sábado, 7 de enero de 2017

Hace 111 años, por una guerra, nació la relación con Japón

 Patricio Del Corro

 El 7 de enero de 1904, en el puerto de Génova, autoridades argentinas entregaron a sus pares japonesas los acorazados Moreno y Rivadavia, de reciente adquisición por el Gobierno del presidente Julio Argentino Roca, para que sirvieran a la emergente potencia asiática en la guerra que ésta se aprestaba a tener, a la postre, victoriosamente, con Rusia.
La construcción del acorazado Moreno fue autorizada (al igual que la del Rivadavia)
 en 1908 como respuesta a la pareja brasileña Minas Gerais y Sao Paulo,
lo que agregó más tensión en el continente.

El año pasado, los príncipes herederos nipones Akishito, Fumihito y su esposa Kiko desarrollaron una serie de actividades de tres días en la Argentina tras haber estado previamente en Perú para conmemorar los 140 años del inicio de las relaciones diplomáticas, donde visitaron sitios históricos de gran relevancia de las tradicionales culturas andinas. En esta oportunidad, en la Argentina, se conmemoró el quincuagésimo aniversario del tratado de migración entre ambos países, celebrado en 1964.

Antes de ese 7 de enero de 1904, la relación entre la Argentina y Japón tenía muy corta historia. Recién en 1886 había llegado Kinzo Makino, el primer inmigrante japonés recibido en la Argentina. En sentido inverso no se registraban tampoco antecedentes.

El 3 de febrero de 1898, en Washington, se había firmado el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación; el 18 de enero de 1901, cuando era canciller Luis María Drago, ambos países establecieron sus relaciones diplomáticas. En 1902, Japón nombró un representante en Buenos Aires y en 1903 la Argentina abrió un consulado en Tokio.

En esas circunstancias la Argentina y Chile se aprestaban a la guerra, luego solucionada mediante los "pactos de mayo", en tanto que en el Pacífico Norte era inminente la confrontación entre el Imperio de los Zares y el Imperio del Sol Naciente. En este caso, Rusia y Japón no tardaron en ir a la guerra. Chile tenía mejores relaciones con Rusia; la Argentina las entabló con el Japón, que contaba con las simpatías del Gobierno de Londres. Chile y la Argentina habían comprado armamento en Europa, entre ellos poderosos barcos; el hoy Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte pretendía que no llegaran a destino.

Japón y Rusia también necesitaban armarse, pero los tiempos no alcanzaban. El desenlace del conflicto era inminente y construir las naves llevaba tiempo. Los acorazados para la Argentina estaban listos en Génova en los astilleros Ansaldo, donde habían sido comprados, a su vez, para evitar que lo hiciera el Brasil, virtual aliado de Chile. Tras unas negociaciones, el acorazada Moreno y el Rivadavia le fueron cedidos a Japón. Hubo un problema y fue que la tripulación argentina estaba preparada ya para operarlos, y no existía una japonesa que la pudiera reemplazar en lo inmediato. Eso hizo que los barcos debieran ser conducidos por marinos argentinos, hasta adiestrar a otros nipones, aunque sólo en el tema logístico. El propio encargado de traer originalmente los buques a la Argentina, el entonces capitán Manuel Tomás Domecq García, nacido en Paraguay y luego ministro de Marina del presidente argentino Máximo Marcelo Torcuato de Alvear, partió a bordo de las naves.

El futuro almirante Domecq García, más tarde pionero del submarinismo nacional, participó como observador en las dos batallas navales más importantes de la guerra ruso-japonesa, ganadas por los hijos del Sol Naciente, a bordo del Moreno, rebautizado como Nisshin (buque insignia de la flota nipona), mientras el Rivadavia lo fue como Kasuga. Cuando el 6 de febrero, un mes después, se produjo el rompimiento de las relaciones entre Moscú y Tokio, los barcos cedidos por la Argentina ya se encontraban en Singapur tras un viaje en el que se usaron para el abastecimiento bases del Reino Unido (que además había movilizado su propia flota para facilitar la travesía) y el 13 de abril participaron de la primera de las batallas mencionadas, la de Port Arthur, mientras que la segunda, que selló el dominio final japonés en el mar, fue la de Tsushima, el 27 de mayo de 1905.

En ese mismo 1905 quedó habilitada la embajada argentina en Tokio y en 1908 llegó la primera migración de japoneses a este país, la de los viejos tintoreros. Desde entonces, salvo entre 1944 y 1952, cuando las relaciones entre ambos países se vieron interrumpidas como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, en la vieja Cipango de Marco Polo el reconocimiento hacia la Argentina ha sido perenne como que se mantuvieron buenos términos con todos los gobiernos, independientemente de su origen. El propio actual emperador Akihito visitó dos veces el país, una como príncipe heredero y otra tras haber asumido.

El barón Tsunayoshi Megata, recordado por el tango de Luis Alposta y Edmundo Rivero ("A la Megata"), quien por 1913 se enamoró de la música ciudadana porteña en el "Armenonville" de París y que en los años 20 la llevó de la capital francesa a Tokio y fundó la primera academia para su enseñanza casi en nuestras antípodas, se encargó del resto. No es casual, entonces, la pasión japonesa por el tango, que también tuvo sus grandes intérpretes que visitaron la Argentina, donde no faltó quien descollara, como aquella bella e inolvidable Ranko Fujisawa, fallecida hace pocos meses, quien en los años 1950 fue vocalista de Aníbal Troilo.