martes, 6 de diciembre de 2016

Colombia, 6 de diciembre de 1928. La masacre de las bananeras


Revista Credencial Historia
(Bogotá - Colombia). 
Edición 190
Octubre de 2005

Después de varios días de huelga los obreros de la zona bananera en el Departamento del Magdalena, se enfrentaron con el ejército, desplegado allí para evitar alteraciones del orden público y “un golpe de mano” que tenían planeado los comunistas, organizadores de la huelga, según rezaba la propaganda difundida por distintos medios de comunicación. Sobra decir que impresos, pues entonces no había de otros. 

Ruinas del comisariato de Sevilla, cuya destrucción
se atribuyó a los huelguistas, que a su turno culparon a la tropa.
Mundo al Día, 1929
¿Qué pretendían los supuestos comunistas al lanzar a los obreros de las bananeras a una huelga que, desde el primer momento, fue calificada de subversiva por el Gobierno? ¿Qué intentaban subvertir los obreros de la zona bananera? ¿Acaso estaban formando un ciclón revolucionario bolchevique –como editorializaban los respetados periódicos conservadores y preconizaban desde los púlpitos los venerables representantes de Dios en la Tierra—ciclón que barrería con las vidas y haciendas de la gente de bien?

No podría explicarse, ni menos comprenderse, por qué ocurrió un episodio como la masacre de la Zona bananera del Magdalena, sin tratar de entender el influjo de un acontecimiento acaecido diez años antes, la Revolución bolchevique de Rusia, al concluir la primera guerra Mundial, y el establecimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, primera república socialista en el mundo, que a su vez produjo el nacimiento de dos corrientes opuestas: la de los que veían por fin materializado el ideal de la igualdad social y de la justicia verdadera, encarnado en Lenin y sus bolcheviques, la redención de las clases trabajadoras y la condena definitiva de la explotación del hombre por el hombre; y la de los que advirtieron en a revolución soviética una amenaza mortal para el orden capitalista, la desaparición de la propiedad privada y el establecimiento de la horrenda dictadura del proletariado. La primera corriente ganó muchos adeptos en todo el mundo. Los obreros se organizaron en sindicatos, las huelgas se extendieron y poco a poco los trabajadores le arrancaron al capital amedrentado concesiones y derechos con los que, diez años atrás, ni se hubieran atrevido a soñar.
Dirigentes de la huelga de las bananeras. De izquierda a derecha, Pedro M. del Río, Bernardino Guerrero, Raúl Eduardo Mahecha, Nicanor Serrano y Erasmo Coronel. En los encuentros con las fuerzas del gobierno murieron Guerrero y Coronel. 
En los albores de la revolución soviética el escritor liberal colombiano Max Grillo había pregonado, a mediados de 1919, que “los obreros [colombianos] desean formar un nuevo partido que tenga por programa las grandes reivindicaciones socialistas. El liberalismo, por evolución, puede ser ese partido socialista”. No eran palabras vanas. Los intelectuales liberales, su clase dirigente, su juventud, se lanzaron a una en pos del ideal socialista, ya aclamado por Rafael Uribe Uribe mucho antes de la revolución de octubre de 1917, como un imperativo para el liberalismo. Los patriarcas Baldomero Sanín Cano, Benjamín Herrera y Max Grillo, y los jóvenes Enrique Olaya Herrera, Alfonso López, Eduardo Santos, Luis López de Mesa, Eduardo y Agustín Nieto Caballero, Armando Solano, Benjamín Palacio Uribe, Luis Cano, Enrique Santos, Ricardo Rendón, María Cano, y varios centenares más de la extraordinaria Pléyade de liberales de la Generación del Centenario que supieron combinar el pensamiento con la acción, acordaron, al comenzar la década de los veintes, que el propósito sagrado del Partido Liberal, en su búsqueda del poder, era plasmar la reforma social, y acogieron en su plataforma no pocos de los postulados del socialismo soviético. 
Bernardo Castrillón, dirigente obrero, muerto durante la masacre del 6 de diciembre. Mundo al Día
Como es natural el Partido Conservador –en el que militaban personalidades progresistas como José Vicente Concha, Marco Fidel Suárez, Pedro Nel Ospina o Guillermo Valencia—no podía estar de acuerdo con las prédicas subversivas del bolcheviquismo, y las combatió sin tregua en el parlamento, en el Gobierno, en la prensa y en los púlpitos. Para 1928 el liberalismo –todavía minoritario en el Congreso—había popularizado su acción social y gozaba del fervor de las masas. Los obreros, a los que el sector más reaccionario del conservatismo calificaba de comunistas, eran fervientes liberales porque encontraban en los editoriales de la prensa liberal, en los discursos de los jefes del liberalismo, en la idea de la reforma social, su gran esperanza.
General Carlos Cortés Vargas
Asustados los jefes conservadores y los jerarcas de la Iglesia --que también eran jefes conservadores, o mejor, los verdaderos jefes—ante la catástrofe electoral que veían venir para 1930, y la inminente caída del régimen conservador, adoptaron estrategias desesperadas. Una de ellas fue la presentación de la ley 69, que so pretexto de reglamentar la actividad obrera, buscaba meter en cintura a los sindicatos y disminuir la capacidad de acción política de las masas liberales “comunistas”. Esta Ley 69, apodada “Ley heroica” por sus promotores, vedaba que los sindicatos atacaran el derecho de propiedad privada o desconocieran su legitimidad, les prohibía fomentar la lucha de clases y les desconocía el derecho de promover huelgas. La divulgación de escritos, carteles y publicaciones que respaldaron los actos declarados ilicititos por la ley 69, sería sancionada con severidad. En adelante los obreros se convertían en objeto de aguda vigilancia policial. Sancionó la Ley el Presidente de la República, doctor Miguel Abadía Méndez, jurista eminente, hombre probo, temeroso de Dios y más temeroso aún de los poderes terrenales que, tal la United Fruit Company, eran así mismo omnímodos, como lo dijese en alguna ocasión el doctor Eduardo Santos, Director de El Tiempo.
Zona central y plaza de la ciudad de Ciénaga. Cromos 1929

