jueves, 29 de junio de 2017

Anatomía de un golpe

Alberto Amato, Maria Seoane, Vicente Muleiro
Publicado el 1 de noviembre de 1998


La que sigue es la nota principal del suplemento publicado el 22 de marzo de este año, basada en los documentos del Departamento de Estado de los EE.UU. Los 125 documentos secretos enviados por la Embajada de EE.UU. a Henry Kissinger entre octubre del 75 y mayo del 76, a los que Clarín tuvo acceso, son una cruda radiografía de la atormentada democracia argentina y desnudan las pasiones trágicas de aquellos años de plomo.

Así se lee en una serie de documentos pedidos por Clarín al Departamento de Esado de los Estados Unidos y cedidos porque se había levantado sobre ellos la clasificación de Secret o Confidential que merecieron hace veintitrés años, con excepción de dos, que aún no fueron desclasificados. Clarín accedió así a ciento veinticinco informes enviados por la Embajada en Buenos Aires entre octubre de 1975, en plena crisis institucional del país y del peronismo, y mayo de 1976, dos meses después de instalada la dictadura.Ya el 13 de febrero de 1976, el secretario de Estado para Asuntos Interamericanos, William Rogers, envió al secretario de Estado Henry Kissinger (en Estados Unidos gobernaba Gerald Ford), un documento clasificado como Secreto, titulado Posible golpe en Argentina en el que asegura: Hemos tenido numerosos informes sobre los planes castrenses -y de sus coconspiradores civiles- con respecto a la forma de gobierno que se instituiría tras el golpe. Se suspendería el Congreso y habría un presidente militar o bien un presidente civil como figura decorativa, mientras los militares mantendrían el poder real. (...) Sin embargo, cuando intensifique su lucha contra la guerrilla es casi seguro que el gobierno militar en Argentina cometerá violaciones a los derechos humanos que generen críticas internacionales. En Estados Unidos, ello podría generar presiones públicas y del Congreso que complicarían nuestras relaciones con el nuevo régimen.Quince días más tarde, el 28 de febrero, en el documento secreto codificado 1373 firmado por el embajador Robert Hill, la Embajada americana da por hecho que según nuestros informes Videla, más que Viola, será el presidente, hace los pronósticos sobre el gabinete y el destino de la presidenta y sólo se equivoca en dos vaticinios: (...) los partidos políticos continuarán funcionando (aunque posiblemente dentro de parámetros más delimitados). En general, pareciera que los militares seguirán una línea relativamente moderada.Los partidos políticos fueron prohibidos y la dictadura, que la Embajada estadounidense imaginó relativamente moderada, ideó un plan de exterminio que, con la excusa de reprimir a la subversión, costó la vida de miles de obreros, estudiantes, empleados, profesionales, docentes, amas de casa, soldados, periodistas, actores, artistas, religiosos y diplomáticos.Ese mismo documento revela los contactos de la Iglesia Católica con la embajada americana: (...) El nuncio papal le dijo al embajador Hill el 27 feb. que tiene entendido que el almirante Montes será el nuevo ministro de Relaciones Exteriores (DAO tiene un informe similar). El nuncio papal era monseñor Pío Laghi. La sigla DAO identifica a Defense Attaché Officer, es decir, el agregado militar de la Embajada. En otro punto del informe, la Embajada revela: El nuncio papal le dijo al embajador Hill que tiene entendido que ella quedaría detenida en un centro de descanso militar (...). Cuando faltaban sólo veinticinco días para el golpe, Pío Laghi manejaba excelente información: la presidenta fue detenida y se le prohibió la salida del país, no en un centro militar pero en la residencia de El Messidor, bajo custodia militar. El primer canciller de la dictadura fue el almirante Jorge Vañek, reemplazado enseguida por el almirante César Guzzetti. El vicealmirante Oscar Antonio Montes recién llegaría a la Cancillería en mayo de 1977.Tal certeza tenía la Embajada de los Estados Unidos sobre la tragedia que se cernía sobre la Argentina que al día siguiente del golpe militar, el 25 de marzo, Henry Kissinger, que desgraciadamente termina sus voluminosas memorias cuando Nixon dice adiós a la Casa Blanca, firma un informe que, aun con el casi aséptico lenguaje diplomático, no deja de estremecer: (...) 