: no le gustaba mi repertorio, o yo era más que mediocre.

Ella creía honradamente que lo inevitable de la historia debía decidirse en Moscú, pero a mí no me importaba. No porque fuera menos determinista que ella (que lo era, aunque prefería unas referencias más heterogéneas donde confluían Madrid, Argelia, Pekín, La Habana y Hanoi) sino porque me gustaba, toda ella, sus ojos, sus piernas y sus pechos.

Legañosos y sin un peso, caminamos hacia Plaza Once, pasamos por La Perla vieja y, sin encontrar conocidos (los Portnoy por ejemplo, que después quedarían “pegados” en el ajusticiamiento de Aramburu), seguimos por Rivadavia hasta un bar que existe tal como era entonces, en la esquina de Saavedra.

Las monedas que juntábamos entre los dos alcanzaban para compartir un solo vaso de leche caliente. Pero el mozo, un desconocido santo de los panes y los peces, dejó sobre la mesa dos descomunales cafés con leche con manteca, dulce y unos panes humeantes y olorosos, sin aceptar disculpas.

-Peores cosas pasan- dijo, más o menos.

No podría afirmar que esos gestos fueran frecuentes en aquel entonces, ni que hoy no lo sean, (al día siguiente pagué la diferencia en lugar de recurrir al “jodete, por boludo”, que, creo, ni existía) pero sí estoy seguro de algo que ni siquiera imaginábamos: esa Argentina que vivíamos estaba comenzando a desaparecer esa mañana de junio.

Y no sólo la Argentina.

Por la avenida Rivadavia pasaron unos camiones con tropas de fajina, y la radio trasmitía la marcha Ituzaingó.

Habían derrocado a don Arturo Illia, el cordobés nacido en Pergamino.

-  Dos. ¿Cómo había llegado don Arturo a la Casa Rosada?

¿Por qué se lo considera un arquetipo de demócrata?

¿Por qué nosotros, los universitarios, en lugar de apoyar esa legalidad, nos manifestábamos ruidosamente contra el Fondo Monetario y contra el gobierno, dando en cierto modo la razón al general Onganía, que veía conspiraciones comunistas en cualquier acto de protesta?

¿Por qué estaba vigente, a pesar de la formalidad democrática, un Plan Conintes destinado a detener a cualquiera sin ninguna garantía constitucional?

¿Por qué, en agosto de 1962, había sido secuestrado y asesinado por la policía el militante peronista Felipe Vallese, de 22 años? ¿Por qué esa democracia nos estaba interesando cada vez menos?

Para saber por qué cayó Illia, hay que comprender cómo y por qué llegó a la Casa Rosada.

El partido militar (dominante) de la Argentina post-1955 estaba dividido entre azules y colorados, denominaciones habituales en los juegos de guerra.

Ni unos eran muy azules ni los otros tan colorados, y se identificaban en un punto: todos eran gorilas y antiperonistas.

En los años que sucedieron a setiembre de 1955, los mandos militares habían barrido todo el disenso dentro de las fuerzas, llegando a fusilar a sus opositores internos en el 56.

Los azules pasaban por más “profesionalistas”, la misma actitud que tendría Videla antes de 1976.

El 23 de setiembre de 1962, Marianito Grondona había redactado lo que se conoció como “Comunicado 150, en el que los azules decretaban que todo el pueblo tenía derecho a votar, pero no al peronismo: se había puesto en marcha el reloj del golpe, cuando todavía Illia ni siquiera era candidato, y su primer capítulo sería proscribir al Frente Nacional que se armaba para las elecciones del año siguiente, cualquiera fuera la denominación que se le diera.

No era una mera suposición: en las elecciones parciales de marzo de ese año se había impuesto ampliamente la fórmula peronista Framini-Anglada en la provincia de Buenos Aires, acelerando la caída de Frondizi.

En el gobierno que le siguió (Guido era un oscuro senador al que se sacó de la cama para cumplir con las formalidades, y que sorprendió al general Poggi ya sentado en el sillón de Rivadavia) aparecen apellidos notables: Álvaro Alsogaray, José Alfredo Martínez de Hoz, Roberto Alemann, Federico Pinedo y Jorge Wehbe, último ministro de Economía de Bignone.

Como el avance peronista es imparable, la Marina, al mando de Rojas, Rial y Sánchez Sañudo, se subleva el 2 de abril (¡?) de 1963 con el objetivo de tomar el poder para impedirlo.

Su mascarón de proa es el decrépito general Benjamín Menéndez, padre de otros generales que luego tendrían sus diez minutos de sombría fama, y, ya con 66 años, jefe de la asonada de 1951 contra Perón.

