domingo, 4 de junio de 2017

Análisis histórico del “rodrigazo” (1975)

Resultado de imagen para Celestino RodrigoEduardo Luis Curia
(Diario BAE)
Publicado el 4 de febrero de 2013 

Haremos aquí un análisis histórico del llamado “rodrigazo” de 1975. Últimamente, se señalan supuestas analogías y similitudes entre dicho fenómeno y la actualidad. No se pisará ese terreno; aquí interesa el rodrigazo “en sí”. Eso sí: en aquel tiempo existía un Ejecutivo débil –Perón había fallecido poco antes–, cosa que no es el caso ahora, y las luchas políticas tenían una carga de belicismo que está ausente en el presente.
Trataremos de hacer un análisis lo más ecuánime posible. Obviamente, y no puede ser de otro modo, el análisis se hace desde una “visión”, la que se pone a prueba con el sentido mismo de la experiencia en danza.


Aclaración

Advertimos al lector: en un texto de hace bastante tiempo, examinamos con cierto detalle la política económica del gobierno peronista de 1973-76. Nuestro enfoque difería en ciertos aspectos del asumido por Guido Di Tella (que secundó a Cafiero en Economía con posterioridad a Rodrigo, pasando por Bonanni) en una obra de unos años atrás.

Los análisis más ligeros sobre la instancia en cuestión “saltan” directamente de Gelbard a Rodrigo, fijando así el eje del desenlace. No obstante, para nosotros –y también para Di Tella, aunque con matices diferenciales– el quid estribaba en lo que ocurrió con la gestión de un célebre “histórico” del peronismo, A. Gómez Morales, que fue el “puente” entre ambos.

Gelbard fue el primer ministro de Economía de aquel gobierno. Junto con una serie de medidas de orden más estructural, se estableció un esquema macroeconómico muy definido, en un contexto inicial de buenos términos de intercambio.

Se aplicó un congelamiento estricto de precios y de salarios (por dos años) y se fijó el tipo de cambio. Antes, se redujeron varios precios y se otorgó un aumento salarial de suma fija. En el arranque, la “rudeza” del planteo despertó convicción. Los precios se desaceleraron, y hasta se habló de la “inflación cero”. En este marco, creció mucho la demanda de dinero y la monetización real de la economía.

Un colateral fue la aparición de tasas de interés reales. Pero esto no frenó el empuje de la demanda –gasto– de bienes. En rigor, el PIB subió un 5,8% en 1973 y un 6,5% en 1974; el desempleo bajó al 5% el primer año, y en 1974 fue del 2,5%. El esquema seducía.

Sin embargo, finalizando 1973, surgían algunas sombras, en especial en el sector externo. Se dio una secuencia: alzas en los precios del petróleo, consecuente alza de precios en los importados, cierre de las importaciones de carne por parte de la CEE.

Internamente afloró un deslizamiento de precios, en el que la presión de los bienes importados influía; también se dieron varias subas salariales. Con el tiempo se generó la asimetría entre quienes zafaban del congelamiento y quienes no. Una derivación del asunto fueron manifestaciones de desabastecimiento de productos. Los fenómenos comenzaron localizados, pero luego se extendieron. Las autoridades buscaron relajar presiones mediante revaluaciones selectivas que abarataran importables. Pero el esquema ya sufría una presión enorme. Los índices de precios pasaron a ritmo alcista y el desabastecimiento avanzó. Mientras, la situación externa se degradaba y caían las reservas internacionales.

Al principio, la rigidez del esquema fue “prenda” del éxito. Avanzadas las fisuras, se tornó contraproducente. Medraron los colaterales negativos. La monetización real se resintió.

El “núcleo” del desenlace

Surgía una cuestión delicada y controversial. El esquema en estrés, ¿era salvable? Algunos así lo creían entonces, y aun hoy hay análisis similares. A nuestro humilde entender, el esquema estaba agotado sin remedio, urgiendo, por ende, serias adecuaciones en materia cambiaria, de régimen de precios, de administración de la demanda y del gasto, y de encuadre salarial. Pero, ¿quién le ponía el cascabel al gato? Las adecuaciones, aun bajo un cierto orden, eran antipáticas comparadas con el embeleso despertado por el otro esquema en su arranque. Quedaban añoranzas de ese embeleso.

Gómez Morales condujo la economía en el lapso octubre de 1974-junio de 1975. No tenía ahora un firme respaldo político –Perón– como cuando encaró tareas duras a mediados del siglo pasado. En la nueva instancia, el Ejecutivo era débil y la puja entre facciones era ruda; el ministro, por su lado, carecía de apoyo político propio (sólo arrimaba su historial).

Entonces, desdobló el enfoque de su gestión, lo que terminó acuñando el drama en ciernes. En la práctica, hizo algunos ajustes en la dirección de las adecuaciones señaladas. Pero ellos carecían de una mayor convicción y no respondían a un plan orgánico, sólo desagotaban ciertas tensiones.

Al plan de conjunto decide explayarlo en un extenso documento que envía al gobierno en la primera parte de 1975. Analizamos a éste en nuestra obra. Contenía diversas líneas de acción claramente explicitadas, y medidas de severa entidad en la dirección arriba indicada, respondiendo a una idea integral.

En síntesis: se enfrentaba un trago muy difícil de digerir. Gómez Morales era conocido por su carácter “metálico”, seco y sin adornos. Los calificativos que hacía sobre la situación económica del momento eran lapidarios, siendo consciente del rigor de sus propuestas.

Un párrafo lo dice todo: “Asumiendo inclusive personalmente el supuesto carácter impopular de algunas de ellas, adjunto también un programa de medidas que considero ineludible y perentorio poner en ejecución para evitar a tiempo la grave y acelerada crisis hacia la cual nos encaminamos; crisis en la cual naufragarán inevitablemente nuestros grandes objetivos de liberación y reconstrucción nacional”. La situación era delicada; la terapia severa. El ministro urgía comprensión y consenso para actuar rápido, ahorrando costos lo más posible.

Esto no se logró. Luego, en concreto, hubo, en esencia, 8/9 meses de inmovilismo; la situación empeoró. Así se entiende que Rodrigo, el nuevo ministro, haya aplicado ajustes que lucían “salvajes”. El tipo de cambio se duplicó y las tarifas subieron entre el 100 y el 200%. Se propuso un ajuste –más bajo– de salarios, pero los gremios (con mucho poder político y en un contexto aun favorable, cercano al pleno empleo), “compitieron entre sí”, con éxito, en su rechazo.

La resultante de todo el combo fue que la economía quedó definitivamente herida de muerte. Y, en la perspectiva más elongada, tendía a dibujarse el ajuste dramático que aplicaría la dictadura militar.