5) Los derechos humanos es un área en la cual las acciones del nuevo gobierno pueden presentar problemas desde la perspectiva de EE.UU. Varios miles de supuestos subversivos ya están bajo un estado de sitio declarado en noviembre de 1974 y esta cifra ascenderá a medida que las fuerzas de seguridad intensifiquen sus esfuerzos antiterroristas. El tratamiento de los militares hacia estos individuos ha sido menos que correcto en el pasado y probablemente incurran en el futuro en serias violaciones a los derechos humanos.Los papeles secretos de la Embajada revelan un cuidadoso y pormenorizado relevamiento de la vida política sindical y social de la Argentina, que se extendía desde los tres poderes del Estado hasta el ambiente fabril y la actividad sindical, pasando por los partidos políticos y la Iglesia. Para esa radiografía cruda de la Argentina de aquellos ocho meses, la Embajada estadounidense utilizó informantes y confidentes a quienes, a veces, identifica con nombre y apellido y les da el carácter de Protect (protegido), hasta altas personalidades cuyos nombres fueron eliminados de los originales (aun así, en un caso Clarín pudo revelar su identidad) y otro nivel de informantes que son citados con el enigmático eufemismo de contacto.En octubre de 1975, fecha del primero de los documentos entregados por el Departamento de Estado, hacía un año y tres meses que el presidente Juan Perón había muerto. Su lugar lo ocupó desde ese día, 1 de julio de 1974, su tercera mujer, María Estela Martínez. Su gestión estuvo signada por la influencia que sobre ella ejerció José López Rega, un oscuro ex cabo de la Policía Federal que fue secretario privado de Perón y ministro de su tercer gobierno, por la crisis económica (en junio de 1975 el ministro Celestino Rodrigo, vinculado a López Rega, devaluó el peso el 100 por ciento), por el reclamo sindical que provocaron esas medidas y por la división partidaria del peronismo entre verticalistas (seguidores fieles de la presidenta) y antiverticalistas. Todo en un país sacudido por la violencia guerrillera de Montoneros (peronistas) y del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo, marxistas), y de grupos parapoliciales y paramilitares, entre ellos la Triple A. En julio de 1975 el embate gremial barrió a López Rega del gobierno (pocos días después abandonó el país) mientras el Congreso, en una sesión de urgencia, acordó designar a Italo Luder presidente provisional del Senado y eventual sucesor de la presidenta.En setiembre, la señora de Perón se avino a tomar unas vacaciones en Ascochinga, Córdoba, y Luder asumió en forma interina la presidencia.A partir de entonces, los papeles de la Embajada empiezan a dar cuenta de una sorda lucha por quién será el sucesor de la presidenta, Y la lucha se da dentro y fuera del peronismo. El 30 de setiembre, el jefe de la UCR, Ricardo Balbín, se entrevista con Luder y propone adelantar las elecciones previstas para 1977 a noviembre de 1976. El documento de la Embajada estadounidense 6611 interpreta el pedido de Balbín: El motivo de la UCR es claro y coincide con la insistencia de Balbín de que Argentina llegará a las elecciones aunque necesite muletas y un marcapasos. La UCR cree que la ineptitud del gobierno Peronista desde la muerte del general Perón le confiere una excelente oportunidad de ganar los siguientes comicios.Pero más interesante es la interpretación que la Embajada hace de la interna peronista. Es evidente para el embajador Hill, como lo era para Luder y para el ministro del Interior, Angel Robledo, que un alejamiento prolongado de la señora de Perón (esta vez del país y no de Buenos Aires) era lo único que podía descomprimir la situación institucional. El documento 6699 es un extenso informe de Hill a Kissinger. En él, el embajador juzga que la presidenta ya no es