jueves, 13 de abril de 2017

Eduardo Galeano. Los invisibles pierden a su cronista

Ericka Montaño Garfias 
14 de abril de 2015

El periodista, narrador, ensayista, activista social y colaborador de La Jornada Eduardo Galeano falleció ayer a los 74 años en un hospital de Montevideo, Uruguay, a consecuencia del cáncer de pulmón que padecía desde 2007. Llevaba una semana hospitalizado en estado grave.
Sus restos fueron velados en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, lugar donde se realizan los actos más solemnes de ese país.

Este martes será despedido masivamente con altos honores oficiales, informó el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

Su última aparición pública fue a finales de febrero, para recibir al presidente de Bolivia, Evo Morales, quien visitó Montevideo con motivo del cambio de mando entre José Mujica y el ahora presidente Tabaré Vázquez.

En las fotos, Galeano lució delgado y sonriente al recibir El libro del mar, donde Morales expone sus argumentos para exigir una salida de Bolivia al mar.

En un correo electrónico enviado a esta reportera y fechado el 7 de abril de 2014, Galeano escribió:

“la muerte acude aunque nadie le llame.

no le hagas caso.

ni siquiera escuches su silencio: sería un homenaje que ella no merece.

me aburre pensar en la muerte, y sospecho que más aburrido será ser el centro de la fiesta fúnebre, mintiendo lo mucho que me duele abandonar este valle de lágrimas”.

Eran recientes los decesos de Juan Gelman y José Emilio Pacheco. Gabriel García Márquez estaba hospitalizado y falleció 10 días después. Así que el tema de la muerte estuvo presente en el intercambio epistolar.

Diálogo, muchas veces telegráfico, que comenzó después de la entrevista que se publicó en estas páginas el 26 de octubre de 2012, pocos días después de recibir el Premio Amalia Solórzano de Cárdenas, y unos días antes de la presentación de su libro Los hijos de los días (Siglo XXI Editores) en la Sala Nezahualcóyotl, donde convocó a miles de jóvenes y adultos. En esa visita también clausuró la asamblea del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Fueron sus últimas apariciones públicas en México.

En ambos casos, cientos de personas tuvieron que escucharlo y verlo en las pantallas colocadas afuera de la sala y el auditorio. En sus presentaciones los asientos siempre eran insuficientes.

Eduardo Galeano nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940. En uno de los correos electrónicos mencionados escribió que él no cumplía años, cumplía instantes, que son mucho más largos que los años, porque perduran cuando renacen de tus adentros. No alcanzó a cumplir los 75 años/instantes.

El nombre completo de este hombre de ojos azules fue Eduardo Germán María Hughes Galeano, y sus padres fueron Eduardo Hugues Roosen y Licia Esther Galeano Muñoz. A los 13 años publicó caricaturas para el diario uruguayo El Sol, y comenzó así el ejercicio de sus múltiples oficios: obrero, recaudador, mensajero, mecanógrafo, cajero de banco, editor, periodista, escritor, pero sobre todo, y como él se definía, escuchador.

Fue uno de los exiliados durante la dictadura. Primero fue encarcelado en Uruguay y de ahí salió con rumbo a Argentina, pero su nombre fue incluido entre los condenados por la dictadura de Rafael Videla en 1976. En ese periodo escribió Días y noches de amor y de guerra, publicado en 1978.

Con la dictadura tras de él, tuvo que abandonar América con destino a España. Fue en Cataluña donde escribió la trilogía Memoria del fuego, integrada por Los nacimientos, Las caras y las máscaras y El siglo del viento. Ya en 1971 había publicado su libro Las venas abiertas de América Latina, que prohibieron los regímenes de facto de Uruguay, Argentina y Chile.

Ideólogo de la izquierda, pero también crítico, hizo de las causas sociales su bandera. Luchó por los jóvenes, la ecología, los indígenas, los trabajadores, las mujeres y la legalización de las drogas, y en contra de los narcoestados y el neoliberalismo. En medio de todo ello, una de sus pasiones: el futbol, que llevó a varios de sus artículos periodísticos y al libro Futbol a sol y a sombra.

