martes, 4 de abril de 2017

Julio González: "Hubo traiciones en el peronismo"

Claudio R. Negrete
Publicado el 23 de marzo de 2016

El secretario que acompañó a Isabel Perón en el helicóptero en 1976 relata cómo vivió los días del golpe.

 24 de marzo se cumplirán cuarenta años del último golpe de Estado en la Argentina. Fue en el siglo pasado y como consecuencia de aquella nefasta violación al estado de derecho, el país transita hoy el período democrático más prolongado de su historia y los argentinos han elegido con el voto directo a ocho presidentes en forma consecutiva.

Dicen que el tiempo es sanador pero en cuestiones políticas e institucionales suele ser una herramienta indispensable para acomodar experiencias, aciertos y errores. Permite comprender el pasado con menor carga emocional. En el país subyacen secuelas de lo vivido en aquellos violentos años 70. La sensación y el recuerdo del miedo mantienen presencia en el inconsciente social bajo otras formas. Independientemente del lugar donde cada uno se ubique, es evidente que el resultado de aquellos turbulentos años fue una tragedia colectiva indeseada. En perspectiva histórica, nadie puede sentirse ganador porque el barro salpicó a todos.

El país no fue el mismo desde aquella madrugada del golpe. Un protagonista único de ese final fue Julio González quien en aquel gobierno anémico y desbordado ostentaba los cargos de secretario Legal y Técnico de la Presidencia y, al mismo tiempo, secretario Privado de la entonces Jefe de Estado, María Estela Martínez de Perón. Fue el único funcionario de confianza que estuvo con ella en el fatídico viaje del helicóptero. En la siguiente entrevista concedida a La Nación reveló detalles de las horas finales y la trama del golpe vivida desde el corazón del Gobierno. Testimonio que en algún momento podrá se contrastado con la versión de los hechos de la propia expresidente derrocada cuyas memorias ya fueron escritas y están a la espera del momento oportuno de hacerlas conocer.

¿Cómo fueron esos últimos momentos del gobierno de la viuda de Perón?

Ante las versiones crecientes de golpe, la presidente convocó a las diez de la noche del día veintitrés a una reunión urgente de ministros, legisladores y dirigentes sindicales en Casa de Gobierno. Era unas 40 personas. La idea era informarles a todos las gestiones que había hecho ese día el entonces ministro de Defensa, José Alberto Deheza, con los comandantes de las Fuerzas Armadas, Videla, Massera y Agosti. Deheza explicó los comandantes plantearon sus disgustos por lo que hacía el gobierno, con la situación del país, el desarrollo de la guerrilla, y que había vacío de poder. La novedad que trajo el ministro fue que habían acordado reunirse nuevamente al día siguiente. Tan convincente fue que al salir de la reunión Lorenzo Miguel les hizo una apuesta a los periodistas de que no habría golpe. Terminada, la Presidente me dice que la acompañe a Olivos. Repaso con mi equipo los temas de agenda del próximo día y junto a ella y al jefe de custodia, suboficial retirado de la Policía Federal, Rafael Luisi, nos encaminamos a la terraza, al helipuerto. Todo era normal. Como cada día, el Jefe de Granaderos nos despidió con los honores del protocolo y subimos al helicóptero de doble cabina. En la parte inferior se sentó a mi izquierda la presidente, frente a ella el suboficial Luisi, y frente a mí el edecán naval, Capitán de Navío Ernesto Diamante. Detrás de ellos, sentado en cuclillas, el oficial principal de la Policía Federal y también custodio, Mariano Troncoso. Apenas despegamos, Luisi se da cuenta de que la nave tomaba otro rumbo y de inmediato sacó su arma reglamentaria y casi gritando alertó que el helicóptero no iba a Olivos sino hacia el río. La presidente lo calmó, le pidió que guarde el arma y le dio la orden al edecán naval de averiguar qué pasaba. Los pilotos comunicaron, uno de ellos era Lami Dozo, que había un desperfecto en un motor y que debíamos ir a Aeroparque para después seguir viaje en auto hacia la quinta presidencia. En pocos minutos llegamos y me sorprendió ver todo oscuro, las pistas, las luces de despegue y aterrizaje, edificios, explanadas. Soldados escondidos detrás de los árboles. Al pie del helicóptero se presentó un oficial de la Fuerza Aérea y le dijo a la presidente que bajara de la nave. Entonces, intervengo yo y le exigí que venga de inmediato el jefe de la base y le dije a la presidente: señora, no baje por favor. A los quince minutos se hizo presente el jefe de la base, comodoro Crosetto, y volvió a insistir con que debíamos bajar.

¿Qué pasó dentro del helicóptero en esos quince minutos hasta que llegó el jefe de la base?

Nada. Había un tenso silencio que no olvidaré jamás.

¿Cómo siguió la situación?

