jueves, 18 de mayo de 2017

Las maniobras del Vaticano: Una cruzada en el mundo moderno

Nikolai Malishevski
Fundación de la Cultura Estratégica


El Acuerdo Fundante: Paulo VI-Michele Sindona
Un evento crucial en la historia moderna ocurrió en la Ciudad de El Vaticano hace tres décadas, el 7 de junio de 1982, cuando el presidente norteamericano Ronald Reagan –hijo de un irlandés devoto católico romano—se reunió con el Papa Juan Pablo II, nacido en Polonia como Karol Józef Wojtyla. La conversación que duró algo menos de una hora giró en torno a Polonia y a la dominación soviética de Europa del Este. Al final, el presidente norteamericano y el Papa llegaron a un acuerdo para “llevar a cabo una campaña clandestina con el objeto de acelerar la disolución del imperio comunista”. “Esta fue una de las más grandes alianzas secretas de todos los tiempos,” señaló Richard Allen, primer asesor de Seguridad Nacional de Ronald Reagan.


Para confirmar su fidelidad a la alianza, al día siguiente el presidente Reagan anunció una “cruzada” contra el “imperio del mal” en un discurso programático que pronunció en Londres. Su siguiente paso simbólico fue designar 1983 como el Año Bíblico durante el Desayuno de Oración Nacional. En respuesta, Juan Pablo II seguidamente invitó a 200 miembros de la Comisión Trilateral –casi el grupo parapolítico completo—al Vaticano. En general, la cruzada así lanzada se concibió como una reedición de la cruzada anti-eslava del año 1147 bendecida por el Papa Eugenio III.

Polonia se convirtió en el país central de la intriga. Reagan y el Papa Juan Pablo II compartieron la opinión que mediante un apoyo masivo al movimiento Solidaridad, en ese momento prohibido en Polonia, Estados Unidos y el Vaticano en conjunto serían capaces de derribar al gobierno polaco y arrancar al país del Bloque Soviético. Se construyó una extensa red en Polonia para apuntalar a Solidaridad y los recursos de la CIA, de la Agencia para el Desarrollo de la Democracia (NED) y de los fondos secretos del Vaticano comenzaron a fluir a las manos de la oposición en Polonia. Por el lado de EEUU, un papel clave en la campaña fue asumido por el Director de la CIA, William Casey, y el ex Comandante Supremo Aliado en Europa, Alexander Haig. Ambos eran conocidos como Caballeros de Malta, además del hermano de este último que era un jesuita de alto rango.

De hecho, el acuerdo estratégico entre EEUU y los servicios de inteligencia del Vaticano fue zanjado por sus respectivos jefes, William Casey y Luigi Poggi, semanas antes que Ronald Reagan –que en gran medida debía su victoria en la carrera presidencial a la parte católica del electorado—tomase posesión como presidente. Iniciándose a finales de 1980 los contactos en Polonia que fueron mantenidos por Zbigniew Brzezinski y el jefe del Departamento de Propaganda del Vaticano, Cardenal Józef Tomko. Este último presidía el Sodalitium Pianum, servicio de contraespionaje del Vaticano, hasta que Juan Pablo II reunió a ambas instituciones en una sola y nombró a Luigi Poggi como su jefe. La iglesia católica romana y los sindicatos occidentales, norteamericanos y europeos brindaron al “líder popular” Lech Walesa y a otros activistas de Solidaridad orientación estratégica de acuerdo con los planes compartidos por el gobierno de Reagan y el Vaticano. Walesa, dirigente que salía de una completa oscuridad en esa época, llevaba solo unos meses empleado como electricista en los Astilleros Gdansk, pero eso fue suficiente para crearle un perfil de representante de los obreros salido de sus propias filas. Anteriormente, Walesa y su familia no tenían trabajo conocido (un hecho punible en tiempos soviéticos) y sobrevivía gracias al apoyo material de la iglesia católica romana. El jefe del servicio de inteligencia del Vaticano supervisó personalmente el trabajo de Walesa con la asistencia del cura jesuita polaco, Kazimierz Przydatek.

La misión de Przydatek fue reunir a un grupo de curas polacos capaces de mezclarse en los movimientos opositores prometedores, con especial atención en Solidaridad. Diariamente, los curas convertidos en agentes recopilaron informes sobre la base de discusiones con los obreros polacos y con sus colegas curas. El cura Henryk Jankowski, preboste de la iglesia de Santa Brígida, a la cual asistía Walesa, era uno de los mejor informados. Przydatek convenció a Walesa de poner a Tadeusz Mazowiecki, editor jefe del boletín “Wiez” de la iglesia católica romana y a Bronislaw Geremek, un historiador, en la dirección de Solidaridad. Con su llegada –si es que se puede confiar en los investigadores occidentales—Solidaridad quedó bajo el completo control de la Iglesia Católica Romana.

