viernes, 5 de mayo de 2017

Los últimos españoles de en el campo de trabajos forzados de Mauthausen

Resultado de imagen para MauthausenCarlos Hernández
Público.es
El murciano Antonio Hernández Marín fue conducido al campo de concentración de Mauthausen el 22 de enero de 1941. Estos testimonios son un avance editorial de 'Los últimos españoles de Mauthausen'  que sirve como homenaje a los más de 9.000 españoles que pasaron por los campos nazis  publicado por 'Ediciones B'.  Asimismo, el lector podrá conocer más detalles de la experiencia de Antonio Hernández a través de la cuenta de @Deportado4443. De esta manera, el periodista Carlos Hernández, sobrino de Antonio y autor del libro Los últimos Españoles de de Mauthausen, da voz a Antonio y a través de él a los más de 9.000 españoles que pasaron por los campos nazis, en los que más de 5.000 perdieron la vida, y cuyo sufrimiento ha intentado ser borrado del mapa.

Guerra Civil Española. "¿Canibalismo? ¡No, era hambre!"  [x]

Antonio Hernández Marín es uno de los 9.000 españoles que pasaron por los campos nazis que ha permanecido, hasta hoy, en la más absoluta invisibilidad. Fue trasladado el 22 de enero de 1941, hace hoy 64 años. Nadie le pidió jamás una entrevista, no escribió sus memorias y su familia apenas le preguntó por el horror que vivió durante más de 52 meses entre las alambradas de Mauthausen. Como el resto de los supervivientes, tampoco él le dio a su epopeya la importancia que realmente tenía. Nunca se consideró, ni mucho menos, un héroe.
Su vida fue, sin embargo, un calco de la del resto de deportados españoles, una historia de renuncias y sacrificios, a cambio de defender la libertad. La sublevación militar de 1936 le sorprendió en su pueblo, Molina de Segura. Su ideología socialista le llevó a alistarse inmediatamente en el Ejército republicano. Se incorporó al grupo de artillería del cuerpo de Carabineros con el que combatió en la defensa de Madrid y, más tarde, en batallas como la del Ebro. 


Tras el triunfo franquista fue maltratado por la Francia “democrática” que le encerró, junto a miles de compañeros, en los campos de concentración de Vernet, Mazères y Septfonds. Más de 14.000 hombres, mujeres y niños españoles murieron en esos meses del invierno de 1939, de frío, hambre y todo tipo de enfermedades.


Ese maltrato hizo que los republicanos se negaran, mayoritariamente, a enrolarse voluntariamente en el Ejército francés. Por ello, a punta de pistola, Antonio fue obligado a incorporarse a una Compañía de Trabajadores Españoles que se dedicó a reforzar las fortificaciones de la Línea Maginot. Un trabajo inútil porque, a la hora de la verdad, apenas hubo resistencia; los oficiales franceses huyeron cuando sintieron la proximidad de las tropas alemanas.
El hambre hizo que no vieran o no quisieran ver los cadáveres abiertos en canal que yacían muy cerca del lugar en el que hicieron su descubrimiento
Cazados como conejos por la Wehrmacht en los bosques de los Vosgos, los españoles fueron a parar a campos para prisioneros de guerra en los que se respetaba la Convención de Ginebra. En ellos recibían el mismo trato que los soldados aliados. Sin embargo, el 1 de octubre de de 1940, solo una semana después de que el todopoderoso ministro franquista Ramón Serrano Suñer visitara Berlín, la Gestapo se presentó en el campo de Sagan, en el que se encontraba Antonio, e interrogó a los españoles. Así lo recuerda el malagueño José Marfil que también se encontraba allí: "No sabíamos que eran de la Gestapo pero yo les pregunté las razones por las que nos estaban fichando. Nunca olvidaré su respuesta: 'Os vamos a llevar a un sitio apropiado para vosotros'". 


