jueves, 11 de mayo de 2017

Orígenes y actualidad del "pensamiento único"

Mario Rapoport*

 En publicacion: La Globalización Económico Financiera. Su impacto en América Latina. Julio Gambina. CLACSO. 2002. ISBN: 950-9231-71-1

Cuando Carlos Marx y Federico Engels decían, para amedrentar a la burguesía, que un fantasma recorría el mundo, el fantasma del comunismo, refiriéndose a la nueva ideología que según ellos arrasaría con las viejas instituciones del capitalismo, no podían imaginar que una ideología contrapuesta ejercería una influencia dominante sobre el fin del siglo XX. Esa ideología es inseparable del proceso de globalización, que marca hoy la evolución de la economía mundial, y le sirve de fundamento teórico. La manera en que el discurso globalizador ha logrado, en el terreno económico, la casi unanimidad de organismos internacionales y gobiernos, le ha dado un nombre: el "pensamiento único". No por singular, sino porque frente a él todas las interpretaciones alternativas (desde el mismo marxismo, que también tuvo sus ímpetus hegemonizadores, hasta las distintas variantes del keynesianismo y del Estado de Bienestar) parecen haberse fundido como la nieve. En verdad, ya desde la crisis de los años `30 comienzan a madurar tres líneas de pensamiento económico que desde una interpretación diferente de la crisis propondrán también soluciones distintas para asegurar la supervivencia del sistema o para transformarlo en menor o mayor medida. Keynes es el más influyente, y además el primero, que critica los fundamentos de la economía neoclásica y propone construir los cimientos de un nuevo edificio teórico que no se basa, como señala en su artículo El fin del laissez-faire, escrito en 1926, en los supuestos de que "...los individuos poseen (...) una `libertad natural' en el ejercicio de sus actividades económicas..." y de que el mundo está gobernado por "...la Providencia de forma de hacer coincidir siempre el interés particular con el interés general..." (Keynes, 1931). De allí la importancia del papel del estado, a través de políticas activas, vía incremento de la demanda, para volver a reestablecer los equilibrios perdidos en épocas de crisis y, especialmente, el pleno empleo, y retomar la senda de crecimiento. Su Teoría General, publicada en 1936, constituye la culminación no sólo de otros estudios teóricos sino también de una serie de trabajos sobre las políticas económicas vigentes en su época, tanto en el escenario mundial como en su país, Inglaterra, que habían comenzado con la crítica del sistema económico internacional de la primera posguerra en sus Consecuencias Económicas de la Paz de Versalles. Las ideas keynesianas fundamentarán el Estado de Bienestar que predomina después de la guerra en la mayoría de los países industrializados. Una segunda alternativa frente a la crisis y al capitalismo liberal la plantea un economista y antropólogo de origen húngaro, Karl Polanyi, que publica en 1944 un libro, La Gran Transformación, que tendrá repercusión muchos años más tarde, pero que merece por su originalidad un lugar propio entre las líneas de pensamiento principales de su tiempo. En el modelo de Polanyi, como señalaba Fernand Braudel, el intercambio se distingue del mercado y se opone a él. La autoregulación de la vida económica por los mecanismos de mercado constituye para Polanyi una utopía y sólo la acción del estado, desde la "gran transformación" que comenzó en Inglaterra a fines del siglo XVIII, ha podido imponer el uso de la moneda y de la mercancía. Si el mercado es una creación artificial, y no como señalan los neoclásicos una condición natural de la vida económica, puede existir una solución socialista para superar las contradicciones del capitalismo. Es preciso notar que Polanyi, aunque inspirado en el marxismo, se aparta de él; Marx comienza con el análisis de la mercancía y del intercambio para fundamentar su teoría del valor mientras que Polanyi tiene una concepción antropológica que lo conduce a proponer otros modos de regulación diferentes a los del mercado. No es suficiente con "dar vuelta la sociedad", sino que hay que incorporar al cambio social una cuestión moral para que no se convierta en un simple autoritarismo. La tercera alternativa que va a plantearse, también como consecuencia del análisis crítico de los años del período entre guerras y de la gran depresión, es la del economista austríaco Friedrich Von Hayek. Este es un liberal convencido que no considera que las causas de la crisis se debieron a fallas