Huelga y Masacre 

Las gestiones entre el sindicato obrero de las bananeras, dirigido por Raúl Eduardo Mahecha, y la United Fruit Company, también llamada Compañía Frutera de Sevilla, llegaron a su punto culminante con la aprobación de la Ley Heroica. La United endureció sus posiciones y rechazó de plano el pliego de los trabajadores, cuyas peticiones principales eran la abolición del sistema de contratistas, el aumento general de los salarios, el descanso dominical remunerado, la indemnización por accidente y la construcción de viviendas decorosas para los obreros de la zona bananera. La Frutera de Sevilla rechazó esas peticiones “subversivas” amparada en la ley 69 de 30 de octubre de 1928 que había declarado la ilegalidad anticipada de cualquier pretensión obrero que tratara de obtener, mediante huelgas o cualesquiera otros medios “de fuerza”, concesiones por parte de los patronos. A los trabajadores de la zona bananera no les quedó otro recurso que ir a la huelga. Los Directivos de la United movieron enseguida su vasto aparato de influencias en el alto Gobierno, que desplegó un contingente del ejército, al mando del general Carlos Cortés Vargas, para proteger las propiedades en la zona bananera, las vidas de los directivos de la United, y el orden público amenazado por “los comunistas”. La huelga de los trabajadores de la zona comenzó el 12 de noviembre.
Las tropas al mando de Cortés Vargas se dirigen hacia Sevilla, Magdalena,
 sede de la compañía frutera. Cromos
Durante el lapso transcurrido entre el 12 de noviembre y el 6 de diciembre la huelga en la zona bananera no fue una noticia que llamara la atención de la prensa en la remota capital de la república, ni de las capitales departamentales. Los diarios conservadores se referían a ella como a una peligrosa conspiración comunista, y los liberales daban cuenta de las justas peticiones formuladas por los trabajadores de la zona bananera; pero sin mayor despliegue en unos y otros.
Aguardando a los huelguistas. Cromos