más una contrincante del poder, pero que su futuro político se ha convertido en un factor determinante de la crisis: (...) Su autoridad y posición está tan socavada que no puede tomar las riendas del poder. La manera en que deje estas riendas, de buena voluntad, tendrá mucho que ver con quién la reemplazará. En caso de que retorne el 17 de octubre, trate de retomar la presidencia y se dedique a gobernar, poco después tendría lugar un golpe militar, posiblemente hacia fin de año.En efecto, la viuda de Perón retornó y reasumió la presidencia, tal como había prometido al irse: Con nuevos bríos y unos kilos de más... A finales del año, el 18 de diciembre de 1975, estalló la rebelión del brigadier Jesús Orlando Capellini, verdadero ensayo general del golpe que se daría tres meses más tarde.En el mismo documento, la Embajada especula, tal vez como una expresión de deseos más que como datos de la realidad, sobre los eventuales sucesores de la presidenta. Las gestiones de Robledo por convencer a la señora de Perón de que tomara una licencia prolongada (según confió Robledo a Clarín) fueron aceptadas primero por la presidente, que luego cambió de opinión. La versión de la Embajada de Estados Unidos es diferente. Coloca a Robledo entre los verticalistas, lo que hoy espanta al ex ministro, ya que su gestión finalizó con un abierto enfrentamiento con el entorno presidencial. Resulta interesante seguir la línea de pensamiento del embajador Hill, que ya en octubre del 75 avisa a Kissinger que hay un vacío de poder en el centro de la estructura política argentina y la pregunta central es quién lo llenará. Seguramente no será, no puede serlo, la señora Perón.Luego analiza los eventuales sucesores y sus posibilidades:Los verticalistas peronistas encabezados por Robledo -dice Hill- habían adoptado la posición de que ella retornaría el 17 de octubre, o antes, y retomaría la presidencia. Robledo es un político sumamente inteligente como para haber pensado que ella puede regresar y llenar el vacío. Sus motivos fueron mucho más realistas que éstos. El, al igual que otros verticalistas, puede seguir creyendo que el nombre de Perón es la única cosa que puede mantener unido al movimiento en esta época de cambios: quieren verla como un símbolo, no como un líder real. En segundo lugar, Robledo tenía y sigue teniendo interés político en ver a la señora Perón retomando la presidencia. Su interés coincide hasta cierto punto con el de Luder. Ambos desean ver al gobierno estabilizado y algo que llene el vacío de poder lo suficiente como para impedir un golpe y llegar hasta las elecciones. Pero cada uno de ellos desea ser el que ocupe ese vacío, pues ambos tienen ambiciones presidenciales para 1977. El camino de Luder para la candidatura es a través de la Casa Rosada. Si la señora de Perón sigue de licencia y él continúa como presidente interino, mejorarán muchos sus posibilidades para 1977. Al contrario, si ella regresa como presidente figurante, Luder sería desplazado a un segundo plano y su primer ministro y vicepresidente del partido, Robledo, tendría la posición más ventajosa (...) Las esperanzas de Cafiero para la candidatura dependen de que tenga éxito en el campo económico.La economía y los reclamos sindicales también son seguidos con interés por la Embajada de Estados Unidos. El documento 021743Z, también de octubre del 75, describe como una comedia de enredos en la que todos piensan una cosa pero hacen otra, las tribulaciones del ministro de Economía, Antonio Cafiero, y los líderes sindicales.Cafiero anunció que se consideraría la creación del Instituto Nacional de Remuneraciones, pero que ello no significaba que habría aumentos salariales automáticos. Opinó que no eran necesarios ajustes salariales ahora que los sueldos reales eran altos (...). Recalcó que la base para futuros incrementos de sueldos debería estar estrechamente vinculada con el aumento de la productividad. Cafiero añadió que aunque opinaba que no se justificaba un incremento salarial adicional en estos momentos, el Gobierno no dudaría en otorgarlo