jueves, 24 de noviembre de 2016

El horror nazi

Pedro Salmerón Sanginés

En Tierra negra: el Holocausto como historia y advertencia, el historiador revisionista británico Timothy Snyder regresa al más atroz suceso de la historia moderna, no sólo para presentarlo en su devenir con base en testimonios y fuentes incontrovertibles, sino para recordarnos lo cerca que seguimos estando de los modelos de pensamiento que lo hicieron posible.

Como siempre que vuelvo a Hitler y al nazismo, lo primero que destaca es la irracionalidad de su pensamiento y la despiadada brutalidad de su visión del mundo, pero eso no es nuevo. Tampoco lo es la construcción absurda, irracional y paranoica del mito judeo-bolchevique y su identificación de los opuestos (el comunismo y el capitalismo financiero), aunque es necesario presentar la construcción de ese mito, porque de él se servirían los nazis para justificar el Holocausto.

Para Snyder el Holocausto no fue instrumentado por una especie de súper Estado (como se ha sostenido), sino que, por el contrario, fue el colapso del Estado, la desaparición de las instituciones y los mecanismos de protección de minorías propios del Estado lo que permitió el exterminio en masa. El autor nos cuenta la destrucción de los estados austriaco, checoslovaco y polaco en 1938-1939 y cómo se iniciaron ahí los experimentos que dos años después, en Lituania, Letonia, Ucrania, Bielorrusia y Rusia, desembocarían en el asesinato en masa de los judíos… y de todo aquel a quien los nazis y sus colaboradores locales decidieran eliminar. Al judío se le acusaba de bolchevique, se le separaba del resto de la población y se le exterminaba. De la eliminación física de miles de judíos lituanos y letones se pasó al millón de judíos asesinados en territorio soviético ocupado, nada más en 1941, al que siguió –causado por el expolio nazi– la muerte por inanición de 2 millones de ciudadanos soviéticos en aquel invierno. Los mecanismos aprendidos en tierras soviéticas, detalladamente contados y probados por el autor, permitieron a los ocupantes nazis de Polonia exterminar a 2 millones de judíos durante 1942. La gran mayoría de estos seres humanos no vieron los campos de exterminio.

Auschwitz (como emblema de todos los campos de concentración, de trabajo y de exterminio) llega después. Simboliza el tercer momento del Holocausto y para muchos el Holocausto completo, aunque para cuando se convirtió en el principal campo de exterminio la mayoría de los judíos ya habían sido asesinados. Auschwitz simboliza la decisión de la solución final, tomada por los líderes nazis ante la evidencia de que la guerra contra el Ejército Rojo no podía ganarse: perder la guerra, pero acabar con los judíos y los bolcheviques.

¿Cálculos? El asesinato sistemático de personas desarmadas durante la guerra, a manos de los nazis y sus cómplices, ha sido calculado en 12 millones, de los que la mitad serían de origen judío (y más de dos terceras partes de ellos, de nacionalidad polaca y soviética). Los otros seis o siete millones de asesinados fueron en su mayoría civiles polacos y soviéticos; opositores alemanes y resistentes de nacionalidades no eslavas; gitanos (de medio millón a 800 mil); así como homosexuales, discapacitados y disidentes políticos o religiosos. ¿Por qué entonces insistir en la eliminación de los judíos? Porque nadie en su sano juicio ha discutido el asesinato masivo de unos 3 millones de polacos considerados eslavos étnicos, ni los aterradores números de muertos en Lituana, Letonia, Ucrania, Bielorrusia y Rusia, precisamente donde el Estado fue destruido por la invasión nazi, la gran mayoría de ellos ejecutados en 1941 y 1942, antes de que se planteara formalmente la solución final. Porque la negación o la banalización de la decisión nazi de exterminar a la no-raza judía (la más agravante tragedia del siglo XX, como señalan Primo Levi y Hannah Arendt) se traduce, aparece hoy en siniestras y disímbolas expresiones políticas, como ya hemos señalado (Ver "¿Para qué se niega el Holocausto y se justifica a los nazis?" al píe de la presente)

La presencia actual del pensamiento de Hitler también angustia a Snyder, aunque si, como él dice, vivimos en el mundo de Hitler, prefiero sobre sus vaguedades (en ese aspecto y sólo en ese) las muy claras advertencias de Hannah Arendt, Primo Levi, Slavoj Zizej, Enzo Traverso o Pier Paolo Poggio. Pero citemos a Snyder:

“Compartimos el planeta de Hitler y varias de sus preocupaciones; hemos cambiado menos de lo que creemos […]. Si pensamos que somos víctimas de una conspiración planetaria, nos acercamos poco a poco a Hitler. Si creemos que el Holocausto fue el resultado de las características inherentes de los judíos, los alemanes, los polacos, los lituanos, los ucranios o cualquier otro grupo, nos movemos en el mundo de Hitler”.

