jueves, 25 de mayo de 2017

El nombre del kirchnerismo

Ricardo Forster
(Tiempo Argentino)
(7 de noviembre de 2013)

El kirchnerismo es un nombre original, una invención inesperada marcada por la saga popular, por sus mandatos inconclusos, por sus desafíos, sus éxitos y sus derrotas. Su aparición en la escena de un país incendiado y a la deriva vino precedida por el desmoronamiento de una gran tradición política que llegó, al final del siglo pasado, envuelta en la incertidumbre de su propia historia, de un presente de agotamiento y de un insospechado futuro. Hablo, claro, del peronismo, de sus múltiples piruetas y travestismos que le permitieron, una y otra vez, cambiar de rostro y de discurso asociándose a los vientos de época. Lejos, muy lejos parecía quedar esa saga de un peronismo combativo capaz de ilusionar a una generación con la transformación social más avanzada en el interior de un país que le respondería, a ese deseo alocado y revolucionario, con la peor y más maliciosa de las acciones: la dictadura, el terrorismo de Estado, la masacre. Un peronismo desnutrido de sus ensoñaciones emancipatorias e igualitaristas que entró en el tiempo democrático para ofrecerse como la fuerza de la restauración, como el encargado de borrar sus antecedentes plebeyos en nombre de una nueva modernización. Nada parecía haber quedado de aquel otro peronismo de los setenta, de palabras rumorosas capaces de interpelar al poder, de jóvenes desafiantes incluso del propio Perón que, en sus meses finales, se inclinaba, más y más, por las fuerzas de la conservación contra los ímpetus de una generación ilusionada con hacer confluir el río del peronismo con el río de la revolución social. La sombra de la tragedia comenzó a desplegarse en Ezeiza. No hubo retorno. Apenas la certeza de un aceleramiento imposible de los tiempos que culminaría en la noche de la dictadura.

Casi tres décadas le llevaría al peronismo recobrarse del embrujo que lo carcomió por dentro. El nombre del kirchnerismo vino a sacudir lo que parecía sellado, historia acabada. Abrió lo que parecía imposible de abrir: la memoria de un peronismo supuestamente tragado por las inclemencias argentinas y por su propia decadencia. Provocación y estupor. Su nombre está cargado por esas dos inquietudes. Aunque algunos intenten huir de ese origen, de esa potencia de ruptura, su continuidad está sobredeterminada por la perseverancia de su capacidad de incomodar y de cuestionar la trama de los privilegios en un país que, cada determinado tiempo, busca reencauzar la lógica de la repetición bajo la denominación de los poderes económico-corporativos. Una parte del peronismo ha sido y sigue siendo funcional a ese retorno. El kirchnerismo dejará de ser en el instante mismo en el que en su interior, bajo cualquier excusa de sobrevivencia espuria, se escuchen los reclamos de cordura, de ciclo cumplido. Cuando en el peronismo se habla de englobar a todos los sectores, cuando se escucha aquello de que “finalmente somos todos compañeros”, lo que se está diciendo sin decirlo es que se prepara, una vez más, la pirueta que conduce al establishment, el giro que vuelve a depositarlo en el núcleo de la repetición. Hoy, y bajo distintos nombres (suenan con sus diferencias los de ciertos gobernadores, esos que siempre estuvieron lejos de kirchnerizar al peronismo de sus provincias, y, por supuesto, los del nuevo heraldo del peronismo conservador y noventista que viene del Tigre) se busca cerrar la anomalía iniciada en mayo de 2003. De nuevo, y como un signo de su historia zigzagueante, regresa una disputa que, eso hay que decirlo, no dejó de acompañarlo, al menos, desde el conflicto de la 125 en la que una buena parte del PJ confluyó con la corporación agromediática (el massismo es hijo de esa confluencia). En esos días calientes en los que tantas cosas fueron puestas sobre la mesa, y en los que los actores asumieron sus papeles en el drama de la historia, el kirchnerismo encontró su nombre y su potencia, pudo darle palabras a su desafío y a su proyecto. En esos días, también, algo inevitable volvería a sacudir al peronismo. Hoy, cuando todo sigue estando en disputa y bajo la forma del riesgo, regresa la amenaza de la restauración, pero no como una acción extemporánea, venida de afuera, sino como la horadación que se precipita desde el interior. No hay peor cuña que la que se hace con la astilla del mismo palo. Por eso es imprescindible discutir críticamente el legado del propio peronismo, no dejarlo desplegarse como si nada guardase de peligroso en su devenir histórico y sospechando, siempre, de los cultores de la “unidad por sobre todas las cosas”. No se trata de ir a la búsqueda de una pureza imposible y viscosa, pero tampoco de ir con todos y con cualquiera con tal de preservar, sin principios, el poder.
