martes, 27 de diciembre de 2016

El poder del dinero: la creación del FMI

Mario Rapoport

El 27 de diciembre se produjo un nuevo aniversario de la entrada en funcionamiento del Fondo Monetario Internacional, a fines de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Si recordamos sus orígenes, el FMI no fue gestado para el tipo de objetivos y acciones que hoy pregona, mientras que muchas de las quejas que suscitan sus políticas y pedidos de reforma o transformación en otro tipo de organismo coinciden con el sentido que intentaron darle, salvo en lo que hace a su democratización (el peso de los países no es el mismo), sus principales creadores: el norteamericano Harry Dexter White y el británico John Maynard Keynes. Algo que no ha dejado casi rastros dentro de la institución.

Los primeros borradores del organismo fueron escritos durante el gobierno del presidente Franklin D. Roosevelt, en plena guerra mundial, en 1941, cuando el pensamiento económico norteamericano estaba influido por ideas prekeynesianas o keynesianas y cuando hasta el mismo Keynes llegó a intervenir en la formulación de sus bases con un plan alternativo al propuesto por Estados Unidos.

A principios de la década del ’40, White, subsecretario del Tesoro, comenzó a redactar un proyecto para la creación de un organismo financiero supranacional en el marco de la política exterior norteamericana, con el fin de garantizar la estabilidad monetaria, financiera y del comercio a nivel mundial. EE.UU. intentaba evitar los errores cometidos en el pasado, tras la Primera Guerra, al haber predominado en su seno las tendencias aislacionistas, desatendiendo el curso de la economía y la política mundiales que no pudieron mantener un orden estable.

En los borradores de White las funciones de este organismo estaban dirigidas a otorgar financiamiento a los países que sufrían problemas de balanza de pagos a fin de evitar los clásicos ajustes ortodoxos, las devaluaciones competitivas y los procesos deflacionarios, juntamente con el establecimiento de medidas para regular los flujos de capitales internacionales. El control de capitales era uno de los pilares fundamentales en la búsqueda de la estabilidad monetaria internacional. En ese sentido, White señalaba que el Fondo podría negar el uso de sus recursos a aquellas naciones que no quisieran reducir las salidas “ilegítimas de capitales”. Una afirmación que se contradijo, años más tarde, con el financiamiento que hizo el FMI a la fuga de capitales en los países en desarrollo a fines del siglo XX y comienzos del XXI, como ocurrió con la Argentina.

Esa posibilidad –decía White– fortalecería el poder de los gobiernos nacionales ayudando a mejorar su capacidad para controlar exportaciones de capital inconvenientes. En palabras de uno de los principales historiadores del FMI, James Boughton: “Los flujos de capitales debían ser controlados, porque de otro modo se volverían una fuerza independiente y destructiva contra las relaciones comerciales normales entre las naciones”. Incluso el objetivo inicial era que los países pudieran asegurar políticas de pleno empleo sin agotar sus reservas internacionales: el crédito internacional serviría para que pudieran continuar con políticas expansivas.

Así, una de las principales preocupaciones de White, plasmada en el proyecto del Fondo de Estabilización (luego Fondo Monetario Internacional) era el de “facilitar la expansión y el crecimiento equilibrado del comercio internacional, contribuyendo al fomento y mantenimiento de altos niveles de ocupación y renta real, así como al desarrollo productivo de todos los miembros”.

El plan presentado por Keynes, si bien difería significativamente en cuanto a la forma y funciones del organismo, coincidía en algunos ejes centrales, como la necesidad de abandonar el laissez faire y de controlar los capitales. Una de las principales diferencias del Plan Keynes con el Plan White era que en el primero se otorgaba crédito en forma automática a los países con déficits en la balanza de pagos, mientras que, en el segundo, era función del organismo aprobar los créditos. Finalmente, estas controversias comenzaron a definirse en julio de 1944 cuando se reunieron en Bretton Woods los representantes de 45 países (aunque en verdad dos, Estados Unidos y Gran Bretaña, llevaron la voz cantante). White había modificado sus planes iniciales en pos de transformarlo en un proyecto centrado en la constitución de un fondo de estabilización internacional basado en el dólar, con una clara hegemonía norteamericana, dado que entendía que era estrictamente necesario dejar a un lado las cuestiones más polémicas del plan para que pudiera sobrevivir a la oposición de los banqueros internacionales y del ala más conservadora de su gobierno.

No obstante, una discusión prevaleció, entre otras, referida a la capacidad de los países en incidir en la dirección del Fondo. Si bien en el proyecto de White de 1942 los países de América latina que fueron invitados a participar reunían cerca del 34% de los votos, en el plan aprobado en 1944 sólo poseía el 2,85%. Como se puede imaginar, Estados Unidos reunía la mayor proporción de los votos, con una concentración de la mayoría de mismos tres países: EE.UU., Gran Bretaña y la URSS (que terminó por no adherir al organismo). Como señalan dos diplomáticos brasileños, Fernando Cardim y João Siscú, separando las presuntas intenciones originales de sus resultados: “La creación del FMI fue motivada por ideas progresistas que imperaban al fin de la Segunda Guerra –ideas de responsabilidad con los rumbos de la economía internacional, de su reconstrucción, ordenación y prosperidad–”, aunque más tarde, cuando entró en operaciones, “ya estaba contaminado por ideas conservadoras”.

Fue posiblemente por esas razones que el entonces presidente Perón rechazó el pedido de una delegación del Fondo en 1946 para integrarse al mismo. La Argentina no había participado en la Conferencia de Bretton Woods porque no se lo consideraba un país aliado durante la guerra. Sólo en 1956, el gobierno del general Aramburu aceptó la entrada en ese organismo y al mismo tiempo obtuvo el primer préstamo por parte del mismo. Desde entonces hubo con la Argentina seis ciclos de préstamos entre ese año y el 2002, mediante acuerdos en los que el país se comprometió a la aplicación de metas económicas consistentes en programas de ajuste.

En toda su trayectoria, las “recomendaciones” impuestas por el Fondo para el otorgamiento de créditos tuvieron como principal objetivo el de frenar la inflación y recuperar el equilibrio del sector externo, pero en vez de procurar expandir las economías en dificultades, las soluciones se encontraban en la aplicación de políticas monetarias y fiscales restrictiva y en la necesidad de poner límites a los aumentos salariales. Peor aun, a partir de los años ’70, ante la superabundancia de liquidez internacional, el FMI se dedicó a promocionar el endeudamiento externo de los países periféricos, que se hundieron en profundas crisis. Hoy se repiten en Europa las mismas medidas y condicionalidades que fracasaron totalmente en América latina y van a contramano de los fines para los que ese organismo fue creado. Los países desarrollados conocerán la misma medicina que soportamos en demasía los periféricos. La experiencia quizá lleve a crear otro organismo diferente, que el mundo entero, no importa su grado de desarrollo, reclamará en conjunto.