sábado, 17 de junio de 2017

Dossier. La complicidad de IBM con el nazismo y el holocausto

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Roberto Bardini
Antes de decidirse a comprar una computadora piénsenlo bien: hay marcas de prestigio que chorrean sufrimiento ajeno por sus cuatro costados. Watson y la IBM ocultan una historia muy oscura. El escritor Edwin Black, autor de IBM y el holocausto, dedica 500 páginas a describir la complicidad de Watson y su compañía con Adolf Hitler. IBM organizó en Alemania el censo de 1933, el primero que recolectó una completa serie de datos sobre los judíos. La firma siempre se presentó a sí misma como "una empresa de soluciones". Lo que nunca dijo fue que en sus inicios también brindó sus servicios a la llamada "solución final". Es decir, al exterminio sistemático de judíos en campos de concentración. Resultó tan eficiente que en 1937 fue agasajado en Berlín por el mariscal Hermann Goering y condecorado por el propio führer. Watson recibió la Cruz al Mérito del Águila germana, la segunda condecoración en importancia del Tercer Reich y la más alta distinción que se podía dar a un extranjero. En el libro de ´IBM y el holocausto´ se asegura que la empresa de Watson organizó desde la identificación de judíos a través de registros y rastreo de antepasados hasta el manejo de los ferrocarriles y la organización del trabajo esclavo en fábricas. Otras grandes empresas también se vincularon al nazismo. Durante el conflicto armado se beneficiaron con mano de obra esclava que no recibía salario y vivía en condiciones infrahumanas. Entre ellas se cuentan Daimler Benz (precursora de Mercedes Benz), IG Farben, Bayer, BMW, Krupp, Volkswagen –con 11 mil obreros forzados– y Siemens, en cuyas plantas durante 1943 el 30 por ciento de los trabajadores eran prisioneros. Posteriormente, algunas de estas compañías pidieron disculpas públicamente y pagaron grandes sumas de dinero a implacables organizaciones judías. De todas las firmas que colaboraron con los nazis, la IBM fue la que salió mejor parada.

En el número 500 de la Avenida Madison, esquina con la calle 57, de Nueva York, se ubica el negro edificio de la International Business Machine, mundialmente conocida como IBM. La imponente construcción parece desafiar al tiempo, la historia, los rumores y, fundamentalmente, la ética. Los aparatos, ya se sabe, carecen de alma y no saben de límites morales. Pero antes de decidirse a comprar una computadora piénsenlo bien: hay marcas de prestigio que chorrean sufrimiento ajeno por sus cuatro costados.

En 1944, IBM desarrolló el Mark I, el primer aparato capaz de ejecutar operaciones complejas. Medía más de 15 metros de largo y 2,5 de alto, pesaba alrededor de cinco toneladas y tardaba unos seis segundos para llevar a cabo una multiplicación. Hasta entonces, la empresa fabricaba, operaba y vendía o alquilaba tabuladores con tarjetas perforadas. Esta máquina –conocida como Hollerit, por el apellido de su inventor– fue la precursora de las computadoras.

El hombre que convirtió a la IBM en marca global se llamaba Thomas J. Watson y nació en Campbell (Nueva York) el 17 de febrero de 1874. Comenzó como vendedor ambulante de máquinas de coser y pianos: recorría polvorientos caminos en un carro tirado por caballos para entusiasmar a granjeros y señoras pueblerinas con productos de dudosa procedencia. En pocas décadas, Watson pasó de la estrecha geografía del campo norteamericano al mundo entero. Murió multimillonario en 1956, a los 82 años. Un mes antes, pasó el control de la empresa a su hijo mayor, llamado igual que él. Su otro hijo, Arthur K. Watson, fue presidente de IBM World Trade Corp, que manejaba las operaciones internacionales de la compañía.

Ideas e ideales
El sitio web de la empresa asegura: "IBM es una empresa pionera en la promoción y el desarrollo de programas de responsabilidad social. Fue su primer presidente, Thomas J. Watson, quien en los inicios de la compañía puso en marcha un plan de donación de parte de los beneficios a través de diversos programas filantrópicos. Hoy día esta concientización de apoyo a los diferentes sectores de la sociedad sigue muy arraigada en IBM. Según un estudio realizado por el centro para la Ciudadanía Corporativa del Boston Collage, IBM es la empresa líder a nivel mundial en el desarrollo de estrategias de responsabilidad social".

