viernes, 16 de junio de 2017

Al borde de la guerra civil. La masacre de Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955

Enrique Pavón Pereyra
16 de junio de 2005

[Dibujo de Enrique Breccia]
“No me quedaba más que irme del país. Si me quedaba, si apelaba a los trabajadores, al pueblo, hubiese sido un río de sangre. Yo vi a España después de la guerra civil, yo vi a esos crápulas bombardeando la Plaza de Mayo, valientes!”

 Juan Domingo Perón, 3 de octubre de 1955
[Investigación histórica de Enrique Pavón Pereyra y otros]


Hoy se cumplen cincuenta años del acontecimiento fundante de la barbarie oligárquica contemporánea.
A las 12.40 del mediodía del jueves 16 de junio de 1955 una escuadrilla de combate de 29 unidades de la aviación naval conducida por militares amotinados con apoyo en tierra de infantes y “comandos civiles” ametralló y arrojó sobre la Casa de Gobierno, los alrededores de la Plaza de Mayo atestada de gente, la residencia presidencial (el palacio Alzaga Unzué, en avenida del Libertador donde ahora se levanta la Biblioteca Nacional) y otras zonas de gran densidad de población en un día hábil, nada menos que nueve toneladas y media de explosivos. Los aviones provenían de Punta Indio, Morón y Ezeiza. Una de las primeras bombas de 50 kilos de trotyl estalló sobre el techo de la Casa Rosada; otra, por ejemplo, destruyó un trolebús repleto de pasajeros y mató a casi todos los pasajeros. Un día común de trabajo se convirtió en un infierno horroroso. La barbarie reinó en la calle. Bandadas de palomas volaban enloquecidas en todas direcciones. Una vez que hubo comenzado el bombardeo, los infantes que estaban en el ministerio de Marina, acompañados de los comandos civiles armados –como Miguel Angel Zabala Ortiz, futuro canciller del presidente Illia- se lanzaron hacia la Casa Rosada y el ministerio de Guerra. Como ya estaban preparados para la batalla interpretaron la iniciación del bombardeo –que se había retrasado por la niebla- como la señal de que los dados habían sido arrojados. Cientos de porteños se refugiaron con temor bajo las arcadas de la avenida Leandro N. Alem y vieron cómo avanzaban las tropas rebeldes. Lo único que consiguieron éstas fue matar y lesionar a civiles indefensos. Los infantes de marina lograron llegar hasta una estación de servicio que hacía cruz con la Casa Rosada y desde allí intercambiaron feroces disparos con los defensores. Otras unidades rebeldes que iban en camino hacia el ministerio de Guerra, al enfrentar fuerzas superiores no tuvieron otra posibilidad que regresar. La llegada de vehículos blindados con tropas del ejército condenó a los insurgentes al fracaso. Los infantes de marina tuvieron que retroceder hasta el edificio del ministerio de Marina donde se atrincheraron y repelieron a tiros un asalto inexperto llevado a cabo ¡con palos! por un grupo de trabajadores encolerizados. Al caer la tarde la rebelión se había desplomado. Los pilotos volaron con sus aviones al Uruguay. El ministerio de Marina se rindió al ejército. Uno de los almirantes que había encabezado la revuelta se suicidó. Los civiles que participaron en ella –que en un momento había llegado a apoderarse de una estación de radio y emitir proclamas sobre el levantamiento– abandonaron el país o se escondieron. Abriéndose camino por las calles taponadas de vehículos incendiados y aceras llenas de escombros, la policía recogió los muertos y ofreció primeros auxilios a los heridos. La Asistencia Pública y todos los hospitales porteños se vieron abarrotados de trabajo.

Hubo por lo menos unos 350 argentinos muertos y 2.000 heridos, de los cuales muchos quedaron lisiados en forma permanente. Los agresores huyeron hacia Montevideo, donde solicitaron y obtuvieron asilo político al gobierno de Luis Batlle Berres. Al día siguiente el diario Clarín –que no se caracterizaba, ni entonces ni ahora, por sus simpatías peronistas- escribió: “Las palabras no alcanzan a traducir en su exacta medida el dolor y la indignación que ha provocado en el ánimo del pueblo la criminal agresión perpetrada por los aviadores sediciosos que ayer bombardearon y ametrallaron la ciudad”.

No existía un estado de guerra, quienes atacaron por sorpresa vestían uniformes militares argentinos y las víctimas fueron civiles desarmados, también argentinos. La siniestra operación fue conducida por el contralmirante de infantería de marina Samuel Toranzo Calderón. Se trataba de aeronaves y armas de guerra adquiridas con el ostensible propósito de defender a la nación contra un ataque extranjero, que fueron empleadas contra el propio pueblo argentino. En la ciudad vasca de Guernica, por ejemplo, las bombas fueron arrojadas desde aviones alemanes de la Legión Cóndor, conducidos por pilotos alemanes.
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El país quedó literalmente al borde de la guerra civil, perplejo, caótico, imprevisto, desconcertante. Una masacre, un episodio asesino inconcebible que no tiene parangón en la historia, la antesala de la irrupción oligárquica-imperial tres meses después, el 16 de septiembre, el preludio del drama creciente que se iría desatando hasta alcanzar en dos décadas los mayores niveles de espantosa crueldad durante el período abierto el 24 de marzo de 1976. En realidad, el 16 de junio de 1955 fue la verdadera fecha de nacimiento del Proceso.

