miércoles, 17 de mayo de 2017

Crónica de otra fuga

Hugo Soriani
Publicado el 24 de marzo de 2017

La película se llamó Crónica de una fuga, la dirigió Adrián Caetano, se estrenó en abril de 2006 y es la adaptación del libro Pase Libre, de Claudio Tamburrini, uno de los protagonistas del hecho. En ella se relataba la huida de Claudio y otros tres secuestrados de un centro clandestino de detención que funcionó en Morón y que se conoció con el nombre de La Mansión Seré. El film hizo famosa aquella fuga. Pero hubo otra. 


En la esquina porteña de Venancio Flores y Lacarra, frente a las vías del ferrocarril Sarmiento y a dos cuadras de la estación Floresta, funcionó entre mayo y noviembre de 1976 un centro clandestino por donde pasaron más de 300 detenidos. Conocido como Automotores Orletti, fue la base de operaciones del llamado Plan Cóndor, una estrategia de represión global que coordinaban las dictaduras de Argentina, Paraguay, Chile, Bolivia, Uruguay y Brasil.

En ese lugar el general Otto Paladino, entonces jefe de la SIDE, junto a la banda de la triple A liderada por Aníbal Gordon, Eduardo Ruffo y el general uruguayo Nino Gavazzo, secuestraron, torturaron, mataron y robaron todo lo que pudieron, hasta que un descuido y la audacia de dos militantes los sorprendió una mañana de noviembre de 1976.

Norma y José militaban en las FAL (Fuerzas Armadas de Liberación), una de las organizaciones políticas de izquierda que se fundó a fines de 1968.

Eran una pareja que tenía casi todo en común, hasta el barrio donde habían crecido. Los dos eran de Avellaneda, pero ella hincha de Racing y él de Independiente, diferencia que los unía en la pasión futbolera y en las bromas después de cada partido, festejando triunfos y lamentando derrotas de sus colores queridos.

En una casa de Haedo, ya clandestinos, comienza el drama. Hasta allí llegan las fuerzas represivas luego de ubicar y secuestrar al hermano de José, a su cuñada embarazada y a su padre. A pesar de que ninguno de los tres tiene militancia política, los llevan a Orletti y los torturan salvajemente hasta que logran la dirección que necesitan.

Cuando llega la patota, en la casa están la mamá de Norma con sus dos nietas pequeñas, hijas de Norma y de José. Interrogan y golpean a la abuela, mientras esperan la llegada de la pareja.

La que llega primero es Norma, la reducen a golpes y algunos se van con ella a Orletti, mientras los otros se quedan esperando a José, que vuelve por la noche y se traba en una pelea con los asesinos hasta que, entre cuatro, logran dominarlo y meterlo en el baúl de un auto.

Cuando José llega a Orletti ya están ahí su padre, su hermano, su cuñada y su mujer, que cuelga de una viga del techo, en la planta alta de ese taller que es una sucursal del infierno. Alcanza a ver a su padre tirado en un rincón, destruido por las torturas, y oye los quejidos de su hermano en otra celda cercana de la misma planta.

Los torturadores se ensañan con Norma que, colgada y lastimada, ve también a sus familiares agonizar en Orletti. Hasta que se hace la hora de cenar y los asesinos, hambrientos, deciden hacer una pausa.

Tienden la mesa en otro cuarto, casi al lado suyo, comen, toman mucho vino y de vez en cuando alguno se acerca a castigarla. Escucha sus risas, sus voces, sus gritos de borrachos, hasta que no oye nada más, sólo los ronquidos de las bestias durmiendo su borrachera.

Norma siente las ataduras flojas en sus muñecas y se decide. Está jugada. Con sus últimas fuerzas tira, se desata y cae al suelo. Alcanza las llaves de las esposas que cuelgan de un gancho en la pared y busca a su marido. Lo encuentra, lo libera y los dos toman las armas que los borrachos dejaron apoyadas en una columna. Hay un fusil y una ametralladora que ella no sabe manejar pero José sí.

Tira a ciegas la primera ráfaga de FAL y sacude la cortina de arpillera que hace de puerta de la sala donde duermen sus captores. Tira dos, tres ráfagas y se le traba el fusil. No importa, hay que escapar, deja el FAL y sigue tirando con la ametralladora. Los guardias vuelcan una mesa y se protegen detrás de ella. No se atreven ni a asomarse. José se acerca a su padre, pero el hombre no puede  moverse: “Vayansé ustedes chicos, por favor vayansé”, ruega, casi le ordena su papá. El hermano está inconsciente y a su cuñada no la encuentra. Mientras sigue disparando la metralleta libera a otro compañero que prefiere no sumarse a la acción. Norma se escuda en su marido, pero una bala le atraviesa el hombro. Los dos desnudos bajan por la escalera. Otra ráfaga y la huida desesperada de un guardián les muestra la puerta de salida que no podían ubicar. Con las fuerzas que les quedan salen a la calle. Enfrente están las vías del Sarmiento, las cruzan justo antes de que pase un tren que detiene al resto de la patota. El tren los separa y les da los segundos necesarios. Doblan por Emilio Lamarca y a mitad de cuadra encuentran un camión de una empresa de entregas postales. Le sacan las llaves al chofer, que no opone resistencia frente a esos a dos fantasmas sangrantes, y se van. Se van. Se van.

Son las ocho de la mañana del 3 de noviembre de 1976 y acaban de escaparse del infierno. 

José lleva a Norma a un refugio seguro donde curan sus heridas y luego prepara el regreso, junto a un grupo de compañeros, para copar Orletti y liberar a los que allí quedaron. Pero llegan tarde. La banda de Paladino y sus secuaces desmantelan el chupadero al día siguiente de la fuga.

Las marcas de las balas pueden verse hasta hoy en las paredes de Orletti. Los guías cuentan la historia de la fuga a quienes visitan ese centro clandestino de detención, convertido en Museo de la Memoria, y los vecinos de esa cuadra de Floresta también evocan aquella mañana de noviembre, cuando los despertaron los tiros y vieron a una pareja cruzar desnudos y heridos las vías del Sarmiento.

Norma sobrevivió y delegó en ellos el recuerdo de esta historia. José murió en 1978 en Nicaragua, luchando junto a las tropas sandinistas

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