viernes, 17 de marzo de 2017

Hace más de un siglo, frente a otra crisis Desde la Argentina se teorizó sobre el manejo de liquidez y tasas

Fernando Del Corro*

“Creo que el porvenir aprenderá más de (Jean Silvio) Gesell que de (Karl Heinrich) Marx”. El comentario le corresponde al gran economista inglés John Maynard Keynes y puede encontrarse en el Capítulo VI del Libro VI de su famoso libro “Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero”. Capítulo que le es absolutamente dedicado. Ningún otro economista, aunque como en el caso del inglés Arthur Cecil Pigou haya sido profusamente citado, mereció tanto espacio específico como Gesell en la obra de Keynes.

Nacido en Bélgica en 1862, vivió en la Argentina -donde escribió sus principales trabajos de teoría económica- durante muchos años, fue ministro en la efímera República Soviética de Baviera (7-11-1918/3-5-1919) y falleció en Alemania en 1930. Sus principales temas de preocupación, siempre basados en lo social, se relacionaron con la cuestión de la liquidez monetaria y la tasa de interés, temas que siguió durante la crisis argentina de 1890, de la que fue testigo y donde pudo apreciar la desenfrenada emisión por bancos privados garantizados por el estado.

Millones han visitado, y lo seguirán haciendo, el balneario de la costa atlántica argentina del que es epónimo pero casi nadie sabe que el nombre original es el de “Villa Silvio Gesell”, con el que lo fundó su hijo Carlos Idaho Gesell, aunque con el correr de los años el Silvio se haya perdido en la toponimia oficial. Tampoco los gobiernos ni la academia le han dado reconocimiento alguno. Claro está que menos lo podía hacer el poder económico, sobre todo cuando entre sus postulaciones estaba la de la nacionalización de la tierra.

Cuando el presidente ecuatoriano Rafael Vicente Correa, destacado economista de academia, recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires (UBA) reivindicó la circunstancia de que la economía forma parte de las ciencias sociales descalificando las generalizaciones matemáticas similares a las que podría hacer un médico que dijera que un paciente cuya cabeza está en un horno y sus pies en una tina con agua helada se encuentra equilibrado. El producto per cápita es buen ejemplo de ello mientras unos acumulan y otros pasan hambre.

Correa no mencionó tampoco a Gesell pero reivindicó a los que habían hecho aportes no desde la academia (nuestro belga-argentino-alemán nunca había pasado por la universidad) y hasta coincidió con él en sus diferenciaciones con el marxismo, atendibles más allá de que pueda o no acordarse con ellas. Por ejemplo, entre sus coincidencias, marcó la referida a permitir la libre competencia aunque, por cierto, descartando la existencia de esa “mano invisible” que hace funcionar de una manera quasi ideal los mercados.

De muy joven había incursionado en otras áreas, como la química y la ingeniería en las que fue seguido por su hijo Carlos, y hasta escribió un librito titulado “¿Conoció Moisés la pólvora?”. Pero es la crisis de 1890 la que lo mete de lleno en la economía y así dio a luz su primera gran obra: “El sistema monetario argentino, sus ventajas y perfeccionamiento” a la que siguió, pero ya en 1906, su libro más conocido: “El orden económico natural” en el cual, para algunos fundamentaciones, genera un supuesto diálogo entre Robinson Crusoe y un visitante de la isla.

Es tiempo de la temporada estival que tiene a Villa Gesell como un importante centro turístico y Correa hizo algunos comentarios a su paso por la UBA pero ¿son esos los únicos motivos para recordar a alguien que, a partir de su estudio de la realidad argentina hizo teoría económica para el mundo?. No, es la misma crisis mundial contemporánea la que hace rememorar a Gesell, aún con todos los errores que le apuntó Keynes. La guerra de monedas, la emisión sin límites, las anómalas tasas de interés son temas que hacen repensar algunas de sus ideas.

“Como otros economistas académicos, juzgué que sus esfuerzos, profundamente originales, no eran mejores que los de un chiflado”, se autocriticó Keynes respecto de la obra de Gesell. Este sólo había tenido, hasta entonces, entre los primeros, el solitario reconocimiento del estadounidense Irving Fisher en su “Teoría cuantitativa del dinero”. Claro que el “profeta”, como gusta llamarlo el mismo Keynes, había generado un sinnúmero de discípulos en diferentes sectores políticos y sociales en la Europa de entre guerras.

Cuando hoy se observa una sistema mundial de neto corte financiero donde el dólar estadounidense, hasta no hace demasiado la moneda de reserva internacional, es emitido sin contrapartida en la economía real con su consiguiente depreciación e impulsa un proceso inflacionario y cuando virtualmente ha desaparecido la tasa de interés en las hasta no hace mucho naciones más estables y poderosas como los Estados Unidos de América, el Japón y la Unión Europea, no parece tan descabellada aquella idea geselina del “dinero sellado”.

El fundador de la “Casa Gesell”, dedicada a artículos para bebés en la hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires, decía que la preferencia por la liquidez partía del bajo o ningún costo de la acumulación monetaria frente a la depreciación de los restantes bienes (con excepción de la tierra que debía ser pública, como ya se señaló) por lo que propuso un impráctico sistema de depreciación del dinero vía impuestos. Keynes terminó aceptando esa postura teórica aunque agregando otros activos a dicho criterio como los metales preciosos y la moneda extranjera, entre varios.

Curiosamente ahora los manejos financieros son de los menos gravados y la preocupación de los gobiernos del hasta hace poco llamado “Primer Mundo” se centra en el salvataje de los grandes bancos responsables del colapso contemporáneo mientras en la economía real crece el número de desocupados y los problemas sociales tienden a agravarse a pesar de la proliferación de vendedores de las baratijas del optimismo. Hoy las tasas de interés tienden a cero en ese ex Primer Mundo, como quería Gesell, pero hay formas y lugares donde especular.

*Fernando Del Corro, Periodista e historiador. Docente en Historia Económica Argentina en la Facultad de Ciencias Económicas (FCE) de la UBA. Secretario General de redacción en la agencia de noticias Télam.