domingo, 23 de abril de 2017

Argentina y su relación con Gran Bretaña en la primer mitad del siglo XX*

Reproducimos algunos pasajes de una nota de Sir Malcolm Robertson-embajador inglés en la Argentina hasta noviembre de 1929- publicada en “The Times” en octubre 1930:
“... El objeto de este artículo es poner de relieve las razones por las cuales un país que no pertenece al Imperio, debe considerarse como parte de él (...) Gran Bretaña tiene de 500 a 600 millones de libras esterlinas invertidas en la Argentina. No es esta manifestación aplicable a muchas de las regiones que integran el Imperio (...) Hay, en Gran Bretaña, unos 32.000 kilómetros de ferrocarriles. Los ferrocarriles argentinos, de propiedad y gerencia británica, constituyen una red de más de 25.000 kilómetros y esta red se extiende sin cesar (...) La casi totalidad de las locomotoras, material rodante, rieles, accesorios mecánicos y carbón es adquirida en Gran Bretaña lo cual, por ende, proporciona ocupación segura a miles de obreros británicos. Esta política ha provocado críticas (en la Argentina) contra las compañías porque, aunque nuestro material es, sin duda, el mejor, no resulta, ciertamente, el más barato. Casi todo el capital se halla en poder de miles de accionistas británicos y su renta anual satisface impuestos británicos por valor de varios millones. Ello da pábulo a otra de las censuras argentinas toda vez que, si no hubiese que pagar ese impuesto, podríase emplear más dinero en las líneas o en la reducción de las tarifas de transporte. Además de los ferrocarriles, tenemos allí tranvías, obras hidráulicas, gasómetros, empresas de utilidad pública de toda clase. Hasta hace poco tiempo eran nuestros los teléfonos. Hemos construido puertos y sistemas de irrigación. Las entidades británicas, tales como Bovril, Liebigs, La Forestal y la Argentina Southern Land Company, sin hablar ya de los particulares, poseen millones de acres de terreno y millones de cabezas de ganado. Y la mayor parte de estas entidades y sus empleados británicos, hombres jóvenes de los de fibra verdadera, realizan asimismo sus compras en Inglaterra, siempre que pueden (...) Los beneficios son buenos y pagan los correspondientes impuestos británicos. Por lo que se refiere a los fletes, la mitad de las 11.000 toneladas que entran anualmente en los puertos argentinos, es británica y una parte considerable de esta mitad ha sido construida especialmente para el comercio de carne chulea, en el que compite con varias líneas extranjeras subvencionadas. Estimo que si imponemos a ciegas una tasa a todos los artículos alimenticios de procedencia extranjera, lesionaremos gravemente a esos gigantescos intereses británicos de la Argentina, reduciremos el dividendo que reciben cientos de miles de accionistas británicos y dejaremos sin trabajo a los obreros británicos, precisamente cuando más necesitamos dárselo (...) La producción de Argentina es estrictamente agrícola y ganadera (...) Si reducimos nuestras importaciones de estos productos, nos asestaremos, a nosotros mismos, un rudo golpe. A veces, se pone de relieve que nosotros compramos anualmente de 75 a 80 millones de libras esterlinas de artículos alimenticios argentinos y que la Argentina solo nos compra de 25 a 30 millones de productos manufacturados (...) Se olvida que los 50 millones de libras del balance desfavorable están ampliamente equilibrados por los 25 millones de intereses del capital británico y por los beneficios de nuestro comercio y transporte.”

*Extraido del libro "De la Banca Baring al FMI: historia de la deuda externa argentina de Norberto Galasso