Los primeros comunicados recibidos en Bogotá daban cuenta de que los huelguistas, hasta ese momento pacíficos, manipulados por agitadores comunistas, habían emprendido una revolución de tipo bolchevique cuyo primer paso era la degollina de los directivos de la United Fruit y de sus familias, acto que debía ejecutarse el 6 de diciembre, lo que obligó a la pronta intervención del ejército. Los huelguistas, resueltos a llevar a cabo sus propósitos, enfrentaron la tropa que, a la orden dada por el general Carlos Cortés Vargas, disparó contra ellos, mató a varios, tomó el control de la zona y puso fin con éxito al movimiento subversivo. El Presidente de la república felicitó al general Cortés Vargas por haber salvado al país de la anarquía. 
Un día de trabajo en la zona bananera, cerca de Ciénaga.
 Mundo al Día
Hubo enorme confusión en las primeras versiones. Los despachos periodísticos hablaban en unos caos de “miles de muertos” y en otros de “unos pocos muertos y heridos”. La pensa liberal destacó el hecho de que se había disparados osbre obreros inermes que efectuaban una marcha pacífica compuesta por trabajadores, sus mujeres y sus niños, dato reconocido por el propio general Cortés Vargas, que justificó el abaleo en el supuesto de que los huelguistas habían puesto de mampara a las mujeres y a los niños en la creencia absoluta de que el ejército no se atrevería a dispararles y que así los obreros podrían llegar a salvo a los cuarteles de Ciénaga y apoderarse de ellos.
Doctor Ignacio Rengifo,
 Ministro de Gobierno ordenó el envio de tropas para reprimir la huelga en las bananeras.
 Caricatura de Gómez Leal, Cromos

El Debate. Gaitán en escena

Sin quererlo, el general Cortés vargas había colocado en primer plano noticioso la huelga de los trabajadores bananeros. La versión de los miles de muertos pujaba por las primeras planas con la de la conspiración comunista. Nadie podía decir con certeza cuántos obreros cayeron el 6 de diciembre, pero sí quedó establecido desde el principio que la tropa disparó sobre hombres y mujeres desarmados y que marchaban en paz, aunque vociferantes y con encendidas consignas revolucionarias. El editorial de El Tiempo del 7 de diciembre hizo un retrato magistral de la situación: 
Representante Jorge Eliécer Gaitán, quien promovió el debate en la Cámara, en 1929,
por los sucesos de la zona bananera el año anterior

“No es apropiado todavía llamar revolución, así con esa palabra trascendental que alude al intento de toma del poder con la violencia, el movimiento de las masas borrascosas del magdalena. Hay una huelga convertida en revuelta, en una revuelta desastrosa que nosotros no podemos, demás está decirlo, aprobar explícita o implícitamente y cuyos incidentes, escenas, y complicaciones perjudican ante los espectadores importantes de esta lucha sangrienta la causa justa de los obreros, el nombre del gobierno, el prestigio que debe ser intocable de las armas de la republica, y acaso, desgraciadamente, los más altos intereses del país. Desatada la violencia no es discutible la necesidad de restablecer el orden, y el gobierno principalmente es el llamado a realizar esa tarea. Pero resta averiguar si no hay medidas preferibles y más eficaces que las de dedicar la mitad del ejército de la República a la matanza de trabajadores colombianos a quienes, durante la huelga mantenida hasta hace poco en perfecto orden, hizo exaltar y enfurecer la presencia provocadora de las tropas movilizadas, la sustitución de funcionarios civiles por militares, la certidumbre larga, dolorosamente fundamentada de que la United Fruit Company tiene corrompida y dominada la organización del Estado en el departamento y la mayoría de los estamentos sociales directivos…”.
General Carlos Cortés Vargas
No eran acusaciones veniales y a partir de ellas el liberalismo, adalid de los trabajadores colombianos, asumió el sangriento episodio de las bananeras como el ariete con el que acabaría de derrumbar el muro del largo reinado conservador; pero era necesario primero aclarar los hechos y las circunstancia, para lo cual viajó a Ciénaga, y recorrió las poblaciones de Sevilla y Aracataca, el representante liberal Jorge Eliécer Gaitán.