en el funcionamiento de las leyes del mercado. En 1944, en su libro más importante, Camino de la servidumbre, expondrá las tesis principales del liberalismo moderno, que luego son retomadas por otros economistas como Milton Friedman y sus colegas de Chicago. Para Von Hayek, el socialismo y la libertad son incompatibles y el papel del estado en un sistema capitalista debe permanecer limitado. Para mantener una sociedad libre, sólo la parte del derecho que consiste en reglas de "justa conducta" (es decir, esencialmente, el derecho privado y penal) debería ser obligatoria para los ciudadanos e impuesta a todos. Es la tesis ultraliberal, basada en la descentralización y la desregulación total de la actividad económica, que entiende incluso que la libertad individual no depende de la democracia política y que ser libre es, por el contrario, no estar sujeto, salvo en el caso de los derechos señalados, a la injerencia del estado. Hayek tenía en mente no sólo al nazismo alemán, al socialismo "stalinista" o al laborismo inglés, a los que llega a vincular sino sobre todo a la "aberración" teórica del keynesianismo, el cual, sin embargo, con sus políticas intervencionistas había ayudado a salir al capitalismo de la gran depresión de los años `30. Estas ideas neoliberales, como se las comenzó a denominar, terminarían finalmente de imponerse en todo el mundo hacia mediados de la década de 1970, y las razones históricas de ello resultan muy conocidas. En primer lugar, la crisis económica que se produjo en las economías más desarrolladas en los años `70 constituyó el punto de inflexión de uno de los llamados "ciclos largos" característicos de la historia del capitalismo. El sistema entró en una nueva etapa recesiva, con caída de la rentabilidad en los sectores productivos, acumulación de capitales líquidos, inflación generalizada y desaceleración de las tasas de crecimiento. Pero esta vez no fueron las teorías neoclásicas las que se pusieron en cuestionamiento, como en los años `30, sino los paradigmas keynesianos o neokeynesianos, considerados los principales responsables intelectuales de la crisis. En segundo término, la crisis del dólar, que fue acompañada bien pronto por la crisis del petróleo, significó en los países desarrollados el fin del "boom" de la posguerra, y la aparición de políticos como Reagan y Margaret Thatcher, que desregularizaron la economía de sus países y estabilizaron sus monedas. Resulta curioso comprobar que mientras que los gobiernos neoliberales del Primer Mundo (Thatcher, Reagan) jugaron la carta del nacionalismo, la política económica liberal en los países latinoamericanos fue profundamente anti-nacional, como lo hemos podido comprobar desde Martínez de Hoz en adelante. Por otro lado, la crisis de la deuda de los años `80 creó nuevas reglas de juego y de funcionamiento en los mercados financieros internacionales. En tercer lugar, los cambios en la producción resultantes del pasaje a un modelo posfordista vinculado al prodigioso desarrollo del Japón y, luego, de los "tigres asiáticos", la transnacionalización de las economías y el peso creciente de las empresas multinacionales, la reafirmación del libre comercio con la creación de la OMC, y sobre todo la desintegración del bloque soviético, que puso fin a la Guerra Fría, fueron los otros ingredientes de una notable transformación de la economía mundial, que iba a la par con el cambio en los paradigmas teóricos y en los esquemas ideológicos. El cambio en las ideas acompaña en realidad una nueva revolución tecnológica que le sirve de sustentación: la revolución informática y de las comunicaciones. Si la primera revolución industrial reemplazó el músculo por la máquina, ahora se plantea el reemplazo del cerebro por la computadora, por lo menos para un número importante de funciones. La revolución en las comunicaciones constituye, a su vez, el segundo elemento clave para explicar el cambio en la economía y en las ideas económicas. Su principal característica, la instantaneidad de la información, incorpora el "tiempo real" que hace posible la intensificación explosiva de los flujos económicos y financieros en todo el globo. El escenario estaba preparado para la aparición, en revistas vinculadas al mundo de los negocios o de la administración, como la Harvard Business Review, o autores de esa disciplina, como el consultor japonés Kenichi Ohmae, de la popularización del concepto de "globalización", que se extiende luego a economistas e historiadores, a fin de explicar la conformación