viernes, 6 de enero de 2017

El gato y el fuego

Osvaldo Soriano

Fragmentos de “Una educación sentimental”, publicado en Página/12, 28 de noviembre de 1993
La primera película que vi fue un cortometraje del Gordo y el Flaco en el que todo el mundo se tira tortas de crema a la cara. Todavía me hace morir de risa, aunque Ojo por ojo, de 1929, es mucho mejor. La casualidad hizo que en la primera novela que contó en mi vida, Laurel y Hardy aparecieran de nuevo, esta vez como vampiros. La leí en 1961 y conservo el ejemplar de la colección Minotauro, mortecino y pegado con cinta scotch. Es Soy leyenda, de Richard Matheson, el tipo que hace unos días, ya viejo, se jugó la vida en el incendio de California para salvar a su gato. Me hubiera gustado ver las películas del otro, un tal Duncan Gibbins, que sí murió en el intento. (...)


La mitología dice que, al morir, los gatos van a sentarse sobre la redondez de la luna. Hay quienes sólo pueden verlos en las noches claras. Otros los vemos en todas las penumbras. Gibbins hacía películas de segunda clase y llevaba a su gato a todas partes. Matheson, en cambio, es un gran novelista. En 1954 empezó su carrera con un relato que entró en todas las buenas antologías de ciencia ficción: Nacido de hombre y de mujer. Ese mismo año publicó Soy leyenda, una fábula de vampiros de rara originalidad. El gusto por contar historias se lo debo primero a Matheson. Después vino Chandler con su mirada desencantada y hostil. Un mundo de tipos grandes como roperos, noches lluviosas y rubias fatales.


Los fantásticos vampiros de Matheson, entre los que estaban Laurel y Hardy, y el realismo romántico de Chandler sobreviven a las modas y las vanguardias porque el lector quiere verse ahí en sangre de papel. Necesita leer sus miedos. Con eso Stephen King escribe ahora una obra excesiva e inquietante. En uno de sus libros, un personaje acusa de plagiario al narrador, le mata el gato y se lo deja frente a la puerta. Es un momento insoportable en la literatura de terror. Algo cercano a los escalofriantes efectos de H. P. Lovecraft. Todos los escritores con corazón se han ganado un gato que los sigue y los protege. Tal vez el de Gibbins, cercado por el fuego, le haya pedido auxilio en nombre de los gatos inspiradores: el del Dante, el de Baudelaire, el de Lewis Carrol, el de Borges. (...)


Yo creía, Dios me perdone, que Matheson se había muerto de viejo. Pero no: allí estaba, peleando frente al fuego, apartando maderas en llamas, abriendo un camino para que su gato pudiera escapar con él. En el revoltijo alcanzó a salvar una carpeta con su último manuscrito. Es que siempre cuando uno rescata un manuscrito, hay un gato adentro. (...) Richard Matheson perdió todo: la casa, los muebles y los premios, pero alcanzó a salvar lo esencial: esa mirada que lo sostiene por las noches, cuando la palabra no viene y la novela no avanza. Esa mirada que nos atornilla al sillón, ese ronroneo que precede a la llegada del diablo.