Un mes antes, los marinos habían pataleado porque la justicia electoral, dominada por los azules y que luego obtendrá el espaldarazo de la Corte Suprema, había otorgado personería a la Unión Popular, un rejunte heterogéneo de peronistas, neoperonistas y falsos peronistas: Tecera del Franco, el neuroperonista Raúl Matera, y los demócratas cristianos, que con Horacio Sueldo, no se decidían.

La sublevación pretendió resolver las cosas de una vez por todas: los tanques de López Aufranc (que luego sería beneficiado con un sillón en el directorio de Acindar, la acería de los Acevedo que competía con la estatal Somisa y Propulsora, de la familia San Martín) bombardearon a los marinos levantiscos.

Los ganadores no se la llevarían de arriba: inaugurando un método luego difundido por Massera, el general Osiris Villegas es ametrallado desde un Falcon de la Armada en su domicilio en Bella Vista, y se salva por un pelito.

La saga de comunicados originados en Campo de Mayo, el feudo de Onganía, iniciada en las postrimerías del gobierno frondizista, no se detuvo. En el n° 179, los azules expresaron lo que deseaban los colorados: “el regreso del peronismo es imposible”.

Aparece Aramburu como la gran esperanza “conciliadora” prefabricada por el Ministerio del Interior, mientras se suceden los decretos limitativos contra la Unión Popular, un método que repetiría Lanusse en el 72 con su famosa “cláusula de residencia” que sólo proscribía al Cuco: Perón, el tirano prófugo, el corruptor de menores, el que se robó el oro del Banco Central, que podía llegar en cualquier momento, montado sobre un avión negro.

Mientras se alienta la candidatura de Aramburu (Udelpa) y se inventan otras, como la de Oscar Alende, la justicia autoriza la fórmula del Frente (Solano Lima - Sylvestre Begnis) pero prohíbe que tenga representantes en el Colegio Electoral.

El 20 de junio de 1963 se emite otro decreto prohibiendo listas completas si en alguna de ellas aparece un peronista, ex peronista o futuro peronista.

Advirtiendo que el Frente ya no es negocio seguro, Matera emigra a la democracia cristiana: no sería la UCRI de Alende, pero era algo.

Horas antes de las elecciones de julio, una declaración firmada por el almirante Rojas y el capitán-ingeniero Álvaro Alsogaray advierte que está en marcha una “coalición peronista-marxista-frigerista”, y que “es falso que existan proscripciones”.

En vista de las presiones, el Frente decide el voto en blanco a minutos del inicio de los comicios, y el 7 de julio la fórmula de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) de Illia-Perette, llega primera con el 25,2% de los votos positivos. Más de 1.700.000 ciudadanos votan en blanco.

¿Pretendería Illia acabar con las proscripciones o, por el contrario, operaría en sintonía con el bando azul, tratando de domesticar al neoperonismo y al “peronismo sin Perón” que ya organizaba Augusto Timoteo Vandor?

Los actuales apologistas de Illia dicen que sí. En realidad, un colorado de ley latía dentro de cada pecho radical. Se suele dividir al radicalismo en tres sectores: el balbinismo, con pie en los medianos productores rurales de la provincia de Buenos Aires, y por ello de naturaleza guitarrera; el unionismo conservador (del que Fernando De la Rúa sería un exponente), más relacionado con el poder tradicional, y el sabbatinismo cordobés, heredero de los lomos negros conservadores.

Los tres sectores habían aportado “comandos civiles” a la Revolución del 55: el propio Illia lo había sido, y también varios de sus colaboradores: Roque Carranza, Alconada Aramburu, Zabala Ortiz.

Durante el gobierno de Illia hubo varios hechos auspiciosos: la ley de medicamentos (conocida como Oñativia), de defensa de los laboratorios nacionales, y que bien pudo ser la causa de su caída; la anulación de los contratos de concesión de petróleo (Banca Loeb, Pan American, Tennessee, Shell, Esso) firmados por Frondizi, que también pudo ser causa de su caída, y un sostenido crecimiento económico.

Pero nada se hizo para redistribuir más equitativamente la riqueza, que venía siendo cada vez más recesiva, y el peronismo era reconocido sólo a medias.

Los militares se fueron convenciendo de que el gobierno no podría con él, con el “hecho maldito del país burgués”.

En febrero de 1964, la CGT anuncia su Plan de Lucha, que en mayo produce diez mil ocupaciones (pacíficas y breves) de establecimientos fabriles.

Al mes siguiente, la gendarmería neutraliza a una célula del EGP que se había asentado en Orán, Salta.

Se inicia un Operativo Retorno de Perón, que fracasa por la negociación de Vandor, Zabala Ortiz y Delia Parodi: el avión que conduce al líder proscrito es detenido en Río de Janeiro y enviado de vuelta a España.