No se guardó las historias que iba escuchando y escribiendo en sus libretitas; las convirtió en libros de imposible clasificación: son crónicas, poemas, prosa, ensayos. Decía que la memoria era una especie en peligro de extinción, y ahora en lugar de recordar más, recordamos menos.

Reconstruía las memorias comunes de los indignados del mundo. Era un cuentacuentos que absorbía todas las pequeñas historias y las trasladaba primero a sus libretitas, de las que salieron muchos de sus textos publicados en distintas editoriales, entre ellas El chanchito ediciones, sello que él fundó, al igual que el semanario Brecha, que inició a su regreso a Uruguay en 1985. Hablando de publicaciones periódicas, entre sus oficios también fue editor del mítico semanario Marcha y del diario Época.

Entre su nacimiento y su muerte hay miles de palabras en decenas de libros y artículos, dichas en múltiples discursos, retomadas por cientos de miles de jóvenes y adultos, hombres y mujeres inconformes con los gobiernos a todo lo largo y ancho de este planeta, en todas las entrevistas concedidas, en todas esas frases que rondan en Internet, en todos los artículos que publicó en La Jornada, su casa, y en todos los sueños que compartió para hacer de éste un mundo menos peor.

Entre su nacimiento y su muerte están su primer libro, Los días siguientes, y Mujeres, una antología que acaba de publicar en España Siglo XXI Editores y del cual presentamos un adelanto en estas páginas. Entre esos dos habitan Las venas abiertas de América Latina, libro que el entonces presidente venezolano Hugo Chávez regaló a su homólogo estadunidense Barack Obama durante la quinta Cumbre de las Américas, en abril de 2009.

Galeano decía: esa fue una broma; si hubiera querido que lo leyera, se lo habría dado en español.

Hace unos días el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, dio a conocer que había recibido la firma de Galeano contra el decreto por el que Obama calificó al país sudamericano de amenaza. En México, uno de sus últimos textos publicado por La Jornada fue Leo y comparto, dedicado a los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos.

“Los huérfanos de la tragedia de Ayotzinapa no están solos en la porfiada búsqueda de sus queridos perdidos en el caos de los basurales incendiados y las fosas cargadas de restos humanos.

Los acompañan las voces solidarias y su cálida presencia en todo el mapa de México y más allá, incluyendo las canchas de futbol, donde hay jugadores que festejan sus goles dibujando con los dedos, en el aire, la cifra 43, que rinde homenaje a los desaparecidos.

Siempre del lado de los pobres, de los indignados, su activismo social y compromiso con los desprotegidos lo llevó a Chiapas a conocer de cerca al Ejército Zapatista de Liberación Nacional –mantuvo un intercambio epistolar con el subcomandante Marcos, ahora Galeano–, y vertió lo vivido en ese estado del sureste mexicano en diversos artículos, por ejemplo, en Una marcha universal, publicado por este diario el 10 de marzo de 2001, donde escribió:

“Año 1914, año 2001: Emiliano Zapata era en el DF por segunda vez. Esta segunda vez viene desde La Realidad, para cambiar la realidad: desde la selva Lacandona llega para que se profundice el cambio de la realidad de todo México.

“Desde que emergieron a la luz pública, los zapatistas de Chiapas están cambiando la realidad del país entero. Gracias a ellos y a la energía creadora que han desencadenado, ya ni lo que era es como era.

Los que hablan del problema indígena tendrán que empezar a reconocer la solución indígena. Al fin y al cabo, la respuesta zapatista a cinco siglos de enmascaramiento, el desafío de estas máscaras que desenmascaran, está despegando el espléndido arcoiris que México contiene y está devolviendo la esperanza a los condenados a espera perpetua. Los indígenas, está visto, sólo son un problema para quienes les niegan el derecho de ser lo que son, y así niegan la pluralidad nacional y niegan el derecho de los mexicanos a ser plenamente mexicanos sin las mutilaciones impuestas por la tradición racista, que enaniza el alma y corta las piernas.

Eduardo Galeano es recuerdo de esas cosas que el poder –político y económico– quiere que se olviden.

Galeano, eres memoria.