jueves, 23 de marzo de 2017

Apuntes sobre la tortura


Jose Pablo Feinmann

“En 1943 (escribe Sartre), en la calle Lauriston, unos franceses lanzaban gritos de angustia y dolor: toda Francia los oía. El resultado de la guerra no era seguro, y no queríamos pensar en el porvenir; pero había una cosa que nos parecía imposible: que un día se pudiera hacer gemir a los hombres en nombre nuestro. Lo imposible no es francés: en 1958, en Argel, se tortura, regular y sistemáticamente; todo el mundo lo sabe (...), pero nadie habla de ello” (Colonialismo y neocolonialismo, Losada, 1965, p. 54) Por decirlo claramente: en relación a la tortura, lo imposible no es francés, lo imposible no es argentino, lo imposible no es israelí ni norteamericano.

Hay una vergüenza de la que no se vuelve: la tortura. Cuando yo pensaba en los horrores de Trujillo, allá por los sesenta, me decía: “Eso no va a ocurrir en mi país”. Y decía “mi país” de un modo en que jamás volví a decirlo. Luego de Videla, ya no digo “mi país” con la inocencia con que solía. Sartre se sentía orgulloso de Francia (y de ser francés) durante la ocupación. Seguramente diría: “Mi país sufre, mi país es torturado”. Pero, ¿cómo decir “mi país” cuando es “mi país” el que tortura? ¿Cómo decir “mi país” cuando uno se avergüenza de lo que hace “su” país?

El texto que cité de Sartre apareció el 6 de marzo de 1958 en L’Express. Se utilizó como prólogo a un pequeño libro que publicó el periodista francés Henri Alleg bajo un título simple y elocuente: La tortura. Alleg había sido, entre 1950 y 1955, director del periódico Alger Républicain. Lo arrestaron los paras, es decir, los paracaidistas franceses, el grupo más cruel del ejército colonizador. (Prestemos atención: nuestros militares procesistas se inspiraron largamente en los paras de Argelia y desarrollaron con siniestra eficacia muchos de sus métodos de represión y tortura.) Alleg escribe: “En esta inmensa prisión superpoblada, cada una de las celdas alberga un sufrimiento, hablar de uno mismo es casi una indecencia. En la planta baja se halla la división de los condenados a muerte (...) ¿Las torturas? Hace ya mucho tiempo que esta palabra se nos ha hecho familiar a todos. Aquí son pocos los que se han salvado de ella (...) Noches enteras, durante un mes, he oído aullar a hombres que eran torturados y sus gritos retumbarán para siempre en mi memoria” (La tortura, Ediciones del Pórtico, Buenos Aires, 1958). Y más adelante: “Todo eso lo sé, lo he visto, lo he oído. Pero, ¿quién dirá lo demás? Al leer mi relato hay que pensar en los ‘desaparecidos’”. De este modo, Alleg confiesa la insuficiencia de su relato. El sabe, él vio, él oyó. Y todo eso está en su libro. Pero hay más. Están los “desaparecidos”. Por eso escribe: “¿Quién dirá lo demás?” ¿Quién dirá lo que sólo las víctimas podrían decir? ¿Quién dirá lo que las víctimas no dirán porque no están, porque desaparecieron? El relato de Alleg es el relato de la ESMA. Sartre ya no podía ser francés del modo en que lo era antes de la existencia de los paras. Uno ya no puede ser argentino del modo en que lo era antes de la ESMA.

La tortura –para su justificación– siempre se remite a la dialéctica entre medios y fines. Gillo Pontecorvo (en su film La batalla de Argelia, 1966, coproducción italiano-argelina) propone una escena reveladora sobre la cuestión: el general francés Ma-thieu –en el film eligieron llamar así al despiadado general Massu– se reúne con periodistas franceses. Los periodistas le preguntan si es cierto que las tropas francesas torturan. Muy sereno, Mathieu responde: “Señores, el tema no es la tortura. El tema es si queremos que Francia se quede o no en Argelia. Si ustedes quieren que Francia se quede, no me pregunten por los medios que empleo para lograrlo”. Ninguno de los periodistas se atreve a responder. Mathieu logró lo que buscaba: justificar los medios a través del fin. Videla podría haber dicho: “Señores, el tema no es la tortura. El tema es si queremos o no que la subversión sea derrotada. Si ustedes quieren que lo sea, no me pregunten por los medios que empleo para lograrlo”.

Solemos decir –desde la vereda del humanismo– que la tortura es un fenómeno que conduce a la inhumanidad tanto a la víctima como al verdugo. Walsh, al plantear la relación torturador-torturado, concluye que ambos se hunden en la abyección, en la inhumanidad, ya que la tortura “se extravía en las mentes perturbadas que la administran”, llega a la “tortura absoluta, intemporal, metafísica” y cede al impulso de “machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo”. Hay una paralela pérdida de la dignidad: la víctima la pierde porque habla, porque cede, porque delata y, al hacerlo, traiciona. Y el torturador la pierde porque –torturando– asume la figura del artesano del dolor instrumental, de la vejación. Este encuadre, sin embargo, pese a parecer terrible y explicitar una realidad dolorosa, tal vez insoportable, es optimista. Lo es porque plantea que el verdugo –al torturar– se hunde en la inhumanidad. Lo es porque, en el fondo, nos está diciendo que la tortura no es humana. Que el hombre es humano cuando no tortura y es inhumano cuando tortura. La afirmación “torturar no es humano” esconde otra: la tortura no pertenece a la condición humana. O a la dignidad humana. Que es lo mismo, ya que nos hemos acostumbrado a entender que cuando decimos “humano” estamos diciendo “digno”. Y cuando decimos “inhumano”, “indigno”. Pero toda reflexión implacable sobre la tortura nos conduce a asumirla como un fenómeno esencialmente humano. El torturador goza con el sufrimiento de su víctima, y este hecho –que un hombre pueda gozar martirizando a otro– lejos de ser inhumano es profundamente humano. Cuando el torturador ejerce su infame oficio no está hundido en la inhumanidad, sino que está exhibiendo una de las facetas de la condición del hombre: la de gozar con el dolor de los otros. Es injusto decir que los torturadores no son hombres sino bestias. Es injusto con las bestias: los animales no torturan.

