martes, 30 de mayo de 2017

30 de mayo de 1814. Nace el "maldito" Bakunin

Félix Soria
(Im-pulso)
30 de mayo de 2014

Bakunin está considerado el padre del anarquismo, aunque lo cierto es que no fue el único que sementó la idea libertaria. Eso sí, fue el más popular de todos los que intentaron que la I Internacional fuera una organización de trabajadores al margen de proyectos políticos partidarios y totalmente independiente del Estado.
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A estas alturas sería absurdo e inútil reabrir el debate entre marxistas y bakuninstas. Entre otras cosas porque quedó zanjado hace tiempo, exactamente en 1872 y, por ende, de forma poco elegante, con mentiras. Y desde entonces la mentira ha sido el arma preferida por quienes denigran a Bakunin y al anarquismo, pues identifican al padre, a los hijos y a sus ideas con la violencia gratuita.
La historia oficial es especialmente mentirosa con personajes muy concretos.

Por ejemplo, en España, todo el mundo ha sido instruido en la creencia de que en la Catalunya de las primeras décadas del siglo XX la Federación Anarquista Ibérica (FAI) mataba un empresario prácticamente cada semana, falacia a la que sin embargo rara vez se añade un "detalle" que está rigurosamente probado: los pistoleros contratados por los patrones acostumbraban a matar antes y a más personas.

Odiar a los anarquistas es una actitud "curiosa", por primaria y por ser casi ¡natural!, lo cual constata el éxito de quienes han construido las referencias históricas (o ahistóricas) y el panel de valores imperante.

Otro ejemplo que refleja esa actitud primaria: el último y el hoy más recordado grupo libertario que cogió las armas durante el franquismo, el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL), jamás puso una bomba ni atentó contra personas. Sí, amable lector/a, jamás puso una bomba ni atentó contra personas y sin embargo, la imagen que se difundió y la percepción que todavía hoy persiste en un amplio sector de la sociedad es que Puig Antich, los hermanos Sugranyes, Garriga Pautuví, Pons Llovet, Soler Amigó o Rouillant fueron unos peligrosísimos desalmados que mataban por odio.

Bakunin nunca defendió la insurrección armada como el método más apropiado o ideal para hacer la revolución social; no obstante, siempre fue consciente y subrayó que cuando un movimiento revolucionario se consolida, extiende y avanza el Estado tiene el monopolio de la violencia y hace uso de la ella... Es decir, reconocía que la violencia sería necesaria [también la justificaba para defender manifestaciones y actos de protesta de posibles agresiones en períodos no revolucionarios], pero nunca auspició el uso de la violencia por norma, ni tampoco justificó ni organizó acciones para que una vanguardia tomara el poder por la fuerza de las armas.
En fin, la historia que aprendemos no siempre es Historia.

Mucho se ha hablado y escrito del Bakunin violento, que lo fue solo puntualmente y en episodios insurreccionales como el de Dresde, donde la violencia sustituyó a las palabras de los unos y de los otros.

Y en cambio, ¡qué poco se habla y se escribe de la personalidad filosófica y política del revolucionario!, como sindicalista, socialista de primera hora, filósofo de actitud escéptica, o como ateo por mor de su radical racionalidad.

Las críticas a Bakunin son por lo general urgentes, como para salir de un apuro, y para colmo en numerosas ocasiones son subjetivas y su figura es utilizada para defender todo lo contrario de lo que representa: ¡Qué obsesión la de quienes visten su egoísmo difamando a Bakunin!

En su 200º aniversario sigue siendo el personaje preferido para, exagerando o inventando defectos, difundir tergiversaciones ideológicas del anarquismo y reforzar las falacias que nos dejó de herencia el Antiguo Régimen.
De "buena cuna"
Mijaíl Aleksándrovich Bakunin (30 mayo 1814, Pryamújino, Rusia – 1 julio 1876, Berna, Suiza) era hijo de un matrimonio de clase alta de la provincia rusa de Tver. Su padre incluso lucía título nobiliario.

Criado en el seno de una familia adinerada, de fe cristiana ortodoxa y defensora de los valores y del orden social zarista, Mijaíl disfrutó de una infancia cómoda, aunque avinagrada por el autoritarismo del padre.