Dos meses más tarde, los españoles y solo los españoles fueron enviados a Mauthausen. Antonio estuvo siempre acompañado de su amigo Antonio Cebrián, un albaceteño de Bormate. Ambos trabajaron en la temible cantera. En pocos días, la dureza del trabajo y la ridícula alimentación que recibían les empujó al borde de la muerte. Lo que ocurrió después lo sabemos gracias a un breve relato titulado ¿Canibalismo? No. ¡Hambre!, que dejó escrito en un viejo y colorido cuaderno:

Un miembro de la Gestapo a los republicanos españoles: "Os vamos a llevar a un sitio apropiado para ellos"
"Nos fallaban las fuerzas y al pasar por detrás de las cocinas encontramos un pequeño envoltorio abandonado al pie de una de las ventanas del crematorio. En su interior había dos metros de intestinos". "Mira Hernández —me dijo Cebrián— son tripas de cerdo". Y con ansia dio un bocado en uno de sus extremos. 'Lo ves, no hay duda, sabe a tocino'. Yo también mordí con hambre. Minutos después la partimos por la mitad y nos saciamos con ella". El hambre hizo que no vieran o no quisieran ver los cadáveres abiertos en canal que yacían muy cerca del lugar en el que hicieron su descubrimiento.


Este y otros episodios vividos en el campo, especialmente la muerte de su amigo Cebrián, persiguieron a Antonio durante el resto de su vida. Sobrevivió y recuperó la libertad, pero nunca llegó a abandonar Mauthausen. Los SS volvían a la vida para golpearle y amenazarle cada noche, cuando llegaba la oscuridad y le vencía el sueño. En aquellas interminables noches de pesadilla en el exilio francés. 



Avance editorial

Perfil de Twitter de @deportado4443
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 "Salvé mi vida lamiendo las gotas de agua que se condensaban en los tornillos del tren  [x]
El cordobés Virgilio Peña, prisionero nº 40.843 del campo de concentración de Buchenwald, fue detenido en Francia como miembro de la Resistencia.
El sufrimiento de los deportados comenzaba ya antes de llegar al campo de concentración. Miles de prisioneros, entre ellos decenas de españoles, perecieron en los trenes de ganado en los que los SS transportaban los cargamentos de"carne republicana" hacia Mauthausen, Ravensbrück o Buchenwald. Rumbo a este último campo viajaba el cordobés Virgilio Peña en el frío invierno de 1944. 

Meses antes había sido detenido por ser miembro de la Resistencia. Agentes de la policía colaboracionista francesa le pusieron en manos de la Gestapo. Tras un intenso interrogatorio, le subieron a un vagón de madera, cuyo único mobiliario era un bidón metálico situado estratégicamente en un rincón: "Pese a ser el mes de enero, comenzó a hacer un calor en el tren... Y la gente comenzó a orinar y hacer sus necesidades en el bidón"

"Cuando estaba por la mitad, no sé por qué, se volcó y aquello olía peor que los sitios en los que se cría a los cerdos. Yo me enganché con estos dos dedos a la manilla que había en la pared del vagón para atar a los animales. Y agarrado a esa manilla, día y noche, fui hasta Buchenwald. Había mucha gente que gritaba: "¡Mamá!". Yo pensaba: "Sí, sí, llama a tu madre...". No es por alabarme pero yo no grité. Yo no grité porque sabía que mi madre no iba a venir a ayudarme. Y la gente gritaba, gritaba. Y el que se caía no se levantaba más porque nadie le ayudaba".
Virgilio Peña, preso nº 40.843 del campo de concentración de Buchenwald. 'Los últimos españoles de Mauthausen'

Virgilio Peña, preso nº 40.843 del campo de concentración de Buchenwald.
 'Los últimos españoles de Mauthausen'
El viaje se prolongó, en estas inhumanas condiciones, durante tres interminables días. A bordo del tren viajaban algo más de 2.000 almas. Virgilio relata, con voz temblorosa, como nadie quería perder su preciado sitio en el atestado vagón. Aun así, se jugó la vida para salvar a un agotado resistente francés al que sujetó la cabeza repetidas veces para impedir que se desplomara. Junto al calor y al agotamiento, el otro problema de los asustados pasajeros era la sed, que iba provocando la muerte de los prisioneros de mayor edad o que se encontraban más débiles.




