martes, 9 de mayo de 2017

Aniversario de las masacres de Sétif y Guelma Argelia, 8 de mayo de 1945

Mohamed Bensalah
14 de mayo de 2009

Mientras en Argelia las ceremonias de rigor, las ofrendas florales y los discursos conmemorativos recuerdan la infame masacre de la primavera del 45, en la otra orilla, el reconocimiento de las injusticias, las canalladas y los crímenes del pasado, se hace esperar.
Cierto, en los últimos años, abundan los mea culpa. El reconocimiento de los crímenes en nombre del Estado francés ha dado un paso nada despreciable. Hemos pasado de la «tragedia inevitable» a «sucesos que realmente son un insulto a los principios fundamentales de la República» (1), «faltas imperdonables», «crímenes del pasado colonial francés» (2), e incluso «masacres espantosas» y «estallido de locura mortífera en la que las autoridades francesas de la época tuvieron una gran responsabilidad» (3).

On estime à 20.000 ou 35.000, le nombre d'Arabes algériens massacrés en sept semaines dans le Nord-est algérien entre mai et juin 1945 (sources françaises).
On estime à 20.000 ou 35.000, le nombre d'Arabes algériens massacrés en sept semaines dans le Nord-est algérien entre mai et juin 1945 (sources françaises).


Sin embargo, para algunos, esas «concesiones verbales» sólo están dirigidas a «preservar los intercambios económicos y financieros, es decir, los intereses de Francia en sus relaciones con Argelia» (APS, 7 de mayo de 2008). Han pasado sesenta y cuatro años y la herida sigue abierta de par en par. Los numerosos coloquios organizados en ambas orillas todavía no han sacado totalmente a la luz aquellos sucesos trágicos que causaron decenas de miles de víctimas inocentes (4). El acceso a los archivos escritos, audiovisuales y cinematográficos todavía plantea problemas. ¿No es hora de decir, por fin, la verdad?

Aparte de algunos raros historiadores y las familias de las víctimas, entre quienes la herida permanece siempre viva, en realidad poca gente sabe exactamente lo que pasó durante aquel trágico mes de mayo. Se reúnen para despertar y mantener el recuerdo, y eso es bueno. El arraigamiento en las memorias y hacer frente a la historia, sería todavía mejor. Durante decenios, grandes pedazos de nuestro pasado se han ocultado o apenas se recuerdan en los libros de texto.

Mientras en todas las aldeas de Francia y Navarra las campanas de la liberación festejaban la rendición del III Reich gracias al sacrificio de los jóvenes de Sétif, Guelma, Kherrata, Draâ, Benkhedda, Saida, Bordj Menaiel, Tigzirt, Cap Dinet, Nassiria, Annaba, Batna, etcétera, en esos mismos lugares, en el mismo momento, el horror llegó al límite. El ejército francés ayudado por la policía, la legión extranjera y los colonos organizados en milicias, celebraban la victoria en el horror, derramando la sangre de los argelinos. Sacrificaron a 45.000 seres humanos en el altar de la demencia. «Hemos liquidado la revolución» escribía con fiereza Duval, el responsable en jefe de la represión, pero proseguía «si no hay una reforma, esto empezará otra vez en diez años». Los «indígenas de la Republica»: trabajadores agrícolas, campesinos, granjeros, niños, ancianos e incluso los soldados que fueron a verter su sangre sobre los campos de batalla europeos, fueron víctimas de un auténtico crimen contra la humanidad que devuelve a los horrores de la conquista.

La Francia colonial y su relación esquizofrénica con la historia.

