lunes, 15 de mayo de 2017

Entrevista a Yerachmiel Kahanovich, del kibutz Degania Aleph, sobre su participación en “la guerra de la independencia” israelí "Hemos expulsado a gente, volado casas, matado... "


Por su aspecto, vestimenta, barba y bigote, Yerachmiel (Yerach) Kahanovich, del kibutz Degania Aleph –que tiene 83 años–, se parece un poco a un marinero griego ya bastante mayor (aunque él no cumple lo del obligado tatuaje en el antebrazo). Por cierto, el mar –tanto el Mediterráneo como el de Galilea– es su gran amor y, como cualquier marinero veterano, se siente feliz relatando momentos de sus días felices cuando se aventuraba a navegar en todo tipo de embarcaciones; aunque no tan bien cuando comparte aquellos tiempos no tan felices en que las circunstancias le obligaron a expulsar a árabes de su tierra y matarlos. Hace poco tiempo, descubrió que una conversación que él había mantenido sobre aquellos días lejanos ha sido incluida entre los testimonios presentados en una exposición de Zochrot.

Antes de que empezara la guerra de la independencia, durante su capacitación en Ein Harod, que combinaba instrucción militar con trabajo agrícola, él se distinguió en el curso sobre explosivos. “Un día, vino Yitshak Sadeh, nos reunió a todos y nos dijo ‘necesitamos artillería, pero como de eso no tenemos nada’, dijo, ‘vosotros seréis los artilleros y los proyectiles’. En otras palabras: él apuntaría, y donde él apuntara, allí debíamos colocar los explosivos.”