cuando la necesidad lo hiciera evidente. Comentario: Los dirigentes gremiales admiten en privado que la situación económica no puede soportar otro gran incremento salarial en estos momentos, ya que generaría un mayor desempleo y causaría un trastorno significativo a la economía. Su actual demanda, por lo tanto, viene dictaminada más por las necesidades políticas sindicales que por convicción.La decisión de la presidenta de retomar el gobierno parece haber marcado en la visión de la Embajada estadounidense punto de inflexión, un no retorno. En el documento 6837 dirigido Immediate 3090 a Kissinger, el embajador Hill habla por primera vez de algunos oficiales de las Fuerzas Armadas que habrían estado dispuestos a no dejarla regresar de Ascochinga. Al explicar por qué ese supuesto impulso fue frenado, Hill esboza una estrategia que después cobraría más peso y sería adoptada por la futura junta militar: Fuentes atribuyen esto al consejo prudente de altos funcionarios, quienes han destacado que aún no ha madurado el momento para la intervención y que cualquier movimiento podría ser prematuro, pues se le debe permitir a la señora Perón que retome la presidencia y fracase en sus esfuerzos por gobernar el país. El documento termina con una conclusión inquietante. Y reveladora:(...) un golpe podría tener lugar poco después, tal vez para fines de año (...) En efecto, la cuenta regresiva comenzará el 15 de octubre.El desencanto de la Embajada de Estados Unidos aumenta cuando la presidenta se interna, el 3 de noviembre, en la Pequeña Compañía de María. Sus dolencias nunca estuvieron claras. Se informó oficialmente de una disfunción en la vesícula biliar, pero pocos lo creyeron. La Embajada habla al día siguiente de un agudo ataque de nervios (documento 032059Z), pero según confesaría la presidenta en enero de 1976 al nuncio Pío Laghi (y éste luego al embajador Hill) se internó porque se sintió intoxicada por los medicamentos que le recetaba su médico personal. Las desilusiones suelen provocar más de un exabrupto. En ese documento, Hill modifica en forma drástica el lenguaje con el que se refiere a la presidenta y habla ahora de ella y su camarilla. El embajador ya no recuperará el tono, si bien no respetuoso, al menos formal con que hablaba de Isabel Perón en documentos anteriores. Es que para el 4 de noviembre, cuando la internación de la presidenta, se volvió a especular con un alejamiento prolongado del poder, una licencia por enfermedad, un viaje alrededor del planeta, cualquier excusa que la alejara en forma temporaria de la Casa Rosada, ya habían salido a la luz los escándalos económicos que caracterizaron el último período del gobierno de la señora de Perón. Por lo pronto, la presidenta tardó sólo cuarenta y ocho horas en dar por tierra con cualquier esperanza de un alejamiento que pudiera albergar el peronismo disidente, la oposición, el Congreso, incluida, claro, la Embajada estadounidense. En la noche del miércoles 5 de noviembre, mientras en la Asociación Redes Cordobesas era velado el dirigente sindical de Luz y Fuerza Agustín Tosco, que había muerto de cáncer en la clandestinidad, la presidenta se dirigió al pueblo de la Nación Argentina desde su lecho de enferma. Sus primeras treinta y siete palabras lo dijeron todo: No he renunciado ni pienso renunciar. No he solicitado licencia ni lo haré; ejerzo la plenitud del poder presidencial, con cabal conocimiento de los hechos que ocurren y de las medidas de gobierno que normalmente ejerzo.Las palabras de Isabel y las cada vez más habituales revelaciones sobre los escándalos económicos de su Gobierno, decían a las claras que los intentos de desalojarla del poder habían pasado a otro terreno: dejaban la persuasión y encaraban la vía del juicio político por corrupción, malversación de fondos, mal desempeño en sus funciones. La Embajada lo percibe velozmente y lo pone en primer plano en sus informes. El codificado 7252 reseña una parte de esas acusaciones. Denuncia desvío de fondos del Estado hacia empresas de funcionarios o de sus familiares, unos 