Gaitán investigó a fondo. Realizó más de un centenar de entrevistas con obreros y pobladores de la zona, tomó fotografías de cadáveres insepultos y de los destrozos ocasionados en Ciénaga y Sevilla, que se atribuyeron en principio a los huelguistas y que, según la investigación de Gaitán, fueron ocasionados, en su mayor parte, por la tropa y por orden de su comandante el general Cortés Vargas. Armado con una documentación impresionante, regresó Gaitán a Bogotá, y los días 3, 4, 5 y 6 de septiembre de 1929 suscitó uno de los más intensos e históricos debates que se hayan vivido en el parlamento colombiano.

¿Qué demostró Gaitán en su debate? Demostró la grave situación de explotación a que eran sometidos los obreros de la zona bananera por la United Fruit Company; demostró la corruptuela en el departamento propiciada por esa compañía frutera, que en la práctica gobernaba los destinos del magdalena; demostró que los trabajadores no habían dado ningún motivo para que se disparara contra ellos, y probó a todas luces que la represión contra los huelguistas del Magdalena había generado un genocidio y que el número de trabajadores muertos por las balas oficiales en Ciénaga, Aracataca y Sevilla alcanzó, por lo menos, a trescientos.

Ruinas del comisariato de Orihueca,
 cuya destrucción se atribuyó a los trabajadores.
 Mundo al Día 

"La palabra del Presidente"

En uno de los apartes de su extensa intervención, el representante Jorge Eliécer Gaitán comenta los elogios prodigados por el Presidente de la República al general Cortés Vargas.

“Ya habéis oído leer [honorables senadores y representantes] la alocución del señor Presidente de la República. Habéis oído cómo allí se dice, hablando de los obreros, que ellos perpetraron ‘verdaderos delitos de traición y felonía, porque a trueque de herir al adversario político, no vacilan en atravesar con su puñal envenenado el corazón amante de la Patria’. Decidle, señores, al taciturno Presidente de la República que aplique estas palabras no a los obreros, que fueron las víctimas, sino que las aplique a los militares, a los cuáles él les ha hecho el más inconcebible elogio. Que el señor Presidente de la República se levante sobre la tumba de los sacrificados para escupir su hiel y su veneno, cuando por simples sentimientos de humanidad tales vocablos le estaban vedados ante la majestad de la muerte y del dolor, es cosa que causa ironía y que muestra las lacras de la mentida justicia humana. Y que no hable el Presidente de la República de hechos políticos, aquí donde sólo hubo por parte de los militares pecados contra los artículos del Código penal. Y en esa alocución misma habéis leído el elogio férvido, el elogio ilimitado que el señor presidente hace a quienes sólo merecen el dicterio de los hombres que tienen en estima los sentimientos esenciales de la bondad”.

El Debate. Gaitán en escena

Uno de los aludidos merecedor de esos dicterios era el comandante de las fuerzas del Magdalena, general Carlos Cortés Vargas, a quien Gaitán no se los ahorra. En otro aparte de su intervención, el representante liberal asume el análisis de la personalidad del general Cortés Vargas, (destituido del ejército dos meses y medio antes del famoso debate de las bananeras, no por los hechos de la masacre del 6 de diciembre de 1928, sino por su torpe actuación, como Director de la Policía nacional, en los graves sucesos del 8 de junio de 1929 en Bogotá, que acabaron de remachar el ya irreparable desprestigio del gobierno conservador).
Ruinas de la casa de los ingenieros de la United Fruit Company
en Sevilla. Su incendio se atribuyó a los trabjadores.
“Entremos a analizar un poco la personalidad del señor Cortés Vargas; pero no quiero hacerlo con conceptos míos; quiero apenas presentar documentos que los demuestren; y quiero hacerlo así porque a mí no me guía en esto ninguna animadversión contra ese señor; personalmente no me interesa; solo un deber imprescindible me obliga a demostrar ante vosotros quién era el supremo juzgador y cuáles sus actuaciones. Y esto tiene grande importancia para el efecto de los procesos. Porque aun cuando haya gentes ignorantes que piensen que esto es inútil, yo les digo que quienes hemos entregado un poco la vida a los estudios penales sabemos que un hombre o una corporación no pueden fallar sin antes entrar en el estudio de la personalidad del juzgador, de la personalidad del sindicado. Leamos ante todo una carta dirigida por el señor Cortés Vargas a Santa Marta a persona a quien el doctor Eduardo Castro, conservador, afirma ser agente de la United Fruit Company en el ferrocarril de Santa marta, después de haber sido expulsado del ejército. Carta en la cual se ultraja al arzobispo primado de Colombia. Y todavía más, al actual Ministro de Guerra, doctor Rodríguez Diago. Esta carta está rubricada por el señor juez primero del circuito de Santa Marta, debidamente autenticada ante él y consta aquí también la certificación de la persona que la facilitó. Esta carta parece que fue dirigida no con carácter privado sino precisamente para que la conociera todo el mundo en Santa Marta, ya que son numerosas las personas que allí la leyeron. Se pretendía con ella hacer alarde de la miseria y de la pobreza que diariamente predica el señor Cortés Vargas”.

