miércoles, 14 de junio de 2017

14 de junio de 1982. Derrota argentina en Malvinas

Resultado de imagen para guerra de malvinas"Han demostrado su valor y es hora de evitar más bajas, les ofrecemos la rendición"

Lucas Guagnini y Alberto Amato
14 de junio de 2002

El 14 de junio a la mañana los ingleses enviaron este mensaje a través de una radio civil de las islas. Hubo reuniones y consultas a Londres y Buenos Aires. La rendición se acordó esa noche.


Cuando Jeremy Moore, el jefe de las tropas inglesas, tuvo claro que la entrada de sus hombres a Puerto Argentino estaba asegurada, decidió que era el momento de pedirle la rendición al enemigo. El contacto le fue encomendado a Rod Bell, un capitán británico que hablaba español porque había sido criado en Costa Rica, donde su padre tenía negocios.

El medio elegido fue el Medical Call ("Llamada Médica"), la única frecuencia de radio civil que se mantuvo habilitada durante los 74 días de conflicto porque servía para que los isleños aislados que tuvieran una emergencia pudieran comunicarse con el hospital, donde Alison Bleaney manejaba los equipos. La señora Vidal, una kelper descendiente de chilenos, fue la encargada de ir hasta la oficina de la secretaría general de gobierno, ocupada entonces por el brigadier argentino Carlos Bloomer—Reeve, un descendiente de escoceses. Bloomer—Reeve —que tenía a cargo la relación con la población civil en las islas, a la que conocía bien porque había estado allí en varias oportunidades— recuerda hoy: "Me dijo que los ingleses querían establecer contacto con los mandos argentinos, así que Burry Melburn Hussey, de marina, lo fue a ver al general (Mario Benjamín) Menéndez para informarle. Menéndez le dijo que escucháramos pero no respondiéramos. "

A las nueve de la mañana del 14 de junio de 1982, hace 20 años, el mensaje de los ingleses, en el tono centroamericano de Bell, sonó por el parlante de la radio del hospital: "No vale la pena seguir combatiendo. El honor argentino ha sido comprobado. Han demostrado su valor. Es hora de frenar la lucha y evitar más bajas. Les ofrecemos iniciar conversaciones de rendición. Tienen tiempo hasta las 13 horas".

Cuando Hussey salió rumbo a la oficina de Menéndez para informarle, el panorama en Puerto Argentino reflejaba la situación militar: tropas argentinas, o más precisamente grupos de soldados, llegaban a la ciudad en forma desordenada, cargando los heridos a cuestas y con el recuerdo de la peor batalla de la guerra todavía resonando en sus cabezas. Era la primera vez que los soldados se tenían que refugiar en la ciudad, mientras a lo lejos, en algunas de las alturas que rodean a la bahía, ya se podían distinguir, también por primera vez desde el desembarco inglés, la avanzada de las tropas británicas.

Los combates habían empezado el 1° de mayo y el 21 las tropas británicas habían desembarcado en la Bahía San Carlos. Desde entonces habían avanzado por tierra y con helicópteros hacia Puerto Argentino. En la noche del 13 al 14 no había habido un minuto de tregua: fuego de artillería, bombardeos aéreos, cañonazos desde barcos, enfrentamientos entre pelotones y hasta lucha cuerpo a cuerpo.

Desde Puerto Argentino, además de sentirse los estruendos del frente, se veían los fogonazos cada vez que explotaban misiles o bombas y las balas trasantes dejaban su surco luminoso en el cielo. Para la madrugada del 14, las líneas argentinas ubicadas en los montes que rodean la ciudad habían sido sobrepasadas, se encontraban sin municiones y sin plan ni posibilidades técnicas de hacer un contraataque para recuperar el terreno perdido. El último radar había dejado de funcionar a las tres de la mañana por las vibraciones de una pieza de artillería propia que había sido instalada a su lado para repeler la avanzada británica, cada vez más rápida y cercana. Eso anuló las operaciones aéreas.

Militarmente, el próximo paso para los ingleses era la toma de Puerto Argentino. Y los argentinos, que tenían 1.000 soldados allí, ya habían previsto un plan de evacuación de la población civil, que se refugiaría en la Catedral, adecuada por ser fácilmente reconocible —para que nadie la atacara— y tener paredes de ladrillo y piedra, resistentes a las esquirlas de bombas.

