jueves, 15 de diciembre de 2016

Oscar Niemeyer, el perseguidor de la gracia y la levedad

Eric Nepomuceno*
(La Jornada/Pagina 12)
Publicado el 10 de diciembre de 2012




Catedral de Brasila
   La verdad es que, luego de un mes en el hospital, Oscar Niemeyer estaba cansado. La voz casi no se dejaba oír. Dijo a la mujer, Vera, que estaba aburrido de quedarse tanto tiempo en la habitación toda blanca. Pidió volver aquella misma tarde al estudio. Había mucho trabajo por delante. Dijo también que todo lo que quería era un café y una empanada. Y entonces quedó quieto, quietito, y al otro día se murió. Se fue el miércoles, 5 de diciembre. Faltaban 10 días para que cumpliese 105 años.

Ha sido un ícono de la arquitectura contemporánea. Creó más de mil proyectos. Unos 600 han sido realizados y cambiaron el paisaje en Argelia e Italia, en Francia y Brasil, en Estados Unidos y España. Son obras en 15 países. Fue el arquitecto de los desafíos. Diseñó líneas imposibles, formas libres y sueltas en el espacio, buscó equilibrios inexistentes. Para él, la arquitectura era sorpresa e invención, o no era nada. Desconoció la dureza de la materia. Quiso doblarla, impregnar la materia de una audacia desconocida. Y lo hizo, persiguiendo la gracia y la levedad.
De todas sus obras, quizá la más conocida sea el conjunto de palacios de Brasilia. Allí está la síntesis de lo que había diseñado antes y el punto de partida para todo lo que diseñó después. Niemeyer dijo siempre que era una arquitectura diferente de lo que se había visto antes. Los palacios pueden gustar o no, pero nadie podrá decir que antes había visto algo igual. Puede que haya visto mejores, pero iguales no. Y contaba también que construir una ciudad ha sido fantástico. Pero luego el sueño se acabó, precisamente en el día de la inauguración. No subí al palco de las autoridades: me quedé abajo, con los peones que habían trabajado para construir una ciudad donde no podrían vivir. El mundo soñado era imposible. Dejábamos de ser iguales.
En las obras que creó y esparció por medio mundo aparece, nítida, la obstinación con que persiguió lo nuevo, y la asombrosa capacidad de inventar espacios cada vez más amplios para los osados vuelos de su imaginación, para su persistencia en desafiar las imposibilidades.
Los arquitectos de varias y seguidas generaciones, y los estudiosos y teóricos de la arquitectura dedicaran océanos de tinta para analizar su obra e intentar desvelar sus misterios. En el pequeño e íntimo despacho que mantenía en los fondos de su estudio de Copacabana, la cueva donde recibía a los amigos más allegados, había alrededor de 80 libros sobre su obra, en media docena de idiomas. Nunca los leyó. Más de una vez me dijo, con una sonrisa que oscilaba entre la picardía y la melancolía, que a él le gustaría ser recordado en las enciclopedias con una frase corta: Niemeyer, Oscar: brasileño, arquitecto; vivió entre amigos, creyó en el futuro.
Decía uno de los arquitectos más admirados del siglo XX que la arquitectura, en última instancia, no tenía ninguna importancia. “Importante –decía– es la vida, los amigos, la mujer amada y la necesidad urgente de cambiar este mundo injusto.”
Trabajó hasta el final. A sus largos 104 años de vida seguía llegando todos los días al estudio, y cuando le preguntaban por qué continuar trabajando a esas alturas de la vida, la respuesta era siempre la misma: “El trabajo me distrae. A mi edad, más vale estar ocupado para no pasar el tiempo pensando tonterías“.
Algunas tardes le gustaba quedarse solo, en su despacho, repasando la vida e imaginando lo que vendría. Contaba: A veces, el pasado aparece y recuerdo a mis hermanos, a los amigos ya perdidos para siempre, y entonces una tristeza mansa e silenciosa me invade. Otras veces, lo que irrumpe es la miseria del mundo, esa miseria inmensa que los más ricos aceptan, indiferentes.
Esa obstinación, la necesidad de cambiar el mundo, quedó registrada en la pared de su estudio, escrita con su letra firme y vigorosa: Cuando la vida se degrada y la esperanza huye del corazón de los hombres, la revolución es el camino a seguir.
En los años de dictadura militar en Brasil, lo detuvieron, y uno de sus inquisidores quiso saber cómo pretendía cambiar la arquitectura. Con serenidad, Niemeyer contestó: No quiero cambiar la arquitectura, lo que quiero es cambiar esa sociedad de mierda. Fue fichado como correspondía: subversivo en más alto grado. También así –rebelde, inconformado– lo recordaré.
Nos conocimos en 1984, quizá 1985. Hemos convivido por más de 20 años. Guardo de Niemeyer, para siempre, una frase: La vida es un soplido. Y decía: Están los que aseguran que después de que me muera vendrán otras personas a ver mis obras. Pero esas personas igual morirán. Y vendrán otras y otras, que también morirán. La inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad.
Y si la vida es un soplido, había que vivirla a fondo y a cada segundo. Lo único que importa mientras estemos, decía, es abrazar a los amigos, buscar ser feliz. Y, claro, cambiar el mundo.
Eso, y nada más. Y así vivió.
*Periodista brasileño