A continuación el representante Gaitán leyó “la sensacional carta de Cortés Vargas”, escrita desde Chapinero el 1º. De julio de 1929 y dirigida al coronel Gabriel de Páramo en Santa Marta. La carta, que tiene como propósito pedirle al coronel de Páramo que le gestione un puesto con la United a un médico amigo del general Cortés Vargas (ya ex general), sirve para que su autor se desahogue y haga menciones desobligantes del arzobispo primado, Ismael Perdomo, y del Ministro de Guerra, además de mandarle recuerdos a Mr. George, ejecutivo de la United Fruit.
“Como tú sabes muy bien –dice Cortés Vargas en uno de los párrafos de su carta—Rodríguez Diago está de acuerdo con don Nicolás Dávila, por lo tanto con Robles y Núñez Roca; caído Rengifo ¿quién defiende el pleito de las bananeras? Nadie, mejor dicho, yo solo. Sabrás que va para esa Arbeláez, el nuevo director de la Policía, a investigar mis actuaciones en la zona; Rodríguez Diago lo manda para que se ponga de acuerdo con los villanos de allá. Ahora sí me llevó el diablo, de seguro que allá no habrá una persona que salga a decir la verdad, no a defenderme, que eso sería pedir mucho”.

Gaitán se limita a apostillar: “… No se lo llevará el diablo, como lo dice, porque bajo el nivel moral de la política en que nos asfixiamos, no sería extraño que mañana el señor Cortés Vargas fuera el Ministro de Guerra o el candidato a la presidencia de la República. Si este no fuera el país de los políticos corrompidos, no sería el diablo el que se llevara al señor Cortés Vargas, sino los guardias del panóptico”.

El diablo no se llevó al general Cortés Vargas, pero sí al régimen conservador, hundido por los muertos del 6 de diciembre y del 8 de junio. ESM

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El testimonio del presbítero

Francisco Angarita*
(Fragmentos)


Entre los documentos que aportó al debate de las bananeras el representante Jorge Eliécer Gaitán el que más impacto causó en la opinión fue la siguiente carta testimonio que el presbítero de Aracataca, doctor Francisco C. Angarita, le envió al parlamentario liberal:

“Es cierto, y lo supe porque así me lo manifestó el señor Víctor Pineda Barros, ex alcalde de este Distrito, que la policía había recibido orden del jefe civil y militar [general Carlos Cortés Vargas] para ultimar a los individuos que se encontraban en la cárcel de esta población con motivo de la huelga, tan pronto como los huelguistas se presentaran aquí. Parece que esta orden la dio el jefe civil y militar de la plaza cerca de la cárcel, pues algunos presos se impusieron de ella. Yo, temiendo que en realidad de verdad los huelguistas se presentaran aquí, ignorando el peligro en que pondrían a los infelices presos, o que, también los mismos militares fingieran un asalto, para tener un pretexto que justificara su crimen, traté de evitar ese derramamiento de sangre inocente, haciendo lo que pudiera. Por lo tanto me limité a salir repetidas veces a la cárcel cada vez que se oían las descargas cerradas que hacían las avanzadas, pues a cada una de ellas me parecía que ya se estaba llevando a cabo la inicua orden. Al día siguiente hablé con el jefe civil y militar acerca de lo que me habían informado, el cual me lo confirmó diciendo que era orden del Ministerio de Guerra y que si el caso llegaba se cumpliría. Yo le manifesté con alguna entereza que me opondría a ese asesinato a un a costa de mi vida.