El presidente Juan Domingo Perón había sido reelecto en 1952 con el 68 por ciento absoluto de los votos. Salió sano y salvo del ataque porque se refugió en los sótanos del ministerio de Ejército, en el edificio Libertador, a cargo del general Franklin Lucero. Ese día nefasto de junio, que había amanecido inclemente, oscuro y con mucha niebla, estaba previsto un desfile aéreo en desagravio a la bandera que había sido quemada frente al Congreso cinco días antes, cuando la procesión de Corpus Christi.

“Cabecita negra”, “gorila, “grasita”, “descamisado” son algunas, entre otras muchas, de las palabras que el peronismo injertó en el habla de los argentinos. Pero ya había algunas antiguas y caídas en desuso que Perón reincorporó al léxico popular y político: tal el caso de “chirinada”. Chirino era el apellido del sargento que mató a traición a Juan Moreira en 1874 y en el campo se usaba “chirinada” como sinónimo de una traición barata. Perón, hombre de la pampa y de la Patagonia, denominó así al frustrado movimiento militar del 28 de septiembre de 1951, en vísperas de las elecciones por la reelección presidencial, encabezado por el general retirado Benjamín Menéndez (conspirador en disponibilidad, lo llamaban), intentando aprovechar el dramático y doloroso golpe de la noticia del cáncer terminal de Evita. En febrero del año siguiente, un levantamiento de similar característica y destino lo condujo el coronel José Francisco Suárez.

El 15 de abril de 1953, mientras en el país se construían aviones nacionales a reacción, locomotoras y automóviles, en Campana se producía tolueno sintético y se contaba con una gran planta petroquímica en Santa Fe, al tiempo que salía de los astilleros argentinos el barco mercante más grande de América Latina, la CGT, que representaba a la clase trabajadora que participaba de más de la mitad del producto bruto interno y gozaba de pleno empleo y de las mejores leyes sociales de la historia, organizó un acto de adhesión al presidente en Plaza de Mayo. El acto tuvo un final trágico: comandos civiles hicieron estallar varias bombas, matando a cinco personas e hiriendo a veinte. La estación del subte “Ministro Roque Carranza” (después ministro de Defensa del presidente Alfonsín) recuerda hoy paradójicamente a uno de los terroristas que colocaron una de esas bombas en la estación Plaza de Mayo de la Línea A. Grupos desprendidos de la concentración popular esa misma noche incendiaron al Jockey Club, símbolo y nido de la oligarquía porteña, y las sedes de los partidos Socialista, Conservador y Radical.

En 1946, al asumir Perón su primera presidencia, contó con todo el apoyo de la iglesia. Pero año tras año esa adhesión se fue perdiendo hasta transformarse, al final de la segunda presidencia, en uno de los más firmes arietes contra el gobierno, tras la guía de los obispos Tato y Novoa. Del distanciamiento se pasó al enfriamiento total, hasta que en octubre de 1954 Perón acusó públicamente a ciertos obispos y sacerdotes de “sabotear” su política: la escalada anticlerical pasó muy pronto a campaña antirreligiosa. Se derogó la ley de enseñanza religiosa, se implantó el divorcio popular y hasta se sancionó una ley que declaraba la necesidad de reformar la constitución justicialista del ‘49 para establecer la separación de la iglesia y el Estado. La respuesta eclesial no se hizo esperar: la tradicional procesión católica de Corpus Christi del 11 de junio de 1955, prohibida por el gobierno, se transformó en una imponente y multitudinaria manifestación política de 250.000 opositores. La siempre liberal, pro-británica y masónica del rito celeste escocés Marina de Guerra encontró entonces en el enfrentamiento con la iglesia la oportunidad de ganar oficiales del Ejército provenientes del nacionalismo católico. La conspiración militar tomaba forma: ya no se la podría bastardear llamándola “chirinada”. Además, Monseñor Copello, el Cardenal Primado, fue llamado a cumplir funciones en el Vaticano y lo reemplazó Monseñor Lafitte, arzobispo de Córdoba, cuna de la futura contrarrevolución de septiembre.
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Durante la noche del 16 de junio, como reacción popular a los bombardeos (aunque existen evidencias de que fueron atentadas desde el interior de los templos) y luego de un dramático discurso de Perón, fueron saqueadas e incendiadas la Curia Eclesiástica –ubicada al lado de la Catedral- y las iglesias de Santo Domingo, San Francisco y San Ignacio. Tato y Novoa huyen a Río de Janeiro y desde allí declaran que han sido expulsados por el gobierno. Poco después, trascendió que el Papa Pío XII ha excomulgado al general Perón.

Debemos decir ahora que el enfrentamiento entre el peronismo y la iglesia a mediados de los ‘50 dejó “heridas que no cierran” y ha dañado fuertemente y por largo tiempo al movimiento nacional –y seguramente también a la iglesia argentina-. Y además que sólo la firme actitud frente a las presiones vanguardistas por parte del general Perón, resumidas en la cita que presenta esta nota, nos liberó de una guerra civil de resultado catastrófico y trágico en la que la dirección gorila estaba dispuesto a hundirnos: “…hubiese sido un río de sangre. Yo vi a España después de la guerra civil, yo vi a esos crápulas bombardeando la Plaza de Mayo…”.

También resulta verdaderamente notable como ejemplo de la manipulación de nuestra historia y de nuestra conciencia colectiva que, cincuenta años después de ocurridos semejantes hechos de espanto, esté hoy más presente en la memoria del imaginario de amplios sectores de la sociedad argentina el incendio de las iglesias (¡y hasta el del Jockey Club!), por cierto repudiables y en los que hubo daños materiales pero ninguna víctima que lamentar, que el siniestro bombardeo que originó la masacre fundacional de la barbarie oligárquica contemporánea.
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