Esta visión pesimista de la condición humana está presente en los textos de la Guía bilingüe de exposición de instrumentos de tortura desde la Edad Media a la Época Industrial. Es una exposición itinerante, es decir, se presenta en varias ciudades del mundo. Algunos de los instrumentos que se exhiben son: la “doncella de hierro”, el hacha, la guillotina, la rueda para despedazar, las jaulas colgantes, la “cuna de Judas”, los látigos para desollar, los aplastacabezas y los rompecráneos, el cepo, el potro, el aplastapulgares, el péndulo, el hacha para amputar las manos, el quebrantarrodillas, las pinzas ardientes, la pera oral, rectal y vaginal y las máscaras infamantes. Falta, sí, la picana eléctrica: es enteramente argentina.

El autor de los textos de la Guía de la exposición de los instrumentos de tortura se llama Robert Held y ha vivido en Nueva York, Inglaterra y Alemania. Es un hombre cercano a Amnistía Internacional y cercano, también, a estas temáticas. Esta cercanía ha determinado en él una visión no precisamente optimista de la condición humana. Escribe: “La expresión romana homo homini lupus, el hombre es un lobo para con los hombres, es una vil calumnia contra los lobos”.

Sería condenarnos a un aséptico ejercicio de reflexión no describir uno –al menos uno– de los instrumentos de tortura que detalla la Guía. Elijo el aplastacabezas. Held lo describe así: “Los aplastacabezas (...) gozan de la estima de las autoridades de buena parte del mundo actual. La barbilla de la víctima se coloca en la barra inferior y el casquete es empujado hacia abajo por el tornillo (...). Primero se destrozan los alvéolos dentarios, después las mandíbulas, hasta que el cerebro se escurre por la cavidad de los ojos y entre los fragmentos del cráneo (...) Los aplastacabezas todavía se usan para interrogatorios. El casquete y la barra inferior actuales están recubiertos de material blando que no dejan marcas sobre la víctima”. La tortura ha existido y existe por innumerables razones, pero su razón fundante, la que posibilita todas las demás (ya sea quebrar al militante, obtener información o castigar con extrema venganza y rencor) es que el torturador, por su condición de ser-humano, goza torturando. “En conclusión (escribe Held): la tortura florece hoy en la mayor parte del mundo, perfeccionada por la electrónica, por la farmacología y por la psiconeurología (...) Naturalmente tú, lector, lo desapruebas, como todos, o casi todos.” Y a continuación Held escribe el más pesimista de sus textos: “Pero es probable que nada cambie en tiempos próximos porque a ti, lector, una vez realizados los gestos que se dan por descontados, en el fondo te importa un bledo. Como a todos, o casi todos. Amnistía Internacional pone a tu disposición documentaciones completas e inimpugnables, y te pide un poco de apoyo; pero probablemente no sepas nada y no quieras saber, porque así la vida será más cómoda”. Sería deseable que no tuviera razón. O, al menos, que no tuviera tanta.

Sartre –en mayo de 1957– publica otra de sus notas sobre la represión colonialista de Francia en Argel. Sartre sabe que, en Argel, Francia tortura. Y escribe para alertar a sus conciudadanos acerca de esta aberrante realidad. Supone, en cierto momento, que todo mejoraría si los gritos de los torturados pudieran oírse: “Sin embargo, no hemos caído tan bajo que podamos oír sin horror los gritos de un niño torturado. Con qué sencillez, con qué rapidez se arreglaría todo, si una vez, una vez sola, llegasen esos gritos a nuestros oídos, pero se nos hace el servicio de ahogarlos. Lo que nos desmoraliza (...) es la falsa ignorancia en que se nos hace vivir y que contribuimos a mantener. Para asegurar nuestro reposo, la solicitud de nuestros dirigentes llega hasta minar sordamente la libertad de expresión: se oculta la verdad o bien se la tamiza”. Pero resulta muy difícil –a partir de cierto nivel de inevitable información– ocultar la verdad, y hasta tamizarla. Sartre –tomando la palabra del ciudadano francés que no quiere ser importunado con los horrores de Argelia– exclama: “¡Si al menos pudiéramos dormir, e ignorar todo! ¡Si estuviéramos separados de Argelia por un muro de silencio! ¡Si nos engañasen realmente!”. Si fuera así, deduce Sartre, el extranjero –es decir, quien mira a los franceses aguardando un gesto– “podría poner en duda nuestra inteligencia, pero no nuestro candor”. Es decir, podría pensar: “Los franceses no son inteligentes. Son cándidos, ya que con tanta facilidad se los engaña”. Y Sartre –es un texto impiadoso– concluye: “No somos cándidos, somos sucios”.