Más adelante se lee: "En 1999 IBM alcanzó, por sexto año consecutivo, el récord de registros de patentes tecnológicas: 2.756. La compañía posee más de 30 mil patentes en todo el mundo y espera la oficialización de varias decenas de miles más. Además, IBM se ha hecho acreedora en seis ocasiones de la Medalla Nacional de Tecnología, el más alto galardón que se concede en los Estados Unidos a las labores de innovación. Asimismo, ha recibido en tres ocasiones la Medalla Nacional de la Ciencia".

También se reproduce una frase de Watson: "Si uno quiere ser mañana una gran empresa, debe empezar a actuar hoy mismo como si lo fuera". Según uno de sus biógrafos oficiales, Watson adoptó para la IBM el lema "Paz del mundo con comercio mundial". Durante sus 42 años al frente de la firma recibió y entretuvo a reyes, presidentes, primeros ministros y embajadores cuando visitaron Nueva York. Y llevó a la práctica otra de sus máximas: "Intercambio no sólo de mercancías y servicios, sino también de hombres y métodos, ideas e ideales".

Programas de responsabilidad social, donación de parte de los beneficios y planes filantrópicos... Récord de registros de patentes tecnológicas, labores de innovación y galardones científicos... Paz mundial, ideas e ideales... Como diría un escéptico: "Demasiado bueno para ser cierto". O, por lo menos, totalmente cierto. Porque la verdad es que lo que la propaganda oficial no dice es que Watson y la IBM ocultan una historia muy oscura, tan negra como el edificio de la sede central neoyorkina. 

Un hombre justo y recto

En 1895, a los 21 años de edad, Watson se vinculó a una de las compañías más rapaces de la época: la National Cash Register (NCR), fabricante y distribuidora de cajas registradoras. En pocos meses se convirtió en vendedor estrella de la firma. Durante 17 años, para eliminar a la competencia, el ex viajante no dudó en utilizar los mismos métodos de la Mafia: venta de máquinas con desperfectos, sobornos, utilización de cuadrillas, intimidación, destrucción de locales. En febrero de 1912, Watson y una docena de ejecutivos de la NCR fueron acusados por el gobierno federal de "conspiración criminal para restringir el comercio y construir un monopolio". Los fiscales dijeron que Watson y sus secuaces se comportaban como "bandidos mexicanos" (William Rodgers, Think: A biography of the Watsons and IBM, Stein and Day, Nueva York, 1969).

Watson renunció a la NCR y se vinculó a Charles Flint, presidente de la Compañía Tabuladora Registradora (CTR), un acaudalado capitalista sin escrúpulos. Flint, uno de los primeros estadounidenses en poseer un automóvil, había sido vendedor de armas y barcos a países en guerra entre sí (Chile y Perú, Japón y Rusia). También fue el perfeccionador de la infame modalidad comercial denominada trust, combinaciones empresariales que con maniobras secretas destruyen a la competencia. La especialidad de CTR era la tabuladora y clasificadora de tarjetas perforadas Hollerith, utilizada para ordenar datos en censos. 


Al poco tiempo, Watson se convirtió en ejecutivo líder de la empresa y los periódicos comenzaron a mencionar su nombre. Paternalista y autoritario, obligó a todos los empleados a vestir trajes negros y camisas blancas almidonadas. Incluso, ordenó componer una canción:
Mister Watson es el hombre para el que trabajamos,
El líder de la CTR.
Es el hombre más justo y recto que conocemos:
Sincero y correcto.
Nos ha enseñado las reglas del juego
Y a ganar la pasta. 


Fue él quien en 1924 sustituyó el nombre de Compañía Tabuladora Registradora por International Business Machine. Y explicó el cambio con las siguientes palabras: "IBM es más que un negocio. Es una gran institución global que vivirá para siempre" (Saul Engelbourg, International Business Machine: A Business History, Arno Press, Nueva York, 1976).

Una "empresa de soluciones" 
"Ninguna compañía del siglo XX logró mayor éxito ni engendró mayor admiración, respeto, envidia, temor y odio que IBM". Así comienza el libro de Emerson W. Pugh, Building IBM: Shaping an Industry and Its Technology ("Construyendo IBM: Formando una industria y su tecnología", The MIT Press, Cambridge, 1995). Sin embargo, Pugh no entra en demasiados detalles sobre la década del 30, cuando Watson viajó a Alemania y ofreció los servicios de IBM al precoz nazismo.