“Es cierto que en varias ocasiones y en diversas formas llamé la atención sobre ciertos abusos contra la moral y la caridad cristiana que se perpetraban, no sólo aquí en Aracataca, sino también en los otros pueblos de mi parroquia: aquí los militares se creyeron autorizados para todo y por el hecho de estar trastornado el orden público, creyeron que ese trastorno afectaba hasta la ley de Dios. Así lo dije públicamente. Los infelices presos a quienes se mantenía encerrados sin darles manera de defenderse, se les obligaba a trabajar aun los días festivos y eso sin acordarse de que esos pobres no habían comido en muchos días. Los dineros públicos fueron destinados a obras que no se habían de concluir y otros destinados a cabarets; el dinero se les sacaba a los particulares en forma de multas o reduciendo a la cárcel por las deudas al fisco. 

Es cierto que un día, a fines de noviembre, trabé conocimiento con un señor Girón, quien me fue presentado en el ferrocarril al salir de Santa marta. Viajé con él y en el camino me hizo saber que él había trabajado por los obreros, pero que ahora pensaba apartarse de esas actividades y trabajar en un cine y que al efecto había tomado en arrendamiento el de los señores Di Domenico; que esperaba marchar de acuerdo conmigo, pues trataba de hacer una labor moralizadora, que era lo único bueno que podía ofrecerle hoy a los obreros. Al llegar aquí fue preso y preso estaba cuando los acontecimientos de Ciénaga y Sevilla. De aquí lo llevaron a Ciénaga para juzgarlo. Yo le presté pequeños servicios y le prometí declarar a su favor cuando el caso llegare. Así quise hacerlo. Fui a Ciénaga el día de su juzgamiento, pero no se admitió mi declaración por considerarse oficiosa, y además, como me dijo el capitán Garavito, no debía meterme en eso porque podía salir complicado como huelguista.

La cárcel donde estaban los cuarenta presos aquí en esta población, es una pieza pequeña, baja, sin techo, sin ninguna ventilación. Allí se mantenía a los infelices presos, a muchos sin comer ni en qué dormir, y teniendo que hacer sus operaciones naturales allí mismo.

La población del Retén fue víctima de muchas injusticias, hijas de enemistades personales de los empleados de la United Fruit con los vecinos.

Estos individuos era los señores Camilo M. Barreneche y un señor Fajardo, que sin saber por qué causa que lo justificara, tenían en su poder sendas listas de los individuos a quienes se debiera apresar, encarcelar y juzgar. Muchos de los que figuraban en esa lista fueron acusados como huelguistas no siéndolo en realidad. Por ejemplo: el señor José A. Meneses posee su finca inmediata a los predios de la United; varias veces han querido comprarla pero el por motivos particulares no ha querido hacerlo. Por este motivo Camilo Barreneche, que se vanagloria en declararse hijo de la compañía frutera, lo denunció como huelguista. Lo mismo aconteció con Marco Tulio Delgado, Justo Zuleta, José María Galvis y otros cuyos nombres no recuerdo.

Habiendo sabido que en el Retén habían quedado muchos heridos, solicité de los militares un vehículo para llevarles los auxilios espirituales a los que quisieran. No se me facilitó y aun se me dijo por el capitán Garavito: ‘Que no fuera a confesar a esos sinvergüenzas, que los dejara morir sin confesión, que lo merecían’. 

Averigüé la verdad sobre el número de los muertos que hubiera habido en el Retén, para registrar sus nombres en el libro de defunciones de la parroquia. Sólo se me informó de uno y de varios heridos; pero después persona muy autorizada en la diócesis me dijo que él mismo había visto la comunicación oficial en que se decía al Ministro de Guerra que el número de muertos pasaba de sesenta en el Retén. 

