sábado, 26 de noviembre de 2016

El 26 de noviembre de 1943, Perón es nombrado Secretarío de Trabajo y Previsión de la Nacion.

EL PODER SOCIAL DE LOS TRABAJADORES

Alfredo Carazo *

Si hay algo que no se le puede discutir a Juan Domingo Perón, es su condición de estratega, aplicado esto a la política. Y en esa dirección, lo importante es reconocer el motor de los cambios, el sujeto protagónico de las transformaciones.

Siempre ha sido así en la historia de los pueblos.

Pero no siempre el estadista ha percibido el signo de los tiempos y los sujetos históricos.

En la década del ’40, tras la irrupción política de una incipiente clase media, era necesario incluir a los trabajadores de una Argentina que se soñaba industrial, sin excluir al campo.

Por eso en 1943, el pedido del entonces coronel Perón fue directo.

Era necesario adelantarse a los tiempos creando la Secretaría de Trabajo y Previsión, para abrir el sendero a un nuevo modelo de país, el de la Justicia Social.

El Estatuto del Peón, las jubilaciones, los tribunales del Trabajo y sobre todo, la reconfiguración de un movimiento obrero, hasta entonces fracturado ideológicamente como consecuencia de sus orígenes europeos, en un modelo orgánico y participativo políticamente, fueron algunas, apenas algunas, de las medidas que se impulsaron.

En el 45, ese 17 de octubre de la memoria militante, los obreros de los frigoríficos, de los talleres, de las curtiembres, de las gráficas, los metalúrgicos y textiles, tuvieron no solamente una lectura política de lo que estaba ocurriendo, sino que apostaron fuertemente a la simbiosis del movimiento con su líder, anticipando una Argentina distinta. Nunca pudo quebrarse esa mutua lealtad.

Ni siquiera cuando alguien supuso que era posible un “peronismo sin Perón”.
Quizás por eso –o sin el quizás para ser más certeros- cuando en 1972 Perón regresó al país, lo primero que visitó fue la sede de la CGT.

Allí no estaban los votos como se dijo.

Allí estaba la legitimación social del poder.

Y el poder se disputa, se construye entre fuerzas que representan al movimiento nacional y popular o a las minorías, generalmente sin patria, porque solo responden a la economía del sojuzgamiento.

Y luego se ejerce.

Como ahora, las oligarquías reinantes resistieron el nuevo cauce.

Sobre todo los que atalonaban sus pingues ganancias en el modelo agro exportador.

Pero como acababa de decir la presidenta, Cristina Fernández, “la Patria no existe sino existen los trabajadores”.

Y los trabajadores que asomaron sus demandas por primera vez en la Plaza de Mayo, nunca dejaron de estar.

Con trabajo o sin trabajo, pero con la ideología de los derechos sociales.

Se los denominó el “aluvión zoológico”; se los apostrofó como “los negros vagos que se benefician de los gobiernos clientelistas”; eran ninguneados cuando Eva Perón los llamaba cariñosamente “mis grasitas” y “mis descamisados”.

Pero una y otra vez volvieron a recuperar la dignidad del trabajo fecundo para convertirse en sujetos de derecho.

Hoy las fábricas se volvieron a llenar de trabajadores.

Nuevos oficios y profesiones constituyen la base político-social de un país que está retomando el proyecto trunco de la Justicia Social.

Y lo hace con los trabajadores que como siempre son la columna vertebral del crecimiento.

El “viejo” no se había equivocado cuando pidió la Secretaría de Trabajo.

El poder estaba en los trabajadores.

AC/

* Periodista

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PERÓN Y SU TAREA MODELIZADORA A TRAVÉS DE LA SECRETARIA DE TRABAJO

Jorge Bolívar*
TELAM
26/11/2011

El golpe de Estado del 4 de junio de 1943 es el único de nuestra historia que ofreció, después de varias marchas y contramarchas, una salida democrática positiva.

Concebido para enfrentar las dificultades de una grave situación exterior dominada por la Segunda Guerra Mundial y para reorganizar las fuerzas nacionales económicas y políticas en función de las cercanas necesidades de una compleja posguerra, lo esencial de su historia no va a ocurrir en los lugares en los que más se disputaba el poder: la Presidencia de la Nación, el Ministerio de Relaciones Exteriores o el Ministerio de Guerra, sino en una, en principio humilde, Secretaría de Trabajo, a la que, como todos los historiadores reconocen, se autopropuso para conducirla el entonces coronel Perón.

El Proyecto de la Justicia Social, como lo denomina Gustavo Cirigliano en su estudio histórico realizado a través de los siete proyectos que constituyen finalmente nuestra argentinidad, va a vertebrarse por medio de un estratega que advierte que, en esa época de grandes cambios, el problema fundamental de la posguerra va a ser la cuestión social.

En función de ese pensamiento rector comienza a trabajar intensamente en la vertebración de una nueva Argentina.

A modelizarla en cuestiones esenciales de organización y relaciones del trabajo, de previsión jubilatoria para mayores y también de prevención de salud y escolaridad de menores, para que no fueran explotados; en revalorización y apoyo a la industria nacional, en relacionar a los polos indebidos e ideológicamente opuestos de capital y trabajo.

La tarea organizadora y modelizadora de esa secretaría bajo la conducción de Perón fue tan basta que hasta llegó a encarar bajo su órbita la extirpación del conventillo tradicional a través del Consejo Nacional de la Vivienda dependiente de la citada Secretaría, la cual debía encargarse de la construcción de viviendas populares.

