martes, 16 de mayo de 2017

Pronto hará cien años: Oriente Medio se agita todavía a causa de los pactos de la Primera Guerra Mundial

Ian Black*
The Guardian
Publicado el 30 de diciembre de 2015

En un momento de ocio entre cócteles en la capital árabe en la que servían, un diplomático británico y otro francés charlaban recientemente acerca del legado de sus respectivos países en Oriente Medio: ¿por qué no conmemorarlos con una nueva banda de rock? Podían llamarla la Sykes-Picot y la Declaración Balfour.

Era sólo una broma. Los acuerdos de la Primera Guerra Mundial cocinados en Londres y París en los días de agonía del imperio otomano abrieron camino a nuevos estados árabes, a la creación de Israel y y al crónico penar de los palestinos. Y si su recuerdo se ha desvanecido en Occidente ahora que se acerca su centenario, todavía se les achaca de modo extendido de los problemas de la región en una época desacostumbradamente violenta y turbulenta.

“Se trata de una historia que los pueblos árabes nunca olvidarán porque la consideran directamente relevante para los problemas a los que hoy se enfrentan”, sostiene Eugene Rogan, de la universidad de Oxford, autor de varios libros de historia moderna de Oriente Medio.  

En 2014, cuando los combatientes del Estado Islámico irrumpieron en la frontera del desierto entre Irak y Siria – desplegando banderas negras en sus Humvees capturados de fabricación norteamericana– y anunciaron la creación de un califato transnacional, proclamaron de modo triunfal la muerte del Pacto Sykes-Picot. Eso le dio a ese acuerdo medio olvidado y muy malinterpretado de la época colonial un papel estelar en su guerra de propaganda, y un nuevo arriendo de vida en Twitter.

Las medias verdades llegan lejos: el acuerdo secreto entre Sir Mark Sykes y François Georges-Picot en mayo de 1916 dividió las tierras otomanas en una esfera británica y otra francesa, y sólo salió a la luz cuando lo publicaron los bolcheviques.

Contradecía como todo el mundo sabe anteriores promesas hechas por los británicos al jerifa Hussein de la Meca, antes de que lanzara lo que T.E. Lawrence denominó “rebelión en el desierto” contra los turcos. No trazó las fronteras de los estados árabes – eso vino después –, pero se ha convertido en una especie de compendio conveniente del  doble juego y la perfidia occidentales.

Y eso se vio minado asimismo por la Declaración Balfour de noviembre de 1917,  lamentada durante décadas por los palestinos que recuerdan cómo “el gobierno de su Majestad veía favorablemente el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío” cuando el sionismo era una respuesta novedosa al antisemitismo europeo y los judíos una exigua minoría en Tierra Santa.

Mirando hacia adelante, los funcionarios del Foreign Office británico están discutiendo ansiosamente una lluvia de ideas sobre el modo de conmemorar estos acuerdos. Resulta bastante más duro que recordar los aniversarios militares de la Primera Guerra Mundial – Flandes, Galípoli, el Somme – porque mientras que los sacrificios y el heroísmo de los británicos y sus aliados pueden ser objeto de homenajes y honores, estas fueron acciones políticas que dejaron un residuo tóxico de resentimiento y conflicto.

Quienes hacen campaña a favor de los palestinos han exigido que Gran Bretaña se disculpe por el compromiso Balfour, pero eso parece poco probable, dado que se formuló en circunstancias muy distintas de las de hoy y no se puede deshacer. Es probable que ese y otros acuerdos del periodo bélico aparezcan en las declaraciones y la diplomacia pública destinadas a generar “una comprensión más matizada” del controvertido papel histórico del Reino Unido.  

El hecho de centrarse en el Sykes-Picot – que como se sabe se basó en trazar una línea “de la ‘e’ de Acre [hoy en el norte de Israel] a la última ‘k’ de Kirkuk [en Irak] – se debe al argumento de que los estados han perdido su legitimidad o cohesión en los sangrientos años de la primavera árabe. Los kurdos de Irak, autónomos desde 1991, recalcan esto, aunque son la excepción. Siria parece estar enfrentándose a una partición de facto, pero se debe a cinco años de feroz guerra civil, no porque se la considere una creación colonial “artificial”.

De hecho, muchos historiadores insisten– en rotunda contradicción con la propaganda del EI– en que los estados nacionales árabes posteriores a la Primera Guerra Mundial se han demostrado notablemente resistentes. Y es un error retratar a los yijadistas, tal como ha dicho Reidar Vissar, experto en Irak, como “gente que pone en práctica una especie de apremio popular profundamente arraigado a la unidad panárabe y panislámica que supuestamente impulsa al pueblo sirio e iraquí a aproximarse el uno al otro”.

Con todo, la percepción es la realidad. En palabras de Rogan: “Los acuerdos de partición de la época de la Guerra dejaron un legado de imperialismo tal, de desconfianza árabe en la política de las grandes potencias y de creencia en las conspiraciones (pues ¿qué son los acuerdos secretos de partición si no conspiraciones?) que los pueblos árabes les han hecho responsable de sus infortunios desde entonces”.

Palestina sigue siendo una herida abierta. “El periodo transcurrido desde la Declaración  Balfour... ha sido testigo de lo que equivale a cien años de guerra contra el pueblo palestino”, escribió el historiador palestino-norteamericano Rashid Khalidi. Pero es poco probable que haya una respuesta oficial británica que vaya más allá de la afirmación de la necesidad de dos estados independientes para los dos pueblos que hoy habitan Tierra Santa, por discutible que sea el pasado.

Los acontecimientos recientes se han demostrado tan conflictivos como los del pasado.   En el verano de 2016 conoceremos con mucho retraso el informe Chilcot sobre el papel de Gran Bretaña en la invasión de Irak de 2003, un factor de primer orden en la actual carnicería de la región. Tal como ha declarado Toby Dodge, de la London School of Economics: los avances del EI “no los causó el legado centenario del colonialismo anglofrancés” sino “las taras actuales dentro del sistema político” establecido tras el derrocamiento de Sadam Hussein.

Y 2016 será testigo de otro aniversario complicado: los 60 años de la invasión anglofrancesa de Egipto, en colusión con Israel, la crisis de Suez de 1956, un episodio clásico de duplicidad y prepotencia occidental, todavía se recuerdan como la “agresión tripartita” en El Cairo y otras capitales árabes.

“A medida que nos aproximemos a estos aniversarios complicados, hemos de ir reconociendo esa historia y nuestro papel en ella”, insiste Tom Fletcher, un exembajador británico en Libano muy valorado. “Pero tenemos también que garantizar que el papel de Occidente no se utilice como coartada de todos los problemas de la región. Si fuéramos tan astutos como algunos creen, todavía tendríamos un imperio. De hecho, hace falta que podamos ver más seguridad, justicia y oportunidades en todo Oriente Medio: esa es una conspiración de la que sí tendríamos que formar parte”.

*Ian Black dirige la sección de Oriente Medio del diario The Guardian, del que ha sido corresponsal en la región, editorialista y responsable de su sección de información diplomática y europea a lo largo de más de un cuarto de siglo

Traducción: Lucas Anton (Sin Permiso)