de mercados globales (financieros, productivos, comerciales y de servicios) y el advenimiento de un "mundo sin fronteras". Francis Fukuyama, con su teoría del "fin de la historia" contribuye, por su parte, a restar historicidad al nuevo período, que no sería uno más sino el último en la trayectoria del capitalismo, pero no, por supuesto, en la acepción que le daba Marx como preludio del socialismo. La historia carece a partir de ahora de sentido, porque el sistema no tiene ya contradicciones que lo puedan llevar a su disolución. Pero el cambio en las ideas no pudo producirse sin la caída del "socialismo real" que, como señala Krugman, no sólo ayudó a "desacreditar las políticas estatistas" en todo el mundo, sino también a asegurar a "los inversores que sus activos en los países en desarrollo no serían expropiados por los gobiernos de izquierda". El nuevo punto de vista que aparece, apoyado por una constelación de actores nacionales e internacionales, entre los que se destacan instituciones y redes de líderes de opinión vinculados al capital mundial (FMI, Banco Mundial, bancos de inversión, empresas multinacionales) fue conocido como el "Consenso de Washington", término que acuñó el economista John Williamson (Krugman, 1995). Los diez puntos expresados a través de este "consenso de ideas" que deberían presidir, a partir de allí, las políticas económicas de la economía global (y de las economías nacionales incluidas en ella), tienen como eje el control del gasto público y la disciplina fiscal, la liberalización del comercio y del sistema financiero, el fomento de la inversión extranjera, la privatización de las empresas públicas, y la desregulación y reforma del estado. Los estados deben limitarse a fijar el marco que permita el libre juego de las fuerzas del mercado pues sólo éste puede repartir de la mejor manera posible los recursos productivos, las inversiones y el trabajo. La economía de bienestar desaparece y el individuo vuelve a ser así enteramente responsable de su propia suerte. El homo economicus resurge con toda su fuerza y la economía pasa a tener primacía sobre lo político. El nuevo orden económico tendrá, por supuesto, sus ganadores y sus perdedores, resultantes del tipo de vinculación de cada uno con el mercado y con los valores principales que lo regulan: la rentabilidad, el libre cambio, la productividad, la competitividad y la flexibilidad del trabajo. Numerosas instituciones, en diversos países, pero sobre todo en Estados Unidos, garantizan la difusión de estas ideas. Organismos económicos internacionales, a través de sus informes anuales o de sus asesores, o fundaciones de grandes empresas, que financian universidades y cátedras de economía y administración, ayudan a conformar el nuevo credo. Va diseñándose lo que algunos terminarán por denominar "el pensamiento único". El politólogo francés Ignacio Ramonet definirá las cuatro características principales de este pensamiento: es planetario, permanente, inmediato e inmaterial. Planetario, porque abarca todo el globo. Permanente, porque se supone inmutable, sin posibilidades de ser cuestionado o cambiado. Inmediato, porque responde a las condiciones de instantaneidad del "tiempo real". Inmaterial, porque se refiere a una economía y a una sociedad virtual, la del mundo informático. El modelo central del nuevo pensamiento son los mercados financieros, que no tienen más como marco teórico de referencia, como en el caso de la economía productiva, las ciencias físicas o naturales o la química orgánica, sino la teoría de los juegos y del caos y la matemática borrosa. El núcleo duro del "pensamiento único" es la mercantilización acelerada de palabras y de cosas, de cuerpos y de espíritus (Ramonet, 1997: cap. IV). El nuevo discurso dominante se desentiende de sus consecuencias. El desempleo, la desigualdad de ingresos, la pobreza y aún las diferencias en la educación y el nivel de conocimientos (contrapartida de la fuerte acumulación de riquezas que se genera en el más reducido polo de los ganadores) no constituyen una carga social ni deben ser atemperados por políticas del estado sino en última instancia. Es el propio sistema, generando -según los defensores del "pensamiento único"- una supuesta igualdad de oportunidades a través del crecimiento acelerado de las economías, el que brindará la solución a largo plazo mientras que, en lo inmediato, recae en la sociedad civil, a través de la acción privada y de instituciones no gubernamentales de distinto tipo, la responsabilidad