3.000 cheques librados a favor del Ministerio de Bienestar Social fueron usados para enriquecer a la Sra. Perón, López Rega y otros; alegatos de que la Sra. Perón firmó personalmente 30 cheques de la cuenta de la Cruzada Justicialista para joyas (N. de la R.: Se refiere a la Cruzada de la Solidaridad Justicialista), sospechas de que los contratos de construcción del Ministerio de Bienestar Social, incluyendo el controvertido Altar de la Patria, fueron otorgados de modo fraudulento y los fondos distribuidos entre los miembros del círculo de allegados de la Sra. Perón (...).Sin embargo, la Embajada de Estados Unidos no puede dejar de sentir cierto escozor al hablar de esos escándalos. El embajador Hill dice en ese documento: Preocupa directamente a EE.UU. un informe de un dirigente de la UCR, quien indicó que los investigadores creen que la investigación de la Cruzada Justicialista demostrará que EE.UU. y otras multinacionales aportaron grandes sumas a esta cuestionada organización.El documento termina con un duro cuestionamiento al Gobierno y, de acuerdo con las sutiles y sigilosas reglas del lenguaje diplomático, el visto bueno para que el Congreso enjuicie a la presidenta: (...) la rapiña y la arrogancia con las que el pequeño entorno de la Sra. Perón se abalanzó sobre el Tesoro Nacional no tiene precedentes en la historia argentina. Cuando a esto se añade el hecho de que ella ya no es adecuada para gobernar, la cuestión de la corrupción es para sus opositores un posible vehículo para destituirla.La presidenta dejó la clínica a las diez y media de la noche del 13 de noviembre. Al día siguiente, los papeles de la Embajada tienen ya otro lenguaje: ya se habla de su eventual destitución y, por primera vez, se admite que los comandantes presionan para que la presidenta renuncie.El mensaje codificado como E.O. 11652: GDS, explica: (...) La Embajada fue informada por una fuente antiverticalista estrechamente relacionada con Calabró (N. de la R.: Victorio Calabró, por entonces gobernador de Buenos Aires) y Luis Rubeo que los tres comandantes militares han decidido exigir la renuncia de la Sra. Perón y, si ella se niega, someterla a arresto domiciliario hasta que se la enjuicie por malversación e inmoralidad en sus funciones. La Embajada cree que este informe sea tal vez exagerado (...). Si bien dudamos que se haya tomado tal resolución, las Fuerzas Armadas de hecho parecieran estar actuando en esa dirección. Claramente los civiles no pueden solucionar este problema solos. (...) Aun así, la semana pasada hicieron correr la voz de que los civiles no deberían esperar que los militares solucionen sus problemas. Según una fuente lo hicieron para: A) motivar a los civiles para que hagan lo más que puedan y B) mejorar la posición táctica de los militares para cuando tengan que emprender la acción (...).Pese a las diplomáticas dudas de la Embajada, a mediados de noviembre del 75 la cúpula militar había decidido entrar en acción. El golpe estaba en marcha. Hill no parece ignorarlo. De aquí en más, los papeles de la Embajada empiezan a tornarse sabiamente ambiguos: los militares pueden dar un golpe, pero respetan la Constitución; van a derrocar a un gobierno constitucional, pero esperan que los civiles solucionen la crisis; Videla es un soldado profesional y moderado: un dique de contención para los sectores duros de las Fuerzas Armadas; es obvio que el gobierno representa a la derecha peronista, pero la izquierda puede llegar a ocupar el poder en cualquier momento.Por ejemplo, el primer congreso del Partido Auténtico, disidentes de izquierda del peronismo, merece este comentario de la Embajada de Estados Unidos: Si bien tiene relativa importancia en medio de la actual crisis política del peronismo y el Gobierno, el Partido Auténtico tiene potencialmente una gran importancia en el proceso del futuro político. Si esto parece intranquilizar a la Embajada, mucho más nerviosa parece cuando el entonces senador tucumano Eduardo Paz le informa al embajador Hill que la presidenta ya no acepta consejos de los ministros