Después de decenios de amnesia, las lenguas se sueltan. La guerra impuesta a los argelinos ha recuperado su nombre. Los cadáveres señalan a sus autores. Los muertos de mayo de 1945 empiezan a salir del olvido. Tras los pasos de los escasos periodistas e historiadores valientes que se han atrevido a denunciar las torturas y las masacres, altos responsables políticos alentados por los medios de comunicación, abren a su vez la caja de Pandora de los abusos coloniales. Estupefactas, las poblaciones descubren el terror que se abatió sobre Argelia justo después de la liberación, un terror que no tuvo nada que envidiar al de la Alemania de Hitler. Por la orden del Estado francés a la policía, al ejército, a la aviación, a la marina y a todas las fuerzas de tierra, de romper la «insurrección» y ahogar en sangre cualquier rebelión. Abrasaron las aldeas. Borraron del mapa pueblos enteros. Arrasamientos, torturas, incendios y ejecuciones se convirtieron en el pan de cada día de los «árabes» (5), de los cuales 12.000, a las órdenes del mariscal Juin y el general de Montsabert, habían sacrificado sus vidas bajo la bandera francesa en Monte Casino, Córcega, en la isla de Elba y en otros frentes.

El tiempo que ha pasado desde entonces no disminuye en absoluto las llamas de la memoria. A los responsables de las masacre colectivas nunca les han pedido cuentas. «Esos crímenes de lesa majestad», como los calificó A. P. Esquivel, el Premio Nobel de la Paz de 1981, de los que nada puede mitigar el horror, permanecerán imprescriptibles para siempre. «Se recupera el honor diciendo la verdad, a veces pidiendo perdón», dijo con razón Bertrand Delanoe, el alcalde de París, a propósito de la «barbarie de Sétif». Ya es hora para la Francia actual de desembarazarse de sus complejos y afrontar lo inimaginable de la colonización. Del reconocimiento oficial de sus propias responsabilidades, sólo puede salir engrandecida. En vez de tergiversar sobre el «papel positivo de la presencia francesa en ultramar, especialmente en el norte de África» (6), la élite política haría mejor acabando con la guerra de las memorias y aplicándose, por fin, a la escritura de las páginas trágicas de su historia.

La feroz represión que se abatió contra los manifestantes pacíficos del 8 de mayo de 1945 ha originado los abismos más profundos entre colonizadores y colonizados. La sangre vertida durante todo el mes de mayo de 1945 hizo inevitable la insurrección general diez años después. Mayo fue la gran señal, el preludio del despertar de las conciencias. Las atrocidades vividas aceleraron la convicción de la independencia frente a un colonialismo sin par que durante 132 años pisoteó todos los principios morales y humanos. La amnesia siguió a la amnistía y el silencio sucedió al ruido ensordecedor de las páginas desgarradas de la historia. La conciencia de la humanidad, que todos los años se indigna por el holocausto judío, parece poco afectada por los genocidas y sus «etnocidios» de la colonización sobre los que pesa una pesada chapa de plomo amnésico.

Exorcizar el pasado para superarlo

La historia colonial parece que no interesa a nadie. Son muy pocos los investigadores e historiadores serios de ambas orillas que han intentado arrojar luz sobre ese pasado maldito. Los que han cotejado sus testimonios ya han conseguido sacar esa guerra del olvido. La investigación histórica debe continuar. Cineastas, escritores y periodistas, por su parte, deben invertir sus esfuerzos para hacer que se conozca ese pasado ardiente y turbulento antes de que la hidra xenófoba y racista que vemos resurgir alimente la incomprensión y el olvido definitivo. Tanto como el cine, la televisión continúa ignorando la memoria histórica. La ausencia de documentales, películas de ficción e incluso de libros sobre los períodos trágicos de nuestra historia es muy sintomática. Pero, en un país donde el oportunismo tiene derecho de ciudadanía, es normal que más de diez mil falsos muyahidines sigan llenándose los bolsillos escupiendo su veneno sobre quienes se atreven a denunciarlos. Con un fuerte sentido del ridículo, los aprendices de historiador no necesitan seguir sumergiendo sus plumas en las heridas abiertas practicando la provocación a ultranza (7).