La justicia social, como norma ética de la comunidad patriótica argentina, alcanzó un vigor notable y se convirtió, en cierta manera, en el alma del nuevo Proyecto Nacional que se haría visible políticamente tiempo después, el 17 de Octubre de 1945.

Oscar Castellucci, en el estudio que de este Proyecto Nacional realizara para la edición del Proyecto Umbral, recoge con acierto las palabras de Evita en su “Historia del Peronismo”.

Ésta afirma: El peronismo no nació para mí, el 4 de junio de 1943, pero tampoco nació el 17 de Octubre (...) Creo que no nos equivocamos si decimos que el peronismo empezó a nacer cuando Perón entró a la Secretaría de Trabajo y Previsión, o sea cuando se reorganizó el viejo Departamento Nacional de Trabajo. Desde ese día los obreros, o sea el pueblo, empezaron a formar una sola fuerza con Perón.”

Los viejos historiadores argentinos no siempre se han lucido con esta etapa modelizadora y preparatoria del gran Proyecto Nacional que, convertido en Movimiento Histórico, el peronismo llevó adelante.

Quizá hayan sido dos investigadores extranjeros los que más datos aportaron para la comprensión de esta etapa. Me refiero al libro de Robert Potash, “Perón y el GOU. Los documentos de una logia secreta” y al de Loris Zanatta, “Perón y el mito de la Nación Católica”.

No fueron los únicos en hacerlo, pero contribuyeron a que los investigadores más jóvenes pudieran visualizar con mayor profundidad las líneas fundamentales del proceso histórico, confundidas muchas veces por las pujas internas del Ejército y por las pujas, más públicas, de la Iglesia argentina y del nacionalismo católico.

Bueno es recordar en estos últimos días de noviembre, ese momento, aparentemente tan humilde en su orden burocrático-institucional, y, sin embargo, tan trascendente para nuestra existencialidad nacional y popular.

JB/

*Politicologo

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PERÓN Y LA JUSTICIA SOCIAL

Juan Carlos Jara*

Podríamos acudir a datos estadísticos, ahondar en documentos como el “Informe sobre las clases obreras argentinas” de Juan Bialet Massé, o en trabajos y discursos de Alejandro Bunge, Alfredo Palacios y José Luis Torres - entre muchos otros de muy diverso espectro ideológico- para demostrar que la justicia social, es decir, la presencia activa del estado en la defensa de los sectores más vulnerables de la sociedad, brilló por su ausencia durante las primeras cuatro décadas del siglo pasado en la Argentina.

Pero obligados a ser sintéticos, por la tiranía del espacio, nos valdremos simplemente de esta estrofa tanguera, compendio de la esencial inequidad que distinguió las relaciones sociales en la Argentina de aquellos años:

Un viejo verde que gasta su dinero
emborrachando a Lulú con su champán,
hoy le negó el aumento a un pobre obrero
que le pidió un pedazo más de pan.

Esa Argentina, mezcla obscena de despilfarro oligárquico y secular penuria popular, retratada por los versos de “Acquaforte”, comenzó a morir en la primavera de 1943, cuando Juan Domingo Perón, por entonces un ignoto coronel del arma de Infantería, se hace cargo del Departamento Nacional del Trabajo.

Desde ese oscuro ámbito burocrático, convertido muy pronto en Secretaría de Trabajo y Previsión –génesis del actual Ministerio de Trabajo-, Perón desplegará una política de reparación social sin parangones en la historia del país.

Medidas concretas como la incorporación de dos millones de personas a los beneficios del régimen jubilatorio, la creación de los tribunales de trabajo, el derecho al sueldo anual complementario y las vacaciones pagas o el revolucionario Estatuto del Peón, resistido con igual ardor por la Sociedad Rural y el Partido Comunista, fueron la “realidad efectiva” que los trabajadores argentinos debieron a la iniciativa del futuro coronel del pueblo.

O, mejor dicho, fueron parte de esa realidad, ya que, para medir en su auténtica dimensión la tarea realizada, hay que considerar aspectos menos tangibles, pero no por eso menos importantes, como la autoconciencia de la propia dignidad personal y, sobre todo, colectiva que los trabajadores recuperaron gracias al accionar de Perón.

A su accionar y a su palabra, bueno es aclararlo, ya que en la expresión del Secretario siempre se halla presente la preocupación por acortar la distancia social que separaba a la masa popular “de pata al suelo” de las “fuerzas vivas” o sectores tradicionalmente dominantes, a los que el mismo Perón desmitificaba llamándolos “los vivos de las fuerzas”.

“Hay que observar que los sabios rara vez han sido ricos y los ricos rara vez han sido buenos”, decía en discurso del 15 de octubre de 1944. Y agregaba: “Nosotros realizamos leal y sinceramente una política social, encaminada a dar al trabajador un lugar humano en la sociedad. Lo tratamos como hermano y como argentino”.

En ese contexto resulta explicable, y por qué no retrospectivamente regocijante, la preocupación expresada por un grupo de comerciantes e industriales opuestos a Perón: “el Secretario de Trabajo, con sus reformas, es quien amenaza los fundamentos del orden existente”.

Claro, el “pobre obrero” del tango había dejado de serlo. Ahora era un obrero a secas, conciente de su situación y seguro de su valer y de su destino.

Fuente: Nac  &  Pop