No podíamos elegir
Estábamos sentados en el patio, a pocos metros del mar de Galilea, que tenía mucha agua gracias a las últimas lluvias; el sol invernal bronceaba sus piernas con pantalones cortos. Entonces, llegaron los explosivos. En parte debido a que su memoria ya no es lo que era, y en parte porque de algunas cosas “es mejor que no se hable” –nada de mencionar nombres–, nuestra conversación no es muy fluida, más bien entrecortada, y a menudo nos quedábamos en silencio. Una y otra vez hacía falta animar el diálogo, aclarar cosas, recurrir a subterfugios que daban lugar a artimañas y confusiones.
“Yo tenía todo tipo de tareas especiales”, empezó Yerash. “Por ejemplo, era el guardaespaldas de nuestro jefe, Yigal Allon. Era frecuente que llegara un camión y tuviéramos que subir a él e ir adonde nos llevaran.”
¿Cuál fue su primera batalla?
Yerach –Creo que fue con la gente del grupo de entrenamiento de Ramat Yochanan. Cerca de Haifa, o quizás en Al-Malkiyya. Yo era tirador de primera. Todavía tengo la cicatriz. Fue una dura batalla.
¿Voló casas?
–Volábamos casas por todas partes. Eso no era ningún problema.
¿Permitían que sus habitantes escaparan?
–Al principio, sí. La idea era expulsarlos; esas eran las órdenes que nos daban los jefes, Yigal Allon y Yitzhak Sadeh. Algunas veces tuvimos que disparar a alguno de ellos, entonces los otros captaban el mensaje y se marchaban por ellos mismos. Había que darse cuenta, si no demolíamos las casas de los árabes, siempre querrían regresar. Cuando ya no hay casas ni aldea, no hay sitio adonde volver; así de sencillo.
¿Recuerda el combate en Lod y en Ramla?
–No me gusta recordar eso... Lanzamos explosivos dentro de la mezquita donde se escondía mucha gente. No teníamos otra opción.
¿Usted disparó?
–Sí; con el PIAT [cañón antitanque]. Fue una explosión enorme.
¿Y cuál fue el resultado?
–Nada agradable. Estaban todos salpicados en las paredes.
¿Cuántos, más o menos?
–No sé; muchos, yo no los conté. Abrí la puerta y vi lo que vi, y volví a cerrarla.
¿Qué sentía?
–¿Qué se puede sentir ante eso? Pero si no lo hacíamos, tal vez todavía hoy estaríamos luchando. Más tarde, me aposté con mi Browning en el lecho del río por donde escapaba el resto de los habitantes del pueblo. Disparábamos a cualquiera que se apartara del sendero.
¿Usted también?
–Yo también. Me sentí muy mal; a veces me pedían que hiciera un solo disparo. En una aldea cerca de Ramla, bastaba con dos balas. Después de 45 minutos, la aldea estaba desierta. Captaron la indirecta.
¿Recuerda alguna otra batalla?
–La de Jerusalén. En el monasterio de Latrun, si usted mira el tejado de la tercera planta, hacia la izquierda, verá incluso hoy una pieza de cemento en lugar de las tejas que estaban allí. Un francotirador nos disparaba desde ese lugar; ya no dispara más. Incluso aquí, al noroeste del mar de Galilea, hubo batallas. Íbamos de un pueblo a otro echando fuera a los habitantes. Algunos escapaban en barcas al otro lado del mar; cuando me daban la orden, yo disparaba a la barca para hacerle un agujero.
¿Se ahogó alguna gente?
–No tengo idea. Yo no lo comprobé.
Después de hacer esas cosas, ¿sentía alguna culpa o intranquilidad?
–Me contrariaba ser tan buen tirador y que me mandaran a hacer esas cosas. Cuando un niño golpea a otro niño y le rompe la pierna y quizá, digamos, él no tenía intención de hacerlo pero de todos modos lo hace... uno se siente mal. Es la guerra. Ellos empezaron esta guerra; no fuimos nosotros. Ellos mataban judíos continuamente. Al menos al principio fue una reacción de nuestra parte.
Y más tarde, ¿la iniciativa fue nuestra?
–Creo que la toma de Eilat fue una iniciativa nuestra, pero yo no estaba allí; estaba en la compañía 1 del primer batallón de Palmach. Nuestro comandante [Dan Laner] había sido adiestrado junto con Tito, en Yugoeslavia; él era su segundo. Eran soldados profesionales; ellos podían vivir con la guerra. Yo no estaba mentalmente preparado para eso. Es por eso que dejé el servicio militar tan pronto como pude. Yo podría haber seguido como oficial de carrera, pero elegí no serlo.
¿Tiene algún cargo de conciencia?
Yo le pregunto a usted: si cogiera a un judío espiando para el enemigo y cumpliera la sentencia, ¿le dejaría eso una herida en el corazón?
¿Ha cumplido usted una sentencia de ese tipo?
–Entre otras cosas... se parece a un asesinato. Eso no tenía nada que ver con la guerra, y se trataba de un judío. Esas cosas no se olvidan nunca.
¿Ha actuado usted alguna vez movido por el odio a los árabes?