Por eso, el ofrecimiento inglés no fue una sorpresa para los mandos argentinos. A las 8:30, el general Menéndez había intentado comunicarse con el entonces presidente de facto, e impulsor de la Guerra de Malvinas, general Leopoldo Fortunato Galtieri, para decirle que la situación era irremediable. Al dirigirse hacia la casa del Gobernador le dijo al general Oscar Jofre, jefe de la X Brigada de Infantería Mecanizada, que iba a hablar con Galtieri. "Sí, porque esto no da para más", le respondió Jofre, sin que Menéndez le hubiera dicho qué le iba a decir a Galtieri. Y cuando la comunicación con Presidencia se acababa de establecer, los ingleses iniciaron fuego de artillería cortando las líneas eléctricas. 

Menéndez se fue entonces hasta el puesto de comando que estaba en el centro de la ciudad. Desde allí se comunicó con el general Iglesias, que era secretario general de la Presidencia, y le dijo que el único camino para evitar la derrota era "la aceptación de la R 502", una resolución de Naciones Unidas que consideraba a Argentina "agresora" pero implicaba el cese de hostilidades, el retiro de fuerzas y la obligación de negociar. Iglesias, que era compañero de promoción de Menéndez, le respondió: "Mirá, lo que pasa es que ésa es una decisión muy importante, no se toma así nomás", a lo que Menéndez replcó: "Bueno, yo creí que lo habían pensado. Pero hacé algo y apúrense porque no se cuánto tiempo más nos queda de resistencia acá".

Luego de eso, Menéndez escuchó la oferta de rendición de los ingleses. Y a las once de la mañana recibió el llamado de Galtieri, quien lo instó a lo contrario: "Hay que sacar a los soldados de los pozos, hay que contraatacar", ordenaba el general desde Buenos Aires. "Vea, creo que usted no me entiende, mi general. Lo que le dije al general Iglesias, le expliqué la situación. Señor, ya no tenemos los apoyos propios, no tenemos tampoco apoyo aéreo ni naval y ante esto tenemos que asumir una gran responsabilidad: no tengo espacio. Ya todo el esfuerzo que se podía hacer se hizo." Galtieri replicó terminante: "No puedo hacer lo que usted me pide" de aceptar la 502. Menéndez respondió: "Bueno, yo lo sugerí porque es lo único que nos queda antes de la derrota. Si no puedo esperar nada de usted, no sé qué va a ser de la guarnición Malvinas en la noche de hoy. Y ante eso estoy dispuesto a asumir todas las responsabilidades que me corresponden." Galtieri dijo entonces: "Actúe según su criterio", a lo que Menéndez replicó: "Mi general, si no tiene nada más para mí, corto y fuera."

Luego de la conversación Menéndez le dio la orden a Hussey de que regresara a la radio y dijera que estaba dispuesto a recibir una comisión inglesa para aceptar una capitulación. Desde el otro lado respondieron que un delegado de Moore, acompañado por Bell, llegaría a las 16. Oficialmente, entonces se dio la orden del cese del fuego, aunque ya a partir de las diez de la mañana las dos tropas habían ido dejando de disparar poco a poco hasta que un silencio desconocido y abrumador se había extendido junto con el blanco de una nevada que caía desde temprano.

Poco antes de que aterrizara por primera vez un helicóptero inglés en la ciudad desde el desembarco argentino el 2 de abril, llegó una "orientación" para Menéndez desde el continente: autorizaban a negociar la rendición pero le prohibían aceptar "cualquier condición que implique un compromiso político para el país, en particular la R 502".

Bloomer—Reeve, que recibió a la delegación inglesa y participó de las dos mesas de negociaciones que hubo, recuerda: "A las 16 aterriza un helicóptero en la cancha de fútbol ubicada entre el hospital y la casa del gobernador. Antes había aterrizado en un lugar equivocado, como a dos kilómetros del pueblo. Los recibimos Hussey y yo. Y además, el director de la radio local, Patrick Watts, que se había enterado del encuentro y me pidió asistir a la llegada. Yo lo llevé como testigo, pero le pedí que no interviniera. En el helicóptero venían el capitán Bell y el coronel Mike Rose, comandante de las fuerzas especiales SAS (Special Air Service) que luego llegó a general 3 estrellas al mando de las tropas de la OTAN en Yugoslavia. También venía un suboficial radiooperador cargando con una radio y teléfono satelital que cuando se desplegaba tenía una antena paraguas."