Al igual que numerosos adolescentes de la nobleza de provincias, con solo 14 años Mijaíl fue matriculado en la llamada Universidad de Artillería, ubicada en Preobrazhénkoye (proximidades de Moscú), donde fue educado bajo estricta disciplina castrense y formado como futuro oficial del Ejército.

Una vez finalizada su instrucción y tras dos años de cierta molicie en la que su actividad profesional consistía en poco más que lucir uniforme, aparte de leer [Mijaíl devoraba libros], a los 20 fue nombrado oficial de la Guardia Imperial y destinado a Minsk, prestando servicios también en Grodno [ambas ciudades están en la hoy independiente ex república soviética de Bielorrusia].

A pesar de la presión que ejerció su padre para que hiciera carrera como militar o accediera a una plaza de funcionario, Mijaíl permaneció en la milicia poco más de año y medio y en otoño de 1935, también en contra de la voluntad del padre, se mudó a Moscú para estudiar Filosofía.
Filosofía, la puerta de la realidad
Escéptico por naturaleza y antiautoritario por reacción, Bakunin entabló amistad con varios jóvenes de la clase alta que formaban parte de un grupo de ex universitarios moscovitas harto singulares porque, entre otras peculiaridades, criticaban al Zar y a su gobierno.
Bakunin acabó integrándose en un colectivo liderado por Nikolái Stankévich, un cuarentón que escribía versos de calidad mediana pero que como polemista y excelente conocedor de la historia del pensamiento se había convertido en uno de los referentes de la corriente ideológica conocida como "pensamiento social eslavófilo", cuyas tesis literarias, artísticas, filosóficas y políticas [trufadas de contradicciones] concitaron la atención de numerosos miembros del sector ilustrado de la clase alta, incluidos algunos miembros de la nobleza.

Bakunin descubrió y profundizó en Kant y Hegel, entre otros, y empezó a tener una visión del mundo más crítica y, poco a poco, se interesó por el movimiento e ideas de los socialistas utópicos.
Viajar, la gran escuela del internacionalismo
En 1842, Bakunin viajó a Berlín y París para conocer personalmente a los dirigentes de los movimientos socialista y obrero de Alemania y Francia, donde estableció contacto con exiliados polacos, país este por el que siempre manifestó especial interés.

Su periplo europeo le llevó a Suiza, donde se instaló, implicándose en la propagación del socialismo utópico. Durante la que fue su primera estancia en la confederación helvética recibió una requisitoria de Moscú para que regresara, pero él se negó, por lo que las autoridades zaristas le confiscaran todas sus propiedades.

A raíz del "robo político" de sus bienes, en 1848, Bakunin viajó a París y publicó un texto en el que criticaba frontalmente al régimen zarista, por lo que el Gobierno francés lo expulsó del país. Recaló entonces en Alemania y al año siguiente participó en las movilizaciones en demanda de democracia que se desarrollaron en varias ciudades, siendo detenido en Dresde, donde la insurrección fue excepcionalmente violenta, por lo que los considerados cabecillas del movimiento insurgente, entre los que figuraba Bakunin, fueron condenados a muerte, si bien las penas capitales fueron conmutadas por la de cadena perpetua.
Campo de concentración y fuga
En 1851, Bakunin fue entregado a las autoridades rusas para que cumpliera condena en su país, donde fue encarcelado en la prisión de la fortaleza de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo, y seis años después trasladado a un campo de trabajo en Siberia.

Gracias a su buen comportamiento, el director del campo autorizó en varias ocasiones que Bakunin disfrutara de breves permisos y en 1861, con motivo de uno de ellos, ejecutó un premeditado plan de fuga y abandonó Rusia vía marítima, en un carguero, del que desembarcó en Hakodate (Japón).

Semanas después viajó en un buque que cubría el trayecto Yokohama-San Francisco, donde tomó otro barco con rumbo Nueva York vía canal de Panamá.

Debido a sus actividades en Francia, Suiza y Alemania, máxime tras la condena a muerte que le fue impuesta en Dresde, Bakunin era uno de los impulsores del movimiento obrero y socialista más conocidos en los países industrializados, también en Norteamérica, por lo que en la ciudad neoyorquina fue recibido y atendido por varios líderes sindicales de EE UU.