*Francisco C. Angarita, Presbítero” 

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La masacre en la literatura

Gabriel García Márquez

Si bien las cifras no son exactas y el episodio está envuelto de “Realismo Mágico”, existe, como en todo lo mítico, un componente de verdad, y en este fragmento de Cien años de soledad ese componente es desgarrador: 

“José Arcadio Segundo estaba entre la muchedumbre que se concentró en la estación desde la mañana del viernes. Había participado en una reunión de los dirigentes sindicales y había sido comisionado junto con el coronel Gavilán para confundirse con la multitud y orientarla según las circunstancias. No se sentía bien, y amasaba una pasta salitrosa en el paladar, desde que advirtió que el ejército había emplazado nidos de ametralladoras alrededor de la plazoleta, y que la ciudad alambrada de la compañía bananera estaba protegida con piezas de artillería. Hacia las doce, esperando un tren que no llegaba, mas de tres mil personas, entre trabajadores, mujeres y niños, habían desbordado el espacio descubierto frente a la estación y se apretujaban en las calles adyacentes que el ejercito cerró con filas de ametralladoras. Aquello parecía entonces, mas que una recepción, una feria jubilosa. Habían trasladado los puestos de fritangas y las tiendas de bebidas de la Calle de los Turcos, y la gente soportaba con muy buen ánimo, el fastidio de la espera y el sol abrasante. Un poco antes de las tres corrió el rumor de que el tren oficial no llegaría hasta el día siguiente. La muchedumbre cansada exhaló un suspiro de desaliento. Un teniente del ejercito se subió entonces en el techo de la estación, donde había cuatro nidos de ametralladoras enfiladas hacia la multitud, y se dio un toque de silencio. Al lado de José Arcadio Segundo, estaba una mujer descalza, muy gorda, con dos niños de unos cuatro y siete años. Cargó al menor, y le pidió a José Arcadio Segundo, sin conocerlo, que levantara al otro para que oyera mejor lo que iban a decir. José Arcadio Segundo se acaballó al niño en la nuca. Muchos años después, ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera, que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono el Decreto Numero 4 del Jefe Civil y Militar de la provincia. Estaba firmado por el general Carlos Cortés Vargas, y por su secretario, el mayor Enrique García Isaza, y en tres
 artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores y facultaba al ejército para matarlos a bala.

Leído el decreto, en medio de una ensordecedora rechifla de protesta, un capitán sustituyó al teniente en el techo de la estación, y con la bocina de gramófono hizo señas de que quería hablar. La muchedumbre volvió a guardar silencio.

-Señoras y señores-dijo el capitán con una voz baja, lenta, un poco cansada-, tienen cinco minutos para retirarse.
La rechifla y los gritos redoblados ahogaron el toque de clarín que anuncio el principio del plazo. Nadie se movió.
-Han pasado cinco minutos dijo- el capitán en el mismo tono-.Un minuto mas y se hará fuego.

José Arcadio Segundo, sudando hielo, se bajó al niño de los hombros y se lo entrego a la mujer. “Estos cabrones son capaces de disparar”, murmuró ella. José Arcadio Segundo no tuvo tiempo de hablar, porque al instante reconoció la voz ronca del coronel Gavilán haciéndoles eco con un grito a las palabras de la mujer. Embriagado por la tensión, por la maravillosa profundidad del silencio y, además, convencido de que nadie haría mover a aquella muchedumbre pasmada por la fascinación de la muerte, José Arcadio Segundo se empinó por encima de las cabezas que tenia en frente y por primera vez en su vida levantó la voz.

-iCabrones! –grito-. Les regalamos el minuto que falta. Al final de su grito ocurrió algo que no le produjo espanto, sino una especie de alucinación. El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea. De pronto, a un lado de la estación, un grito de muerte desgarró el encantamiento: “AYYY MI MADRE.” Una fuerza sísmica, un aliento volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el centro de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva. José Arcadio Segundo tuvo tiempo de levantar al niño, mientras la madre con el otro era absorbida por la muchedumbre centrifugada por el pánico.”