En la opción del ’83, la que encabezó Italo Luder –jugando en espejo con la historia–, se ofrecía, aunque sin la claridad brutal que adquiriría al final de esa década con la llegada del riojano, un peronismo lavado de sus matrices populares y continuador, sin la vocinglería fascistoide del lopezrreguismo, de la anticipación pergeñada por el rodrigazo contra esa misma historia de unos orígenes que quedaban cada vez más lejos y como recuerdo mítico de lo que ya no regresaría. La sombra de Perón seguiría el camino de un ritualismo vaciado de aquel lenguaje que mortificó, durante décadas, a las clases dominantes. Quizá por eso no resultó, finalmente, una sorpresa el “giro” de 180 grados efectuado por la copia devaluada de Quiroga. El sortilegio de un peronismo capaz de regresar sobre sus pasos para reencontrarse con esa “esencia perdida” del ’45 quedó inmediatamente sepultado una vez que la certeza del poder le permitió a Menem acomodar las fichas de acuerdo a las exigencias de los nuevos tiempos dominados por la economía global de mercado y la hegemonía unipolar de Estados Unidos. Hay una relación directa, aunque complejizada por los cambios de época, entre “las relaciones carnales” del menemismo y los exabruptos de Massa ante la embajadora del país del Norte que todos conocimos por los wikileaks. Ambos, el riojano que caricaturizó a Quiroga y el intendente de Tigre que recorre con fruición de nuevo rico los pasillos del poder empresarial, representan una parte no menor del peronismo. Eso es siempre bueno recordarlo para después no hacernos los sorprendidos. El kirchnerismo, su nombre disruptivo, volvió a poner en evidencia la disputa en el interior del movimiento creado por Juan y Eva Perón. También señaló sus límites y la necesidad de ampliar su base de sustentación material y simbólica reponiendo lo mejor de su historia pero, también, atreviéndose a nombrar de otro modo la actualidad. Sus mejores momentos fueron aquellos en los que lanzó al ruedo un lenguaje y una práctica que siendo herederos de una larga travesía lograban decir y hacer de otro modo los desafíos de la época. Sus fronteras y sus regresiones se vinculan con el retorno de una liturgia llena de mitologías y carente de invenciones democrático populares. Creer que recostarse en el PJ y sus lógicas territoriales supone la única opción para llegar con posibilidades al 2015 constituye, más que un error, una clausura de lo que su nombre vino a significar en la historia argentina como renovación de los ideales de emancipación y justicia.
A la velocidad del rayo se declaró la metamorfosis de una tradición que había nacido para reparar las injusticias y la desigualdad, para hacer visibles a los invisibles y que rompía en mil pedazos su contrato fundacional para ofrecerse como el mejor instrumento que el capitalismo neoliberal necesitaba en aquel momento de nuestra historia cada vez más famélica de ideales y más inclinada a la destrucción de sus mejores tradiciones políticas. Eso fue el menemismo como brutalización de una memoria popular. Degradación que venía a completar el trabajo de demolición de la dictadura y que ya había sido anticipado por Luder cuando anunció, en plena campaña electoral, que respetaría el autoindulto decretado por los genocidas. Una parte del voto que recibió Raúl Alfonsín provino de quienes no podían aceptar el pacto del olvido. El propio Alfonsín se encargaría, después de transitar la mejor etapa de su gobierno, aquella del juicio a las juntas y de los fervores democráticos cuyo mantra fue el preámbulo de la Constitución, de reencontrarse con la promesa fraudulenta de ese peronismo conservador a través de la promulgación de las leyes de impunidad. Menem sellaría la regresión decretando los indultos. El peronismo y el radicalismo, cada uno con sus propias miserias y de acuerdo a sus recursos simbólicos y políticos, se encaminarían al desastre. El nombre del kirchnerismo vendría, bajo la impronta del azar y de los tenues hilos de la historia, a reponer, bajo nuevas condiciones, la cuestión del peronismo. Una vez más.