Además de los informes enviados por los curas católicos romanos y dirigentes sindicales, Washington y el Vaticano recibieron valiosa información de parte de la quinta columna dentro del gobierno polaco y el Ministerio de Defensa. Por ejemplo, el Coronel R. Kuklinski, ayudante de W. Jaruzelski, fue un informante de la CIA durante 11 años. El republicano Henry John Hyde, miembro del Comité Selecto de la Cámara sobre Inteligencia, escribió más tarde: “en Polonia hicimos todas las cosas que se hacen en un país donde se desea desestabilizar a un gobierno comunista y fortalecer la resistencia, proporcionamos suministros y la ayuda técnica en términos de periódicos clandestinos, radiodifusión, propaganda, dinero, asistencia organizativa y asesoría. Y trabajando hacia el exterior de Polonia, el mismo tipo de resistencia fue organizado en los otros países comunistas de Europa”. Según una investigación publicada por Carl Bernstein en The Times (“La Santa Alianza”) la embajada de EEUU en Varsovia se convirtió en la principal estación de la CIA en el mundo comunista y en general, la más efectiva. Luego de la declaración de la ley marcial en Polonia, Casey desapareció de la escena y –como lo hizo en Centro América—se convirtió en el principal arquitecto político. Mientras tanto, Pipes y el personal de la NSC comenzaron a redactar propuestas para sanciones.

Así lo relata Bernstein: “El académico polaco-norteamericano R. Pipes, quien en cierto momento de su carrera aportó análisis políticos a la CIA, explicó que “el propósito fue drenar a los soviéticos y echarles la culpa a ellos por la ley marcial… Las sanciones fueron coordinadas con la División de Operaciones Especiales de la CIA (encargada de las operaciones encubiertas) y el primer objetivo fue el de mantener a Solidaridad a flote suministrándole dinero, comunicaciones y equipo.Cuando en Polonia estalló la crisis, Reagan ordenó de inmediato poner permanentemente a disposición de Juan Pablo II todos los informes pertinentes de inteligencia. Bernstein señala que “las decisiones más importantes acerca de enviar ayuda a Solidaridad y responder a los gobiernos polaco y soviético fueron tomadas por Reagan, Casey y Juan Pablo II…. Mientras tanto, en Washington se desarrollaba una estrecha relación entre Casey, Clark y el Arzobispo Laghi”.

Casi todo lo que tuviera que ver con Polonia era manejado fuera de los canales normales del Departamento de Estado e iba directamente a Casey y Clark”, dijo Robert McFarlane, quien fue asistente de Clark y Haig y posteriormente asesor de Seguridad Nacional para el presidente. “Yo sabía que se estaban reuniendo con Pío Laghi y que Pío Laghi había visitado al presidente”. El mismo Laghi comenta que “mi papel consistía principalmente en facilitar las reuniones entre Walters y el Santo Padre. El Santo Padre conocía a su gente. Se trataba de una situación muy compleja –cómo insistir en los derechos humanos, la libertad religiosa y mantener Solidaridad a flote sin provocar demasiado a las autoridades comunistas. Yo le dije a Vernon, escuchen al Santo Padre. Ellos tienen dos mil años de experiencia en esto”.

Los detalles sobre la “experiencia” merecen un vistazo más de cerca en este contexto. El origen mismo del término “propaganda”, que significa una combinación de esfuerzos informativos y ocasionalmente de otro tipo, apunta hacia la expansión de la influencia y la autoridad y se puede rastrear hasta la Iglesia Católica Romana. Se empleó por primera vez el 6 de enero del año 1622 cuando el Vaticano instituyó el primer “ministerio de la verdad” de la historia –se trató de un departamento encargado de ampliar la influencia ideológica de la Iglesia Católica Romana-. Este departamento, dedicado a la recopilación de informes de inteligencia a través de Europa, empleó por primera vez el término “propaganda.”

El Secretario de Estado Alexander Haig debe haber tenido razones de peso para señalar que “las informaciones del Vaticano eran absolutamente mejores y más rápidas que las nuestras en todos los sentidos”. El organizador y editor de las publicaciones clandestinas de Solidaridad, Wojciech Adamiecki indicó que “la asistencia de la iglesia fue fundamental, era un medio semi abierto y semi secreto; abierto en cuanto a la ayuda humanitaria –por ejemplo, alimentos, dinero, medicinas, consultas médicas realizadas en las iglesias—y secretas en lo relacionado al apoyo a las actividades políticas: distribución de imprentas de todo tipo, brindándonos lugares para realizar reuniones clandestinas y organización de manifestaciones especiales”. Por cierto, la CIA compensó los favores del Vaticano entregándole informes sobre intercepción de conversaciones telefónicas en las cuales obispos y curas latinoamericanos criticaban a los cardenales pro-estadounidenses del continente.

“Nuestra información sobre Polonia estaba muy bien fundada debido a que los obispos estaban en contacto permanente con la Santa Sede y Solidaridad,” enfatiza el Cardenal Silvestrini, Segundo Secretario de Estado del Vaticano en esa época. Bernstein describe la situación de la siguiente manera: “Dentro de Polonia, una red de curas llevaba y traía mensajes entre las iglesias donde muchos de los dirigentes de Solidaridad estaban escondidos. Los principales factores administrativos eran todos devotos católicos romanos: el jefe de la CIA, William Casey, Allen, Clark, Haig, Walters y William Wilson, primer embajador de Reagan ante el Vaticano”.

El hecho que en estos días emerjan estas revelaciones no significa que las operaciones clandestinas que en último término dieron lugar a lo que el presidente Vladimir Putin describiera como “la peor catástrofe geopolítica del siglo XX” –el colapso de la Unión Soviética- sean cosa del pasado. La cruzada continúa su camino, pero eso será un tema aparte.
Traducción:  María Valdés (CEPRID)