y legisladores moderados y que ahora pareciera estar dependiendo únicamente de su secretario Julio González, quien sigue la línea de López Rega. Paz cree que la presidenta sigue en estrecha comunicación telefónica con López Rega o a través de correos. (documento 07610).Diciembre es el mes de las definiciones. El 10, un telegrama del embajador Hill a Henry Kissinger, el número 08055, dice: 1) Vanoli de la UCR (protect) nos ha informado que el general Viola le dijo a Balbín el fin de semana, que durante una reunión de generales del 5 dic. se decidió no, repito, no intervenir esta vez. Dos fuentes cercanas al comandante en jefe del Ejército, Videla, confirmaron que así había sido. Según fuentes de la Embajada, varios generales de línea dura están a favor de un golpe inmediato. Videla, sin embargo, mantuvo que es mejor esperar uno o dos meses para permitir que la situación madure y el gobierno caiga de bruces más de lo que ya está. Prevaleció la posición de Videla (...). Es probable que la posición de Videla esté reflejada en un largo artículo escrito por Alvaro Alsogaray que apareció en el B.A. Herald ayer (dic. 9) y fue reimpreso en La Opinión esta mañana. En él, Alsogaray pide paciencia a los militares por un tiempo más, dice que deben esperar hasta último momento, hasta que quede claro que la única alternativa para este caos económico y político total es una intervención militar. Ocho días más tarde, la inconfundible pluma de Hill vuelve a enviar a Kissinger (documento 8233) un informe de la situación. Es un extenso texto que oscila entre el halago a los militares, la advertencia sobre una posible toma del poder por parte de la izquierda y los planes políticos para apartar a la presidenta.Las probabilidades son cada vez más a favor de un golpe de Estado, a menos que los civiles puedan generar una solución propia. (...) Todos ellos juegan con la posibilidad de que la Sra. Perón renuncie voluntariamente o pase a la retaguardia, algo a lo que no parece estar dispuesta. (...) Sea que el país llegue a las elecciones o si los militares asumen el mando, un nuevo y peligroso ingrediente se ve en la creciente separación de la masa obrera de su liderazgo y en las posibilidades de que la extrema izquierda se aproveche del vacío resultante. Las opor- tunidades que la ultraizquierda pueda tener en el futuro para ocupar el poder se ven acrecentadas. (...) La dinámica de la situación debería haber conducido a la Sra. Perón a renunciar o a que la obliguen a hacerlo. El que esto no haya sucedido, al menos no por ahora, evidencia un alentador cambio de actitudes (...) y demuestra que los militares argentinos han madurado. (...) Pero actualmente se resisten a la tentación de intervenir, no sólo porque se quemaron en el período 1966-1973 (...) sino porque también desean mantenerse dentro de los límites constitucionales (...).Robert Hill no era un embajador inexperto. Por el contrario, era un halcón del gobierno de Richard Nixon que en algún momento fue calificado como experto en golpes de Estado. Hill murió el 27 de noviembre de 1978, a los 61 años. De modo que las preguntas que surgen de la lectura de sus informes quedan sin respuestas. ¿De verdad pensaba que los militares argentinos habían madurado? ¿Ignoraba que el golpe militar se planificó en setiembre de 1975 con el nombre de Operativo Aries? ¿Creía el embajador que hombres como Viola, Videla o Massera, que esperaban a que el país terminara de tocar fondo, iban a devolver el gobierno a los civiles en el corto plazo? ¿Creía posible una toma del poder por parte de la ultraizquierda? ¿Era posible que ignorara que ya por entonces, el Ejército había redactado órdenes secretas firmadas por Viola y que lo mismo había hecho la Armada con su Plan de Capacitación Interna, firmado por Massera, donde se detallaban los pasos a seguir en allanamientos de viviendas y capturas de supuestos guerrilleros?Hace unos días, uno de los hombres que trabajó cerca de Videla definió la actitud de la Embajada estadounidense frente al golpe con una frase simple y dramática: Se hicieron