domingo, 20 de noviembre de 2016

México-Historias centenarias: El cadáver de Aquiles Serdán

Bertha Hernández*
Artículo publicado a la ocasión del centenario del inicio de la Revolución mexicana, el 20 de noviembre de 2010

Anochece este viernes del 19 de noviembre. MAÑANA, a estas horas, aún  estaremos celebrando y conmemorando el Centenario de la Revolución. El presidente acaba de reinaugurar un edificio que soñó Porfirio Díaz y que inauguró un presidente salido de la Revolución, y más aún , ubicado en eso que llamamos Maximato (qué oso, caray). Se acaba la montaña rusa de las conmemoraciones, al menos en el aspecto ritual, y aún hay mucho que escribir. Empiezo, entonces, por una pequeña historia de infancia.


Esta es la imagen del cuerpo maltratado del antirreeleccionista Aquiles Serdán, después del enfrentamiento que le costó la vida allá en Puebla. Y esa foto me da pie para contar como la memoria tiene que ver con nuestras vivencias personales, nos detona obsesiones, nos ayuda a construir caminos. La primera vez que vi esta imagen, tenía ocho años. Fue la primera fotografía, digamos, “histórica” que vi.

Mi maestra de tercer año de primaria era como la que seguramente muchos de los mexicanos de mi generación tuvieron: una señora, por la buena enormemente bondadosa, por la mala, de temer, armada con su regla de madera. Seguramente tenía unos setenta años cuando  la conocí, a doña Susana Figueroa de López, profesora de educación primaria en la escuela “Dr. Agustín Rivera”: me encanta eso de haber ido a una primaria con el nombre de este peculiarísimo cura liberal que corrió numerosas andanzas. En octubre de este año se cumplió un siglo que Porfirio Díaz mandó a callar al padre Rivera, porque ya llevaba una hora de rollo en la ceremonia de apoteosis a los héroes de la independencia. El que tuvo que afrontar el sofocón fue don Federico Gamboa, y el padre Rivera se quedó bastante ofendido.  Hoy día puede reeleerse a Rivera, cuate y compinche de Guillermo Prieto enlos últimos años de vida del Romancero, en un librito precioso, que acaba de poner a circular Conaculta: “Viaje a las Ruinas del Fuerte del Sombrero”, que a ratos es librito de historia como se escribía hace un siglo y cacho, y a ratos es reportaje, porque Rivera busca las huellas, más que de Xavier Mina, de Pedro Moreno. Y no entiendo por qué, cuando se armó la batahola y los jaliscienses se quejaron  de que el gobierno federal ninguneaba a Pedro Moreno en el traslado de los ilustres huesos (que no era cierto, pero nadie atinó a defenderse bien), a NADIE se le ocurrió mencionar este librito precioso, rescatado gracias a la inteligencia de Vicente Quirarte para esta colección tan mona que se llama Summa Mexicana.

Pero, de regreso a la infancia, debo decir que yo nunca había visto ni de foto y mucho menos de bulto, un cadáver. Un muerto. Los muertos eran personajes de las veinte mil consejas horrorosas y escalofriantes que mis condiscípulas de primaria conocían en detalle y que provocaban en casa verdaderos dramas cuando aquí su servilleta se negaba rotundamente a dormirse sin una lamparita que ahuyentara a la Llorona o a la Muñeca de Yeso, leyenda urbana que, en mis tiempos la contaban como patrimonio del Centro Escolar Revolución, que se merece su propia entrada en este reino, y que está a dos cuadras de la “Dr. Agustín Rivera”.
Ver a Aquiles Serdán muerto, y saber las causas de su muerte, fueron la misma cosa. La foto, de algún periódico viejo, salió de las profundidades de un armario que seguramente tenía como cien años y en el que doña Susana guardaba mil chucherías, buenas tanto como para dar clase como para armar un decorosísimo periódico mural sobre el 20 de noviembre y la Revolución mexicana de 1910. Recuerdo que mi aportación al mentado periódico mural fue un precioso retrato de Madero, en close-up, dibujado por mi papá (pa, eres un fregón, me cae), que, como todas las cosas que dibujaba mi padre, eran la envidia dce mis compañerillas.

Y a mí no se me quitaba de la cabeza la foto del cadáver de Aquiles Serdán. Lo que entendí entonces es que el pasado era más que la estampa con la efigie de Madero,  que atrás de la narración del pasado había gente que se moría, que recibía balazos. Aún no sabía que mi abuelo paterno había andado en la “bola”.  No sabía muchas cosas que ahora sé. No es una foto bonita, pero le tengo cierto cariño. Es el primer guiño que me hizo la Historia, a través de la imagen de un cuerpo inerte.
http://tlaxcala-int.org/upload/gal_9480.jpg

*Bertha Hernández-Periodista e historiadora mexicana. Conduce el programa de divulgación histórica "Historia en Vivo" de Radio Ciudadana y es colaboradora del diario “La Crónica de Hoy”, donde escribe sobre cuestiones históricas.