Esa radio—teléfono satelital pesaba 45 kilos, fue la primera en su tipo que vieron los oficiales argentinos, y mantenía al suboficial doblado en un ángulo casi recto para poder cargar el peso.

Luego de las presentaciones, el grupo caminó hasta la oficina de Bloomer—Reeve. Al pasar por el hospital, el coronel Rose, que se mostraba muy comunicativo y amable, preguntó quien era la doctora Bleaney, de quien dependía la estación de radio del Medical Call. Ella levantó la mano y él le dijo: "Well done" ("Bien hecho").

Al llegar a la oficina de la Secretaría General, Menéndez ya estaba allí junto al abogado Javier Miari, un oficial de la Fuerza Aérea que había pasado buena parte del conflicto estudiando la Convención de Ginebra, leyes y tratados militares.

Ya con todos sentados a la mesa el coronel Rose volvió sobre el discurso del honor salvado y la necesidad de la rendición para evitar más bajas. Si bien Menéndez y Miari entendían algo de inglés, casi no lo hablaban, por lo que Hussey y Bloomer—Reeve eran los encargados de traducir. El radiooperador se instaló cerca de una ventana y estableció contacto con Londres.

"Preguntamos que querían tomar y pidieron té. Servimos un té argentino, desastroso. Entonces empezamos a plantear nuestras exigencias para el acuerdo. Dirigidos por Menéndez, Hussey y yo aportábamos ideas y Miari las adaptaba a los usos y costumbres militares y a la Convención de Ginebra. Las condiciones que pedíamos eran muchas y los ingleses no decían que no a nada." 

El primer pedido que Menéndez hizo fue mantener las banderas. Cada pedido era consultado, vía la radio satelital, a Londres. Sobre ese punto no hubo problemas, aunque exigieron que las banderas se retiraran enfundadas de la isla. Los pedidos que siguieron, fueron:

Que no hubiera desfile de rendición.

Mantener un helicóptero para evacuar a los heridos con la Cruz Roja.

Que los heridos se evacuarían en un barco hospital argentino.

Que se conservan los fondos en pesos y los documentos contables. (Había mucho dinero en efectivo porque se había instrumentado un sistema de compensación de daños de guerra a los isleños).

Que se mantendría el mando de las tropas hasta el embarque o la internación.

Que se mantendría una comunicación con el continente con una estación propia.

Que los oficiales mantendrían su arma de puño hasta embarque o internación.

Esta última condición es inédita en las rendiciones y habla tanto de la flexibilidad ingleses para acelerar la firma, como del miedo de la oficialidad argentina a la reacción de su propia tropa.

El apuro de los ingleses por firmar hacía que aceptaran sin discusiones los pedidos, y el único rechazo fue que en los documentos apareciera "Falklands—Malvinas". Bloomer—Reeve puntualiza: "Todos estos puntos fueron improvisados en el momento, ya que no habíamos tenido una charla previa, y medio que íbamos aumentando los pedidos a medida que ellos decían que sí."

Por su parte, los ingleses plantearon tres pretensiones:

La evacuación de la ciudad, donde habían más de mil soldados y se iban agregando los que bajaban de los montes. 

La entrega de armamento. (Para que no se destruyera afirmaron que sería devuelto, pero eso nunca sucedió).

Un reaseguro de que la Fuerza Aérea no atacaría más.

Ya para el segundo té, Rose contó cómo había hecho el ataque a Pebble Islands, en una operación comando que destruyó un aeródromo clave para los argentinos. En el ataque los británicos perdieron 14 hombres porque un helicóptero se cayó. 