Ese mismo año (1861) Bakunin regresó al Viejo Continente y se instaló en Londres, si bien la mayor parte del resto de su vida residió en Suiza.
Fronteras resquebrajadas, pero solo un poco
Los contactos cada vez más habituales que mantenían los dirigentes obreros y socialistas de Europa occidental, sobre todo franceses e ingleses, lograron que fructificara el proyecto de crear una especie de directorio coordinador de ámbito supranacional.

Finalmente, fue convocado con esa finalidad un congreso en Londres, que se celebró el 28 de septiembre de 1864 y al que asistieron delegados de muy variadas organizaciones obreras de Alemania, España, Francia, Gran Bretaña, Hungría, Italia, Polonia, Suiza, etcétera. Así nació la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), más conocida actualmente como la I Internacional.

Los reunidos eligieron un comité que debía dedicarse de forma preferente y casi en exclusiva a tareas de coordinación. En el órgano estaban representados sindicalistas y socialistas de distintas tendencias, entre los que al paso de apenas unos meses destacó un grupo que fue bautizado como marxista [la acuñación de este gentilicio molestó sobremanera a Karl Marx], cuyo líder intelectual, que no ejecutivo, insistía en la necesidad de aunar fuerzas pese a que sus propuestas de acción incluían entrar en las instituciones (organizando partidos que concurrieran a las elecciones allá donde las hubiera), lo que suponía romper con las prácticas insurreccionales a las que se habían habituado la mayoría de las organizaciones obreras debido a la también habitual negativa de las patronales y de los gobiernos a aceptar reivindicaciones laborales y a garantizar libertades y derechos civiles.

Bakunin, que ingresó en la AIT en 1868, se alineó inmediatamente con quienes rechazaban entrar en el parlamentarismo y al paso de unos meses, ya era el principal teórico y portavoz de esta corriente.
Los marxistas toman posiciones
Marx había optado por mantenerse en un segundo plano en la AIT, aunque sin abandonar su labor como ideólogo; al contrario, se afanó en reforzar sus planteamientos, de modo que sus textos constituyeron la base sobre la que un importante sector de la Internacional defendió la tesis de "hacer política" y entrar en el juego parlamentario, concitándose constantes debates con los "puristas" que rechazaban todo aquello que contribuyera, siquiera indirectamente, a legitimar y reforzar la autoridad del Estado.

Entre los "puristas", que acabaron siendo conocidos como anarquistas y más tarde también como bakuninistas, eran mayoría los sindicalistas.

Marx había sido el encargado de redactar el «Llamamiento inaugural de la Internacional», cuyo contenido ideológico o político cabe resumir en tres puntos:

1. La Internacional no debe sustituir a las asociaciones existentes en cada país o territorio, sino coordinar sus acciones cuando sea preciso y, en todos los casos, darles proyección internacional.

2. La emancipación de la clase obrera debe ser obra exclusiva de los propios trabajadores [subrayaba el texto]; es decir, sin alianzas con fuerzas "no obreras"; y
3. La emancipación de los trabajadores [resaltó Marx] pasa por conquistar el poder político; es decir, el gobierno, sea por vía insurreccional o parlamentaria, a fin de controlar el Estado y utilizarlo para cambiar las leyes que regulan la actividad económica y, por extensión, la vida en sociedad.
Esas tres premisas fueron volcadas en el preámbulo de los estatutos de la Internacional, lo que supuso otorgarles el valor de "principios ideológicos y de acción".

El tercero de esos tres principios, conquistar el poder político, fue el que propició el más prolongado y autodestructivo debate en el seno de la AIT, que se inició en el propio congreso fundacional (1864) y fue en aumento hasta convertirse en fuente de diatribas cada vez más enconadas, hasta abrir un abismo entre marxistas y bakuninistas en el congreso de Basilea (1869).
La Internacional se consolida
Al margen de diferencias, en sus inicios la Internacional funcionó con eficacia y logró implantarse con notable rapidez, sumando numerosas adhesiones en apenas un par de años en Alemania, Bélgica, España, Italia y Suiza, y a menor ritmo también fueron ganando afiliados las secciones de Francia, Gran Bretaña y Polonia.

