domingo, 9 de abril de 2017

9 de abril de 1948: Los muertos de Deir Yassin

Carlos de Urabá
Por orden del terrorista Ben Gurion, las bandas paramilitares sionistas ejecutaron a sangre fría a unos 150 vecinos, en su mayoría mujeres, ancianos y niños
Con el paso del tiempo la masacre de Deir Yassin se ha convertido en el símbolo de la lucha del pueblo palestino por su independencia. Afortunadamente sobreviven testigos directos del trágico suceso que nos relatan de viva voz lo acontecido aquel día 9 de abril de 1948. Los muertos hablan a través de sus familiares, de sus hijos, de sus nietos. Intentaron exterminar su linaje y borrarlos para siempre de la faz de la tierra, pero ahora más que nunca esos muertos resucitan en nuestras conciencias para que jamás los olvidemos.

En la primera guerra árabe-israelí y durante el desarrollo de la operación Naasón, diseñada por Ben Gurión, se les encomendó a las bandas paramilitares sionistas del Argon (comandada por Menaghen Beguin) Tsfai Leumi, Haganáh y Shteren (a la cabeza de Yitzhak Shamir) la misión de conquistar la estratégica colina sobre la cual se asentaba el pueblo de Deir Yassin. Desde allí se domina el camino entre Jerusalen a Tel Aviv que abre la puerta de la ciudad tres veces santa. Armados con ametralladoras, granadas y cuchillos los paramilitares ejecutaron a sangre fría a unos 150 vecinos, en su mayoría mujeres, ancianos y niños. Los testigos nos describen los pormenores de este espantoso crimen en el que no faltaron violaciones, torturas y degollamientos. Unos hechos dantescos cometidos contra unos civiles desarmados que demuestran un alto grado de vileza y cobardía. Al menos los matarifes se mostraron clementes cuando abandonaron a 55 niños huérfanos en la puerta de Jaffa para que se hiciera cargo de ellos el gobierno jordano.

Deir Yassin a pesar de todo sigue siendo un lugar hermoso y más ahora que los almendros en flor perfuman los campos imprimiendo un extraña sensación de melancolía. Hemos buscado inútilmente algún indicio que nos revele las huellas del pasado pero entre la maleza apenas quedan los vestigios del antiguo cementerio cuyas tumbas han sido profanadas. Talvez el único consuelo sean los hermosos jardines de amapolas que nos regala la primavera.

En 1948 el pueblo de Deir Yassin localizado a 5 kilómetros al oeste de Jerusalén contaba con 800 habitantes dedicados a la explotación de una cantera de roca caliza y a las labores del campo (cultivo de olivares, almendros, manzanos e higueras) Tras la derrota árabe la zona fue rebautizada con el nombre de Givat Shaul, (topónimo extraído de la Tora, Samuel 15:34) perteneciente al distrito de Mezuzah de Jerushalayim. En el que residen gran cantidad de judíos ortodoxos. En el mismo tiene su sede el centro Yad Vashem dedicado a la memoria y el estudio del holocausto nazi. Un poco más al norte se distingue el cementerio judío de Har Hamenuhot (el «monte del reposo» descrito en la Torá) La mayoría de las casas antiguas de Deir Yassin se conservan intáctas y acogen el hospital psiquiátrico de Kfar Shaul cuyo recinto está protegido por una valla metálica y cámaras de seguridad. En los años 50 el gobierno de Israel repobló estos montes -que los hebreos denominan Har Nof- con miles de pinares que actualmente conforman el parque natural «el Bosque de Jerusalén» Dada su extraordinaria belleza paisajística atre a los especuladores inmobiliarios pues el precio del suelo y de la vivienda se cotiza por las nubes. Entre los proyectos más resonados debemos mencionar el de la comunidad judía-venezolana que pretende construir un gran condominio de lujo que lleva el nombre de Pninat Har Nof. El cual. según sus promotores. albergará un supermercado, gimnasio, SPA, parque infantil, piscina y salón de fiestas.

Desde 1937 Ben Gurión y la Agencia Judía venían ideado los planes de limpieza étnica que se aplicarían en el futuro estado de Israel. Siguiendo los consejos del visionario Theodor Herzl decidieron que era necesario expulsar a los árabes del territorio conquistado para reemplazarlos por colonos judíos de la aliyá supervivientes del holocausto y de la persecución antisemita. Aunque si querían obtener la victoria primero debían prepararse militarmente y adquirir armamento moderno. Gracias al apoyo de los banqueros y millonarios judíos como el Barón Rothschild y la complicidad de las potencias mundiales lograron dicho objetivo.

Antes del comienzo de la segunda guerra mundial oleadas de judíos asquenazis procedentes de Europa Oriental y la Unión Sovietica y judíos sefarditas comenzaron a emigrar a Palestina dispuestos a fundar colonias y kibutzines. Venían con el deseo de imponer su cultura, otra lengua, otra filosofia de la vida en una tierra donde habitaba un campesinado autóctono cuyas raíces se remontan a miles de años de historia. Ellos pretendían desplazar a los campesinos palestinos a los que calificaban de seres arcaícos y primitivos, e implantar un modelo de sociedad al estilo occidental en Oriente Medio. Se iba a acabar la edad oscurantista para dar paso al progreso y la modernidad.

