miércoles, 3 de mayo de 2017

La historia laboral y las respuestas empresarias

Mario Rapoport

La historia de los derechos sociales puede contarse de distintas maneras. Y de hecho hay muchos libros que lo hicieron. Pero uno que aborde al mismo tiempo los hechos que marcaron las conquistas laborales en torno de sus derechos y las actitudes de empresarios e instituciones empresariales con respecto a ellas, hasta ahora no se habían publicado.
En este sentido, en momentos en que en el mundo, incluso en la Europa de la “economía del bienestar”, hoy, en plena crisis, en que los gobiernos de varios países aceptan políticas de ajuste que tienden a hacer desaparecer esos derechos y retroceder a un capitalismo del siglo XIX, es oportuno examinar qué pasó en este sentido en la Argentina y cuáles son los argumentos que muchas veces se han esgrimido desde los sectores empresarios para oponerse a leyes sociales que benefician al trabajador.


Un reciente libro de Héctor Recalde, conocido abogado laboralista, Una historia laboral jamás contada… nos introduce en este tema apasionante, mostrando las diferencias de enfoque sobre el mundo laboral que tienen aquellos sectores e iluminando muchos aspectos de las relaciones capital–trabajo.

El libro describe y analiza cómo esos derechos no fueron nunca regalados sino que son el producto de una lucha infatigable que va desde fines del siglo XIX hasta nuestros días. Derechos que sólo formaron parte de las políticas de pocos gobiernos, y fueron, por lo general, violentados, criticados, vilipendiados o arrasados por la gran mayoría de los otros, civiles y militares, hasta los extremos del terrorismo de Estado de la última dictadura militar o del neoliberalismo imperante en los años ’90, el que llevó a la crisis más profunda de nuestra historia, la de 2001–2002.

Es la historia de un país marcado en su desarrollo económico por cuatro etapas distintas; la agroexportadora, la de industrialización por sustitución de importaciones, la rentístico-financiera y la actual, que representa la vuelta a un esquema productivo que encaró la reindustrialización del país y la revitalización del mercado interno. No ignoramos, por supuesto, las alternativas cambiantes de la evolución política, que coinciden o no plenamente con esas etapas, y tenemos también en cuenta que nos referimos a etapas de predominio de un sector sobre los otros, a veces abrumador, en ocasiones no tanto, pero en la que siempre de alguna manera coexisten tipos de desarrollo diferentes.

En cambio, desde el punto de vista social nos encontramos con sólo dos modelos o políticas (como se los quiere llamar ahora, porque proyectos ya no eran, fueron), que coinciden en parte o en todo con esas diferentes etapas: el excluyente y el regresivo y el incluyente y el distributivo. Krugman los califica en la historia económica de los Estados Unidos como los de la gran regresión y de la gran compresión, refiriéndose a las mayores y menores desigualdades de ingresos existentes y a la ausencia o presencia de políticas sociales que los caracterizan en cada caso, y aquí podríamos hacer lo mismo, con las distancias consiguientes entre un país rico y otro en desarrollo.

Sólo el primer peronismo (y en alguna medida el segundo), y desde 2003 en adelante, con algunas breves excepciones de experiencias radicales, pueden formar parte de la familia de los gobiernos incluyentes y redistributivos, y yo los llamaría reparadores de las injusticias sociales de los períodos anteriores, con impactos diferentes de acuerdo con las épocas. La ausencia de políticas sociales, salvo intentos aislados, durante toda la vigencia del modelo agroexportador, más de 60 años si benignamente lo comenzamos con la unidad nacional en 1880, y los efectos terribles del terrorismo económico y del neoliberalismo local de los ’70 y los ’90, liquidando todas las conquistas sociales anteriores y produciendo otra gran regresión y una crisis social sin precedentes, pudieron ser, en mayor o menor medida, reparadas en la Argentina. Sin olvidar que la primera experiencia fue luego desarticulada por los sectores de poder tradicionales.

Siguiendo a Krugman, el New Deal de Roosevelt en los Estados Unidos hizo algo parecido en su país en medio de la gran depresión mundial de los años ’30. Mientras, por más cartas que le mande Krugman a Obama, la gran regresión reinstalada en los EE.UU. desde el gobierno de Reagan no ha sido superada.

Todo esto sucedió en nuestro país dentro de un desarrollo caracterizado por la pugna entre los sectores o clases sociales que menciona Recalde y de las ideologías que las respaldan: ortodoxas, pro mercado o neoliberales, por un lado; heterodoxas, intervencionistas, reformistas o revolucionarias, por otro. Nadie se había atrevido hasta ahora en un mismo libro a vincular todos estos aspectos y a tratar de comprender a lo largo de nuestra historia de manera sistemática los intereses y posiciones económicas, políticas y sociales que jugaron en cada momento para definir la cuestión social con o sin legislación mediante, con leyes o con represión, a favor o en contra de los intereses de los trabajadores.

Es claro que Recalde toma partido; es como dice el poema de Benedetti con el que encabeza la introducción, incurablemente parcial. Pero una cosa es ser parcial a favor de una gran mayoría de la población y, en especial, de sus trabajadores, y otra la de serlo para defender intereses sectoriales o corporativos, cuyo objetivo fundamental es el de maximizar sus ganancias.

La búsqueda de fuentes al respecto, lleva al autor al encuentro con una abrumadora cantidad de documentación con la cuales expone, desde el siglo pasado, las dos caras de la moneda, en cada etapa histórica.

Para muestra basta un botón, que no pertenece al libro, porque esos se los dejamos a la curiosidad del lector. Un documento diplomático británico de 1944, trata del Estatuto del Peón Rural, y expone las opiniones de algunos estancieros al respecto.

Uno de ellos advierte, por ejemplo, que “la aplicación del Estatuto significaría reducir la cantidad de tierras dedicada a la producción de leche, porque éste es un elemento “marginal”, trabajo intensivo, de las estancias, que no pueden soportar el aumento en el costo de los salarios de los trabajadores”. “Si los demás estancieros –agregaba– hacen lo mismo, esto tendrá un efecto adverso en la producción de leche en todo el país y en la salud general de la población”. De modo que el Estatuto del Peón Rural iba en contra de la salud de la población, no era sólo un problema de costos para los estancieros.

Respuestas similares se encuentran en el libro que comentamos. Un sustancioso libro sobre los derechos laborales y sus réplicas que deja mucho más claro el lugar que le corresponde a los trabajadores en el complejo curso de la historia argentina.