los distraídos. Es evidente que la Embajada adoptó una posición de total discreción, porque no quería quedar ligada al golpe militar como lo estuvo en 1973 en Chile. De hecho, Hill se tomó unas oportunas vacaciones unas semanas antes del 24 de marzo de 1976. Regresó al país el 26. Discreción no implica prescindencia. ¿Realmente la Embajada de los Estados Unidos miró para otro lado mientras se planeaba el más sangriento golpe que vivió la Argentina?El documento de Hill, escrito en las horas en las que el brigadier Capellini se sublevaba en Aeroparque y en Morón, describe uno de los últimos esfuerzos hechos en el peronismo para apartar a la presidenta y reorganizar el partido. Si ello no se hace -acota Hill- ese proyecto, como los otros, se desmoronará por la propia testarudez de la Sra. Perón. Luego el embajador reitera el peligro que implica lo que llama nuevo ingrediente en el mundo gremial: (...) Ya no se puede contar con que los sindicatos acatarán las decisiones y políticas de sus dirigentes. (...) la extrema izquierda está tratando, con cierto éxito, de tomar ventaja de este vacío. (...) Más bien las incursiones izquierdistas en el movimiento laboral podrían incrementar las posibilidades de que la extrema izquierda explotara las frustraciones y divisiones que podrían resultar si las Fuerzas Armadas llegaran a tomar el poder, tampoco logren hacerle frente a los problemas políticos y económicos del país.La sofocada rebelión aeronáutica de Capellini es una joya con la que la Embajada estadounidense engarza su teoría de que existe una línea dura dentro de las Fuerzas Armadas y que Videla representa el ala moderada del golpismo militar. Dos días antes del final de ese tumultuoso año 75, Hill analiza la revuelta de la Fuerza Aérea y desgrana un encendido elogio al jefe del Ejército: Videla emergió victorioso y su imagen de defensor de la Constitución y las instituciones se vio realzada (...). Videla está más fuerte que nunca luego de la revuelta de la Fuerza Aérea. Pero es una posición condicionada por un marco de tiempo finito. Contuvo a los de línea dura (...) espera que los civiles hagan ahora a un lado a la Sra. Perón (...). Si fallan, entonces Videla tendrá que optar por hacerlo él mismo o podría ser depuesto por hombres como el general Suárez Mason, Díaz Bessone y Menéndez quienes estarían al mando de un poder militar absoluto. En una posición difícil, Videla trata de mantenerse dentro de la Constitución.Pero la suerte estaba echada. El 29 de diciembre los tres comandantes envían al vicario castrense, monseñor Servando Tortolo, para que medie con la señora de Perón. El informe 08456 de la Embajada, que firma Hill, revela que monseñor Tortolo habría transmitido a la Sra. Perón la insistencia de los tres comandantes en jefe para que ella se alejara del poder (en español en el original). A su vez, ella indicó su voluntad de cambiar el gabinete, liberarse de su secretario privado Julio González y del dirigente del sindicalismo Lorenzo Miguel pero, repito, insistió en que debía seguir al mando del Ejecutivo sin ninguna condición restrictiva. Los tres comandantes en Jefe replicaron a través de Tortolo que su propia remoción del poder era el único punto no negociable.Ya no había retorno. El 5 de enero Videla, Massera y Agosti se enfrentan a la presidenta, que los había invitado a Olivos, y le exigen su renuncia. La señora de Perón se niega, estalla en llanto, oye los términos durísimos que usa contra ella el almirante Massera. Y en el caluroso crepúsculo y la tibia noche del 8 de enero, tres días después, busca el auxilio espiritual del nuncio Pío Laghi. Y le cuenta todo. Cinco días más tarde, el nuncio le revela la charla con la presidenta a Hill. Al embajador también le importa una cosa: ¿dijo algo la señora sobre la Embajada? Es la primera referencia concreta a la preocupación de la diplomacia estadounidense por no quedar emparentada con el golpe militar inminente.Tan inminente es que hasta Hill parece perder la paciencia. Nada menos que él, que aprobó durante meses que los golpistas se