La matanza de Deir Yassin como la de Zeitun, Tantura, Lydda, Al Dawayima hizo parte de un plan destinado a sembrar el terror con el fin de expulsar a la población civil palestina de sus hogares. Al día siguiente de consumada la masacre las milicias sionistas, para borrar toda huella que los incriminara, transportaron los 150 cadáveres de las víctimas a las afueras del pueblo donde abrieron una fosa común para enterrarlos -fosa que al parecer hoy estaría situada justo debajo de un gigantesco deposito de agua que abastece Ghivat Shaul. Según los mandos de la Haganáh esa «gloriosa victoria» allanó el camino a la creación del nuevo estado de Israel.

La versión sionista de la historia niega categóricamente que se haya producido dicha masacre y prefiere denominarla «un enfrentamiento armado con lamentables daños colaterales» porque la misión de los paramilitares se limitaba a neutralizar un batallón de soldados iraquíes apostados en el centro del pueblo. O sea, un objetivo militar legítimo. «La propaganda antisemita ha exagerado los hechos pues los iraquíes disfrazados con burkas utilizaron a niños y mujeres como escudos humanos». La Agencia Judía y la Haganáh al término de la contienda enviaron sendas cartas de disculpa al rey Abdallah de Jordania reconociendo el «trágico error». Para muchos judíos ultranacionalistas la conmemoracion del día de Deir Yassin significa una ofensa contra el estado de Israel. (...)

El gobierno de Israel insiste en que a los palestinos se les invitó a permanecer en sus casas y que se integraran como ciudadanos de pleno derecho del naciente estado. Pero la mayoría rechazaron la propuesta pues prefirieron obedecer la orden de desalojo temporal lanzada por la Liga Árabe. Se anunciaba una gran contraofensiva para recuperar el terreno perdido y echar los judíos al mar. Pero ésta jamás llegó a realizarse pues en 1949 Egipto, Jordania, Líbano y Siria decidieron cada una por su lado firmar el Armisticio de Rodas que fijaba las condiciones de alto el fuego, es decir, el reconocimiento de la derrota.

Lo sucedido en Deir Yassin, sostienen los investigadores israelíes, no se ajusta a la verdad. Los países árabes fueron los que provocaron el conflicto al no aceptar la resolución 181 de la ONU emitida por la Asamblea General en 1947 que decretaba al partición de Palestina. Israel fue el agredido y no el agresor como erróneamente se piensa.

En los colegios israelíes se les enseña a los alumnos que la Guerra de Independencia de 1948 fue una «heroica victoria» conseguida por los supervivientes del holocausto y los judíos de la diaspora. Después de 2000 años de exilio el pueblo judío, el pueblo elegido por Adonai regresaba a la tierra prometida.

«Los refugiados palestinos encontarán su sitio en la diaspora. Los que puedan resistir sobrevivirán gracias a la selección natural, los otros simplementre morirán. Algunos persistirán, pero la mayoría se convertirán en basura humana, la escoria de la tierra y se hundirán en los niveles más bajos del mundo árabe». Predicciones del Ministerio de Asuntos Exteriores Israelí en la década de los setentas.

Tuve la suerte de conocer a varios habitantes de Deir Yassin que residen en el campo de refugiados de Jabal Hussein, en Amman, Jordania. Esta es un villorrio hediondo y vergonzoso completamente opuesto a su idílica morada ancestral. De veras que a estas personas les ha caído un castigo inmerecido que ellos acatan con estoicismo en nombre de Allah. Hice amistad con la familia de Abu Sharif Samur, Abu Mohamed y Abu Ahmed que fueron expulsados de Ramala y Jerusalén Este al finalizar la guerra de los Seis Días en 1967. Es increíble pero su único anhelo es regresar lo más pronto posible a Deir Yassin o al menos se conforman con que los dejen morir en la madre patria Palestina.

A pesar de que han pasado 65 años de la masacre de Deir Yassin las heridas continúan abiertas pues el recuerdo de la tragedia está muy fresco todavía. Muchos perdieron allí sus padres, sus madres, sus hermanos, tíos, primos o abuelos Por eso es una obligación más que sagrada reivindicar la memoria de los caídos. De lo contrario sería darle la razón a esa sentencia pronunciada por Golda Meir que decía: «los viejos morirán, y los jovenes olvidarán». De ahí que sea tan importante la solidaridad internacional, los colectivos sociales y la asociaciones de apoyo a la causa Palestina para mantener en alto el espíritu de resistencia.

Como es el caso de la organización Zochrot (memoria en hebreo) fundada en Tel Aviv en el 2002 por Eitan Bronstein. Este es un proyecto surgido en seno de la sociedad civíl judía que está empeñada en abrir caminos de reconciliación con los palestinos. Su filosofía se define en « conmemorar, testimoniar reconocer y reparar » Su principal propósito es convertir a Deir Yassin un centro educativo dedicado a la paz y la memoria. No hay futuro si no se reconstruyen la relaciones entre árabes y judíos. Es necesario abrir canales de diálogo al márgen de los estamentos oficiales antes de que de odio y de venganza emponzoñen los corazones
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Los invasores saben que todo lo que poseen es producto del robo y el expolio, que ellos son unos intrusos que han levantado una nación sobre una tierra que no les pertenece, una tierra que tiene unos propietarios con nombres y apellidos. Su poder se basa en el terror y en su sofisticado arsenal armamentístico que es la única garantía de supervivencia.