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5 grandes obras de Oscar Niemeyer
(Hipertextual)

Con la muerte de Niemeyer en Río de Janeiro a los 104 años de edad se va uno de los grandes nombres de la arquitectura del siglo XX. Pionero y revolucionario, no dejó de trabajar en su obra hasta el final de sus días, una obra clave en la arquitectura moderna, lo que se denominó Movimiento Moderno.
Oscar Niemeyer
Las citas con las que iniciamos esta entrada sirven de referencia para entender la gran obra del artista. El hormigón armado fue parte de la esencia de Niemeyer, descubriendo en el material de construcción un mundo de posibilidades plásticas y constructivas hasta entonces desconocidas. Junto al material, su obra y diseños mostraban siempre la pasión por las curvas, un aspecto que definía como clave dejando de lado los ángulos rectos:
No es el ángulo recto lo que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida. De curvas se hizo todo el universo, el universo curvo de Einstein.
De sus palabras podemos entender como nacieron muchas de sus principales obras, fue el arquitecto que levantó la ciudad de Brasilia como nueva capital de su país, el mismo que participó en la construcción de la Sede de la ONU en Nueva York, la Torre Copan de Sao Paulo o el Congreso Nacional de Brasil.
Sea como fuere, se va uno de los nombres claves de la arquitectura moderna que no dejó de trabajar en su obra hasta el final de sus días. Les dejamos con cinco grandes obras del arquitecto, posiblemente el gran referente y maestro de la era moderna:
Museo de Arte Contemporáneo de Niterói
Realizada por Niemeyer a los 100 años de edad, el museo se levantó en la ciudad de Niterói y es una de sus señas de identidad. El edificio tenía 16 metros de alto y una cúpula con un diámetro de 50 metros con tres pisos.
Museo de Arte Contemporáneo de Niterói
Catedral de Brasilia
Terminada en 1970, se trata de la catedral metropolitana de la ciudad de Brasilia. Una enorme estructura hiperboloide de secciones asimétricas construida sobre hormigón y cuyo techo de vidrio parece abrirse al cielo.
Catedral de Brasilia
Congreso Nacional brasileño
La obra, inaugurada en 1960, significó la transferencia de la capitanía de Río de Janeiro a Brasilia. Sede del poder legislativo federal en Brasil, la estructura está compuesta por dos semiesferas a los lados (Senado y Cámara de Diputados) junto a dos torres de oficinas.
Congreso Nacional brasileño
Palacio Planalto
Sede del poder ejecutivo del Gobierno Federal brasileño, el edificio comenzó a construirse en 1958 como parte del proyecto de Niemeyer en Brasilia. Consta de cuatro pisos de altura y tiene una superficie de 36.000 m². Su idea era proyectar una imagen de simplicidad y modernidad utilizando líneas y ondas para componer las columnas y estructuras exteriores.
Palacio Planalto
Sede de las Naciones Unidas en Nueva York
Niemeyer participó junto a un reputado grupos de arquitectos (entre ellos Le Corbusier) en la elaboración del proyecto del edifico principal de las Naciones Unidas en la ciudad de Nueva York en 1952.
Sede de las Naciones Unidas en Nueva York