movieran en los pantanosos laberintos de la prudencia. La presidenta está aislada, acorralada, es una figura patética que, pese a plantarle cara a los comandantes, se debate furiosa contra un enemigo invencible: su ceguera política. Aun así, en un mensaje a su colega en Montevideo acerca de unas observaciones del embajador argentino en Uruguay, Guillermo de la Plaza, Hill parece enfurecido. Es el único desborde entre las miles y miles de palabras que Hill escribió en aquellos meses de catástrofe. Bastan para intuir que el diplomático deja de ser un distraído o de mirar hacia otro lado: Las observaciones de De la Plaza reflejan algo que me preocupa. Los militares están hablando demasiado y siguen preguntándose si los reconoceremos. Me gustaría que escucharan más y hablaran menos. (...) Les hemos replicado que (...) los Estados Unidos reconocerán cualquier gobierno que reúna los requisitos necesarios.De aquí en más, poco importa lo que haga y decida la presidenta, que para colmo ha sugerido que puede ser candidata en las elecciones del 76, lo que estremece al país desde Humahuaca a la Isla de los Estados. La preocupación de Hill es que la Embajada no quede identificada con el golpe. En el documento dirigido a Kissinger el 18 de febrero, es perceptible un suspiro de alivio del embajador: Desde nuestro punto de vista, es significativo que en un momento al que todos consideran la víspera del golpe, no se acuse a los Estados Unidos de participar. Raúl Alfonsín, un hombre clave de la UCR y en el pasado crítico principal de la intervención de EE.UU. en los asuntos internos latinoamericanos, le dijo al embajador Hill el 17 de febrero que la conducta de los Estados Unidos en los dos últimos años había sido tan claramente correcta, que incluso los maliciosos intentos de arrastrar a EE.UU. en la actual crisis no tuvieron éxito. Oscar Alende, líder del izquierdista Partido Intransigente, opinó lo mismo en una entrevista publicada por El Cronista Comercial.El golpe anunciado está por hacerse realidad. Desde Washington, Henry Kissinger advierte (documento del Departamento de Estado 047751) La inacción del Congreso argentino invita a un golpe. Se refiere al fracaso del Parlamento en enjuiciar políticamente a la presidenta: Luder anuncia el 4 de marzo que la convocatoria a una Asamblea Legislativa sería inconstitucional. En el fondo, los motivos son otros. Según confiesa un antiverticalista al embajador Hill: A punto de producirse un golpe militar (...) ¿por qué correr el riesgo de que llamen traidor a nuestro movimiento al ser partícipe de su destitución si eso tampoco salva el proceso constitucional.Antes de que termine marzo, el embajador Hill firmará el documento 02061 que titula, no sin algo de orgullo: Prevalece la línea moderada de Videla. Aun avanzado abril de 1976 firmará otro informe (02528) en el que incluye un comentario: Hasta la fecha, las violaciones a los derechos humanos han sido excepcionales resultantes de excesos individuales cometidos por militares o policías. No, repito, no representan la política de la Junta.Recién el 11 de mayo de 1976, Hill envía a Washington el informe 03142. Es el penúltimo de todos a los que accedió Clarín. Está titulado: Dudas sobre la línea moderada de la junta, y anticipa el diseño feudal, descontrolado, humillante que adquirió la represión ilegal. Allí Hill expresa: La principal queja es que el gobierno militar no se está aferrando a la ley como había prometido; más bien está haciendo arrestos generalizados y ha intervenido sindicatos que había prometido no tocar. Muchos observadores coinciden en que Videla tiene buenas intenciones pero no ha sido capaz -o no ha elegido- de ejercer su autoridad. Por lo tanto, los comandantes e interventores hacen prácticamente lo que les place. Aún hay esperanzas de que Videla tome firmemente el mando y garantice una línea moderada Si no, la situación podría comenzar a deteriorarse rápidamente. Fin del resumen.Era el drama el que empezaba.Colaboraron Héctor Pavón, Eva Marabotto

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