Crosetto reiteró que había un problema en uno de los motores del helicóptero. Entonces, le pido que de inmediato vengan los autos hasta el helicóptero pero se negó, me contestó que era peligroso porque podía explotar un motor. Vuelvo a insistirle a la presidente: señora Presidente, no baje por favor. Ella me mira, me toma del brazo izquierdo y me dice: bajemos doctor, es pura acción psicológica. Así caminamos juntos los últimos cien metros. En el centro ella, a su derecha el jefe de la base, y a su izquierda yo. Atrás el edecán naval y los dos custodios. Nos dirigíamos a la oficina de Crosetto y cuando llegamos dejo pasar a la presidente y a mi me empujan, me cierran violentamente la puerta en la cara y me encañonan a mí y a los custodios. Nos apuntaron a diez centímetros con fusiles y ametralladoras en el pecho, la espalda, en la cabeza y en la cara. Así estuvimos media hora.

¿Qué pasó con el edecán presidencial?

El edecán naval no cumplió con su deber de defender al Presidente de la Nación. Es evidente que estaba en el complot del secuestro extorsivo.

¿Por qué dice secuestro extorsivo?

Porque la presidente fue interrogada por oficiales de las Fuerzas Armadas, entre ellos el almirante Santamarina y el general Villarroel que luego fue secretario de presidencia de Videla. Primero fue secuestrada y la extorsión vino cuando le exigen que firme su renuncia para que el doctor Luder se haga cargo del gobierno y, a cambio, le ofrecen el Tango 01, que había aterrizado mientras nos apuntaban, para ir dónde quisiera. Pero ella se negó y entonces pasaron del secuestro a la detención y a tomar del poder. La llevaron a la residencia El Mesidor en Villa La Angostura. No la ví nunca más ni volví a hablar con ella desde ese momento.

¿Qué hicieron con usted?

Una hora y media después vienen un teniente coronel del Ejército y me informa que tenía la orden de entregarme a la Armada. Me llevaron detenido al barco Bahía Aguirre que estaba amarrado en el puerto. Cuando llegué, aproximadamente a las 5 de la mañana, abro la puerta del camarote celda y para mi sorpresa aparece el ministro Deheza. Me pregunto todavía hoy si lo habían detenido o se hizo detener porque él sabía lo del golpe.

¿Dice que el ministro de Defensa le ocultó a la presidente el levantamiento militar?

Sí. Y lo confesó el mismo Deheza cuando estábamos detenidos. Nos dijo textualmente: yo sabía que el golpe iba a ocurrir pero preferí disimularlo para evitar una pueblada que terminará en una movilización con represión y víctimas. Para mi eso fue una traición.

¿Cree que hubo más traiciones dentro del peronismo?

Claro que sí. Hubo muchos dirigentes que fueron funcionales al golpe. Fue más que evidente. Desde que asumió Cámpora en 1973 hasta la asonada del 76 dentro del peronismo se desató una loca carrera por el poder. El tema era quién iba a reemplazar Perón y después a su esposa porque todos sabían que Perón tenía poco tiempo de vida y el gobierno de su esposa sería una transición corta y alcanzaba con hacerle la vida imposible para que se fuera. Muchos dirigentes lucharon por posicionarse para un pos peronismo sin Perón. La movida desestabilizadora era para desplazarla a la presidente del poder y lamentablemente todo terminó en el golpe de estado más atroz que haya tenido el país.

¿Cómo jugó la oposición en esas circunstancias críticas?

A propósito o sin darse cuenta también fue funcional al golpe militar. El 5 de enero la Junta de Comandantes le dio un ultimátum a la presidente exigiéndole un cambio de gabinete, combatir a fondo a la subversión y abrir la economía a los capitales extranjeros. En ese contexto de inestabilidad política se les dio a los principales líderes opositores la cadena nacional con la idea de que salieran a defender, no al gobierno, sino a la democracia y sus instituciones. Fue cuando Ricardo Balbín dijo esa frase desgraciada de que no tenía soluciones y que todos los incurables tienen cura cinco minutos antes de su muerte. Deolindo Bittel, en representación del Justicialismo, habló del peronismo pero no se expresó en forma contundente contra el golpe. Debo reconocer públicamente que el único que lo hizo fue Oscar Alende quien en una reunión personal me dijo: yo no soy Balbín, no estoy en ninguna transa militar.

¿Qué dijo al presidente de los dichos públicos de Balbín?

La verdad no le daba ninguna importancia a Balbín.

¿No cree que fue un error aislarse y no hablar con la oposición en ese difícil contexto?

Se hablaba con el radicalismo a nivel institucional a través de las audiencias que solicitaban sus legisladores nacionales. La presidente no tenía el hábito de hablar con otros líderes políticos del país. Se dedicaba a gobernar. Para comprender este período tenemos que distinguir entre los hechos políticos que aparecían en los medios y los actos jurídicos del gobierno que son las decisiones que se tomaron con leyes y decretos porque un gobierno se organiza y se define a través de sus actos jurídicos.

¿Si había tanta evidencia de que se venía un golpe por qué no hicieron algo para frenarlo?

El gobierno peronista de entonces estuvo tres años jaqueado con la amenaza de golpe y con operaciones políticas e informativas de que era inminente. Eso se repitió el 22 marzo cuando se habló otra vez de golpe. La verdad, la presidente y yo creímos que era una conjura más.