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¿Para qué se niega el Holocausto y se justifica a los nazis?

Pedro Salmerón Sanginés
La Jornada [x]

Hace unos años, cuando la caída del socialismo real abrió paso a los discursos que proclamaban el fin de la historia (según el cual el capitalismo es inevitable y eterno), Pier Paolo Poggio ( Nazismo y revisionismo histórico, Madrid, Akal, 2006, en italiano en 1997) mostró cómo las versiones seudohistóricas que niegan o minimizan el Holocausto, banalizan Auschwitz y reivindican el nazismo como mal menor frente a la barbarie asiática, no son únicamente curiosidades ideológicas, sino piezas del nuevo discurso neoconservador:

El revisionismo histórico es funcional u orgánico a la cultura política neoconservadora hoy día en posición preeminente en todos los países occidentales; su objetivo específico consiste en la normalización del nazismo y el fascismo.

En su posición extrema, este revisionismo dice que el Holocausto no existió; lo que implica, necesariamente, un antisemitismo abierto o disfrazado, y una invención ideológica posmoderna: Los negacionistas de derechas y de izquierdas encuentran en el antisemitismo la única forma permanente de anticapitalismo porque, a sus ojos, se ha hecho plenamente realidad una coincidencia, una identificación: los judíos son el capitalismo y el nazismo fue el único que intentó combatirlo de verdad. Así, el sionismo pasa a ser el enemigo principal y el antisemitismo, el frente de batalla común de los que luchan contra el capital (y se construye la paradoja del antisemitismo de izquierdas que, además, resulta útil a los discursos más derechistas dentro del Estado de Israel, como hemos explicado: http://elpresentedelpasado.com/2014/

“La identificación del judío con el dinero es capaz de alimentar sin cesar nuevas formas de antisemitismo en la era de la globalización de las finanzas; de hecho, esta evolución puede atribuirse a los judíos, confirmando su extraordinario poderío: no sólo resistieron la solución final –una invención suya en su propio beneficio–, sino que son los organizadores ocultos de la financiarización de la economía.”

La política del Estado de Israel hacia los palestinos refuerza y da sustancia a las calumnias historiográficas tipo Werner Sombart, quien inventó que los judíos financiaron el colonialismo y la trata de esclavos, por lo que hay que culparlos a ellos (y exculpar a las naciones arias, dirían sus continuadores).

Los negacionistas se presentan a sí mismos como los heroicos combatientes contra la verdad oficial (cualquier parecido con nuestros falsificadores de la historia no es coincidencia) y acusan a toda historiografía no revisionista de ser mentirosa y de estar al servicio de los sionistas. Al mismo tiempo, rompen con la dicotomía izquierda-derecha, porque su verdad es compartida y propugnada por hombres de ambas alineaciones. Los negacionistas inventan así algo que Poggio llama el socialismo de los imbéciles, que identifica al capitalismo financiero con los judíos, y van en busca del verdadero anticapitalismo, encontrándolo muchos de ellos en el nazismo. No importa una vez más que todas las evidencias demuestren fehacientemente al carácter capitalista del nazismo y la brutal explotación de la mano de obra esclava por la gran burguesía alemana del periodo nazi. Los negacionistas son una secta posmoderna fruto del encuentro de los nostálgicos del nazismo con los epígonos del extremismo de izquierdas.

¿Cómo sostienen sus tesis los negacionistas? Omitiendo la peculiaridad del antisemitismo nazi, muy distinto del racismo colonial clásico, con el que pretenden identificarlo para probar que el Holocausto no ocurrió, porque es ilógico. Inventando –a base de potentes cañonazos a la realidad– el supuesto carácter anticapitalista del nazismo. Resucitando el anticomunismo. Disfrazando el antisemitismo de antisionismo. Y a través de una lenta construcción seudocientífica de patrañas historiográficas que Poggio exhibe y desmonta cuidadosamente, en las que se mezclan el relativismo histórico posmoderno, que privilegia el enfoque narrativo, practica el refinamiento de la deconstrucción y a fin de cuentas busca el olvido, la superación de la historia (seguro que no los leyó EPN, pero sí sus asesores); con una posición ultrapositivista que finge que no hay pruebas sólidas del Holocausto.

No importa que el capital carezca de nacionalidad (y raza). No importa tampoco que al negar el Holocausto, el revisionismo histórico llegue a límites extremos de falsificación de la historia. Lo que buscan es colocar a la historia entera bajo sospecha de ser mentira (al servicio del imperio o del sionismo), y declarar que la verdad es patrimonio de unos pocos elegidos (los que conocen la conspiración judía o conspiraciones más espeluznantes, de las que la judía es sólo fachada).

¿A quién le sirven todas estas patrañas conspiranoicas? En el libro de Poggio queda claro: al sistema mundo, es decir, el capitalismo financiero, y a su cultura política neoconservadora. Termino recordando que una reseña es una invitación a leer.