domingo, 7 de mayo de 2017

Abelardo Castillo. Las otras puertas

Las otras puertas

Existen, efectivamente, aparecen de improviso en un tapial  por el        

             que he pasado mil veces, detrás de un alto mueble, en las        

             madrugadas tristes de las recovas.      

Conducen con demasiada frecuencia a casas abandonadas, a pasillos    


                subterráneos donde hay otras puertas detrás de las cuales        

                suelen ocurrir crímenes o incestos, a salas góticas donde        

                duermen condesas de boca ensangrentada junto a jóvenes        

                monjas de boca ensangrentada, a laberintos de espejos que        

                reflejan todas las imágenes menos la mía, a laberintos de        

                espejos donde únicamente se refleja una cara que odio.

Hace mucho que ya no les temo. He descubierto que todo lo que hay    

                 detrás de ellas pertenece, aunque de manera algo molesta,    

        al mundo.


La última que abrí da a este lugar de mi propia casa donde escribo        

                 estas palabras, sólo que no ahora, es una sensación extraña,        

                 no ahora sino dentro de algún tiempo, dentro de algún tiempo.

Sylvia
Amor amor no cabe en las palabras

saber que estás ahí como si el tiempo

no hubiera transcurrido entre el origen del mundo y esa puerta

como si todo hubiera sido siempre

tu pelo de oro azul sobre mi almohada.

Amor amor hace mil años

aconteció una historia parecida.

Los dos ya son palabras y  ceniza

pero nosotros

somos aún el laberinto vivo de tu oreja

un sonido de río en tu cintura

los caracoles que yo salgo a buscar

en la arena dorada de tu vientre.

Cómo decir ahora que oí cómo la noche

(estás dormida como nadan

los caballitos de mar)

dibujó otra figura con tu cuerpo.

Amor

        amor

construida en la noche de mi casa!

Verleniana

Hagamos el amor, seamos perversos

hagamos

el amor o su simulación, alguna muerte

que dé un poco de vida a este verano

–toda luna puede ser la última mirada de Dios

toda rosa el linde, todo verano

es siempre el último

verano

engañémonos

mintámonos

seamos la escoria de la Tierra

y su sal

pero, por favor

como dijo aquel viejo

homosexual, viril, purísimo

corruptor y borracho hasta la última vértebra

aquel viejo

que le escribía versos a la Virgen María, por favor

no hablemos de literatura.

La Oscura

Esa mujer semidesnuda aguarda

a un hombre que tal vez vendrá esta noche.

Veo su pelo y en su pelo un broche

de plata isabelina. El hombre tarda.

La mujer es inglesa pero tiene

ojos y largo pelo de española.

Es hermosa, es ardiente y está sola.

No dormirá esta noche si él no viene.

Hay un gato, tal vez... No sé más nada

de esta dama morena y de su impuro

insomnio de mujer que espera a un hombre.

Sólo sé que está en Londres, que en su almohada

arde su pelo como un fuego oscuro

y que Shakespeare jamás dijo su nombre.

Estos poemas son de un libro inédito de Abelardo Castillo, titulado La fiesta secreta.

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