En cambio, el escritor Edwin Black, autor de IBM y el holocausto (editorial Atlántida, Buenos Aires, 2001), dedica 500 páginas a describir la complicidad de Watson y su compañía con Adolf Hitler. IBM organizó en Alemania el censo de 1933, el primero que recolectó una completa serie de datos sobre los judíos. La firma siempre se presentó a sí misma como "una empresa de soluciones". Lo que nunca dijo fue que en sus inicios también brindó sus servicios a la llamada "solución final". Es decir, al exterminio sistemático de judíos en campos de concentración. 

Con la colaboración de más de cien personas en siete países, Black –hijo de supervivientes polacos del llamado Holocausto– se dedicó tres años a investigar el tema. Recolectó más de 20 mil páginas de documentos provenientes de bibliotecas, museos y archivos de Alemania, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Holanda, Israel y Polonia. El libro se publicó simultáneamente en 40 países y se tradujo a nueve idiomas.

El escritor afirma que el primer presidente de IBM dejó muy conformes a sus clientes alemanes. Resultó tan eficiente que en 1937 fue agasajado en Berlín por el mariscal Hermann Goering y condecorado por el propio führer. Watson recibió la Cruz al Mérito del Águila germana, la segunda condecoración en importancia del Tercer Reich y la más alta distinción que se podía dar a un extranjero. El país que había sido derrotado en la Primera Guerra Mundial y se preparaba para la revancha, se convirtió en el mercado más lucrativo de la compañía después de Estados Unidos.

Entusiasmado con las ganancias, Watson recurrió a las más sofisticadas maniobras de ocultamiento, intermediación y juegos dobles. Visitó Alemania regularmente entre 1933 y 1939. Cuando ese último año comenzó la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia, el ávido hombre de negocios utilizó intermediarios en Suiza para que las más modernas máquinas de tabulación de tarjetas llegaran al Tercer Reich. En 1941, incluso, organizó el traslado de algunas de sus aparatos a Rumania.

Un código de barras del siglo XIX 
La filial alemana de IBM, llamada Deutsche Hollerith Maschinen Gesellschaft (Dehomag), diseñó complejos procedimientos para cruzar nombres, direcciones, genealogías y cuentas bancarias de ciudadanos. Con la ayuda de las tarjetas perforadas Hollerith, adaptadas a sus necesidades, los nazis automatizaron la persecución contra judíos, gitanos, izquierdistas, clérigos e "inadaptados". Después de identificarlos se podía lograr eficazmente la confiscación de sus bienes, su deportación, la reclusión en ghettos o campos de concentración, su explotación laboral y su aniquilación. IBM y el holocausto asegura que la empresa de Watson organizó desde la identificación de judíos a través de registros y rastreo de antepasados hasta el manejo de los ferrocarriles y la organización del trabajo esclavo en fábricas.

Ese mismo sistema, explica Edwin Black, servía para clasificar a las víctimas en los campos de concentración. Cada persona que ingresaba a los centros de reclusión recibía un número de identificación Hollerith.

Las tarjetas diseñadas por Dehomag eran rectangulares, medían 13 centímetros de largo por ocho de alto y estaban divididas en columnas numeradas con perforaciones en varias hileras. Cada prisionero de los campos nazis tenía una ficha. Se identificaban 16 categorías de reclusos, según las posiciones de los agujeros. La clave de los homosexuales era el número tres, a los judíos les correspondía el número ocho, a los "antisociales" el nueve y a los gitanos el 12. Según sostiene Black, las tarjetas perforadas –cuyo propósito inicial fue sistematizar la recolección de información para los censos de población– eran "un código de barras del siglo XIX para seres humanos".

"Cuando Alemania quiso una lista de los judíos, IBM le mostró cómo hacerla," afirma el escritor. "Cuando el Reich quiso usar esa información para empezar programas de expulsión social y expropiación, IBM proveyó los medios. Cuando los trenes tenían que llegar a tiempo a los campos de concentración, IBM le ofreció soluciones. En última instancia, no hubo nada que IBM no estuviera dispuesta a hacer por un Reich dispuesto a pagar bien".

Black llega a la siguiente conclusión: "Sin IBM el Holocausto hubiera sido, como fue en muchos episodios, un asunto de simples fusilamientos, de marchas de la muerte y masacres organizadas con lápiz y papel. La automatización y la tecnología fueron cruciales en los fantásticos números que Hitler logró asesinar".

