sábado, 20 de mayo de 2017

Triste, solitario y final Los últimos años de Cristóbal Colón

Felipe Pigna

Desde que Colón publicó el Libro de las profecías, a comienzos de 1502, los reyes comenzaron a preocuparse seriamente por la salud mental del almirante. Colón señalaba allí la necesidad y urgencia de emprender la conquista del Santo Sepulcro y aseguraba que él era el hombre que, según vaticinaban las Sagradas Escrituras, “debía pasear triunfante la fe de un extremo al otro de la tierra”. Declaraba que la misión de ir a las Indias por el Occidente le había sido inspirada por Dios y anunciaba que en 1657 el mundo sería destruido.
Colón esgrimió estas hipótesis para intentar convencer a Fernando y a Isabel de que apoyasen su cuarto viaje y destinaran todo lo obtenido a la conquista del Santo Sepulcro. No creyendo los reyes ninguna de las teorías del almirante y dudando seriamente de su cordura, le otorgaron la licencia de viaje y apenas cuatro navíos con una tripulación de ciento cuarenta hombres, le prohibieron desembarcar en La Española y lo obligaron a destinar la totalidad de las ganancias que lograra al Tesoro real, para lo cual destacaron al escribano Diego de Porras como veedor real, con la comisión de inventariar e incautarse de todas las riquezas que se hallaran durante la expedición.

El 11 de mayo de 1502, Colón zarpó, junto a su hermano Bartolomé y su hijo Hernando, de 13 años de edad, del puerto de Cádiz y pretendió desembarcar en Santo Domingo, pero su gobernador, Ovando, cumpliendo órdenes reales, se lo impidió. Colón se dirigió a Jamaica y luego a Honduras y a Costa Rica. Por las características del terreno, Colón pensaba que el río Ganges de la India estaría muy cerca. No alcanzaba a comprender dónde estaba y decidió regresar a España.

Llegó el 4 de noviembre de 1504, pocos días antes de la muerte de su protectora, la reina Isabel.

Pero desde su regreso a España, Colón, que estaba muy enfermo, tuvo que ocuparse de que Fernando le reconociera sus derechos y los porcentajes que le correspondían. El católico rey se negó a recibirlo y Colón lo persiguió sin éxito por todo el reino. En 1506 Fernando estaba en Valladolid para traspasar la corona a su hija Juana “la Loca” y a su esposo Felipe de Habsburgo, “el Hermoso”. Hasta allí se fue don Cristóbal con sus últimas fuerzas, tratando infructuosamente de ser recibido por los nuevos reyes. Sólo obtuvo de Fernando una carta en la que le sugería que presentara sus reclamos a la Junta de Descargos y le ofrecía, a cambio de su renuncia a todo derecho sobre las tierras “descubiertas”, un señorío en León. Colón insistió y le volvió a escribir a Fernando: “Y pues parece que Su Alteza no ha por bien de cumplir lo que ha prometido por palabra y firma, juntamente con la reina, creo que combatir sobre el contrario para mí que soy arador, sea azotar el viento y que será bien, pues que yo he hecho lo que he podido, que agora deje hacer a Dios, nuestro señor, el cual siempre he hallado muy próspero y presto a mis necesidades”.

El 20 de mayo de 1506 moría Cristóbal Colón en Valladolid, sin enterarse de que había “descubierto América”, sin gloria, y con su buen nombre y honor seriamente afectados.

Todos parecían haberse olvidado del almirante. Ni siquiera tendría la recompensa de dar su nombre al nuevo continente. América se llamará así en honor al navegante florentino Américo Vespucio, que había viajado a las nuevas tierras dos veces entre 1499 y 1502. Al regresar escribió dos famosas cartas: una a Lorenzo Piero de Medici, en 1503, que fue publicada a principios de 1504, y otra a su compañero de colegio, Pietro Soderini. Esta última se tradujo al latín y se publicó en 1507 en el apéndice de la obra Cosmographiae Introductio, de Martín Waldsemüller, alias Iliacomilus, un notable científico nacido en Friburgo, actual Alemania, profesor de Geografía de Saint Die en el ducado Lorena.

La relación del tercer viaje de Colón, en el que tocó tierra firme, se publicó en latín recién en 1508, mientras que la relación de los viajes de Vespucio se conocía desde 1504 y 1507.

En la introducción de la obra de Waldsemüller, el geógrafo francés Jean Basin de Sandocourt proponía: “Verdaderamente, ahora que tres partes de la tierra, Europa, Asia y África, han sido ampliamente descriptas, y que otra cuarta parte ha sido descubierta por Américo Vespucio, no vemos con qué derecho alguien podría negar que por su descubridor Américo, hombre de sagaz ingenio, se la llame América, como si dijera tierra de Américo; tal como Europa y Asia tomaron sus nombres de mujeres”.

Años más tarde, Waldsemüller y Basin reconocieron su error, a tal punto que el mapa que publicaron en 1513 llama al nuevo mundo Tierra Incógnita y no América. Pero ya era demasiado tarde.