jueves, 29 de diciembre de 2016

Los otros tesoros del Banco Nación

Eduardo Parise
Publicado el 25 de mayo de 2010

Para algunos, la gran puerta de entrada de Buenos Aires es el ancho Río de la Plata. Otros la ubican en alguna cabecera ferroviaria, en la Terminal de Omnibus o en el Aeroparque Jorge Newbery. Pero si de grandes puertas se trata, la Ciudad tiene unas que, por ubicación, tamaño y estructura, se destacan: son las ocho que muestra el imponente edificio central del Banco de la Nación Argentina.

Instaladas en esa espectacular obra inaugurada oficialmente hace 66 años y que se luce frente a la Plaza de Mayo, las puertas realizadas en hierro y bronce se accionan con un sistema electromecánico manejado con una central de relojes. Y moverlas en cada apertura o cierre demanda unos cinco minutos. ¿Por qué? La respuesta es muy simple: cada una tiene un peso que varía entre las diez y las diecisiete toneladas. Es decir: tanto como uno de esos gigantescos camiones que, cargados, circulan cada día a unos metros de allí, por la vecina y transitada avenida Eduardo Madero.
Pero aunque llamen la atención, las puertas no son el único tesoro de ese edificio que ocupa toda la manzana delimitada por la avenida Rivadavia y las calles Reconquista, Bartolomé Mitre y 25 de Mayo. Pensada a fines de los años 30 por el arquitecto Alejandro Gabriel Bustillo Madero (1889-1982), la obra posee 40 metros de altura medidos desde el nivel de la calle y unos 100.000 metros cuadrados de superficie cubierta.
Por fuera, el edificio está recubierto de una piedra especial traída desde la zona de Balcarce. Adentro, en cambio, las paredes exhiben una superficie hecha con mármol travertino y los pisos son de granito. En los despachos se lucen revestimientos confeccionados con maderas de cedro y caoba. También hay otros dos datos asombrosos que sirven para darle dimensión a la obra: los corredores de todo el edificio suman unos cinco kilómetros y se calcula que existen unas 1.600 puertas.
Y como si todo esto no fuera suficiente para otorgarle categoría de obra maestra, la sede principal del Banco Nación tiene algo mucho más impactante aún: su cúpula central. Considerada en el nivel de las más imponentes del mundo (entre las que se destacan la de San Pedro, en el Vaticano; la del Capitolio, en Washington; y la del Duomo de Florencia, en Italia), la bóveda porteña tiene 36 metros de altura y 50 de diámetro.
La estructura corona la convergencia de cuatro diagonales que en la planta baja salen desde cada esquina de la construcción y desembocan en un gran salón sin columnas, rodeado apenas por ocho pilares que se encargan de recibir toda la carga del edificio, calculada en más de 50.000 toneladas.
Los datos asombrosos de semejante construcción se completan con las estructuras del segundo subsuelo, donde están las casi 12.000 cajas de seguridad y el gran tesoro del banco, un gigantesco cuadrado de 50 por 50 metros y cuatro de altura. Según datos del propio Bustillo, esa estructura está apoyada en pilares de casi un metro y rodeado de paredes que adentro contienen láminas de hierro ondulado, para evitar perforaciones. Además, en caso de incendio, el tesoro se inunda en menos de quince minutos.
Es, esa zona del subsuelo, la que algunos denominan “el hueco de las ánimas”, como se conocía al gran terreno donde está ahora el banco. Allí, en tiempos de la colonia había existido un enterratorio. Y dicen que, cada tanto, por el lugar circulan algunos fantasmas de los muchos que transitan Buenos Aires. Pero esa es otra historia

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