Negocios son negocios 
Thomas J. Watson devolvió la condecoración nazi del águila germana cuando Estados Unidos estaba a punto de entrar en la Segunda Guerra Mundial. Y como se veía mal hacer dinero con la guerra, el negociante anunció a los cuatro puntos cardinales que destinaría el uno por ciento de sus ganancias a un fondo de ayuda para viudas y huérfanos.

Otras grandes empresas también se vincularon al nazismo. Durante el conflicto armado se beneficiaron con mano de obra esclava que no recibía salario y vivía en condiciones infrahumanas. Entre ellas se cuentan Daimler Benz (precursora de Mercedes Benz), IG Farben, Bayer, BMW, Krupp, Volkswagen –con 11 mil obreros forzados– y Siemens, en cuyas plantas durante 1943 el 30 por ciento de los trabajadores eran prisioneros. Posteriormente, algunas de estas compañías pidieron disculpas públicamente y pagaron grandes sumas de dinero a implacables organizaciones judías. De todas las firmas que colaboraron con los nazis, la IBM fue la que salió mejor parada.

Al finalizar el conflicto en 1945, ninguno de los ejecutivos de la IBM fue sentado en el banquillo de los acusados durante el juicio de Nüremberg. Por el contrario, en medio de las ruinas del Tercer Reich, IBM descubrió que su fábrica no había sido destruida por los bombardeos, encontró sus ganancias intactas en cuentas especiales de países neutrales y recuperó sus máquinas. Entonces, muy pragmáticamente, se pasó al otro bando y suministró a los vencedores los servicios de su empresa para administrar la ocupación aliada de Alemania.

Más de medio siglo más tarde, la gran corporación sigue sin dar una explicación. Uno de los hijos de Thomas J. Watson, autor del libro Padre e Hijo, sostiene: "Mi padre(...) era muy escrupuloso en cuanto a ganar dinero con la producción de guerra, tanto por consideraciones de orden moral como por proteger la imagen de IBM. No quería que acusaran a la compañía de aprovecharse de la situación".

Los biógrafos de IBM se dedicaron a lavar la imagen de Watson y, como dice Black, lo transformaron en "magnate legendario, estadista internacional y por último majestuoso ícono estadounidense". La tecnología de tarjetas perforadas Hollerith –con algunos adelantos- es la misma que se utilizó en las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre de 2000, en las que triunfó George W. Bush. No hay que olvidar que el segundo nombre de la empresa es "Business". 

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IBM los nazis y el Holocausto


Thomas J. Watson, el hombre que creó a la compañía IBM (International Business Machine) y la convirtió en una marca global, comenzó como vendedor ambulante de pianos y máquinas de coser, recorriendo los caminos en un carro tirado por caballos. En pocas décadas, Watson pasó de la limitada geografía estadounidense al mundo entero. Un mes antes de morir multimillonario a los 82 años, en 1956, pasó el control de la empresa a su hijo mayor, de su mismo nombre, mientras su otro hijo, Arthur K. Watson, fue presidente de IBM World Trade Corp., que manejaba las operaciones internacionales de la compañía.

El sitio web de la firma asegura: "IBM es una empresa pionera en la promoción y el desarrollo de programas de responsabilidad social". También reproduce una frase de Watson: "Si uno quiere ser mañana una gran empresa, debe empezar a actuar hoy mismo como si lo fuera". Según uno de sus biógrafos, Watson adoptó para IBM el lema "Paz del mundo con comercio mundial", a la vez que disponía de la donación de parte de los beneficios a través de diversas obras filantrópicas. Programas de responsabilidad social, planes filantrópicos, paz mundial y otros ideales... Como diría un escéptico: "Demasiado bueno para ser cierto". Y la verdad es que la propaganda oficial no dice que Watson y la IBM ocultan una historia demasiado oscura. Tan negra como la fachada del edificio de su sede central en Nueva York.