de hacerse cargo de los excluidos del sistema. Pero nada nos garantiza realmente que esto ocurrirá. Por un lado, se reiteran las crisis financieras (la de 1987, la del "Tequila" mexicano, la del sudeste asiático) mostrando una creciente inestabilidad del sistema, que no termina de revertir la fase recesiva del "ciclo largo" iniciada en los años `70, y revelando la incapacidad del "pensamiento único", cuya confianza en las leyes del mercado parece inamovible, para ofrecer herramientas adecuadas a fin de superarla. Por otro lado, la "sociedad global" profundiza la brecha entre las "islas" de riqueza y de pobreza diseminadas en todo el mundo, y ya no sólo por la división geográfica entre el "norte" rico y el "sur" empobrecido. Entretanto, la economía productiva es dominada por los mercados financieros, que constituyen lo que algunos economistas denominan una "economía virtual" o, directamente, de "casino", con una permanente fuga hacia adelante de consecuencias imprevisibles, y la política por la economía, mientras que la difusión del "pensamiento único" a través de los medios de información aumenta su influencia en todos los aspectos de la vida económica, política, social y cultural. La libertad absoluta de los mercados supone, en particular, el derecho de los capitales y de las empresas transnacionales a moverse por el mundo sin ningún tipo de controles mientras que, por el contrario, los gobiernos de los países en desarrollo deben sujetarse al control de los organismos internacionales para asegurar esa libertad de mercados. Hace muchos años ya el economista norteamericano James Tobin había propuesto una tasa del 0,5% a las transacciones de capitales, que ha dado lugar a la creación en varios países de ATTAC (Asociación por un Tributo a las Transacciones Financieras Especulativas y de Ayuda a los Ciudadanos) y hoy se abren paso la idea de otras tasas, como a las ventas globales de las empresas multinacionales, que reparten a su favor los costos pero no las ganancias (ahorran costos en unos mercados y venden en otros). Pues mientras la mayoría de los países, incluso los del primer mundo, desregularizan sus economías, flexibilizan sus políticas laborales y disminuyen los gastos públicos para hacer frente a las deudas externas o a los déficits comerciales, muchas empresas transnacionales o capitales volátiles escapan a todo tipo de reglas laborales o fiscales. Aprovechan impositivamente los paraísos fiscales y laborales de los países con sistemas salariales más deprimidos; deslocalizan y mueven sus empresas y capitales en función exclusiva de sus tasas de rentabilidad, dejando el peso de la carga fiscal y salarial a las poblaciones de las naciones afectadas. En este sentido, tanto los trabajadores de los países desarrollados como los de los más pobres soportan, cierto que desigualmente, un mismo tipo de carga. Como señala el inglés William Hutton (que fue hace unos años asesor de Tony Blair), la idea de que "no podemos escoger, que estamos predestinados a ser como somos" y que la "única eficiencia posible a nuestro alcance es la que nos brinda la asignación de recursos del mercado", constituye la doctrina "más insidiosa" de nuestra época (Hutton, 1997). Porque democracia y mercado no son términos intercambiables y, si la vigencia de la primera debe subordinarse a la persistencia del segundo, es decir, si los ciudadanos no pueden intervenir en el dominio de una economía cada vez más desconectada de lo social y a la que se le niega la posibilidad de utilizar los instrumentos de política necesarios para corregir los desequilibrios que el mercado por sí mismo no puede solucionar, la sociedad civil deja de tener sentido y se corre el riesgo de que otras aventuras totalitarias se levanten, como en los años `30, por sobre sus cenizas. Antes de que ello ocurra es necesario encontrar, lo más pronto posible, las alternativas sacrificadas en los altares del "pensamiento único". 

Bibliografía
Hutton, William 1997 The State to Come (Londres).
Keynes, John Maynard 1931 Essays in Persuasion (Londres: Rupert Hart-Davis).
Krugman, Paul 1995 "Dutch tulipes and emergents markets", en Foreign Affairs. Vol. 74, julio-agosto.
Ramonet, Ignacio 1997 Géopolitique du chaos (París: Galilée).


* Director del Instituto de Investigaciones de Historia Económica y Social. Investigador Principal del Conicet. Profesor Titular de Historia Económica y Social Argentina e Historia Argentina Contemporánea en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad de Buenos Aires.