En los primeros años el debate entre "puristas" (sindicalistas) y "marxistas" (políticos) quedó en segundo plano debido al reto que suponía cerrar brechas y salvar las diferencias existentes entre las organizaciones que representaban a variados y en algunos casos contradictorios intereses: artesanos, mineros, campesinos [en este sector además había (y hay) divergencias sustanciales entre empleados estables, jornaleros, aparceros y pequeños propietarios], marineros, obreros industriales, etcétera; a lo que se sumaban los problemas derivados de la pertenencia a uno u otro Estado y en el seno de estos, a diferentes naciones o culturas.

La dinámica impuesta por la necesidad de crear consensos para cerrar ese abanico de intereses y territorios favoreció a los defensores de la tesis marxista y, en menor medida, también a los proudhonianos [por Pierre-Joseph Proudhon], sectores que coincidían en utilizar la vía parlamentaria.

No obstante, esas dos corrientes se miraban de reojo porque los segundos apostaban por un sindicalismo radical en el que jugaran un peso fundamental la negociación, la educación y la concienciación, hasta el punto de que los proudhonianos sustituían el término revolución por evolución, rechazando la posibilidad de convocar huelgas revolucionarias [las no basadas exclusivamente en motivos laborales] como arma para derrocar gobiernos o alcanzar el poder.
La posición de Proudhon fue perdiendo partidarios, entre otras cosas porque él siempre se negó a pelear ideológicamente con sus "hermanos"; de manera que unos, los menos, acabaron asumiendo las tesis de los "políticos" y se alinearon con Marx; en tanto que otros, los sindicalistas radicalmente contrarios a hacer política en las instituciones, optaron por los anarquistas.
La Internacional, minada
Así las cosas, en el congreso de Basilea (1869) las únicas pugnas ideológicas, políticas y sindicales que tuvieron sustancia fueron las mantenidas entre los "socialistas democráticos" [así empezaban a identificarse algunos de sus dirigentes] o marxistas y los anarquistas o bakuninistas.

En el siguiente congreso, celebrado en La Haya (1872), los delegados marxistas esperaron al último momento y cuando ya se había marchado parte de los representantes, propusieron y sometieron a votación la expulsión de Bakunin, de forma que los asistentes se erigieron en una especie de tribunal que sometió a juicio a Bakunin ¡por haber cobrado 300 rublos como anticipo por traducir al ruso El capital de Marx! y, según los denunciantes, también por haber creado varias sociedades secretas, una de ellas en comandita con el nihilista Serguéi Necháyev, con la finalidad de tomar el control de la AIT.

[Esta fue la más notoria de las falsedades aducidas por los fiscales, que dijeron disponer de una supuesta carta que Bakunin había remtido a Necháyev unos meses antes del congreso, cuando en realidad la relación epistolar entre ambos se había roto hacía ya casi dos años]

Sea como fuere y pese a que hubo quienes denunciaron la maniobra y las mentiras esgrimidas, la mayoría de los que seguían reunidos eran marxistas y decretaron expulsar a Bakunin de la AIT.

No obstante, los anarquistas convocaron inmediatamente un congreso en Sankt Immer [localidad del cantón suizo germanófono cuya capital es Berna], en el que jugó un rol muy significado Bakunin, que contó con el apoyo unánime de la poderosa delegación española [que ya entonces era una de las secciones de la AIT más y mejor desarrolladas], aprobándose un pronunciamiento mediante el que los reunidos rechazaban de plano el planteamiento "político" de los marxistas y se erigían en los genuinos continuadores de la AIT.
El Marx que los marxistas prefieren obviar
Durante los cuatro años que transcurrieron desde el ingreso de Bakunin en la AIT (1868) y la expulsión de que fue objeto por parte de los "políticos" (1872), el ruso y Karl Marx libraron un enconado debate ideológico, durante el que el autor de El capital recurrió en varias ocasiones a la descalificación personal y lanzó acusaciones que pese a no estar probadas dejaron ponzoñosa huella entre los dirigentes de las distintas secciones estatales o nacionales de la AIT.

Durante los primeros años, Marx mantuvo una posición personalmente distante y siempre evitó entrar en debates vis a vis, pero al parecer debió sufrir un "trauma moral" al leer y escuchar a Bakunin defendiendo que la Internacional debía ser básicamente sindical, al margen de partidos y de las instituciones del Estado.