Esta historia negra comienza cuando en 1895, a los 21 años de edad, Watson ingresó a una de las compañías más rapaces de la época: la National Cash Register (NCR), fabricante de cajas registradoras. En pocos meses se convirtió en el vendedor estrella de la firma. Durante 17 años no dudó en utilizar métodos mafiosos para eliminar a la competencia, como sobornos, utilización de patotas, intimidaciones y destrucción de locales. En febrero de 1912, Watson y otra docena de ejecutivos de la NCR fueron acusados por el gobierno de "conspiración criminal para restringir el comercio y construir un monopolio". Los fiscales afirmaron que los imputados se comportaban como "bandidos mexicanos" (en esa época y por mucho tiempo la imagen más nítida que los norteamericanos tenían de su vecino México eran las andanzas de Pancho Villa, Emiliano Zapata y otros revolucionarios).
Watson renunció a NCR y se unió a Charles Flint, presidente de la Compañía Tabuladora Registradora (CTR), otro acaudalado personaje sin escrúpulos. Flint, además de ser uno de los primeros norteamericanos en poseer un automóvil, había vendido armas y barcos a países que guerreaban entre sí, como Japón-Rusia y Chile-Perú. También fue quien perfeccionó la poco ética modalidad comercial del "trust", las combinaciones empresarias que con maniobras secretas destruyen a la competencia. La especialidad de CTR era la tabuladora y clasificadora de tarjetas perforadas Hollerith, utilizada mayormente para ordenar los datos de los censos. En poco tiempo, Watson se convirtió en el ejecutivo líder de la empresa y su nombre comenzó a aparecer en los periódicos. Paternalista y autoritario a la vez, obligaba a todos los empleados a vestir trajes negros y camisas blancas almidonadas, y hasta ordenó componer una canción en su honor para que ellos la cantaran. En 1924 cambió el nombre de la CTR por el de International Business Machine (IBM), explicando el cambio con estas palabras: "IBM es más que un negocio.

Es una gran institución global que vivirá para siempre". Una visión de futuro a la que no se le podía achacar precisamente falta de optimismo.

Sociedad con el Reich
El libro "Building IBM: Shaping an Industry and its Technology" (Construyendo IBM: Formando una Industria y su Tecnología), de Emerson W. Pugh, comienza diciendo: "Ninguna compañía del siglo XX logró mayor éxito ni engendró mayor admiración, respeto, envidia, temor y odio que IBM". Sin embargo, el autor no entra en demasiados detalles sobre la década de 1930, cuando Watson viajó a Alemania y ofreció los servicios de IBM al nazismo.

En cambio el escritor Edwin Black, autor de "IBM y el holocausto", dedicó 500 páginas a describir la complicidad de Watson y su compañía con Adolf Hitler. Por ejemplo, IBM organizó en Alemania el censo de 1933, el primero que reunió una completa serie de datos sobre los judíos. La compañía siempre se presentó como "una empresa de soluciones". Lo que jamás dijo es que también brindó sus servicios a la llamada por los nazis "solución final", o sea al exterminio sistemático de judíos en campos de concentración.

Black -hijo de sobrevivientes polacos del holocausto-, contando con la colaboración de más de cien personas en siete países dedicó tres años a investigar el tema. Reunió más de 20.000 páginas de documentos en archivos de Alemania, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Israel, Polonia y Holanda, y su libro fue publicado simultáneamente en 40 países y traducido a nueve idiomas.

El escritor sostiene que el primer presidente de IBM, Watson, dejó muy conformes a sus clientes nazis. Su eficiencia hizo que en 1937 fuera agasajado en Berlín por el mariscal Hermann Göering y condecorado por el propio Führer con la Cruz al Mérito del Aguila germana, la segunda condecoración de importancia en el Tercer Reich y la más alta distinción que se podía dar a un extranjero.

Entusiasmado con las ganancias que obtenía, Watson recurrió a las más sofisticadas maniobras de ocultamiento, intermediación y dobles juegos.


Visitó Alemania con regularidad entre 1933 y 1939, y cuando en este último año comenzó la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia, el ávido magnate utilizó intermediarios en Suiza para que las más modernas máquinas de tabulación de tarjetas llegaran al Tercer Reich. Incluso en 1941 organizó el traslado de algunas de esas máquinas a Rumania.


Marcados para morir

La filial alemana de IBM, Deutsche Hollerith Maschinen Gesellshaft (Dehomag), diseñó complejos procedimientos para cruzar nombres, direcciones, orígenes y cuentas bancarias de ciudadanos. Con la ayuda de las tarjetas perforadas Hollerith adaptadas a sus "necesidades", los nazis automatizaron las persecuciones a judíos, gitanos, izquierdistas, clérigos e "inadaptados sociales". Una vez identificados podía lograrse con eficacia la confiscación de sus bienes, su deportación, su reclusión en ghettos o campos de concentración, su explotación laboral y su aniquilación. En "IBM y el holocausto", Black asegura que la empresa de Watson organizó desde la identificación de judíos a través de registros y rastreos de antepasados, hasta el manejo de los ferrocarriles y la organización del trabajo esclavo en fábricas.