–No. Incluso hoy, no odio a los árabes. Tengo amigos árabes. Cuando trabajaba en Galilea e hicimos la canalización del río Jordán, el capataz de una de las aldeas árabes era muy amigo mío, casi como un hermano. Yo veía que los árabes confiaban en sus jefes y les seguían. Tal vez es por eso que pude combatir; no por odio sino por convicción, porque sabía que era necesario.
¿Les ponían furiosos los árabes?
–Estábamos furiosos con ellos por la invasión. ¿Qué estaban pensando? Nosotros les habíamos dicho, quiero decir, nuestros jefes les habían dicho que era mejor que no lo hicieran. Entonces, si ellos insistían en invadir y empezar la guerra, nosotros éramos tan tozudos como ellos. Me ponen furioso por obligarme a hacer cosas que no tienen nada que ver conmigo.
¿Recuerda a soldados israelíes que se hayan negado a obedecer ciertas órdenes?
–Hubo algunos que dijeron que no matarían a un judío que fuera sorprendido espiando y eran conocidos por hacer eso, entonces dejaban que otros lo hicieran. La guerra no es algo decoroso. Lo decoroso es seguir vivo para formar una familia.
¿Oyó alguna vez hablar de Dir Yassin?*
–Oí hablar de eso. Yo no estuve allí.
¿Qué piensa de eso?
–Dígame, ¿por qué se metieron con ellos? Imagínese.
¿Piensa usted que fue un acto de venganza?
–Los árabes dijeron claramente que querían matarnos porque esta tierra era suya. Nosotros decíamos que no, que era nuestra; si ustedes quieren matarnos, nosotros también sabemos matar. De tanto en tanto ellos tenían jefes que los azuzaban frenéticamente, entonces nosotros luchamos; no para matarlos sino para que nosotros pudiéramos vivir, al precio que ellos habían planteado.
Yerach acaba la entrevista con una historia que había oído de boca del difunto Eliyahu Nawl: un hombre acosado por las deudas que se vio obligado a vender su casa. Pero lo hizo con una pequeña condición: el clavo hincado en la pared –recuerdo de su padre– seguiría siendo suyo, y él vendría de tanto en tanto a visitar su clavo. El comprador aceptó esta condición. Un año después, el hombre llegó a la casa, se acercó al clavo, lo limpió y se quedó allí un buen rato; después se marchó. Después de algunos meses, el hombre hizo otra visita. Después, vendría cada mes y, más tarde, cada día, hasta que el nuevo dueño se hartó y le dijo: “Quédese con la casa y váyase al diablo”. ¿Lo entendió? Nosotros, los judíos vinimos a limpiar el clavo.
Pero todavía no han renunciado a la casa.
Al menos, todavía no.
Testimonios Palmachnik
Tal vez fuera la buena disposición de Yerach a contar historias del pasado lo que le hiciera “morder el anzuelo”, tal como él dijo y abrirse –él ya no puede recordar exactamente cuándo fue eso– ante un entrevistador, de cuyo nombre o afiliación él ya es incapaz de acordarse. Pero está claro, así dice él, que de haber sabido que sus palabras –tal como las había registrado ese Jon Doe– serían utilizadas por Zochrot y mostradas en una exposición en Tel Aviv, él no habría abierto la boca.
El hombre que entrevistó y filmó a Yerach, el hombre cuya nombre él no puede recordar es el realizador de cine documental Eyal Sivan. Yerach fue entrevistado como parte de una serie de entrevistas de entre 60 y 90 minutos de más de una veintena que hizo Palmachnik, más o menos la mitad de ellas a integrantes de kibbutz. En su versión abreviada de 10 a 20 minutos, esas entrevistas fueron presentadas durante tres meses en una exposición organizada por Sivan llamada Archivo común: testimonios de combatientes sionistas en 1948.
La exposición incluía testimonios directos de personas que participaron en expulsiones, saqueos y asesinato de palestinos, como también testimonios escuchados de primera mano sobre esos actos. Eitan Bronstein, portavoz de Zochrot, dijo: “Una y otra vez, en realidad los entrevistados, declaran ante la cámara lo fácil y sistemático que habían sido las expulsiones en aldeas y pueblos; ‘Sencillamente, comenzábamos a disparar y ellos se marchaban’. Lo más importante es que la mayor parte de las acciones de expulsión se produjeron no en el curso de la lucha o como parte de ella, sino al lado de ella”.
Bronstein asigna una importancia especial al testimonio de Yerach por ser el de mayor extensión. “La historia de la masacre de Lydd, en la que se estima que unos 200 civiles perdieron la vida no es algo novedoso. Sin embargo, este es el primer indicio de la identidad de un hombre que realmente arrojó el mortífero explosivo, dicho por él mismo. Es lamentable que Kahanovich se arrepienta de haber dado su testimonio. Esta reacción es representativa de la dificultad que tienen muchos israelíes para asumir su responsabilidad en atrocidades similares a la que él admite haber cometido en 1948.”


Traducción: Carlos Riba García (Rebelión)

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