A finales de 1868, poco después del ingreso de Bakunin en la AIT y casi recién iniciada la "refriega", el alemán acusó al ruso de ser un "agente al servicio del paneslavismo" [esta denuncia fue pergeñada en base a algo que todos los dirigentes de la AIT sabían, muchos de ellos por boca del propio Bakunin, quien había narrado que en su juventud abrazó las tesis filosófico-políticas del "pensamiento social eslavófilo"].

Por si fuera poco, meses después, en 1869, Marx y su compatriota, admirador y amigo Karl Liebnichkt llegaron a difundir la especie de que Bakunin cobraba de Moscú 25.000 francos suizos anuales por su labor como agitador eslavófilo en Europa occidental.

Estas acusaciones apenas debían haber obtenido eco porque además de falsas eran absurdas, incluso pueriles, pues nadie ignoraba, por ejemplo, que Bakunin estaba poco menos que condenado a muerte por los zaristas. Pero hubo quienes sí tomaron en consideración los infundios.

Marx porfió y en 1871 acusó a Bakunin de promover actos violentos de carácter vanguardista que eran contrarios a la labor sindical que decía defender, enfatizaron los marxistas, que para respaldar su denuncia aportaron una supuesta carta de Bakunin dirigida al ruso Serguéi Necháyev --tal como ya he referido en el apartado anterior esta acusación fue "enriquecida" y debatida en el congreso de La Haya de 1872.

[Necháyev, activista moscovita que protagonizó una singular cruzada anti-zarista, es el autor de El catecismo del revolucionario, un texto que rezuma, ante todo, nihilismo y desprecio por la vida.

Necháyev era partidario del uso de la violencia de forma sistemática y aunque asumió las tesis sindicalistas de la AIT, siempre mantuvo la convicción blanquista de que solo era posible tomar el poder mediante una acción armada ejecutada por una vanguardia que operara al margen del pueblo.

Bakunin mantuvo, en efecto, relación epistolar con Necháyev, que duró poco más de un año porque el exiliado criticó y desestimó participar en el plan conspirativo y de atentados diseñado por el moscovita]
Tenaz y didáctico
En 1868, antes de que la AIT se rompiera, Bakunin había fundado la Alianza Internacional de la Democracia Socialista (AIDS), cuya actividad estaba centrada en sumar adhesiones a un programa de cuatro cambios que él consideraba imprescindibles para hacer la revolución social:

* La supresión de los Estados y su sustitución por «federaciones constituidas por libres asociaciones agrícolas e industriales»;

* La abolición de las clases sociales y de las herencias;

* La supresión de toda discriminación de orden sexista, y

* La organización de los trabajadores al margen de los partidos.
Curiosamente, la Alianza rechazó la solicitud de adhesión remitida por la AIT alegando que esta era una organización internacional y que la AIDS solo admitía entidades nacionales o de ámbito estatal.

La AIDS, celosa de sufrir "contaminaciones políticas", acabó convirtiéndose en una especie de ateneo o equipo de análisis y, en rigor, fue la primera organización específicamente anarquista, pues se dedicó a propagar sus presupuestos ideológicos y a coordinar a los más destacados anarquistas de varios países europeos y de EE UU.

En esa línea, sirva de ejemplo que Bakunin encomendó al italiano Giuseppe Faneli la misión de viajar a España, establecer contacto con los dirigentes de la sección de la AIT y promover entre ellos el anarquismo.

Fanelli, que en 1869 recaló en Barcelona y Madrid, conoció personalmente y luego mantuvo una larga y amical relación epistolar con Anselmo Lorenzo, que en la primera década del siglo XX fue el principal impulsor y cofundador de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).

Bakunin también participó en la Liga de la Paz y la Libertad, fundada en 1867, llegado a ser miembro de su comité central, e incluso ingresó en una logia de la francmasonería suiza para divulgar sus ideas entre los "hermanos" y auspiciar el entendimiento entre libertarios y masones.

Bakunin, prematuramente viejo y enfermo se apartó de la AIT, vivió sus últimos años sumido en la pobreza y solo mantuvo contacto epistolar con pequeños grupos anarquistas. Murió en el hospital de Berna y en su tumba, en el cementerio de Bremgarten de esa ciudad, reza la frase: «Recuerda a quien lo sacrifica todo por la libertad de su país».