Virgilio salvó su vida chupando, durante días, los tornillos de la pared del vagón que se humedecían ligeramente por la condensación.
Virgilio se las ingenió para obtener unas valiosas gotas de algo parecido al agua: "Yo seguía enganchado a la manilla esa. Iba al lado de la puerta y cuando el tren estaba en marcha yo arrimaba la nariz a los tornillos, que estaban cubiertos de pequeñas gotitas, parecía como si sudaran, y pasaba mi lengua por allí para intentar refrescarme un poco". Así fue, Virgilio salvó su vida chupando, durante días, los tornillos de la pared del vagón que se humedecían ligeramente por la condensación.

"No hay palabras para describirlo, fue algo criminal", concluye un relato que fue incapaz de relatar por teléfono. Solo cara a cara y con el rostro quebrado por el dolor, este luchador que ya ha superado el siglo de vida decidió compartir con nosotros su terrible viaje hacia el infierno.

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Así se organizaban los presos republicanos en el campo nazi de Mauthausen [x]


Los cerca de 5.500 españoles que murieron entre las alambradas nazis fueron víctimas de un cóctel letal elaborado con cuatro ingredientes: hambre, trabajo esclavo, enfermedades y malos tratos. Los SS no improvisaban, cumplían unas rígidas directrices dictadas desde Berlín. En la capital del Reich se decidió que los prisioneros recibieran una dieta de 2.300 calorías diarias, con lo que esperaban que cada hombre pudiera resistir con vida un máximo de seis meses. Sabían que, desde el este de Europa, llegarían deportados suficientes para reemplazar a los muertos.

El gaditano Eduardo Escot recuerda en qué consistía el menú de Mauthausen: "Sopa aguada de patatas, nabos y zanahorias. ¡Todos los días igual! Por eso el hambre era peor que el trabajo más duro en la cantera". Otro andaluz, el malagueño José Marfil Peralta, recuerda la batalla que se producía en el instante en que comenzaba a servirse el "almuerzo": "Nadie quería situarse en los primeros puestos de la fila porque entonces te tocaba pura agua. Los platos se llenaban de agua sin sustancia alguna, mientras que los nabos y las patatas permanecían en el fondo de la marmita. Yo intentaba colocarme en el sitio adecuado. Ni muy lejos ni muy cerca pero, claro, todos hacíamos lo mismo... y empezaba la lucha. Los kapos, a palos, trataban de que nos adelantáramos y, si no podía evitarlo, ya sabía que ese día tendría que comer agua caliente. En cambio, si había suerte, me tocaba el turno cuando ya quedaba poco en la marmita y la sopa estaba espesa. Incluso esos días, al terminar de comer, el hambre no se había atenuado y eso me obsesionaba".
Campo de concentración de Mauthausen.- LOS ÚLTIMOS ESPAÑOLES DE MAUTHAUSEN
Marfil se fue debilitando como el resto de sus compañeros pero en Mauthausen no había sitio para los débiles: "Una selección, para todos los deportados y en todos los campos, era sinónimo de muerte. Rodeado de un grupo de oficiales, el comandante recorría todos los bloques. Se paraba delante de cada preso, le miraba y si le señalaba con el dedo, el secretario anotaba su número. Sentíamos pánico mientras se iba aproximando porque sabíamos que, si nos apuntaba, sería la muerte. En una ocasión, cuando el comandante llegó hasta mí, me miró de la cabeza a los pies y ordenó que apuntara mi número. No puedo describir la angustia que sentí. Sin embargo, todavía no sé por qué, el jefe de mi barraca intervino en mi favor y dijo: "Aún es joven este hombre, todavía puede trabajar". El comandante me ordenó que corriera un poco... ¡Yo volé! Me moví tan rápido como pude. Al final el secretario no anotó mi número y salvé la vida". José vio ese día cómo muchos compañeros eren elegidos para morir. O bien eran abandonados en una barraca aislada hasta que morían de hambre o directamente recibían la temida "picura", una inyección de gasolina en el corazón.