Ese mismo sistema, explica Black, servía para clasificar a las víctimas en los campos de concentración. Cada persona que ingresaba recibía un número de identificación Hollerith. Las tarjetas de Dehomag eran rectangulares, medían trece centímetros de largo por ocho de alto y estaban divididas en columnas numeradas con perforaciones en varias hileras. Cada prisionero de los campos de concentración nazis tenía una ficha y se identificaban 16 categorías de reclusos según las posiciones de los agujeros. La clave de los homosexuales era el número 3, la de los judíos el 8, a los "antisociales" les tocaba el 9 y a los gitanos el 12. Según Black, estas tarjetas perforadas -cuyo propósito inicial fue sistematizar la recolección de información para los censos de población- eran en realidad "un código de barras para seres humanos".

El escritor señala: "Cuando Alemania quiso una lista de los judíos, IBM le mostró cómo hacerla. Cuando el Reich quiso usar esa información para comenzar programas de expulsión social y expropiación, IBM le proveyó los medios. Cuando los trenes tenían que llegar a tiempo a los campos de concentración, IBM le ofreció soluciones. En última instancia, no hubo nada que IBM no estuviera dispuesta a hacer por un Reich dispuesto a pagar bien".

Finalmente Black expresa esta conclusión: "Sin IBM el Holocausto hubiera sido, como fue en muchos episodios, un asunto de simples fusilamientos, de marchas de la muerte y masacres organizadas con lápiz y papel. La automatización y la tecnología fueron cruciales en los fantásticos números que Hitler logró asesinar".

Prontuario limpio

Cuando Estados Unidos estaba a punto de entrar en la Segunda Guerra Mundial, Thomas J. Watson devolvió la condecoración que le habían otorgado los nazis, y como era mal visto hacer dinero con la guerra anunció a todo el mundo que destinaría el uno por ciento de sus ganancias a un fondo de ayuda para viudas y huérfanos. Una fácil salida para lavar sus culpas de haber colaborado con Hitler.

Hubo otras grandes empresas que se habían vinculado al nazismo y que durante el conflicto armado se beneficiaron con mano de obra esclava que no recibía salario alguno y vivía en condiciones infrahumanas. Entre ellas están Daimler Benz -la antecesora de Mercedes Benz-, IG Farben, Bayer, Krupp, BMW, Volkswagen -que llegó a tener a 11.000 obreros esclavos- y

Siemens, en cuyas plantas el 30 por ciento de los trabajadores eran prisioneros. Posteriormente, algunas de estas empresas pidieron disculpas públicamente y pagaron grandes sumas de dinero a implacables organizaciones judías. Pero de todas las firmas que colaboraron con los nazis, IBM fue la que salió mejor parada.

Cuando finalizó la guerra en 1945, ninguno de los ejecutivos de IBM fue llamado a sentarse en el banquillo de los acusados durante el juicio de Nüremberg. Más aún, en medio de las ruinas del Tercer Reich, la firma descubrió que su fábrica no había sido destruída por los bombardeos. Incluso recuperó sus máquinas y se encontró con sus ganancias intactas en cuentas especiales en países neutrales. Entonces, en un drástico cambio de actitud, Watson se pasó al otro bando y suministró a los vencedores los servicios de su empresa para administrar la ocupación aliada de Alemania.

Más de sesenta años después, la gran corporación sigue sin dar ninguna explicación. Uno de los hijos de Thomas J. Watson y autor del libro "Padre e Hijo", sostiene: "Mi padre era muy escrupuloso en cuanto a ganar dinero con la producción de guerra, tanto por consideraciones de orden moral como por proteger la imagen de IBM. No quería que acusaran a la compañía de aprovecharse de la situación". Por el contrario, ya hemos visto sobradamente los escrúpulos del señor Watson y, precisamente, cómo se aprovechó de la situación. Posteriormente, los biógrafos de IBM se dedicaron a lavar la imagen de Watson y, como dice Edwin Black en su libro, lo transformaron en "magnate legendario, estadista internacional y majestuoso ícono estadounidense".

La tecnología de las tarjetas perforadas Hollerith, obviamente que con algunos adelantos, es la misma que se utilizó en las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre del 2000, en las que triunfó George W. Bush. Como señala el periodista Roberto Bardini -de cuya nota en el sitio "Bambú Press" se tomó parte de este informe-, "no hay que olvidar que el segundo nombre de la empresa es 'Business' (negocios)".


