viernes, 10 de marzo de 2017

En los caminos vacíos de La Forestal

Osvaldo Bayer

Salimos a buscar el año ‘21 en sus recuerdos y lo encontramos en su realidad. Hemos recorrido el norte santafesino con el dolor y la ironía que deja la comprobación que el año 1921 vale para el 2001, ochenta años después. Se cumplen ochenta años de las sangrientas huelgas obreras de La Forestal. Ojalá que en todo colegio secundario los docentes y alumnos se pregunten el porqué. El porqué de tanta crueldad contra los obreros, de tanta obsecuencia de los políticos de turno para con el poder económico en tiempos de democracia, el porqué de tanto egoísmo criminal de la gigantescas fábricas de tanino.

La Forestal es el ejemplo más claro de la explotación capitalista de un lugar y su método egoísta que finalmente termina en ser la más absoluta depredación. Compra miles de hectáreas de quebrachales, construye las fábricas de tanino, exporta millones de toneladas y, cuando la riqueza natural se termina, se va llevándose hasta los bulones. Deja nada más que tierra arrasada, abandono, miseria, tristeza, decepción. La mejor muestra está en los pueblos abandonados que dejó y que van siendo reconstruidos lentamente por los hijos de los explotados.

La primera pregunta es: ¿qué hicieron los gobiernos argentinos con sus partidos “nacionales” y las dictaduras militares que tocaban el clarín antes de sus proclamas contra los “enemigos de la patria”. El capital inglés tuvo siempre un sueño de hadas; nadie lo molestó, sólo se preocupó de enviar las divisas con gusto a sangre y quebracho directamente a Londres. Es una caricatura perfecta de aquello que el capital viene a ayudar a los pueblos subdesarrollados. Fue el mismo esquema del petróleo en tantas latitudes de los países de la colonia y la dependencia.

Eso sí, cuando los obreros de los bosques y los caminos reaccionaron por su dignidad, vino el garrotazo, la celda, la humillación, la muerte. Basta leer esta denuncia en la legislatura santafesina, llevada a cabo por el diputado Salvadores, en 1921. Habla del “martirio del dirigente obrero anarquista Teófilo Lafuente”. Para muestra basta un botón. Un historia eterna de la policía y de la Gendarmería argentina. Teófilo Lafuente, denunció el legislador, fue conducido desde Vera hasta Villa Guillermina por el sargento Julio Luna. Desde la estación hasta la comisaría fue llevado al trote, a punta de sable, mientras algunos gendarmes descargaban sobre sus espaldas una verdadera lluvia de golpes con los sables y los winchesters. En la policía, Goñi sometió a este obrero lleno de entereza a suplicios verdaderamente brutales. Con intermitencias breves se le aplicaban terribles palizas en las que se emplearon frecuentemente las carabinas por el caño, esgrimiéndolas como garrotes. Los intervalos entre paliza y paliza debían ser soportados por la víctima cumpliendo severísimos plantones con la cara vuelta a la pared y colocado siempre sobre un cajón o una silla para que los demás compañeros del infortunado pudieran observar quién era el martirizado, invariablemente se le anunciaba que el plantón había terminado con una bofetada a la que seguía una lluvia de golpes y puntapiés. Frecuentemente se lo invitaba a declarar contra sí mismo y contra sus compañeros y su firme respuesta: “no tengo nada que decir” era recibida con nuevos golpes. Pero no era suficiente, señores diputados, este suplicio brutal; era necesario para saciar la crueldad y los instintos verdaderamente feroces de los verdugos, unir al martirio de la carne el tormento del ultraje infamante, para aprobar la altivez y la hombría de este modesto obrero. Colocáronlo sobre una silla y se ordenó a los demás detenidos, 40 o 50 hombres que desfilaran uno poruno delante del martirizado y lo escupieran en la cara. Después se siguió apaleando todavía a Lafuente hasta que su resistencia física fue vencida y cayó de boca en la puerta del calabozo siendo empujado a puntapiés hacia al interior. Fue cuando el comisario Goñi ordenó a un teniente de la Gendarmería que por la noche condujera la víctima al monte y cumpliera “su deber”. El prólogo de la desaparición de personas que aplicarían medio siglo después los militares argentinos.

Pero claro, esto parece una crónica más de la represión brutal que sufrieron en todos los gobiernos los obreros luchadores por los derechos de los hombres y mujeres del trabajo. No, lo más increíble y sorprendente fue que el gobernador radical de Santa Fe, Enrique Mosca, dicta una ley donde crea la Gendarmería volante para actuar en las tierras de La Forestal aceptando para su equipamiento, y los gastos que demande el escuadrón, la donación de la propia empresa de un fondo para esos fines represivos.

Es una desvergonzada intervención del gobierno elegido por el pueblo para reprimir al pueblo. Es interesante, además, leer en los documentos de la Legislatura santafesina que a “los comisarios de los pueblos de La Forestal, el gobierno radical les asigna un sueldo mensual de 150 pesos, pero La Forestal les pasa oficialmente una subvención mensual de 450 pesos mensuales y una partida de 70 pesos para forrajes. La empresa británica, como si fuera poco, les da a los jefes policiales: casa habitación, luz, leña, caballos y armas. En los almacenes de La Forestal los uniformados podían adquirir lo que quisieran a precios muy ventajosos”.

Después nos preguntamos de dónde nacen los defectos de nuestra democracia. Estos antecedentes nunca fueron revisados por la Legislatura ni por el gobierno nacional de Hipólito Yrigoyen que justo seguía gobernando después de los fusilamientos de la Patagonia y de la bestial represión de la Semana Trágica.

Se cumplen ochenta años de las huelgas de La Forestal. Otro de los hechos ignorados por la historia oficial. Fue el digno Gastón Gori quien con su libro La Forestal dejó todo al desnudo. Y Gori es seguido hoy por historiadores jóvenes como César Ramírez y David Quarin quienes van descascarando el muro de silencio que acompañó a las depredaciones de La Forestal y la indiferencia de los gobiernos provinciales y nacionales.

Si comenzáramos a analizar la conducta de los monopolios, el método de las grandes empresas y la política del último cuarto de siglo nos encontraríamos con una gangrena que carcome nuestra democracia. Aunque tengamos presos en coquetas casas de fin de semana a alguno de los inspiradores y seguidores de esta política de oprobio, habría que revisar las relaciones globalizadas de los que aceptan los dictados del capital cuando amenazan retirarse del país que explotan.

Dejamos los caminos vacíos de La Forestal. Duele la burla. En casi todas las ciudades santafesinas hay una calle con el nombre de Enrique Mosca, el que dio una guardia uniformada a la empresa para que ningún obrero osara luchar por sus derechos. En cambio, en ningún lado se lee ni siquiera una placa en recuerdo a Teófilo Lafuente, el digno luchador por los derechos humanos en esa tierra rojiza.