Apoyada con continuidad, obstinación, a veces con agresividad y casi siempre con una venda en los ojos, la historia oficial de la colonización se ha emperrado en ocultar los crímenes del Estado contra un pueblo. Estamos lejos de la necesaria tarea de investigación y de los testimonios que hagan salir a esta guerra del olvido (8). La colonización es una página de la historia que no ha terminado de escribirse, una historia que se empeña en mirar únicamente por el agujero pequeño del telescopio. El ritual ya es inmutable. Como prueba, la ley del 23 de febrero todavía vigente, a pesar de la retirada del vergonzoso artículo IV, que tenía por objeto señalar los «beneficios» de la colonización. Olvidada la cara odiosa de la conquista colonial. Olvidada la OAS fascistoide a cuyos criminales se ha querido indemnizar. Olvidados los dramas, los saqueos, los asesinatos colectivos, las torturas. El contencioso histórico denominado «Guerra de las memorias» está bien nutrido. Se llama a la semántica al rescate para conseguir que se olvide el reconocimiento de los crímenes de la colonización. Triste situación en la que se encuentra actualmente el debate histórico y político con su fraseología grandilocuente y sus obsesiones acusadoras que continúan animando la mezcolanza política preocupada por la mistificación ideológica del pasado que le ayude a cuadrar sus cuentas. Mientras vemos alfombras rojas desplegarse ante los necrófagos, esos que vienen a repartirse los despojos, hay de qué preocuparse. A través de sus panfletos satíricos y sus tópicos obsoletos, se comprueba que estamos muy lejos de poder dar la vuelta a la página.

En los platós de las cadenas de televisión, los «testimonios» que se suceden reavivan así los años traumáticos en vez de exorcizarlos y superarlos. A fuerza de añadir aquí y allá, desembocan fatalmente en los tópicos y la exageración. Y como se sabe muy bien, todo lo excesivo es insignificante. «Francia no pretende, no quiere seguir ocultando los hechos», dice el diplomático Bajolet. Entonces, ¿qué impide acabar con la negación? A la espera de poder acceder a los archivos (prometido para… 2037), a la espera de que los historiadores puedan trabajar con serenidad y a la espera de que se expresen competencias precisas y eficaces, un pensamiento para todos aquellos que sufrieron los horrores de la colonización.

Notas

* Las manifestaciones nacionales del 1 de mayo de 1945 fueron reprimidas de forma sangrienta en Orán y Argel. El AML (Amigos del Manifiesto y las Libertades) y el PPA (Partido del Pueblo Argelino) se abstuvieron de pedir a los habitantes de Argel y Orán que volviesen a manifestarse el 8 de mayo.

(1) Hubert Colin de Verdière, 26 de febrero de 2004, apoyado por su ministro de Asuntos Exteriores, Michel Barnier, en visita oficial el 13 de julio de 2004.

(2) El presidente francés, en visita oficial a Constantine, en diciembre de 2007.

(3) Bernard Bajolet, embajador de Francia, en la Universidad de Guelma el 22 de abril de 2008.

(4) La instrumentalización del número de muertos es sintomática: de 45.000, los investigadores franceses pasaron a una horquilla de entre 6.000 y 25.000, para desembocar en 7.000 víctimas según las autoridades francesas.

(5) Leer al respecto «L’Algérie hors la loi», Seuil, 1995, y Mustafá Lacheraf, «Algérie et tiers-monde», Bouchéne, 1989.

(6) Ley Fillon, aprobada por el Parlamento francés la víspera de la conmemoración del 8 de mayo de 1945.

(7) «Un mesonge français. Retours sur la guerre dÁlgèrie», Georges-Marc Benamou, Robert Laffont, 2003.

(8) Leer «Algérie, una guerre sans gloire», Calmann-Lévy 2005 y Chihab Alger. Ver también el documental de Yasmina Adi de 2008 «L’autre mai 45. Aux origines de la guerre d’Algérie», que desvela los mecanismos y las consecuencias de la represión colonial que condujeron al 8 de mayo de 1945.