Unos meses antes se había producido en el mismo Brasil un primer ejemplo de lo que sería la intervención de EEUU en América Latina a través de dictaduras militares afines a la doctrina de la seguridad y la Guerra Fría: el gobierno constitucional de Joao Goulart fue derrocado por el general Castelo Branco, un ciclo que duraría hasta 1985.

En setiembre de 1965, y con el mismo argumento de la Guerra Fría, el ejército indonesio ejecuta en una semana a 300 mil opositores.

Tropas de EEUU desembarcan en República Dominicana, con un saldo de 3.000 civiles muertos.

El papel argentino es ambivalente: Zabala Ortiz, en un todo de acuerdo con los militares que ya se adiestraban en la Escuela de las Américas con sede en Panamá, propicia secundar la invasión, pero Illia se opone.

La ingerencia norteamericana desata airadas protestas, sobre todo juveniles.

En medio de una descomunal atomización política (se presentaron 222 partidos) se producen en marzo de 1965 las elecciones para renovación parcial de las cámaras.

Aunque el conjunto del peronismo fragmentado saca 3.400.000 votos, contra 2.600.000 de la UCRP, esta última -por aplicación del sistema proporcional- obtiene 70 bancas contra 52 de los ganadores.

El escenario social no es propicio.

Al frente de la FOTIA, Atilio Santillán conduce en Tucumán a los pequeños cañeros explotados por los grandes ingenios azucareros que les adeudan una zafra completa.

Hay muertos, y Santillán es detenido por aplicación del Conintes.

En junio, Illia firma un acuerdo con los acreedores del Club de París, por el cual se compromete a devaluar el peso, liberar el mercado cambiario y frenar la expansión monetaria.

Mientras triunfan Accavallo y Bonavena en el Luna Park, en octubre llega a Buenos Aires Isabel Martínez, con instrucciones.

En mayo del 66, en la confitería La Real de Avellaneda, son asesinados Rosendo García, Domingo Blajaquis y Juan Zalazar.

Entretanto, la clase media argentina asumía como propia la cultura literaria del sufrimiento, leyendo a Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas.

Se decía que el gobierno de Illia era una tortuga. ¿Pero quién lo decía? Los medios, pero también Vandor y los empresarios, sobre todo éstos últimos, para quien la lentitud era sinónimo de pasividad frente al Plan de Lucha de la CGT.

El 28 de junio Illia es desalojado de la Casa Rosada por una compañía de gases de la policía.

El 2 de julio, los militares prohíben la actividad política.

El 26 de julio, Álvaro Alsogaray, nuevo embajador argentino en EEUU, diserta en Nueva York sobre las nuevas facilidades que brinda el gobierno a los inversores extranjeros y es felicitado por dos de los distinguidos asistentes, Nelson Rockefeller y Spruille Braden.

Luego se anuncia la devaluación del peso.

El 29 de julio se intervienen las universidades: para el que escribe, se habían acabado los mandatos familiares y el éxito personal.

El 7 de setiembre, el estudiante Santiago Pampillón es asesinado por la policía cordobesa.

El 28 de setiembre, un grupo juvenil encabezado por Dardo Cabo, secuestra un avión y aterriza en Malvinas.

El ministro de Relaciones Exteriores es el mismo Nicanor Costa Méndez que quince años después las entregará.

El 31 de diciembre asume Adalbert Krieger Vasena el ministerio de Economía, el mismo que aplaudirá a Menem en el 93.

También jura Guillermo Borda en Interior, y se inicia una larga noche de cursillismo católico pre-conciliar y corporativismo fascista a la criolla, muy funcional al poder económico, con el visto bueno del sindicalismo de Vandor, quien concurre personalmente a la Rosada para estrechar la mano de general con el labio hendido.

Lo que sigue es un torbellino:

En marzo de 68 se crea la CGT de los Argentinos.

En setiembre cae la guerrilla de Taco Ralo.

En abril del 69 hay varios ataques a puestos militares, en mayo mueren los estudiantes Cabral en Corrientes, y Bello en Rosario; estalla el Cordobazo.

En junio se incendian 15 supermercados propiedad de Rockefeller, matan a Emilio Jáuregui en Plaza Once y a Vandor en Parque Patricios.

En noviembre estallan bombas en 15 empresas extranjeras.

En febrero del 70 matan al periodista García Ellorio.

En mayo secuestran a Aramburu.

En junio se impone la pena de muerte y Onganía es derrocado por sus pares, luego de devaluar el peso en ocho oportunidades.

Los militares pretenden quedarse para siempre, y eso era un desafío.

Sólo hacía falta animarse.

Creo que no volví a ver a Aurora después de esa mañana fría del 28 de junio.

Espero que se encuentre bien, que también haya logrado sobrevivir.