Maldición gitana

Pese a los intentos de IBM por lavar su imagen y de Estados Unidos por hacerse el distraído sobre una cuestión que conoce perfectamente, hay muchos en el mundo que no olvidan. Entre ellos no se encuentran, aunque parezca extraño, los judíos, que siempre han mantenido presente el tema del Holocausto y que, a través de diversas organizaciones y con la colaboración de los servicios secretos israelíes, han aplicado no pocos esfuerzos a la caza de nazis refugiados en otros países. Será quizás porque, como se señaló anteriormente, IBM les pagó generosas sumas a manera de resarcimiento o porque es una empresa líder en un país aliado como Estados Unidos, necesario además para ayudarlo a sostener su ancestral lucha contra el enemigo árabe.

Sin embargo, los gitanos -uno de los sectores también muy afectados por la persecución nazi- no olvidaron.

Desde hace más de cinco años IBM viene solicitando al Tribunal Supremo suizo que detenga los intentos de un grupo gitano para que el gigante informático sea procesado judicialmente en ese país, por colaborar con el nazismo en la identificación y registro de sus víctimas.

Ese grupo acusa concretamente a IBM de facilitar al Tercer Reich la maquinaria de tarjetas perforadas Hollerith sabiendo de antemano cuál iba a ser su función. La compañía apeló el caso y su intención es que el citado órgano jurisdiccional anule una autorización anterior que dio luz verde a los tribunales de Ginebra para juzgarlo.

En caso de que los demandantes logren seguir adelante con sus acusaciones y la justicia suiza les dé la razón, ello podría costarle a IBM unos 10.000 millones de euros en indemnizaciones, según calcula el abogado del grupo gitano. En el proceso actúan cinco demandantes que perdieron a miembros de su familia en campos de exterminio nazis entre 1939 y 1945, período en el que se estima que fueron asesinados unos 600.000 gitanos en Europa. Ahora éstos reclaman a IBM 16.000 euros por cada víctima. Si el proceso sigue adelante podría demorar otros cinco años más, en especial por lo complicado que será tratar con diferentes aspectos de la legislación internacional.


Conclusión

Lo hasta aquí relatado no hace sino intentar poner el acento en la catadura moral de quienes conducen las grandes multinacionales a las que les importa un rábano el bien de la humanidad, por más que declamen procurarlo, se disfracen con un manto de filantropía y pretendan lavar su imagen encarando programas de ayuda a los desvalidos.

En diversas notas nos hemos referido al pérfido accionar de compañías como Dow Chemical, Monsanto, Bayer y otras que, o bien también han colaborado con el nazismo o conforman una verdadera mafia químico-farmacéutica.

En esta ocasión queda en evidencia el matrimonio por conveniencia entre IBM y el Tercer Reich. Una sociedad en la cual el gigante de la informática no reparó, por acumular dinero, en ayudar a conducir a la muerte a millones de personas. Colaboración que al parecer sólo ha merecido el silencio o la distracción del mundo entero.

Sólo un pequeño grupo de gitanos se atreve a enfrentar a la empresa, y no con las armas sucias que ésta exhibió en su actuación durante la Segunda Guerra Mundial, sino a través de la legalidad de un juicio justo.

Finalmente, ¿será justicia?

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Los nazis usaron tecnología de IBM en el Holocausto



Michael Dobbs

The Washington Post/Clarín


Thomas J. Watson, el fundador de IBM, aceptó en junio de 1937 una distinción que se volvería en su contra: una medalla que Adolf Hitler creó para extranjeros "que demostraron ser dignos del Reich alemán". Rebosante de svásticas y águilas, la medalla confirmaba la contribución de IBM a la automatización de la Alemania nazi.

En aquel momento, Alemania era el segundo cliente de IBM después de EE.UU. Los historiadores ya documentaron cómo la tarjeta perforada de IBM, precursora de las computadoras, desempeñó un papel importante en áreas que iban desde la puntualidad de los trenes alemanes hasta el programa de rearme de Hitler, pasando por los datos de censos, que constituían un elemento clave para la política racista nazi.

Pero un nuevo libro supone un paso más contra Watson e IBM y sostiene que la tecnología de esa empresa contribuyó a facilitar el Holocausto al permitir que Hitler automatizara la persecución a los judíos mediante la creación de listas de grupos destinados a la deportación a campos de exterminio.