Rose también dijo que estaba cansado, que no había dormido. Y se refirió al ataque de la aviación argentina a la flota inglesa en San Carlos como "bomb-halley" (Galería de bombas). "Me acuerdo que agregó que nuestro ataque de Bahía Agradable fue una sorpresa para ellos, porque creían que los principales combates ya habían pasado —agrega Bloomer-Reeve— Nosotros comentamos la sorpresa que nos causó que ellos hubieran tomado Darwin, no entendíamos ese ataque, que no era imprescindible. Años después me enteré que lo habían hecho por la necesidad de generar una victoria y que en Londres se mantuviera el espíritu de guerra."

Luego de casi dos horas de estar sentados a la misma mesa, los ingleses se retiraron. Quedaron en que esa noche se firmaría el acta de rendición. Menéndez convocó entonces a una reunión de su Estado Mayor para informarles las condiciones de rendición acordadas y organizar por dónde entraría Moore esa noche hasta la ciudad. De ahí en más se dispuso que las fuerzas argentinas destruyeran toda su documentación, armas, municiones, comida, vehículos y equipos.

Cuando la noche ya había caído llegó Moore. Bajó caminando con su comitiva desde Moody Brook, a unas quince cuadras del centro de la ciudad. En el camino se cruzó con soldados argentinos, todavía armados, y muchos sin un oficial a cargo, ya que habían llegado a la ciudad ese día replegándose. Moore estaba acompañado por el coronel Rose, el capitán Bell y el radiooperador con su equipo en la espalda. A ellos se había sumado el coronel Backe, el jefe de ingenieros Julian Thomson y un oficial abogado. La comitiva argentina fue la misma. Y otra vez se sirvió té.

En apenas una carilla tipeada a máquina estaba sellado el final de 74 días de control argentino sobre las islas, que concluían después de 44 días de combates, 649 muertos argentinos y 255 muertos británicos. Moore le extendió el acta de rendición a Menéndez. Bell agregó una traducción al español manuscrita por él, aunque bastante inexacta, por lo que tradujeron la versión inglesa a Menéndez.

El apuro de Moore seguía siendo el desalojo de la ciudad y su único temor era que la aviación argentina atacara a pesar de la rendición. Como Menéndez no le daba garantías sobre este punto, Moore ordenó al radiooperador que estableciera un enlace telefónco vía satélite con el brigadier Ernesto Crespo, quien entonces comandaba las operaciones aéreas desde la base de San Julián, en Santa Cruz. Crespo habló con Miari y le dijo que podía garantizar que no habría más ataques aéreos.

Luego se discutieron algunos detalles del acta. Entre los territorios a rendirse figuraba la isla Gran Malvina. Por reglamento militar, un comandante sólo puede rendir a la tropa que tiene bajo el mando directo, por lo que en rigor Menéndez no podía rendir a las tropas ubicadas en otra isla que no fuera la Soledad, donde se encuentra Puerto Argentino. Finalmente decidieron dejarlo así .

Luego Menéndez planteó que se debía tachar la palabra "incondicional" que figuraba junto a "rendición", argumentando que habían existido condiciones. Entonces Moore la tachó, le extendió el acta a Menéndez y preguntó: "¿Ahora firma?". Y Menéndez firmó. 

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"Estaban ciegos"


Nota publicada el 31 de marzo de 2002
En una entrevista exclusiva Kirpatrick, ex asesora de Reagan, dijo que nunca entendió cómo militares y diplomáticos argentinos fueron a la guerra. Reiteró que ella recomendó la neutralidad de EE.UU.

La Guerra de las Malvinas no se puede comprender si no es en el contexto de la Guerra Fría. En ese marco, la Junta militar argentina, liderada por el ex general Leopoldo Galtieri, decidió invadir las islas fundamentalmente porque estaba convencida —erróneamente— de que Estados Unidos permanecería neutral en el conflicto en retribución al apoyo que estaba brindado Argentina a la guerra en América Central.

Durante la entrevista que otorgó en exclusividad a Clarín, la entonces embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Jeane Kirkpatrick, dijo que nunca comprendió cómo ni los militares ni los diplomáticos argentinos pudieron equivocarse tanto.

