domingo, 4 de diciembre de 2016

El mundo sin Frank Zappa

David Torres
Publicado el 4 de diciembre de 2014

El sábado 4 de diciembre de 1993,  moría Frank Zappa, en su casa, arropado por su mujer y sus hijos. 21 años sin Zappa es demasiado tiempo, dos décadas y pico desamparados, huérfanos del genio más irreverente, divertido y descomunal de la historia del rock. Acaba de publicarse en español, con casi un cuarto de siglo de retraso, The Real Frank Zappa Book, un extraordinario libro autobiográfico en el que Zappa empieza explicando que en la tarea va a ayudarle Peter Occhiogriosso: “Es escritor y le gustan los libros. Incluso se los lee. Me parece bien que todavía se escriban libros, pero a mí me dan sueño”.

Sus memorias empiezan intentando delimitar la leyenda de la realidad, desmontando habladurías tales como la historia de que una vez se cagó en un concierto, de que se comió una mierda en el escenario o de que su verdadero padre era el Capitán Canguro, un personaje de una serie de televisión. La verdad es que el pequeño Frank se crió en una familia estadounidense procedente de emigrantes italianos, árabes, griegos y franceses. En medio de una infancia jalonada de brutales cambios de domicilio y barrabasadas varias, Frank descubre en la música un enorme continente inexplorado donde para él no hay fronteras. Disfruta lo mismo escuchando rythm & blues que música clásica. Un día, en una tienda, regatea con el dependiente y compra un disco de obras orquestales de Edgar Varèse que se apresura a poner en casa a todo volumen y que horroriza a su madre. Tras desgastar los surcos, pasa a Stravinsky, otro músico que le fascina por su sonido y su ritmo y que le lleva al estudio de la percusión. Al cumplir quince años su madre le pregunta qué quiere de regalo de cumpleaños y responde que una llamada de larga distancia para telefonear a Edgar Varèse; había sacado el número de una guía telefónica de Nueva York al deducir que un compositor con pinta de científico loco sólo podía vivir en el Greenwich Village. Zappa logró hablar con su mujer, ya que Varèse se encontraba de viaje en Ginebra, y cuando se enteró que estaba trabajando en una obra llamada Desiertos, se puso muy contento porque pensó que su músico favorito estaba escribiendo “una canción sobre su pueblo”.

Sus comienzos en el negocio del espectáculo, en diversos bares y locales de mala muerte, fueron durísimos y lo serían aun más a la hora de grabar su primer disco, cuando la banda que lideraba ni siquiera tenía nombre y andaban tan hambrientos que tuvo que pedirle un adelanto de diez dólares al encargado del estudio para que pudieran comer algo en una cafetería antes de la sesión. “Si no fuese por ese viejo tacaño” dijo, “quizá no existiría Freak Out!“. Alguien le advirtió que en el disco no podía aparecer el nombre bajo el epígrafe de The Mothers y así nació The Mothers of Invention. El primer álbum doble de la historia del rock tampoco fue lo que se dice un éxito, pero Zappa era un trabajador incansable que no se arredraba ante nada y que lo mismo escribía música orquestal que tocaba en salas de baile o en festivales de jazz. En uno de ellos, que tuvo lugar en Carolina del Sur en 1969, descubrió en los pasillos al gran Duke Ellington mendigando diez dólares como había hecho él unos años antes. Se quedó tan dolido y atónito que decidió disolver el grupo en ese mismo instante, un intermedio que duró casi un lustro, pero en el que no paró quieto un segundo.

Voy comprendiendo ya que resumir la vida y la obra de Zappa en unos párrafos es literalmente imposible y también inútil: les recomiendo que lean el libro. Tampoco se me ocurre una cosa mejor en la que gastar veinte euros, salvo quizá adquirir unos cuantos álbumes de esa inmensa discografía que es, tal vez, la más copiosa, variada y portentosa del último medio siglo en cualquier género. La imaginación musical de Zappa no daba abasto: había años en que llegaba a publicar cuatro, cinco o seis discos (la cosecha entera de muchos otros músicos), como si de algún modo supiera que el tiempo que le quedaba por delante era muy poco y hubiera decidido adelantar el trabajo. Aparte de uno de los guitarristas fundamentales del rock y uno de sus mejores letristas, Zappa era ante todo compositor y su dominio de las formas absoluto: lo mismo bordaba un simple estribillo, que una melodía incomparable, que colaboraba en un disco junto a Pierre Boulez, el engreído e intratable Papa de la música contemporánea.

Tuvo batallas legales contra la censura y juicios por obscenidad cuya lectura arranca, como tantas ocurrencias suyas, lágrimas de risa. Se presentaba cada cuatro años a las elecciones presidenciales en Estados Unidos y, por desgracia, no ganó jamás aunque, como dijo alguien, “sería maravilloso”. A pesar de su pinta estrafalaria y de su chocante sentido del humor, no había nadie más serio sobre un escenario y es célebre la orden, que cumplía a rajatabla, de que sus músicos no tomaran drogas cuando andaban de gira, a pesar de que parecían una plantación viviente de marihuana con barbas. En un concierto les pidió a unos marines borrachos que subieran a cantar y, al acabar, les entregó un muñeco y les dijo: “¿Por qué no mostráis al público cómo os ganáis la vida? Ahora imaginaos que es un bebé coreano”. Los marines despedazaron al muñeco a hostias mientras que The Mothers ponían la banda sonora. Cuando terminaron, Frank recogió lo que quedaba del muñeco destrozado y lo enseñó al público en medio de un silencio espeluznante.

En otra gira llevaba una jirafa hinchable de tamaño natural rellena de nata y, en un momento de frenesí absoluto, uno de los músicos la masturbaba y embadurnaba a las primeras filas del público. Cuando le preguntaron por qué la jirafa, Zappa respondió: “A veces no encuentro una nota lo bastante horrible como para expresar toda la angustia y la desesperación que siento, y entonces necesito una jirafa rellena de nata”. Quizá sea una anécdota falsa pero una vez me contaron que en Madrid tuvo los santos cojones de no cantar ni tocar una sola nota durante toda la actuación, limitándose a dirigir a sus músicos mientras permanecía frente al público sentado en una banqueta. Aún no había aparecido sobre las tablas ya bien empezado el concierto y la gente empezó a corear su nombre: “¡Frank, Frank, Frank, Frank!” Al final Zappa salió sin guitarra, con un micrófono y una banqueta, se sentó en ella, cruzó las piernas, más chulo que un ministro, y preguntó con cachondeo a la audiencia enloquecida: “¿Queriáis verme? Pues aquí estoy”. No, no estás, Frank, cacho cabrón, llevamos 21 años esperando.