El libro cuenta cómo, después de que IBM perdiera el control sobre las operaciones en Alemania en 1941 y Watson devolviera su medalla, la misma tecnología se siguió usando en Auschwitz y otros campos nazis a los efectos de registrar los ingresos y hacer un seguimiento de los trabajos forzados.

"La tecnología de IBM contribuyó a que las cifras del Holocausto alcanzaron niveles verdaderamente fantásticos", argumenta Edwin Black, ex periodista e hijo de sobrevivientes del Holocausto. Black pasó tres años analizando la participación de IBM en la Alemania nazi para escribir su libro, "IBM y el Holocausto". "El Holocausto habría tenido lugar con o sin IBM, pero el Holocausto tal como lo conocemos, el Holocausto de las cifras impresionantes, es el Holocausto de la tecnología IBM. Permitió a los nazis trabajar en otra escala, con más velocidad y eficiencia".

Las conclusiones de Black dieron lugar a un acalorado debate entre especialistas en el Holocausto. Algunos historiadores avalan la tesis de Black de que IBM y su subsidiaria alemana desempeñaron un papel importante en la persecución nazi. Otros, en cambio, insisten en que la tecnología IBM no tuvo mucho que ver con el Holocausto.

Carol Makovic, portavoz de IBM, señaló que a la empresa le resulta difícil hacer declaraciones respecto del libro de Black ya que no tuvo acceso al mismo antes de su publicación. Agregó que IBM está dispuesta a colaborar con investigadores independientes y que depositó archivos importantes en la Universidad de Nueva York y la Universidad Hohemheim de Stuttgart, Alemania. Señala que la documentación sobre las actividades de la compañía en la Alemania nazi es "incompleta y de ninguna manera concluyente". "Claro que IBM considera que el régimen nazi fue algo lamentable", afirmó.

Según un mensaje interno de la compañía informática, la IBM alertó a sus empleados sobre la aparición del libro y dijo que si la obra "muestra nueva y verificable información que permita avanzar en el conocimiento de esa trágica era, IBM lo examinará y pedirá a reconocidos eruditos e historiadores que hagan lo mismo".

Una demanda contra la empresa fue presentada en Nueva York por sobrevivientes del Holocausto. Le reclaman compensaciones económicas.

La afirmación más controvertida del libro de Black es que la tecnología de tarjeta perforada de IBM se usó para generar listas de judíos y otras víctimas a las que luego se deportaba. Si bien no hay duda de que IBM de Nueva York permitió la utilización de su tecnología en operaciones de censo nazis, entre ellas los de 1933 y 1939, lo que se debate es la utilidad que tuvieron en la localización de personas.

La tecnología de tarjeta perforada se remonta a 1884. Herman Hollerith, un ingeniero germano-norteamericano de 20 años, creó un dispositivo para almacenar datos en tarjetas por medio de una serie de perforaciones, cada una de las cuales representaba un dato distinto, tales como edad, educación, domicilio y religión. Las tarjetas se ingresaban luego a una máquina, que cruzaba toda la información.

Las máquinas de Hollerith fueron la tecnología de información más sofisticada antes del advenimiento de la era de la computación. A partir de mediados de la década de 1920, las tarjetas perforadas fueron el principal vehículo de la expansión de IBM en todo el mundo. IBM patentó la tecnología, con lo que la empresa podía alquilar máquinas a sus clientes y al mismo tiempo ejercer un estricto control sobre la provisión de tarjetas perforadas.

La tecnología de Hollerith brindó a los nazis una poderosa herramienta de control social. Pocas semanas después del ascenso de Hitler al poder, en 1933, el director de la subsidiaria alemana de IBM, Willy Heidinger, proclamó que las máquinas ayudarían al Fuhrer a mantener la "pureza" y la "salud" de la política alemana.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, en 1939, IBM ya entregaba a la Alemania nazi más de mil millones de tarjetas perforadas por año, según el libro de Black. Las relaciones amistosas entre IBM y la Alemania nazi se deterioraron desde junio de 1940, cuando Watson le devolvió a Hitler su medalla con la explicación de que ya no podía seguir apoyando "la política de su gobierno". Al año siguiente, Watson perdió el control de la subsidiaria alemana de IBM, la Dehomag, que pasó a manos de Heidinger, del partido nazi.

Si bien no hay pruebas de que IBM supiera que las máquinas de Hollerith se utilizaban en lugares como Auschwitz, Black sostiene que la empresa lucró con las actividades de su subsidiaria Dehomag.