El peronismo, su deriva compleja y laberíntica por la historia del país, constituyó para Nicolás Casullo –con quien me gustaría terminar esta primera indagación en torno al “nombre del kirchnerismo”– un problema poderosamente irresoluble, un retorno de lo imposible y una continua necesidad de indagar lo que parecía sellado por derrotas, errores, brutalidades fascistoides, indignidades, aventurerismos, corrupciones varias y traiciones múltiples que, sin embargo, no dejaba de mostrar ese otro rostro en el que se dibujaban, como arrugas profundas, las herencias de la lucha obrera, la emergencia impensada y escandalosa de los negros de la historia, la memoria de la resistencia, la metamorfosis revolucionaria de la generación del ’70, los exilios, la militancia barrial, los muertos, los debates interminables en noches de insomnio cuando lo abrumador de la derrota y de las ausencias pesaban en el alma, el gordo Cooke y Rodolfo Walsh como nombres propios de intelectuales comprometidos que parecían remitir a otra galaxia, todo eso también y, fundamentalmente, era para Casullo el peronismo que amenazaba, y de la manera más ignominiosa como producto del prostíbulo menemista, con concluir su itinerario desmontando el andamiaje que lo constituyó en otra edad del país cuando su aparición histórica se dio en el interior del fervor popular. Creyó ver, con intuición anticipatoria, en lo que todavía no llevaba el nombre de kirchnerismo un extraño, sorprendente y anómalo retorno de lo espectral peronista materializado cuando ya nadie lo imaginaba ni lo esperaba.
La irrupción del kirchnerismo –al que todavía no terminaba de otorgarle ese nombre que iría delineándose con el paso del tiempo y la profundización de su impronta en la escena nacional– removió aguas estancadas, despertó viejos entusiasmos y le permitió regresar sobre la lengua política, una lengua de la que nunca se desdijo y que siempre estuvo ahí, incluso en los momentos de agobio y derrota, como vigía de una espera de lo por venir. Su antigua y compleja relación con el peronismo, que hundía sus raíces en un suelo mítico que siempre permaneció en todas sus indagaciones históricas, se encontró con una inesperada oportunidad que ya parecía definitivamente saldada por una realidad pospolítica y desesperanzadora de todo giro que reabriera las puertas del entusiasmo y de la participación. Si bien en los años del gobierno de Néstor Kirchner ya fue expresando su satisfacción por lo que se iba suscitando (incluso, y con cuidado, le permitió regresar, sin perder su mirada crítica y desconfiada, sobre ese peronismo de tantos y encontrados travestismos a lo largo de más de medio siglo pero sabiendo, como no podía ser de otro modo después de la implacable revisión iniciada en los tiempos del exilio y luego profundizada cuando regresó al país hasta ser parte de una renuncia colectiva en 1985, que simplemente consolidó su certeza cuando llegó la época más miserable bajo la impronta bizarra del imitador del Tigre de los Llanos, de los propios límites del movimiento fundado por Juan Perón). Su ilusión nació de la potencia de lo imprevisto y de la excepcionalidad de un momento de la vida argentina que no estaba previamente escrita y de la inquietante certidumbre de un nuevo llamado de la siempre añorada disputa política. Nicolás Casullo, y por eso su ausencia es demasiado significativa, no era de aquellos que simplemente se dejaban llevar por el frenesí sino que, incluso en medio de los festejos, no dejaba de introducir cierta mirada ácida y de sospecha como queriendo prevenirse de falsos triunfalismos o de exagerados optimismos que, desde su perspectiva crítica y tocada por el aliento de lo trágico, le estaba no sólo prohibido sino que constituía un juramento intelectual innegociable: permanecer alerta ante los peligros que podían provenir no sólo del campo enemigo sino, más grave, de las propias obsecuencias y dogmatismos de las fuerzas amigas. No se equivocó