Ver como gente sofisticada negó los peligros básicos fue para mí una experiencia extraordinaria, aseguró la ex asesora del presidente Ronald Reagan al referirse a la falta de visión de la dirigencia argentina. Yo estaba a favor de la neutralidad porque estaba convencida de que si Estados Unidos se alineaba con el Reino Unido era más lo que tenía para perder que para ganar, dijo Kirkpatrick

—¿Y qué podía perder?

—El apoyo de muchos países latinoamericanos que habíamos logrado con mucho esfuerzo. Recuerde que en aquella época había mucho antiamercanismo en América latina. Pensaban como yo el subsecretario de asuntos hemisféricos, Thomas Enders, y el embajador norteamericano en Buenos Aires, Harry Schlaudeman.

—En uno de los documentos del Departamento de Estado desclasificados recientemente a pedido de Clarín, Schlaudeman dice que tanto Galtieri como Costa Méndez, al ver que EE.UU. apoyaba al Reino Unido, amenazaron con aliarse a la Unión Soviética. Hablaban de la opción soviética, ¿les preocupaba esa posibilidad? 

—No, realmente. No lo recuerdo como una preocupación.

—Pero la Unión Soviética desplegó en el Atlántico Sur nueve satélites espías para monitorear el movimiento de los buques británicos en el mar y de las tropas en las islas.

—Yo estaba en Nueva York, en Naciones Unidas. Si hubo alguna preocupación no me llegó y si hubiera sido una gran preocupación me habría enterado. De todas maneras creo que los argentinos nunca comprendieron cuán estrechas eran las relaciones entre Estados Unidos y el Reino Unido, no solamente por razones históricas sino porque además Ronald Reagan y Margaret Thatcher eran amigos personales desde antes de llegar al poder. Eran los dos grandes líderes conservadores cuando toda Europa tenía gobiernos socialistas. Defendían la libertad de mercado. No tanto la democracia como la libertad de los mercados. Ronald Reagan se sintió muy cerca de América latina.

—¿Por la situación en América Central?

—No, porque había sido gobernador de California dos veces y había tenido mucho contacto con México. En ese aspecto, los argentinos tenían razón al pensar que podía haber más interés en América latina y en la Argentina.

—¡¡¡No sirvió de mucho!!!

—Es que no había ninguna posibilidad de que Estados Unidos apoyara a Argentina en una guerra contra Gran Bretaña. Y sinceramente, aun en el caso de que Estados Unidos no le hubiera brindado apoyo a Gran Bretaña no había ninguna posibilidad de que Argentina pudiese ganar la guerra. Siempre me sorprendió cómo hombres inteligentes como era el canciller Costa Méndez no vieran el peligro que estaban corriendo. Eran incapaces de comprender que la conducta que estaban teniendo tendría consecuencia. No creían ni en la posibilidad de una guerra ni en la posibilidad de una derrota. Simplemente no lo veían. No podían tomar decisiones prudentes porque no podían ver las posibles consecuencias negativas. Ver como gente sofisticada negó los peligros básicos, fue para mí una experiencia extraordinaria.

—¿Es verdad que usted era más proargentina que el secretario de Estado Alexander Haig?

—En el sentido de que yo estaba a favor de la neutralidad y él no. Haig es un hombre muy apasionado. Es de los que o están con uno o están con el otro.

—Si se observan los resultados que le dio a la Argentina su participación en la guerra de América Central y la Guerra de Golfo Pérsico se puede concluir que aliarse con Estados Unidos no es buen negocio. En el primer caso, Washington terminó apoyando a Londres en la Guerra de las Malvinas y ahora la Casa Blanca se niega a apoyar un nuevo paquete de ayuda financiera para la Argentina. ¿Usted qué opina al respecto?

—Es una excelente pregunta para la que no tengo respuesta. Yo recuerdo que una vez logré el voto de un país africano para una votación que era muy importante para nosotros en Naciones Unidas. El gobierno de ese país me pidió a cambio que Washington apoyara el otorgamiento de un nuevo préstamo del Fondo Monetario Internacional y la renegociación de su deuda con el Club de París. Transmití el mensaje, pero no me hicieron caso. 

—Es incorrecto pensar entonces que una alianza con Estados Unidos implica automáticamente una recompensa?


—Otra buena pregunta para la que sigo sin tener respuesta.