martes, 30 de mayo de 2017

La vigencia de Scalabrini Ortiz y el ejemplo del petróleo

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Raúl Scalabrini Ortiz
Mario Rapoport

Scalabrini no tuvo la formación de un economista, aunque su libro, Política británica en el Río de la Plata (1940), es un hito de la literatura económica argentina. En esa obra el autor desnuda la historia de los intereses británicos en el país desde la época de la Independencia y su influencia dominante sobre la economía nacional en asociación con las elites locales. “La economía –dice para justificar ese trabajo– es un método de auscultación de los pueblos.” Su análisis del Empréstito Baring, el primer eslabón del endeudamiento externo argentino, que nunca llegó a cumplir con sus propósitos y que supuso una estafa lisa y llana a favor de los acreedores, los comerciantes ingleses y sus corrompidos socios vernáculos, demostraba que el problema del imperialismo no sólo era sólo un problema externo sino también interno, en el cual nuestras clases dirigentes jugaban un rol esencial. También fueron claves sus estudios sobre la historia de los ferrocarriles, sobre los orígenes del Banco Central, sobre la cuestión petrolera o sobre la corrupción y los grandes negociados, como el caso de la CADE.
El hombre que está solo y espera, publicado en 1931, ya había sido un aporte sustancial, todavía en el terreno de la literatura, a la que parecía estar destinado, que le permitió analizar brillantemente la identidad del porteño y de los argentinos de su época. Sin embargo, dos acontecimientos significativos transformaron su vida. Primero fueron las repercusiones de la crisis mundial de la década de 1930 en la Argentina. Para un autor de esos años, Fernando Bidabehere, “La preocupación por la crisis económica en todos los países ha motivado que hasta escritores de obras literarias, tal como Scalabrini Ortiz, se hayan decidido a escribir también sobre cuestiones económicas”.

El segundo hecho fue el golpe de Estado con el que la oligarquía conservadora derribó a Yrigoyen en septiembre de 1930 inaugurando la llamada década infame. Durante esos años, Scalabrini, motivado por su espíritu patriótico y combativo, comenzó a desentrañar las verdades ocultas detrás del corrupto y fraudulento régimen conservador. Se transformó en un crítico severo de la dominación extranjera y de la entrega del patrimonio estatal. Decía, por ejemplo: “Computé los elementos primordiales de la colectividad y verifiqué con asombro inenarrable que todos los órdenes de la economía argentina obedecían a directivas extranjeras, sobre todo inglesas… Ferrocarriles, tranvías, telégrafos y por lo menos el cincuenta por ciento del capital de los establecimientos industriales y comerciales es propiedad de extranjeros, en su mayor parte ingleses […] Esto explica por qué en un pueblo productor de materias alimenticias puede haber hambre… Es que ya al nacer el trigo y el ternero no son de quien los sembró o los crió sino del acreedor hipotecario, del prestamista que adelantó los fondos, del banquero que dio un préstamo al Estado, del ferrocarril, del frigorífico, de las empresas navieras […] de todos, menos de él”.

El Pacto Roca-Runciman de 1933, que entregaba prácticamente el comando de la economía argentina a los ingleses a cambio de una libra de carne, como fue la porción del mercado de carnes enfriadas que Inglaterra reconocía a los grandes ganaderos locales, y otras iniquidades del régimen, lo comprometieron en la revolución radical de Paso de los Libres de aquel mismo año y debió exiliarse. Cuando retornó al país, a fines de 1934, participó con Arturo Jauretche en el grupo FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Juventud Argentina). Desde allí condenó, además de los negociados de los ferrocarriles, la política crediticia en manos de la banca extranjera, el estancamiento industrial, la falta de explotación de la riqueza minera e hidroeléctrica, la subordinación del servicio de transportes al capital inglés, y la usura de los empréstitos externos. Nuestra sociedad se topaba con una serie de contradicciones que debían superarse: la Argentina era potencialmente muy rica con una población mayoritariamente marginada social y políticamente.

Las raíces de esas contradicciones se veían en la intolerancia política de las elites hacia el inmigrante; en la riqueza que se escurría alegremente en los cabarets de París en los años 20; en las “políticas de entrega al capital extranjero” o en las primeras villas miseria que aparecían como hongos en la turbulenta década del 30. ¿Qué razones impedían que se acelerara el proceso de industrialización, se tratara de resolver los problemas sociales de la población y se democratizara la política? se preguntaban Scalabrini y otros pensadores nacionales de la época. ¿Por qué el poder seguía estando en manos de los dueños de la tierra? ¿Cómo era posible que un vicepresidente de la Nación manifestara públicamente su opinión de que la Argentina desde el punto de vista económico debía formar parte del imperio británico?

Su vida posterior es conocida. Como otros forjistas dio su apoyo a Perón pero no aceptó cargos en el gobierno y prefirió continuar con sus actividades de conferencista y escritor, “aplaudiendo los aciertos y lamentando los errores”, y tras el golpe de 1955 se sumó a la resistencia atacando duramente la política económica de la Revolución Libertadora. A mediados de 1956 comenzó a escribir en la revista Qué sucedió en 7 días, de la mano de Rogelio Frigerio, ideólogo principal del llamado desarrollismo. Pero cuando Frondizi firma los contratos petroleros, Scalabrini renunció desencantado y quizás ello apresuró su muerte en 1959.

“No es el autoabastecimiento lo que urge al gobierno sino la entrega del petróleo”, decía. Y al respecto ponía dos ejemplos. El primero era el de los Estados Unidos, donde en 1919 el Congreso dictó una ley por la que se prohibía la enajenación de terrenos petrolíferos en su territorio a las empresas y ciudadanos que de alguna manera pudieran depender de intereses extranjeros, frente a lo cual Gran Bretaña, que dominaba el negocio del petróleo en esos años, puso el grito en el cielo. Pero en 1934, los ingleses daban un giro en redondo sobre ese tema porque se había descubierto en suelo británico unos esquistos que contenían petróleo y, de inmediato, el gobierno envió al Parlamento un proyecto de ley en que se reservaba al Estado la propiedad de todos los yacimientos petrolíferos que pudieran descubrirse, lo que se aprobó rápidamente. “Después de tan vibrantes ejemplos de resolución patriótica –señalaba Scalabrini acaso con algo de ironía– apena volver los ojos a la realidad contemporánea de nuestra patria”. “Queda en pie el problema de si tenemos o no la probabilidad de contar con capitales suficientes para iniciar la explotación de nuestras inmensas riquezas petrolíferas” se preguntaba, de modo de poder lograr el autoabastecimiento sin necesidad de recurrir al capital extranjero, aunque estaba seguro que así sería en un futuro próximo.

Scalabrini puso en evidencia, en éste, como en otros casos, principios, que con la renacionalización de YPF, el país vuelve a recobrar. Un recurso estratégico vital como el petróleo debe quedar en manos de los argentinos