¿Qué comentaba la presidente ante los rumores y acciones concretas de que el golpe estaba en macha?

Tenía la misma actitud que con los problemas que enfrentaba de su gobierno. Consideraba a todos los rumores y advertencias como voces alarmistas que se repetían. La verdad, no creía que iba a ver un golpe. La evidencia más clara de eso fue cuando me dijo en el helicóptero que había que bajar porque todo era pura acción psicológica.

¿No considera, ahora que pasaron tantos años, que la presidente fue incapaz de solucionar la crisis?

Creo que con los elementos que había la presidente actúo como cualquier persona normal sometida a la decisión final de las Fuerzas Armadas. No cedió a las presiones que venían de todos lados para romper el orden constitucional. La situación se manejó como se puedo y sin un respaldo contundente de la dirigencia política en cuanto a la defensa de la democracia. Hubo un gran cinismo e hipocresía de los secuestradores y golpistas que mintieron en todo momento. Al gobierno lo traicionaron de adentro y también de afuera.

¿A qué se refiero cuando citó al día 22 como el anuncio del golpe?

Ese día a las diez de la noche vino a mi despacho el general Otto Paladino, el jefe de la SIDE puesto por Videla. Me dice: esto no va más doctor, el gobierno no hace nada contra la subversión. Entonces le digo que no era así, que se había dictado leyes para enfrentar los problemas de la subversión siempre en el marco constitucional. Y me dijo que eso no servía. Entonces perdí los estribos y lo increpé: ¿me puede decir dónde está el coronel Jorge Montiel? Se lo pregunté porque Montiel era el secretario de la SIDE y hacía varios meses que había desaparecido. A mediados del 75, Montiel me había confesado que tenía información de que oficiales de las Fuerzas Armadas tenían contacto con las cúpulas guerrilleras para desestabilizar al gobierno. Y me dijo que al día siguiente iba a dar a la prensa los nombres y los rangos para desbaratar la maniobra. La última noticia que hubo de Montiel fue de ese día siguiente. A las 8 de la mañana, junto al teniente coronel Martín Rico, salieron del comando general del Ejército y tomaron un taxi. Nunca más de supo de ellos hasta el día de hoy. Por eso le pregunté a Otto Paladino qué sabía de Montiel. Calló porque sabía.

¿Supo algunos de esos nombres que eran nexo entre las FF.AA. y la guerrilla?

Prefiero no hacer nombres.

Siete años de cautiverio

Julio González es abogado y profesor de Economía Política. Tiene 81 años, está casado, tiene tres hijas y seis nietos. Dice que nunca fue afiliado peronista, que en 1973 el presidente Perón lo nombró Director General de Asuntos Jurídico de la Secretaria de Prensa y Difusión y que muerto éste, se hizo cargo de la Secretaria Legal y Técnica de la Presidencia en septiembre de 1974, y al año siguiente sumó a ese rol el de Secretario Privado de la viuda de Perón. Luego del golpe estuvo detenido un día en el barco Bahía Aguirre, después fue traslado al barco Ciudad de La Plata por un mes, para pasar al buque Treinta y Tres Orientales durante 4 meses compartiendo cautiverio con Carlos Menem, Jorge Vázquez, Jorge Taiana y Lorenzo Miguel, entre otros. Permaneció dos años y siete meses en el penal de Magdalena y con prisión domiciliaria hasta su liberación final en abril de 1983. En total estuvo algo más de 7 años privado de su libertad. Dos de sus colaboradores murieron como consecuencia de los interrogatorios. La noche del golpe un grupo comando del Ejército entró a su casa y se robó objetos personales y todos sus ahorros. Al día siguiente, el turno fue de la Armada. Se llevaron documentos y papeles. Dos derrames cerebrales posteriores dejaron huellas en su cuerpo. Nunca más se dedicó a la política y tampoco volvió a ocupar cargos públicos. Se dedicó a la docencia universitaria y a escribir libros en los que dejó testimonio de todo lo vivido.

Otros motivos de la asonada

Según Julio González en los últimos meses del gobierno hubo tres hechos que habrían sido determinantes en la decisión del golpe. Uno fue el decreto 620 del 13 de febrero de 1976, de su autoría, por el cual se decidió que antes de las elecciones generales, que en principio iban a ocurrir en diciembre, se debía convocar a una Asamblea Constituyente para decidir cuáles de las constituciones estaban vigentes, si la de1853, la de 1949 y o la reforma en 1957 y 1972, y si era necesario hacer una nueva reforma. Otra decisión fue transferir sin cargo al Estado la compañía de electricidad Ítalo de la que José Alfredo Martínez de Hoz era su vicepresidente. Y el tercer hecho fue que ante el ultimátum del 5 de enero de los comandos militares, la respuesta fue conformar un gabinete económico antiliberal.


Julio González


Secretario privado


A los 37 años, fue secretario legal y técnico de la Presidencia y secretario privado de Isabel Perón. Fue profesor de economía política en la UBA

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