"Sentíamos pánico mientras se iba aproximando porque sabíamos que, si nos apuntaba, sería la muerte"

Marfil vio morir a sus compañeros de todas las formas imaginables. Pero el día que más le marcó fue aquel en que los SS decidieron reconvertir una de las barracas de Gusenen una improvisada cámara de gas: "Los alemanes habían bloqueado previamente todas las ventanas. Después llenaron de Ziklon B la barraca. Nuestros pobres camaradas, ante la horrible muerte que se avecinaba, se apiñaron en las ventanas. La barraca parecía que iba a explotar, el pánico de los desgraciados era perceptible desde el exterior, los gritos eran terribles. Nosotros permanecíamos impotentes, paralizados por el horror. ¿Cuánto tiempo pasó hasta que llegó el silencio?No lo sé, pero recuerdo que los equipos de limpieza estuvieron trabajando toda la noche. En ese momento fui consciente de que esa pesadilla me perseguiría toda la vida".
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Liberados en el campo nazi de Mauthausen, olvidados en España [x]

Los españoles fueron los únicos prisioneros de los campos de concentración para los que la libertad no fue completa. El 5 de mayo de 1945, los soldados estadounidenses entraban en Mauthausen. José Alcubierre relata la incertidumbre que vivieron durante los días que siguieron a la liberación: "Los soviéticos se iban a Rusia, los franceses a Francia y los españoles nos quedamos allí, solos. Nadie nos quería, así que nos quedamos un mes en Mauthausen". 



En el campo de concentración de Dachau las tropas norteamericanas confinaron a todos los republicanos en un recinto, que rodearon con alambre de espino. Cientos de españoles habían pasado, por tanto, de ser prisioneros de los nazis a cautivos de los "libertadores". En Mauthausen y Gusen no llegaron a tanto, pero se produjeron situaciones especialmente desagradables como la que relata el soldado estadounidense Álvaro Rodríguez: "Algunos españoles empezaron a trabajar para nuestro ejército. Hacían de traductores, de conductores o, simplemente, limpiando las instalaciones. Sin embargo, poco después, les echaron porque decían que eran comunistas".

"Los soviéticos se iban a Rusia, los franceses a Francia y los españoles nos quedamos allí, solos. Nadie nos quería, así que nos quedamos un mes en Mauthausen".
Finalmente, Francia cedió a la presión de su opinión pública y decidió dar refugio a los republicanos. La mayoría de ellos creían que los Aliados les ayudarían en ese momento a acabar con la última dictadura fascista de Europa, la del general Franco. Pero no fue así. Estados Unidos y Gran Bretaña ya solo pensaban en su siguiente enemigo, Stalin. En esa guerra fría que se avecinaba les resultaba más útil un dictador amigo que una democracia que pudiera coquetear con el comunismo. La geopolítica dejó, por tanto, a los liberados sin un hogar a la que regresar. Habían salido de los campos nazis con vida, pero seguían llevando un triángulo azul invisible;
Luis Perea, superviviente de Mauthausen, falleció el pasado 13 de julio.- LOS ÚLTIMOS ESPAÑOLES DE MAUTHAUSEN

Esa nueva derrota fue menos dolorosa que la sufrida tras la restauración de la democracia en España. Superado el siglo de vida, el cordobés Virgilio Peña baja la cabeza cuando afronta este tema: "La muerte de Franco y la llegada de la democracia fue una enorme alegría para todos nosotros. Pero, poco después, nos dimos cuenta de que nos habían dejado abandonados. Por eso nos llaman 'los olvidados', porque nadie se ha ocupado de nosotros. No le hemos interesado a nadie". Así fue y así sigue siendo. Los deportados españoles fueron víctimas del llamado "espíritu de la Transición". La necesaria reconciliación se transformó en impunidad y en olvido.



Pilar, hija del deportado manchego Luis Perea, lloraba amargamente mientras hablaba sobre este tema delante de su padre. En abril de 2014, Luis había perdido la salud y la memoria, pero miraba a su hija con gesto dolorido mientras ella clamaba: "Los de arriba tenían que haber hecho algo. Tenían que haberlo hecho hace años porque ahora ya quedan muy pocos supervivientes. No se pide dinero porque esto no se paga con nada, se pide un reconocimiento, lo que sea pero algo. Y no lo digo especialmente por mi padre, que salió con vida de allí, sino por los miles de españoles que murieron en los campos. Es de ellos de quien hay que acordarse".


El reconocimiento, si es que se produce, llegará tarde para Luis y para casi todos los deportados españoles. Hoy apenas quedan con vida 25 supervivientes. Luis Perea falleció el pasado 13 de julio y fue incinerado en el sur de Francia. Su último deseo había sido ese, acabar como sus 5.500 compañeros asesinados en los campos nazis, convertido en humo y cenizas.